domingo, 17 de septiembre de 2006

El Unicornio


a Hilda García Villa

“A veces me pongo mi abrigo a las 10 a.m. y sigo a la gente.
Sólo voy donde ellos van... doy vueltas por ahí...”
- atribuida a Greta Garbo

Cuando todos vivíamos en el bosque...

En el semáforo cambia la luz y mientras los demás peatones cruzan, ella se detiene, levanta los ojos. Aquí ya no es el bosque, no hay árboles, sólo otros ojos muy arriba en esos edificios, tal vez la siguen con la mirada. Inclina la cabeza, ¿cómo se ve desde allá?... como una mancha blanca, supone, como un pájaro... sigue a los demás, alcanza la esquina y luego da vuelta, los aparadores frente a los que pasa devuelven su reflejo.
A veces se detiene a mirar.

Un vendedor de fruta le sonríe, le obsequia una manzana y ella come muy despacio mientras camina por el parque, cruza las piernas a la sombra de un árbol. Algunos niños la ven y ella les sonríe. Ahora sólo ellos la reconocen, pero ninguno se atreve a delatar su presencia. Tal vez teman no volverla a ver nunca. Así como ella perdió su bosque.
Al recordarlo se aleja, con la mirada fija en sus pies para que no vean sus lágrimas y aprieta el corazón de manzana entre los dedos.

Vuelve al edificio donde ha vivido los últimos años cuando ya casi está oscuro. La saluda el portero con un ademán y ella sube al apartamento en el viejo ascensor.
La reciben las habitaciones desnudas donde pasa los días; las duelas, la chimenea y ventanas, todas mudas y familiares, ignoran su origen pero lo mismo, se han convertido en su mundo.


Algunas noches, como ésta, el sueño no llega a postrarse a su lado en la c
ama. Sólo aparecen los recuerdos, la nostalgia de otros días, de otros mundos distintos que son uno mismo, como la ciudad, a la que ella espía acuclillada en su balcón. Alcanza a ver dos o tres ventanas con luz, donde sabe que hay gente que despierta con ganas de llorar en el pecho y manos heladas, buscando la luna.

Esas son las noches cuando ella rememora el antes que fue, que se ha escapado al convertirse en hoy; el tiempo en que fue feliz, sólo vista por los puros de corazón, antes de que los hombres la condenaran con su falta de fe, a ya no existir, la obligaran a cambiar, la convirtieran en leyenda; con dedos temblorosos toca esta piel diferente que la cubre y se le escapa por momentos la sensación de la otra piel que era suya cuando todos vivíamos en el bosque.

Se pone en pie y camina, ahora desnuda, hasta el espejo al fondo de la habitación.
Ahí, en tanto otros despiertan con la luz de la luna que escurre sobre los cristales y mientras los niños del parque sueñan con ella, se contempla con un vago dolor por lo perdido, encuentra a reflejado a su verdadero ser, lo contempla, atrapado, en la superficie de cristal al tiempo que la habitación se baña en luz blanca y en su cabeza muy lejos, escucha el desolado eco que hace el sonido de su cuerno.

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