domingo, 3 de septiembre de 2006

Elisa
o Felices para siempre



a Julia Isabel

…no sabe cuándo ni cómo llegó a esta historia secreta que se escribe con el dolor en su sangre; tratará de acordarse cuando cierre los ojos y extienda los brazos al borde de un abismo en el que tal vez cayó sin darse cuenta o mañana ante el espejo del baño, bajo una luz brutal que arranque el color de sus facciones y las vuelva de arena pálida, con la boca llena de pastillas, una cara que intentará no ver de cerca; este será un pensamiento tal vez explique todo.

¿Dónde, cuándo empezó?
Acaso Elisa se lo pregunta en este momento mientras conduce al aeropuerto, o la primera vez que lo oyó gemir mientras con su cuerpo oprimía cada palmo de su piel, integrándola a al dilatarse de sus venas. Entonces no quiso pensarlo, no como lo hace ahora al volante, con él a su lado y tan lejos como el retumbar de un trueno. Nada dura para siempre, le dijo alguien en su fiesta de despedida una semana antes de llegar a la Embajada. Esas palabras que murmuran en su oído la remiten a un recuerdo todavía claro, su madre leyéndole cuentos antes de dormir, la última página es anunciada por la frase y vivieron felices para siempre.

Ahora repite, ¿qué es para siempre?
Nada dura para… le dicen y Elisa asiente, toma un sorbo de su copa, se ve rodeada de amigos y familia, todos dicen lo orgullosos que están. Entonces, ¿por qué la sensación de abandono en este departamento alquilado? Camina sola por las calles mientras conoce la ciudad y se aventura en ella, bebe café, lee periódicos. ¿Qué me falta?

Daniel aparece como respuesta semanas después; alto, más que ella, tal vez fue nadador en su adolescencia, oye el murmurar que suscita a su paso después de ser presentado al personal. Elisa lo miró por el rabillo del ojo, a unos escritorios de ella, serio, concentrado en su computadora, ella concentrándose en él. ¿Ahí? ¿Ahí comenzó?

Las vidas que dejó atrás continuaban mientras la suya transcurría entre largos domingos de calor entre los árboles de un parque bajo los que se sienta a leer; piensa dónde estará él, sólo sabe su nombre en esos días y que comparten espacio de oficina, pero no lo conoce, no como ahora que él enciende un cigarro y baja la ventanilla para sacar el humo, como ella arrojó otras cosas, a alta velocidad sin ver hacia atrás. Él se le acerca a la hora de comer, un día cualquiera mientras ella se retrasa con la intención de ser la última en salir; sus palabras no las recuerda, no vendrán a perseguirla mientras duerme o sueña despierta, salen juntos.

Elisa piensa en los hombres que se quedaron esperándola en otro país, sus gestos tiernos, sus invitaciones y timidez, ninguna de las cuáles aparece en la actitud de él, en su plática, que va envolviéndola, la cubre como el polvo a un santuario. Es en un restaurante, mientras se esfuerza por tatuar cada rasgo de él en su memoria, que descubre el anillo dorado y simple en su mano izquierda. Daniel parece no notarlo, hace preguntas que ella responde con monosílabos. El anillo refleja la luz ahora mientras conduce. No regresan a la oficina en la tarde, sólo caminan junto al río, rodeados de turistas – en cierto modo, piensa ahora, éramos turistas conociendo una tierra nueva, una galería que nos causaba impaciencia por ver todos sus cuadros- de pronto él la tomó del brazo al cruzar una calle. ¿Ahí, Elisa? ¿Fue en ese momento? Y ella lo permitió. Sí. Pudo ser.

Daniel tira la colilla por la ventana, ella sólo lo ve detrás de lentes oscuros y lo recuerda una tarde en un futón sobre el suelo, lo sigue por un laberinto estrecho de músculos y nervios, camina hacia un altar donde arrodillada reza mientras él le quita la ropa y le suelta el cabello que se extiende en senderos inexplorados sobre la almohada de su ansiedad. Elisa contiene la respiración ante la inminencia de algo, el aeropuerto, el tráfico, la trama de su vida hasta ese momento en que es ella, sin ropa, suda en la oscuridad con el rostro incendiario de Daniel sobre ella, un beso caníbal, devastador, y luego otro más en cada ángulo de su cuerpo, correspondido como si de ello dependiera hacer que el tiempo se descongelara, como él al morderle ella la oreja, llevándoselo a la boca transformada en un vampiro de pasiones hambrientas; un espasmo en sus muslos anuncia el primer orgasmo.

Elisa se estremece, aún al tiempo que conduce este auto; ve a esa otra que vive por dentro, la observa hincarse ante el mismo altar donde se maravilla ante los misterios de la vida como se perciben más allá de la carne, el misterio del nacimiento, de la niñez misma, ¿qué es lo que la llama de vuelta a esos juegos circulares de estaciones que se suceden como el tren subterráneo que pasa a la distancia, como los animales de un tiovivo perpetuo? ¿Por qué reza ahora mientras siente como se viene a gritos?

Hacen eco en su cabeza, como una marejada que destruye los arrecifes esmeradamente armados en torno a su vida anterior, su única protección antes de él; después no quedará nada, sólo ruinas que no verá hasta que tenga la opción de redefinir el significado de la muerte y el dolor se vuelva un todo palpable, una profusión de días y encuentros furtivos como éste.
Dejan por separado la oficina.

Están desnudos en largos fines de semana que pasan sin ser vistos por nadie, al tiempo que ella deja que la tomen las manos de él con la promesa de saber que ella es bendita entre las mujeres.

El aeropuerto aparece, ella busca lugar para estacionarse bajo el cielo totalmente sin nubes, vasto como la frágil dicha de esa Elisa que meses atrás sale del edificio y camina hacia su propia cama, feliz y desgraciada, simultáneamente las dos caras se alternan mientras hace compras en el mercado, sonríe a extraños que se vuelven a verla. El trabajo le parece algo ajeno, inexplicable como las rutas cotidianas para encontrar los ojos de él.

Una compañera de oficina la mira, la acecha, la acorrala en el baño pero no la amenaza como temió al verla en un principio: le habla en susurros, ella conoció a Daniel antes que los demás aquí, sabe de sus demonios y sus actos, conoce la fuente del dolor en sus ojos y de su sonrisa ante el mundo, como quien lo ve por primera vez. Le dice “ve con él, quédate con él si puedes, pero prepárate a sangrar.” Él está en su sangre, como vino de consagrar, como el cuerpo de Cristo que lentamente se deshace en su lengua y Elisa vuelve ante el altar, pero es de día y tiene siete años, vestida de blanco, con una guirnalda de flores, nada dura para siempre.

Si fueras vino, piensa una mañana que se esfuerza más por levantarse que la anterior aunque menos que la próxima, podría beberme una caja entera de ti y aún seguir de pie. Él se abre despacio ante su tacto, su oído, su vista. Se incorpora a sus sentidos y escucha una historia parecida a la de ella y diferente en otras partes, la misma infancia de privilegio, escuelas privadas, muchos amigos, él habla de ser popular y deportista como mecanismo de defensa, dos padres con una aflicción tangible como ornamento en la casa donde creció. Le cuenta del padre, creador colérico e infiel, la madre una obra de arte, inmóvil, inocente y vana.

Ella intenta salvar a ese Daniel niño del naufragio que imagina, pero falla continuamente al verlo dormir a su lado. Elisa está enferma, lo nota en esos días; tiene un caso de él.
Un fin de semana despierta sola, Daniel se ausenta sin explicaciones, su viaje se prolonga y ella intuye, se convence en el silencio que se debe a la alianza en su dedo. Bajo el golpe indiferente del agua en la regadera; busca en su interior un llanto que tarda en resbalar sobre sus mejillas. Entiende con una claridad que la rompe.

Daniel vuelve y la ama sin hablar, ella levita con él, pierde su centro de gravedad, se sorprende desabrochando los botones de su blusa mientras sube el ascensor. Sus líquidos y sueños se mezclan al estar juntos, pero cada vez le cuesta más volver.
Hoy le pide que lo lleve al aeropuerto y ella accede, sabe por quién van, pero no entiende lo que vendrá después. Encuentra un rostro confiado, benévolo, la esposa de él, que besa su mejilla y agradece su generosidad.

Elisa asiente, finge escuchar pero tiene la boca llena de pastillas bajo la luz brutal que vuelve su piel cenizas; ciñe su frente una corona de espinas que sólo ella puede ver, sangrará despacio al ir al trabajo, ayudar a la esposa a instalarse, serán amigas; empezó ahí pero no sabe si termina; Elisa es como un gran salón súbitamente vacío, no puede sentir. Espera con ojos cerrados y brazos extendidos, estigmas en sus manos y pies, a que él se conecte con ella – … y vivieron felices… - algún día sobre el altar, sin restos humanos de su paso por esa ciudad y otras en que ella vivirá bajo otro sol. Será suya de nuevo cuando tenga corazón.

Algún otro.

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