domingo, 24 de septiembre de 2006

Todo Blanco


para Paco Peña

Cuando tenía diecisiete años, mi mamá me consiguió empleo como asistente de un creativo en la agencia de publicidad donde trabaja. No era la gran cosa, sólo algo qué hacer para no pasarme las vacaciones metido en la casa viendo repeticiones de telenovelas viejas por cable (‘Adrián y Atenas son hijos de Andrea, Rogelio es hijo de la mujer asesinada... ¿quién es Aldo?’) y comiendo galletas de chocolate mientras trataba de ahora sí y de una vez por todas terminar de leer Rayuela como dios manda, lo que parecía algo tan imposible como escapar del calor.

Me dijo una noche mientras tomaba su café, oye, la secretaria de Toño Ruiz Camacho se va con licencia de maternidad hasta septiembre... ¿porqué no vas a ver qué tal? Eran doscientos mil pesos – de los viejos – a la quincena. Le dije que porqué no, total, todos mis cuates estaban de vacaciones, divirtiéndose sin mí, y el prospecto de escabullirme del letargo doméstico me pareció mejor que andar en el éter por dos meses, tratando de seguir correctamente el incomprensible tablero de capítulos para conocer mejor el drama surrealista de la tal Lucía, alias ‘La Maga’.
Ahora que no había mucha diferencia entre mi trabajo y el haberme quedado en la casa durante las vacaciones. Ruiz Camacho era un tipo a toda madre (al menos esa fue la impresión de los primeros días) y no era exigente. Hasta después me di cuenta que no era exactamente lo mejor del mundo, pero ya qué.
Mis obligaciones consistían en llegar a las nueve y primero que nada poner el café. Bien cargado, tirándole a espresso; luego, conseguir una tira de aspirinas y poner en la reproductora de discos compactos una canción del álbum blanco de los Beatles para Marta, la planta de mariguana que crecía en una maceta sobre el escritorio. Todavía hoy, cuando llego a oír el estribillo Martha my dear, Martha my love, me llega claramente al olfato, el hornazo de un toque.

Después de esto y de regar la planta, me sentaba en mi ‘escritorio’, que era una mesa de tijera al otro lado del despacho y leía el periódico, para platicarle a Ruiz Camacho todos los chismes de la farándula y la nota roja, mientras se tomaba su café con aspirinas y miraba con adoración a Martita apenas llegaba, casi a las once.
Algunas veces me mandaba a Sanborns a comprarle revistas y me dejaba quedarme con el cambio. Y tenía que estar listo para tres cosas muy importantes; saberme sinónimos para cuando se ponía a resolver crucigramas, cuidar que nunca se le juntaran las gordas el mismo día de la semana y estar buzo para cuando hiciera su aparición el ‘dueño y señor’ de la agencia, al que le gustaba caer de repente. Cuando oía sus pasos en el corredor, anunciado por su ‘Buenos días’ rápido como balazos repartidos a diestra y siniestra, le hacía una seña a Ruiz Camacho para que se lanzara en clavado desde la Quebrada sobre su trabajo, que pese a todo y andar siempre en el rocanrol, era de primera.
Había otros dos creativos en la agencia, el señor Larios y la señorita Notario.
Aunque tenían más años en la compañía que mi jefe, eran considerados de la ‘vieja escuela’ y se ocupaban de cuentas menos vistosas que las de mi jefazo, pero más seguras en la cartera.
Empecé a tratarlos, sobre todo a Ernesto Larios, al paso de los días. En mis diarias excursiones a la tiendita pasaba por su oficina – Buenas, voy con el Hampón ¿se le ofrece algo?- y regresaba con una coca de lata bien fría y una cajetilla de Commander.
Esto lo hice con la señorita también al principio, pura cortesía, pero al tercer ‘nada, gracias’ dejé de pasar a preguntarle.

El señor Larios me pedía que le enseñara lo que escribía durante las horas que Toño se pasaba ‘meditando’ y me ignoraba por completo.
- Son unos cuentos, pero... este, yo creo que no son muy buenos.
-¿Y cómo sabes que son o no son buenos, mi amigo? El escritor es su peor crítico. O peca de indulgente o bien, viceversa. El único que puede juzgar los méritos de un escrito es el lector... además, texto escrito y no leído, muchacho, es tan horrendo como un aborto clandestino.
Le llevaba mis cuentos y a veces nos quedábamos en su oficina a la hora de la comida, luego que Ruiz Camacho se iba y que la señorita recibía una ensalada para comerla en su privado, para que los comentara. Me aconsejaba que había que leer y que por ahí siguiera, pero que también debía aprender a observar a los personajes que me rodeaban. No sólo inventarlos de la nada, sino que debía darles carne y sangre. -- No todo es una trama sorpresiva, ni una estructura magistral. A veces hay que ponerle sentimiento, abrir bien los ojos. ¿Lo ves?

Un personaje... ¿pero quién? ¿Ruiz Camacho, a quien llamaban por teléfono varias mujeres, a las que contentaba con ‘sí, gordita, sí, marmotita’, tratando de aplacar su ira por haberlas cambiado de último minuto por otras gorditas, quienes a su vez reclamaban las atenciones concedidas de manera subrepticia a otras marmotitas más? No. Toño me parecía demasiado banal, demasiado parecido a los otros creativos ‘chavos’ de otras agencias, cuyas fotos me pedía que recortara de revistas para pegarlas a su tablero de dardos, después de haberles pintado una P de Pendejo con marcador rojo en la cara. No. Era muy hip, muy cool como para ser personaje de ficción.

¿Qué tal Larios?
Lo pensé mientras lo veía leer uno de mis cuentos con un cigarro en los dedos, su cara inescrutable mientras se absorbía, asintiendo de vez en cuando. Pero no. Ernesto Larios no era un personaje, sino un lector; su propia oficina lo sugería, atestada de libros, revistas y periódicos viejos. Entonces volví a asomarme, ya no me acuerdo bien porqué a la oficina de la señorita Notario.

Nadie le hablaba por su nombre, Eulalia, excepto el dueño y señor.
Según supe, su relación de trabajo databa desde los años cincuenta, pero no eran amigos. Nadie, excepto tal vez mi mamá que es amable hasta con las piedras, había tratado socialmente a la señorita.

Algunos la veían como con miedo y otros de plano la ignoraban. Me imagino que ambas cosas no podían haberle importado menos a la mujer, que llevaba casi cuarenta años de trabajar ahí sin faltar una sola vez. Era como un espejo a la inversa de Ruiz Camacho, que luego se aparecía en la oficina sin rasurar, con ojos de tizo y la ropa arrugada, la señorita llegaba más temprano que los demás, con un moño de pelo gris llovizna, guantes, bolsa y un pañuelo de encaje prendido a la solapa del saco. Nadie sabía bien a bien su edad, pero calculábamos que hacía un buen rato – de menos un lustro – había dejado atrás los sesenta y pico. Pero no tenía arrugas, ni la piel brillosa como quien se hace una cirugía plástica. Otro detalle era que no tenía secretaria ni copy ni asistente ni nada. Ella se ocupaba de todo en su oficina.

Nunca vi cosa alguna sobre su escritorio, aparte de su máquina de escribir. Ni una revista, ni un periódico ni una maceta. No había cuadros, ni cortinas, ni carteles. Al irse la señorita en las tardes, era como si la oficina estuviera vacante, esperando a que alguien la ocupara, le diera vida.

Según me contó Larios, Eulalia Notario fue una de las primeras mujeres creativo que hubo en el medio publicitario, aún antes de que existiera el puesto per se. - Ya era conocida cuando llegaron los que serían famosos y luego escritores. Conoció a García Márquez cuando llegó de Colombia y no era absolutamente nadie. Ayudó mucho a José Agustín, que era un chamaco horroroso y también a Gustavo Sáinz y Leñero, antes que se fueran a editar Claudia… ¿Tú te acuerdas…? no creo, estás muy chico, mi amigo… Mira, ella creó esta campaña de medias que era muy agresiva.. una especie de 007 con vagina. ¿Lo viste alguna vez?… Siempre ha sido muy buena…

Después supe que algunas otras campañas memorables las había hecho ella. Para coches, para perfumes, para líneas de belleza. Slogans famosos y jingles… todas con un aire violento, como de película de Hitchcock, incluyendo uno para promocionar limpiador de mosaicos que usaba como referencia la escena de la regadera en Psicosis y que en mi niñez había sido uno de los comerciales que más me había impactado. -¿Ella hizo eso?

Mi mamá dijo que muchos de los anuncios más controversiales los había concebido esa mujer; que había atraído clientes importantes y espantado a otros, pero por eso era muy respetada y codiciada por el “jefe supremo”. ¿Ella? ¿Esa mujercita antique, tan propia? Me dio por espiarla cuando yo iba hacia la tienda, o al baño, o con cualquier pretexto. Quería verla trabajar. Y sólo estaba frente a su escritorio, tecleando con dedos huesudos en la máquina de escribir, ignorando a los demás.
¿Cuál era su secreto? Imaginé truculentos escenarios en que Eulalia se encontraba en secreto con un amante… ¿una amante?… pensé en encuentros clandestinos, tórridos y prohibidos… Toño me veía tan interesado que me dijo mientras le daba fin a una bacha sentado en la ventana para que no oliera - Uh, esa vieja está bien piragüas… segurito es adicta a la metadona o igual y anda en el leather…- Las palabras de mi sabio (aunque pachequísimo) jefe hicieron que mis elucubraciones adquirieran tintes rocambolescos – aunque primero tuve que averiguar qué era andar en el leather.- y veía a la Notario, el prefijo señorita arrancado de su persona ante estas truculentas visiones, envuelta en cuero, con máscara de búho y demás accesorios sadomasoquistas descritos en La Historia de O, librito al que me refirió Larios cuando fui a preguntarle sobre lo comentado por Ruiz Camacho.
Me imaginaba una especie de Venus en pieles geriátrica, con látigo y todo… ¿sería capaz? Delirantes representaciones de la mujer se me aparecieron en sueños. ¿Qué vida secreta lleva alguien que vive en un ambiente tan estéril?

Después se me ocurrió que podía ser bruja. Eso. Una bruja… o una asesina en serie; con su tipo de funcionaria o burócrata, nadie sospecharía. ¿Una agente secreta? ¿Ex de la KGB? ¿De la CIA? ¿De Hacienda? ¿DE MARTE?… mi obsesión era como una mancha de grasa en el agua, distorsionándolo todo.

La única que precisamente se mantenía ajena a mi desmesurado interés era ella. No se daba cuenta de las miradas que le echaba ni de mi interés por ver si había algo escondido en su oficina que revelara algún fetichismo maldito o alguna mórbida perversión.

Una mañana muy calurosa en agosto, Eulalia Notario fue a servirse un café, soltó un gritito agudo muy breve y cayó fulminada en el piso de la cocina de la agencia. Mi mamá estaba ahí, me dijo que sólo dio unos pasos como pajarito, dijo ‘ay’ y se desplomó. Hemorragia cerebral. Por supuesto, fue un show colosal, con todo y ambulancia ululando. No supe si alguien fue a su entierro, aunque me imagino que no.

Después de su repentina muerte, sus cuentas se las dividieron (casi de inmediato) entre Toño – que por alguna razón le bajó al consumo de la canabina a raíz del acontecimiento- y el señor Larios. Unos archivos estaban en la casa de ella y obviamente, como a los tres días de haberse ido al mundo feliz, me enviaron a recogerlos. Yo, encantado. Era mi oportunidad para ver de cerca la casa de la Bruja Satánica adicta a la metadona y ultra reprimida pero impecablemente vestida.

El departamento en que vivía quedaba en un quinto piso en la colonia Roma con escaleras muy angostas y para acabarla, sin elevador (¡con razón le dio un derrame!). La portera, cándida aborigen con delantal y olor a sopita de fideo pese a ser temprano en la mañana, me acompañó para que buscara los folders y demás. Supuse que también para ver que no me fuera yo a volar alguna muñeca vudú o un cuervo disecado, pero no, - aquí lo espero joven,- me dijo luego que abrió la puerta y sentí retortijones de la expectación.
¿Qué habría ahí adentro? ¿Círculos mágicos? ¿El consabido gato negro? ¿Látigos? ¿Fuetes? ¿Un refrigerador repleto de cabezas humanas encogidas según el método jíbaro? Miré a la portera, pero su carita de ídolo no me reveló nada del misterio; sólo vi cómo hizo una señal de la cruz y yo, haciéndome como que no estaba conmigo, entré.

Todo era blanco.
Blanco sobre blanco.
Muebles blancos. Igual paredes, techo y suelo. No había televisión ni lámparas o libros o flores. Ni un tocadiscos. Todo blanco.
El aire era frío. En las ventanas no había cortinas. Fui por el corredor largo y me asomé al baño. Mosaicos pintados de blanco, el botiquín sin espejo. Igual en la recámara, en el tocador el marco vacío y blanco de su luna; había una cómoda, un librero vacío y una cama de tablas al centro con sábanas blancas. Nada.

Algo llamó mi atención entonces, un detalle en la pared sobre la cama. Una fotografía pegada con cinta de una mujer abrazando a dos niños, las caras de los tres habían sido arrancadas, quizás con la punta de un alfiler, dejando sólo un espacio en blanco.


2 comentarios:

emejota dijo...

(El blanco es el color del olvido)

Un abrazo

Miguel Cane dijo...

Querido Mariano:

¿Y de las almas, como el cielo?

¡Otro de vuelta!