domingo, 8 de octubre de 2006

Hijo Único




para Jesús,
mi hermano


Es hijo único.

Pero tiene primos, muchos primos; y ahora, una hermanita bebé.

Sin ser visto se acerca en este momento, camina despacio, no hace ruido.
La observa, está despierta. Él se quita el antifaz para que lo vea. Lo conozca.

A los siete años, todos dicen que es muy listo, presiente algo aún antes de que lleguen; es una sensación que lo sacude cuando la carretera termina y el calor se adhiere como otra presencia a las ventanillas del coche.

Verano.

La casa de los abuelos en Cuernavaca; él ha venido muchas veces, aunque para Andrea es la primera. Así dice mamá mientras abre ventanas y prende ventiladores. Él escapa al jardín y de lejos ve a mamá pasear por la terraza con la niña apoyada en el hombro, cantándole canciones que le gustan a él, que son de él. Oculto entre las rosas mira a todas partes, está solo. Entonces se pone el antifaz y cuando ella lo llama, Héctor ven acá, se vuelve invisible.

No puede verlo ahora.

Suele hacer lo mismo en la calle donde vive, todos los vecinos lo conocen y saludan al verlo aunque lleve puesto el antifaz negro en la cara; cuando esto ocurre, Héctor extraña su cuarto, con la pared de animales pintados: un león, una jirafa, un elefante en la selva. Antes, cuando era más chico, imaginaba que todos se desprendían de la pared para jugar con él hasta que mamá venía para ponerle la pijama y tenerlo listo cuando papá llegara de la oficina... pero de eso hace mucho tiempo. El cuarto ya no es suyo.
Al acecho como un cazador de tigres entre las plantas, recuerda cuando ya no lo dejaban entrar a ver a su abuelo. Entonces tenía que espiar desde la puerta del cuarto y lo veía, muy gris entre las sábanas y cuando él lo descubría ahí, intentaba sonreírle como antes. –Hola, muchacho.

Ninguno habló sobre la muerte esos días, aunque Héctor (no sabe porqué o cómo) ya sabía. Recuerda a mamá con la panza enorme -- es por el bebé, dijo cuando empezó a crecerle ¿no quieres sentir cómo patea el bebé?- que iba y venía; si preguntaba algo, ella contestaba rápido, sin verlo: espérame tantito mi amor, ahorita no. También recuerda el árbol de Navidad que llegaba hasta el techo y tantos regalos; cómo despertó para encontrar que se tuvieron que ir al hospital.

Recuerda esperar a que volvieran para abrir los regalos y no abrir ninguno, por que vio cómo llegaban tíos y primos, nadie hablaba hasta que entraron mamá y papá, ella con los ojos hinchados, toda ella hinchada; mamá qué paso; ahorita no, mi cielo. Ahorita no.

Así nadie me puede ver.



El antifaz es viejo, de terciopelo; el abuelo lo usó hace muchos años en un baile - Héctor ha visto una foto de la abuelita y él, más jóvenes, sonrientes, sus ojos ocultos - y desde que lo encontró en un baúl, lo lleva consigo a todas partes. No hay nada que pueda convencerlo de tirarlo a la basura, es sólo un vejestorio.

No.

Es mágico: a veces, cuando se vuelve invisible, oye a los grandes hablar de él, los oye decir que es un niño consentido... tiene que aprender que ya no será hijo único... los oye y piensa en qué quieren decir con único.

Con una angustia que no alcanza a comprender, Héctor corre al espejo en el vestidor para verse. Es más pequeño que otros niños de su edad, pálido, con ojos oscuros y grandes, pelo lacio, castaño-casi-rubio-pero-no, que cae sobre su frente; de hecho, ha notado que no se parece a sus primos. ¿Por eso es único? Suele chuparse el pulgar cuando duerme o cuando cree que nadie se da cuenta, ninguno de los otros niños en la familia lo hace.

Pronto, las cosas cambiaron: a mamá le dio por dormir mucho y no tenía tiempo para él, entonces sólo esperaba -- mientras lo cambiaban de cuarto y su abuelo era mencionado con menos frecuencia -, a que naciera el bebé para saber también qué hacer ahora.

Después llegó Andrea y como cuando lo del abuelo todos tenían prisa: es como morirse pero al revés; pensó, invisible, mientras desde algún rincón los veía hablar por teléfono, salir corriendo, volver, salir de nuevo; en la pared ya no quedaban animales salvajes, sólo estrellas de mar en amarillo pálido y una cuna, a él lo cambiaron a otro cuarto, con baño, pero lejos de la habitación de sus padres. Entiende, es para cuidar mejor al bebé. La noche que mamá estuvo fuera, a él le dio fiebre, por eso cuando luego las trajo papá a la casa, casi no tenía voz, ni fuerzas para caminar, le dolían las ingles, no tenía casi fuerza para asomarse a esa cuna y responder con labios resecos cuando preguntaban, ¿estás contento con tu hermanita? Que sí, pero sin muchas ganas. Lo mismo, sus tías dijeron: ¿ya ves? Sólo quiere llamar la atención. Es un niño consentido, está celoso de la nena… sus padres lo miraron con reproche, ¿porqué haces las cosas difíciles, Héctor? ¿Qué te pasa? Y el trata de contestar, pero de pronto, no tiene boca.

Sólo puede sentarse y dibujar, mientras todos llegan a conocer a Andrea y cuando su madre no ve, algunos adultos lo regañan por no quererla, aunque no pueden ver dentro de él, saber que eso no es la verdad.

Hacia fin de año en la escuela, Héctor cuenta los días para ir de vacaciones, dejar la ciudad y la casa donde ahora se siente como extraño; donde los amigos y parientes, sus muchos primos, hacen un éxodo de todas partes para ver a su hermana. Dicen qué linda, qué bonita... él, sentado en la escalera, se pone el antifaz para que no lo vean, mas no hace ninguna diferencia; aunque no sea invisible, las visitas ni siquiera saludan. Héctor quiere irse de vacaciones con su papá y su mamá igual que antes, con ventanas abajo en la carretera y el radio a todo volumen, pero ahora ella viene también y cargan con el bambineto, biberones, ropita, ¿má, puedo llevar mis...? no, Héctor, no cabe, además allá no los vas a usar...

Descubre que en esta casa tampoco puede hacer ruido por que la mayor parte del día Andrea duerme y cuando llora, mamá, que no puede estar lejos de ella mucho rato, la toma en brazos y le ofrece el pecho, si la despierta, lo mira con reojo: ¿porqué despiertas a tu hermanita, Héctor? ¿Acaso te molestamos a ti? Mejor toma el antifaz y se va.

La alberca fría y azul a mediodía; Héctor va a sentarse bajo los árboles de aguacate. Es viernes en la tarde, papá ya estará en la carretera; cuando llegue dejará el coche afuera y dirá hola campeón, casi sin verlo, mientras entra a la casa gritando ¿dónde está mi princesa? con algún regalo para ella. Ahora, todos los regalos son para Andrea. Está bien, piensa. Es una niña. Dicen que él ya tiene muchos juguetes que le dieron cuando era hijo único, ¿para qué quiere más? No se los merece, es caprichoso…

Furioso de repente, Héctor se pone el antifaz antes de que llegue.

No me veas.


Entra a la casa sin hacer ruido; puede decir el nombre, Andrea, decirlo mil veces cada día y hasta aprendió a sonreír cuando lo hace. Andrea, Andrea, Andrea… Al pasar oye a mamá que habla en el teléfono, dice está preciosa, ¡ya me reconoce! Es linda, linda... ¿Héctor?, dice mamá, Héctor está bien, sí. Ya sabes, celos...¿Querer a ese niño...? Cómo no lo voy a...

La mira mientras platica, ve cómo ríe y vuelve a hablar de su niña. Héctor se ajusta el antifaz y cauteloso se desliza hasta el cuarto sin hacer ruido. La canastilla de encajes resplandece. Héctor se acerca, nadie lo puede ver.

Nunca se ha acercado a Andrea hasta ahora. No la ha tocado o cargado; Héctor, déjala. La vas a tirar, eres tan torpe… Si lo hace, a lo mejor los animales vuelven a la pared del cuarto; mamá y papá lo van a querer por acercarse a su hermanita. Sus tías y los demás dejarán de mirarlo así, decirle feo, caprichoso, tosco. Tal vez ella también lo querrá.

Se quita el antifaz para que Andrea lo mire, pueda conocerlo, pero la niña no sonríe, como lo hace con todos. Tiene sus ojos abiertos, las pupilas reflejan a su hermano mayor, el hijo único, que con un dedo tembloroso roza la piel de su mejilla, suave y tibia, pero Andrea no se mueve, no lo reconoce, hace sus ruidos de siempre. No lo ve.

Temblando, su respiración entrecortada, Héctor la toma de los hombros para sacudirla, es la primera vez que toca a su hermanita, a la que habría querido, su única hermana y grita, mamá, ¡mamá! Pero la niña no se mueve, sólo parpadea contemplando un móvil de ovejas de color que oscila sobre la cuna.

Nada.

Héctor grita. Grita. No lo ve. No lo oye.

Gorgoreando, sus manos al aire, Andrea contempla el móvil, llora porque es hora de que coma, Héctor la oye y también como súbito derrumbe, los pasos de su madre, seguidos por la voz que lo atraviesa: ¿tiene hambre mi hijita? Mamá levanta a Andrea y se pasea por el cuarto con ella en brazos, mientras Héctor grita una vez y otra aquí estoy, mírame, mírame, mírame, luego llora y muy despacio resbala contra la pared, por fin invisible, el precioso antifaz de terciopelo negro tirado a sus pies.

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