domingo, 1 de octubre de 2006

Holocausto



It is a heart,
This holocaust I walk in
O golden child,
The world will kill and eat
- Sylvia Plath

La primera noche de viernes que Laura pasa en el departamento en Plaza Río de Janeiro presencia junto con otros inquilinos el bestial asesinato de una mujer, acuchillada en plena calle, frente al parque. Es una entre veinte testigos e igual que los otros, no puede evitarlo.

Observa todo, paralizada, desde la ventana de la estancia: en vivo, sin cortes. Ve a la mujer que viene arrastrándose desde la estatua del David; sangre en su cara, en sus piernas, Laura no puede dejar de ver su cara; se ajusta los lentes para ver el rostro de la mujer, que se desencaja en cada grito.

El primero la hace levantarse del suelo, donde separaba por orden alfabético los libros para acomodarlos después en el librero grande. Un alarido como los que Laura nunca había escuchado, excepto en películas.

Se levanta y sacude sus manos sobre el pantalón, cuando llega el segundo grito, más punzante y atormentado que el anterior. Eso le confirma que no es una televisión a todo volumen. Laura se acerca a la ventana y primero ve su reflejo, después a la mujer que tropieza y luego se desploma en la banqueta, a las puertas del edificio, que alguien la ayude por favor, por favor, por favor alguien que... El hombre salta sobre ella cuando vuelve a gritar y ya no se trata de una súplica de auxilio, ni piedad. Es un grito animal, el de la res en el matadero, del cerdo al ser degollado.

Laura es deslumbrada por la sangre que deja manchas en el concreto.
Es una coreografía perfecta de muerte; la mujer marioneta de hilos cortados brutalmente, que sólo grita mientras el hombre alza el cuchillo y lo deja caer, una vez y otra.

Cada una es un golpe que hace estallar sudor helado en la frente de Laura, siente su sangre como una espiral que gira hacia abajo, se pierde en sus pies, la clava en las duelas. En su garganta se forma otro grito, pero no alcanza sus labios.

Por el rabillo del ojo alcanza a ver luz en el balcón del departamento de junto y sabe que si se asoma, podrá ver a los del segundo y cuarto piso también asomados, sin perder detalle, como asistentes a un palco del circo romano.

La mujer en la calle deja de convulsionarse; uno de sus zapatos sale volando con el último espasmo de sus piernas heridas. Los gritos ahora son un gorgorear macabro.

Arriba, es Laura quien tiembla, lágrimas resbalándose por sus mejillas y nariz dejan un rastro salado en su boca, abierta para que finalmente su propio grito pueda escapar y lo hace en forma de sollozos parecidos a una risa trémula, mientras el asesino termina su sinfonía de estocadas y luego corre, para ser tragado por la oscuridad en la esquina de Durango.

Ella permanece ahí unos minutos, ignora cuántos, hasta que llega la ambulancia y tres patrullas, hasta que algunos de sus vecinos salen a ver los despojos de la mujer.

El domingo compra periódicos; los extiende sobre la mesa del comedor. Describen la escena relatada por los vecinos; cómo la mujer, Irene Robles, de 27 años (‘mi edad,’ piensa Laura con un escalofrío al leer ese párrafo ‘tenía mi edad,’) maestra de primaria que vivía cerca del lugar de su muerte, fue herida treinta y cinco veces (Laura cierra los ojos, se apoya en la mesa para no caerse. Treinta y cinco) fatalmente con arma blanca por agresor desconocido.

Más tarde, cuando unos cargadores traen el refrigerador nuevo, Laura ve a sus vecinos en su ir y venir. Uno de ellos trae dos o tres periódicos bajo el brazo cuando se cruzan en la escalera; después ve a la pareja que vive arriba, salir con lentes oscuros y una maleta. La esposa está embarazada, le sonríen antes de irse. No hay comentarios, ni murmurar.

De hecho, en la calle no queda nada. La portera lavó las manchas de sangre y sólo hay rastros muy leves. Cuando el camión se va, Laura ve a un hombre joven que vive en uno de los estudios/buhardilla del quinto piso, atento a la banqueta, como buscando rastros de sangre que pudieran haberse ido entre las grietas. En el momento que él la descubre mirándolo, mueve la cabeza, pero tampoco habla.

- Pero qué horror, - dice su madre, cuando le llama para agradecer el refrigerador y contarle. Es domingo en la tarde, Laura hierve agua para hacerse un té, mientras la oye. – Ay, mija, ¿porqué mejor no te regresas acá...?- de inmediato un ‘ni loca’ se forma en su cabeza, pero no lo dice. Apaga la lumbre y balanceando el inalámbrico en su oído, busca una taza en el gabinete. – Mamá, apenas me acabo de mudar. También tengo mucho trabajo aquí y no lo voy a dejar tirado así nada más. En Guadalajara no hay nada que...
- Bueno, Pablo vino el otro día a bus...
- No pues, mamá. ¿Le quedó claro? No quiero saberlo.
Oye el silencio en la línea, que se interpreta solo mientras vacía agua sobre la bolsa de té, que flota en la taza. – Me doy, mija... Sarna con gusto no pica.

Otro día, al ir sobre Insurgentes, el mismo muchacho del sábado la encuentra y se empareja a su paso. Se presenta como Jaime, su vecino.

- Soy Laura.
- Hola.

Caminan otro poco y de súbito, él tose y le invita un helado en La Bella Italia. Sonríe, inclina la cabeza. Laura se detiene y lo mira; es más alto que ella, sus ojos cafés de grandes pestañas parecen los de un niño. -¿Qué dices, vamos? Luego te acompaño a tu casa...- ríe. Ella acepta.

Una vez sentados bajo el ventilador de aspas, ella le cuenta cómo obtuvo su empleo en la editorial y llegó hace cuatro meses de Jalisco. - Me mudé aquí hace diez días apenas...
-Vi cuando trajeron tus muebles.

Él le cuenta que siempre ha vivido en la ciudad, sus padres son divorciados y es cuatro años menor que ella. Después de esto, cada uno regresa a su helado y la conversación comienza, como ellos, a derretirse. El asesinato del viernes brota en su cabeza y supone que Jaime piensa lo mismo, pero ninguno hace referencia a la sangre en la banqueta, como si por hacerlo el cuerpo mutilado de la mujer fuera a aparecerse en la mesa con ellos.

Laura lo mira rascarse la oreja, limpiarse crema de la boca; se sorprende al hacerlo y pensar no en la mujer muerta, ni en la gente inmóvil en las ventanas –Jaime vive del lado del edificio que da a Durango...¿Habrá visto algo? No...- sino en que su sonrisa y sus ojos van muy bien juntos. En que él le gusta.


Salen otras veces; al cine, a cenar, a un coctel de la editorial para presentar un libro; otro día van a comprar víveres al supermercado y lo acompaña a cortarse el pelo.
Lo observa mientras caminan de regreso al edificio, él tomándola de la mano.

¿Qué es esto? Piensa mientras él espanta palomas grises que se atraviesan en su camino y ríe al verlas volar. Camina sin miedo, es hijo de la ciudad, uno con las calles y edificios y en ese momento, ella siente un mordisqueo de envidia por dentro. ¿Quién eres?, le pregunta sin mover los labios mientras él abre la puerta del edificio y la sostiene para dejarla pasar.

Esa noche le pide que se quede con ella.

- Estoy bien, mamá,- dice mirándolo hojear uno de los libros en la sala. – De veras.
- Tu papá y yo estamos preocupados, Laurita. Acabo de ver en el noticiero eso de los secuestros exprés y le dije a tu papá, ‘ay, mira nada más qué cosa’ y luego, con eso que me contaste que pasó afuera de tu casa, ay no. Es que ya no puedes salir a la calle...
- Mamá, voy de salida. Es más, me pescó usted en la puerta.
- Pero, ¿vas a salir de noche? Laura, es muy peligroso andar sola a estas horas.
Sonríe y Jaime la mira con las cejas arqueadas. – Sí pues, pero no voy a salir sola. Déle un beso a mi papá y les hablo el domingo.- Al colgar, Jaime la toma por la cintura. – Igual y tiene razón, mejor no salimos.

Un sábado, mes y medio después del asesinato, la pareja del cuarto piso ofrece una fiesta, Jaime pasa por ella oliendo mucho a loción – algo que Laura no había notado las otras veces- y con una botella de vino. Lo ve impaciente, abre y cierra las manos, mira por turnos al techo y al suelo, a los pósters en la pared. -¿Ya estás lista?

Laura casi tropieza en las plataformas de sus zapatos al salir del baño. Jaime no sonríe ni dice nada de su aspecto, sólo abre la puerta, aprieta los labios. Ninguno habla al subir la escalera hacia el departamento donde suenan a todo volumen los Rolling Stones.

El anfitrión recibe el vino, Jaime la presenta. – Ella es Laura, del 303.- Es todo, no ‘Mira, te presento a Laura...’ o ‘Mi novia, Laura.’ Al estrechar la mano del hombre – Jesús, mi esposa Valeria...- mira el vientre de la mujer que se inclina para besarle la mejilla; calcula que falta poco para tener a su bebé. Jaime se aparta, saluda a otros invitados, gente del edificio, que mueve la cabeza en saludo al verla ahí junto a la puerta, Laura del 303.

El resto de la noche ella da sorbos a un vodka y lo mira coquetear con unas chicas en el sofá. Flirtea igual que esa primera tarde lo hizo con ella en la nevería. Lo ve sonreír, rascarse la oreja y apartar pelo de su frente con la mano, igual, exactamente igual que esa tarde.
¿Es una pose? ¿Es así siempre?

Oprimiendo el vaso en su mano, Laura siente la piel de su cara ponerse de improviso muy acalorada, su garganta estrecha con amargura. Se queda en un rincón cerca de la cocina, donde Valeria le regala sonrisas mientras prepara charolas de botana y platica con mujeres que, supone, son sus amigas; desde ahí puede ver a Jaime reírse de sus propios chistes con las que están sentadas oyéndolo; en un momento él se vuelve hacia ella y Laura mira a la ventana. Entonces se da cuenta. Es uno de los cuartos donde había gente, la noche que mataron a la mujer.

Cuando ya casi no queda gente en la fiesta, Jaime pide prestada una guitarra y empieza a cantar, algo que tampoco ha hecho cuando está solo con ella. Toca canciones de protesta, trova cubana, de esas que cuando llega a oírlas Laura no conoce la letra y la hacen sentir demasiado burguesa, demasiado extranjera en su propio país. La irrita verlo ahí, cantándole a las idiotas de minifalda en el sofá, una con argolla en la nariz y las piernas abiertas. Los demás le hacen coro, el papalote, cae cae cae cae... y hasta le aplauden. Con cada aplauso, el calor en sus mejillas se enfría como plomo extendiéndose por toda su cara, aprieta las manos en puños sobre su regazo y restrega sus muelas hasta que le duelen.

- Esta de Silvio Rodríguez, se llama ‘Ojalá’,- dice Jaime extendiendo su sonrisa por toda la habitación – y si él se la dedicó con todo cariño al pueblo de los Estados Unidos de Mierda, yo - le guiña un ojo – en su defecto, se la dedico a los tapatíos.
Antes que empiece, se levanta y lo abofetea. Su mano deja una marca sobre la cara de él, un arañazo cerca del ojo. La sonrisa de Jaime no disminuye. – Sin agraviar a lo presente.

Laura sale del departamento, disculpándose con Valeria (¿Estaba ella ahí la noche del viernes?, ¿también vio? ¿Tuvo náuseas al ver cómo moría la mujer?) y Jesús, que la acompañan a la escalera; alcanza a oír cómo los demás comienzan a recoger sus cosas para irse. Se despide deprisa para no ver a Jaime, aunque sabe que irá a tocarle en cualquier momento; de hecho, lo espera. Jaime entra y no habla. Toma una Corona del refrigerador y le hace una seña para que se siente con él en el otro banco de madera.

- Eres un ordinario,- dice ella al sentarse. Se quita un arete, luego otro. Lo mira y ve cómo la cerveza chorrea por su mentón al reírse a medio trago. Es una risita cínica, como los ojos que le lanzaba a la tipa del sofá; un contrapunto a la que ella había oído todas las otras veces. – No es chiste, Jaime. Me ofendiste y encima, lo hiciste adrede. Guarro.

Jaime vuelve a reír, con tanta fuerza que le lloran los ojos y deja caer la botella al suelo, Laura encoge las piernas; lo ve doblarse con risa y llanto pegando en la mesa, lo ve como por primera vez, un extraño, borracho, estridente. El enojo muy despacio se vuelve miedo en sus vísceras... la puerta le queda lejos... -¡Qué te pasa! ¿Por qué eres así conmigo?

Ella se levanta y él la toma del hombro, acerca su cara a la suya; en sus ojos no queda ternura. Laura ve cómo su cara cambia, cómo un dolor se posa en sus rasgos igual que una nube cargada de lluvia a punto de romper. -¿Qué quieres de mí, Laura? ¿Qué esperas que te diga?- baja el tono de voz y suaviza el apretón en su brazo, pero los ojos no pierden intensidad. En su cara ahora encuentra la de otro que desconoce, se dibuja el rictus de alguien que vuelve a casa para encontrar todo su mundo vuelto cenizas. La suelta y murmura algo que no alcanza a oír, no lo repite.

Evita sus ojos al salir hacia la puerta que cierra suavemente, mientras ella permanece en la cocina, con el olor a cerveza y las astillas bajo sus plataformas, sobándose donde los dedos le dejaron moretones.

No vuelven a verse. Si llega a encontrarlo en las escaleras o en la calle, Jaime le da la espalda, finge que no la ve, o quizá no la vea, sus ojos fijos en un punto inexacto más allá de su cuerpo. Es la primera vez en toda su vida que un hombre termina con ella, que la expulsa de su vida por completo, como si nunca hubiera existido.

Laura se sumerge en otras actividades para no pensarlo; se deja envolver, como las otras mujeres que ve en su oficina, o en cines y restaurantes, por la ciudad. Deja que forme parte gradualmente de su vida y la ciudad responde.

Un día se decide y limpia el balcón, donde no se había acercado desde el asesinato y lo llena con macetas de helechos y geranios.

Después, va y se hace luces en el pelo; otro día, desde un taxi en Insurgentes y Reforma, ve cómo uno de los niños malabaristas es arrojado por los aires por un coche que no se detiene mientras el niño se estrella casi en el mismo punto, su cabeza hace el mismo ruido que una calabaza, paf, el tráfico es lento mientras los conductores pasan despacio para ver casi con reverencia el cadáver de la criatura y ella cierra los ojos.

La ciudad responde.

Otro día, pasa una tarde probándose vestidos y compra un regalo para la bebé de sus vecinos; otra semana empieza a llover y Laura no lleva paraguas, corre para eludir la tormenta, pero las suelas de sus zapatos resbalan en un charco y ella aterriza de bruces, sus medias y rodillas raspadas; la gente la mira hincada y sucia, nadie se acerca para ayudarla a levantarse. Cuando su madre llama por teléfono, le sonríe al auricular y dice ‘estoy bien. Estoy bien. Estoy bien...’

La ciudad responde.

Toma un microbús y antes de llegar a Viaducto, dos hombres saltan en medio; Laura ve que uno trae una navaja (la mujer grita y grita y), otro lleva en la mano una pistola. Todo es muy rápido, en una bolsa de plástico caen billeteras, relojes. El de la navaja mira el anillo en su mano derecha cuando Laura deja ahí su reloj. – El anillo. Órale. El anillo.

En su cabeza, Laura ve a su abuela una vez más, poniéndole el aro en su dedo. – Ten, ahora es tuyo...- mío. El anillo es mío. Va a decirlo cuando el fulano se lo arranca de un tirón y con él casi le rompe la falange.

La ciudad responde y se muestra tal como es.
Responde, responde, responde...

Responde cuando un coro de estibadores le grita leperadas desde un camión. Cuando nadie puede explicarle por qué el cajero automático se traga su tarjeta; cuando su madre le llama para decir que en el noticiero hablaron de leche con rastros de excremento y fugas de amoniaco y cuatro asaltos bancarios en una sola mañana, claro, también dijeron que el volcán puede.... ¿qué estás haciendo ahí Laurita? Esa ciudad es peor que el infierno, mija....

El infierno, repite Laura y piensa otra vez en la mujer muriéndose en la banqueta. El infierno...

Noches después, cuando regresa de una presentación en Bellas Artes, descubre que el taxímetro la está robando y se lo dice al taxista. – No es cierto,- contesta el hombre, mirándola por el retrovisor. En sus ojos el mismo reto que encontró en los de Jaime la última vez que se vieron.

- Déjeme aquí.

Faltan muchas cuadras para llegar al edificio. Laura camina aprisa, las calles están vacías, algunas con los faroles apagados. No se detiene. Sólo escucha su respiración mientras cruza, apretando su bolso bajo el brazo, sus pies constreñidos por los tacones, como si estuvieran ansiosos por tener alas. Su pecho se agita, de nuevo su frente se pone húmeda como sus axilas, sus labios se resecan.

Siente miedo que palpita y crece en su estómago, trepando a su garganta como vómito, mientras cuenta las calles que le faltan. Piensa en Irene Robles y si se sintió igual la noche que murió. O no tendría miedo hasta el último momento, cuando ya no podía hacer nada. No mira al atravesar las calles, corre, su pelo va soltándose y cae sobre su cara, lo aparta con los dedos y corre. Ya casi puede ver el edificio, las luces de los departamentos donde estará a salvo, donde no hay qué tem...

El hombre se desprende de entre las muchas sombras de la calle, la toma por el pelo y Laura grita, es el grito del animal sorprendido por su predador. Alza un brazo y agacha la cabeza a tiempo de esquivar el golpe dirigido a su cara. Los dos tropiezan y Laura corre, con él detrás, tirando de su vestido, que se rasga con un lamento, los tacones la traicionan, su tobillo se dobla y cae.

Entonces, a través el dolor lacerante los ve.
Todos ellos, en las ventanas. Mirándola. Jaime, Jesús y Valeria, con su hija recién nacida en brazos. Otros rostros que conoce. Todos atentos a esta ceremonia, donde ella es una víctima, un cordero pascual para satisfacer el apetito, el ansia de un dios que no conoce, el dios al que Jaime no acabó de referirse. Un dios que necesita adoración para seguir vivo por los siglos de los siglos, ofreciendo la muerte violenta o la vida, como testigos eternos de otras muertes en esta ciudad. Un dios salvaje, colérico, temido por la gente de su dominio.

El resplandor de este entendimiento se precipita en la cabeza de Laura, mientras el hombre rompe la falda y las medias y le aprieta con la otra mano el cuello. Sálvame, grita otra voz por dentro, sálvame. No me dejes morir. No me...

La ciudad responde, responde con vértigo y furia.

Laura se despega de la víctima mártir; ya no siente, sólo ve cómo la fuerza en sus manos, en sus dedos, en este instante es la fuerza del dios viejo y hambriento que la toma, con la intensidad roja que es él, guiándola hacia los ojos del monstruo y ella grita de un modo que Irene Robles nunca pudo. Es ahora él quien grita mientras su cabeza se estrella contra el concreto y su cuello se rompe como una rama.

El dios salvaje hace su voluntad en Laura, su sierva que se cubre con la sangre del otro mientras ella como en una ola, se hunde y comprende por qué nadie hizo nada la primera noche.

No estaban paralizados de miedo, estaban adorándolo, en un ritual que se repite miles de veces cada día, cada noche.

Cuando la víctima ya no se mueve, Laura se yergue sobre él, ansiosa y exhausta, adolorida y exaltada a un mismo tiempo. Entra al edificio, cojea, lleva la cabeza en alto. Los inquilinos salen al patio para verla, ahora es hija con la ciudad, la ven como hermana; descubre a Jaime en la escalera y su rostro es tierno como al principio, una promesa de lo que vendrá después de la comunión.

Laura le sonríe sin temor, la sangre del holocausto adherida a ella como una nueva piel.

4 comentarios:

Inés Rocha dijo...

Hola Miguel, mil gracias por compartir conmigo y con todos este espacio, siempre es enriquecedor leer lo que escribes, así como disfrutaba tu "Reina por un día" y disfrutaba darle forma tus entrevistas en la revista, así mismo he disfrutado y disfrutare este espacio.

Miguel Cane dijo...

Querida Inés,

Bienvenida. ¡Qué gusto que te gustara!

Espero seguir viéndote por aquí y... gracias. De veras muchas gracias, por lo que mencionas arriba, y por leer.

Un besote.

M

Merce dijo...

Me ha encantado, si señor. Más, quiero más...
B7s

Miguel Cane dijo...

Gracias, Faraona.

Muchos cariños.

M