domingo, 29 de octubre de 2006

Oscuro es el Abismo


Para Susan y Peter Straub


Es viernes santo, la mañana con cielos amortajados en gris.

Es el cuarto día en su itinerario por Europa occidental.
Laura y Ricardo son llevados por una representante de la embajada de su país a una visita informal a lo que originalmente fue un refugio antiaéreo construido bajo la plaza del parlamento, que se convertirá en museo pronto.

- Es sorprendente,- dice la mujer - hay que verlo para creerlo.

Su nombre es Alma.
Es joven y muy bella de rostro, tiene sonrisa rápida, segura de sí; nominalmente es compatriota de ambos, aunque ha vivido en esta capital tanto tiempo -- más de veinticinco años- que su acento se ha vuelto neutral. Cuenta que puede hablar una variedad de idiomas -- Francés, Italiano, Alemán, un poco de Pakistaní -, más o menos con fluidez. “Me crié en el servicio exterior,” les dijo la noche anterior, cuando la conocieron durante una cena ofrecida por el embajador.

-¿Tu familia?- preguntó Laura, sintiéndose demasiado expuesta en su preñez, sobre la que casi todos los presentes habían comentado, con las mismas sonrisas que había recibido en otras fiestas y reuniones.

- Mi padre era cónsul. Ahora está retirado.
-¿Y tu mamá, Alma?

Laura encuentra los ojos azules de la otra en el espejo retrovisor, en tanto aparca en una calle estrecha por donde no pasan peatones. Su pregunta quedó en el aire por un momento, sin respuesta, previo a que Alma diera un sorbo a su copa, sin mirarla: – Mi madre murió cuando yo era niña.

Alma explica que el refugio solía ser secreto durante la guerra; la entrada es por una puerta de metal casi escondida, ennegrecida por el tiempo. Del bolsillo de su abrigo, saca una llave de aspecto ordinario que introduce al cerrojo, sin ceremonia. La puerta luce vieja y pesada.

-¿Tienen muchos acceso a este lugar?- pregunta él.
- No. No era un refugio para el público general.
-¿Para quiénes, entonces?
- Ah... oficiales del parlamento, personal diplomático. El primer ministro tiene su propio refugio, como la familia real…
-¿Y los demás?- pregunta Laura -¿Qué pasa con ellos? ¿A dónde van?

Alma vacila un instante, se toca el cabello (supone que si fuera hombre, se rascaría la cabeza). El cerrojo es de combinación y se concentra en abrir. - Mejor será respiren hondo antes. El aire adentro no es fresco. Casi nunca entra nadie aquí.

Toda vez que se abre la puerta, añade - Hay otros refugios, Laura. Se construyeron varios durante la guerra, más grandes. Para más gente. Ahora muchos ya no existen.
Levanta un interruptor de luces fluorescentes; lo que pueden ver del interior, son paredes de concreto, una escalera que desciende y un descansillo, para luego seguir. El aire es frío, con penetrante olor a humedad, rastros de cañería. Laura siente, para su sorpresa, los comienzos una arcada, pero se controla lo más rápido que puede. Al verla, Ricardo ríe como si fuera un chiste verla así; mi vida, le dice.

- No pasa nada,- dice Alma, al cerrar - algunas personas tienen reacciones peculiares al venir. Pero no hay nada que sea peligroso. Estar aquí es totalmente seguro.

Laura intenta imaginar el lugar como una especie de bodega, un sótano.

La voz de Alma hace ecos en el techo; sus tacones también.
Al descender más, el aire se va enrareciendo y Ricardo ofrece a Laura su pañuelo.

En el rellano hay un cartel, posiblemente data de sesenta años atrás, que da indicaciones. Alma lee en voz alta – qué hacer, qué no hacer, qué esperar y cómo: hay un maniquí exhibido ahí junto. Es de tamaño natural, luce toda la indumentaria y parafernalia de defensa en caso de ataque aéreo: overol, botas, máscara de gas y guantes. Laura mira a la efigie, espera que se mueva, le hable.

Hubo un tiempo en que la gente salía a la calle en esta ciudad con máscaras de gas y sin saber si volvería a casa. Imagina el terror implícito en las esposas despidiéndose a la puerta del marido cada mañana en esos tiempos extraños, tan ajenos como de repente inmediatos.

Un beso y tu máscara.

Laura mira al hombre sin ojos ahí de pie. Quizás por estar tan bien preparado para un desastre, con todo y máscara, le atribuye poderes que ella no posee.
Recuerda cuando era aún muy niña y acompañaba a su madre de compras; solía sentir que los maniquíes como éste, hombres de expresión pétrea, mujeres de rostro pintado, la observaban a cada paso, sigilosamente; les tenía pavor.

Un íntimo terror secreto.

Por aquí, por favor y juntos van tras Alma, que da una breve historia del refugio, cuya transición en parte está siendo financiada por inversionistas extranjeros – aquí es donde Ricardo juega una parte y de donde surgió su interés-, les habla del legendario primer ministro (ahora ya muerto) que lo hizo construir; les muestra los oscuros túneles que conducen al sótano del palacio parlamentario y otros refugios --más grande y resguardados, aún funcionales hoy en día-, uno de los cuáles se ubicaría bajo las habitaciones de la reina.

En cada uno hay espacio para almacenar provisiones y medicinas; una enfermería, centros de comunicaciones actualizados con tecnología de punta. Pero éste parece detenido en el tiempo. Es una reliquia, explica su guía, mientras Ricardo asiente y Laura sólo se limita a observar, cada vez más aislada mientras estos dos se acercan, juegan una especie de ping pong verbal sin lugar para más.

Alma entreabre la puerta de una cámara (una de varias) y los invita a asomarse. Apenas lo hace, Laura huele algo rancio, como si una cañería estuviera destapada.

De aquí venía la peste y eso la hace sentir más náuseas, que finalmente, igual que su estado, la vencen y ahí mismo, en un lavabo, sintiéndose profundamente humillada, deja el gusto amargo del jugo de toronja que fue lo único que le apeteció en el hotel; Alma mira hacia otra parte y Ricardo también, mientras ella se limpia los labios con el pañuelo y advierte que esto se asemeja a una celda que espera a su, o sus, prisioneros.

- No es un hotel de lujo, pero sí es mejor que la otra opción.
-¿Cuál es?- pregunta Laura detrás del pañuelo.

Ricardo interrumpe, hace preguntas a Alma y secretamente, Laura se siente agradecida por la distracción, que no hubiera respuesta a lo que se imaginó de repente, lluvia de fuego y azufre, ella contemplándolo todo como la mujer de Lot, vuelta una estatua de sal. No, no. Déjalo así. Pasa una mano por su vientre que ha crecido (siete meses pronto) y va tras ellos, aunque decide ya no seguirles el paso.

Piensa en cómo sus sentidos parecieron agudizarse nada más cerrarse esa puerta a nivel de la calle.

Estamos rodeados de tierra.
Esto en realidad es una tumba y estamos enterrados vivos.



Han pasado ya casi seis días desde que salieron y faltan diez para regresar.

La visita es algo que no requiere más que media hora de su tiempo -- una minúscula parte de su itinerario-, presuntamente para observar proyectos y posibilidades de negocios, encontrar inversionistas. Algo inesperado, Laura. Nunca se sabe.

El lugar es en su sentido más básico, una estructura física; un experimento arquitectónico sin belleza, gracia ni tradición: un cinerario paraje oculto bajo una ciudad serena y fría; podría describirla como una anciana elegante que mantiene su cabeza conspicuamente erguida.

Hay muchas maneras de interpretarlo más allá de un contexto meramente político o social. Es mucho más que un vestigio de la guerra antigua. Hoy hay otras guerras y cada vez más cercanas.

O acaso es algo más. Laura piensa en una pirámide egipcia o maya, una ciudad para los muertos; es como un sofisticado monumento fúnebre, en este caso hundido en la tierra, dirigido boca abajo hacia la vida eterna, quizá a los avernos. En el peor de los escenarios, sería la antesala de un cadalso.

- No es un monumento a los muertos,- señala Alma, al oírla expresar su idea. - Es más bien un templo de la vida. Un monumento de, y para, los sobrevivientes.

Conforme sigue el paseo por este museo negro, Laura se rezaga más, escucha desde lejos las dudas de su marido y las respuestas precisas de Alma, que parece coquetearle de un modo ambiguo, desinteresado, aunque seguramente es la técnica que aplica con cualquier hombre. Laura finge que no le importa; ociosa, hace girar su anillo de casada con el pulgar, mientras pretende ignorar (aunque no sea verdad) el frío de los corredores y el que sus dedos, sus manos, toda ella, tiembla.

Se detiene a ver de cerca otro maniquí expuesto, detrás de un cristal. Éste representa a un niño pequeño; su indumentaria es idéntica a la de los otros, sólo que a escala. Detrás de la máscara intuye un rostro sin expresión. De pronto, el predicamento de este niño sintético, su sacrificio inminente, la asalta como algo a la par desgarrador y humillante. Dentro de ella, lo que será su hijo o hija – se ha rehusado a que le digan en los ultrasonidos, aún si Ricardo sí quiere saberlo- duerme, ajeno al vuelco de angustia inexplicable en su pecho.

Maldita la hora en que a Ricardo se le ocurrió pedirle acompañarlo. Entiende que es una buena oportunidad para él ahora, para ser visto y aprender cómo debe actuar cuando le toque desempeñarse en cualquiera de estos países. Todo lo demás es pretexto: entrevistas, reportes y cortesías. Sabe que no hay un objetivo concreto para que ella esté ahí, pero todo mundo condesciende con ella y es gentil: la esposa embarazada, tan jóvenes ambos. Soy como un accesorio, pensó en una de las primeras noches, con el horario invertido, pero sin atreverse a interrumpir su sueño.

De hecho, desde que están en este continente no hablan de ello, ni de alguna otra cosa. Todas las conversaciones que ha intentado sostener con él desde que empezó el viaje no llegan a ninguna parte. De hecho, Laura ignora si esta creciente mortificación es causada por alguna incompatibilidad con él, o por las intenciones que tenga para un futuro en el que lo mismo ella podría figurar o no; también podría ser causada por sentirse tan cansada conforme pasan los meses, o consecuencia del shock provocado por visitar demasiados países en poco tiempo. A Laura viajar la desorienta, la desgasta, y con Ricardo, pese a que no hubo formalmente una luna de miel, habrá muchos viajes y casas en otros países.

Tendrá que adaptarse; aunque ahora se siente extenuada. Sus amigas en casa abiertamente han expresado envidia por su posición: Ricardo no sólo es bien parecido, tiene futuro, es “buen partido” (cuando lo ha oído decir no sabe si reírse, no podrá ser en serio, ¿o sí?); su madre por otra parte, no se cansa de hablar de lo orgullosa que se siente. Voy a ser abuela.
Ricardo le dijo, apenas llegaron a su primera ciudad, mientras cenaban en el restaurante del hotel con vistas al río y los petit bateaux colmados de paseantes, que el mundo se divide en viajeros y turistas; mientras bebía su segunda copa de vino, señaló que los primeros son admirables, donde los segundos, objetos de escarnio.

Laura no requiere mucha imaginación para saber a cuál categoría pertenece (según él). Es la peor turista del mundo.

De repente las luces fluorescentes sobre sus cabezas crujen y se apagan.
Alma maldice en voz alta y Laura empieza a sudar pese a la baja temperatura. Su voz, no obstante, suena tranquila al decir a Ricardo que viene justo atrás de ellos. Él le tiende las manos para que lo alcance. Al quedar a oscuras, los tres estaban casi de vuelta al pie de la escalera, ya a punto de salir.

Alma dice que todo está bien, no hay peligro... seguro es una falla temporal de energía.
No hay ningún peligro y no deben temer.

Pasa la oleada de desconcierto y Laura encuentra en la oscuridad la mano ansiosa de su marido. Espera que tomarla la haga sentir más segura que las palabras de Alma acerca de que es imposible estar en una situación de riesgo. No habrá problema en subir la escalera a pie, en la oscuridad. No sucede así, él también tiembla.

- Que no cunda el pánico,- dice Alma aunque su voz ahora suena aguda y entrecortada.

Va antes que ellos por la escalera, repite instrucciones inútiles, reitera que no hay peligro, es imposible que estén atrapados. Laura la oye y piensa que si Alma no está llorando, poco le falta y esto la hace reír, primero a ella y luego a Ricardo, como un par de niños también. Se ríen de Alma, tan exquisita y compuesta a plena luz y tan espantada ahora. No es su intención ser crueles, pero cómo evitarlo.

-¿Estás bien?- le pregunta él - Tienes las manos heladas.
Los escalones parecen más espaciados ahora. Cuando llegan a un rellano, respiran como si hubieran escalado una montaña. Laura deja de reír y sube con los dedos firmes ahora en torno al barandal, siente sus venas palpitar por todo el cuerpo. Dentro de sí surge la confirmación de sus sospechas anteriores.

Están muertos y enterrados, el incidente pasará a la historia, más como una anécdota macabra que como algo trascendente, digno de ser tomado en serio. Estatua de sal. Cuando nunca aparezcan, serán leyenda.

No quiero morir, murmura una voz, ¿voy a morir?

Los tres son adultos, responsables, centrados. La situación no es más que -- como no deja de señalar Alma- algo sin importancia. No hay peligro de sofocarse, dice ella y luego guarda silencio. No sabe qué más decir, ha externado su propio pánico entre las sombras. Laura no puede realmente prestarle atención. Con una mano se protege el vientre mientras suben otros cuantos escalones y oye una voz diminuta que aparece en su cabeza.

Si otros mueren, ¿me salvaré yo? ¿Estamos muertos? ¿O algo peor…?

Ella y Ricardo (que ahora no suelta sus manos, respira más aprisa, acaso tiembla), están en penumbra, esperan mientras oyen a Alma -- asustada, solloza como niña que de repente se ha perdido, sin saber a dónde ir - buscar a tientas un cerrojo ahora invisible.

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