domingo, 17 de diciembre de 2006

Trampa para Niebla


Father,
I killed my monkey
I let it out to taste
the sweet of spring

wonder if
I will wander out
test my tether to

see if I'm still free
from you
-Tori Amos
Bliss

Así será.
Un tiro; uno sin más.
Al instante, la multitud hendida en un brote de súbito terror: gritos, caos.
Alguien que se desangra rápidamente.
Tú.

Pero no todavía.

Ahora ahí estás, risueño, vivo, el atril cercano y luz cenital. Tan guapo: perilla acicalada, corte de pelo juvenil, pocas canas en las sienes. Sobre la nariz patricia (así la llamas, no sé si en serio), llevas gafas de montura moderna que medio ocultan tus ojos, idénticos a los míos. Manos grandes revuelven los poemas que te han llevado por tres continentes, las mismas manos con que has firmado tantos libros estos años. Alto, jovial, bebes un poco de agua – preferirías vino, lo sé-, anuncias “este es Trampa para niebla” y se hacen aplausos aún antes que comiences a leer.

Tu voz. Siempre en mi memoria como eco, mientras te miro y trato de memorizar cada detalle: el color de tu ropa, su textura, los aromas de la librería, cuánta gente hay ahí contigo en el ritual.

Pero no puedo saber cómo hueles: la lectura es televisada, me llega tu voz diferida desde la pantalla, pero tan nítida como si sólo leyeras para mí esos versos como has hecho antes, los repito apenas moviendo los labios. Este es el territorio que el agua ha conquistado a la certeza…

Tu voz gana fuerza para el clímax de tu adoración, hipnotizador de serpientes; me adhieres irresistible a la imagen con tu dicción, de gracia salvaje. Te han llamado gran creador, insurrecto indomable, pero también puedes ser un niño espléndido cuando te da la gana. Me dicen algunas chicas cuando se enteran de qué lazo nos une – no sin envidia o estupefacción: qué maravilla, es tu padre. Yo asiento, una extraña elación cuando digo sí, ya lo sé.

Terminas Trampa y te aclaman de nuevo, ahora más enérgicos, totalmente entregados. Hasta yo, tan lejos, tengo ganas de aplaudir. La cámara pasea entre los rostros del público y alcanzo a ver sonrisas, mejillas húmedas de lágrimas, tu encantamiento cumplido. Veo a algunos que no sonríen, no aplauden. Esa gente me desconcierta, hasta por tele. Me dan miedo porque no puedo saber en qué piensan, no hay gozo ni admiración, sólo rostros vacíos. Una vez, hace años, alguien así quiso matarte. No recuerdo en qué ciudad fue, lo vi en tele como ahora: te daban un premio, una placa y eso desvió el disparo, luego te tiraron al suelo, protegiéndote, aún a riesgo de sus vidas. Recuerdo las manos de mi madre buscando cubrirme los ojos para que no viera más. Ella y tú aún estaban casados en ese momento, aunque ya no vivieran juntos.

Tal vez entonces supe que así sería, cuando finalmente ocurriera: no en una incolora cama de hospital, con tu piel macilenta y ajada; no en un infierno de fuselaje aéreo consumido al estrellarse; no en una carretera mojada. Ahí supe, como una regla escrita en piedra: mi padre morirá asesinado. ¿Quién lo hará? Sobran las razones e hipotéticos ejecutores. Lo que es más, podría ser cualquiera. Un hombre celoso, una mujer desengañada.

Podrían ser muchos: alguien enardecido, dejándose llevar por la rabia del momento; tienes – aunque no lo puedas creer, no lo quieras pensar- enemigos; tus comentarios políticos, insolencias creativas contra la derecha ciega y la izquierda ultra, también ayudan a germinar reacciones. El o los asesinos pueden ser extraños. O íntimos.

Incluso podría ser Bárbara, mi madre, la que te mate al oprimir un botón, para cortar tu instante de gloria en abrupto brote de oscuridad. – Deja de ver eso. Ya la viste antes.
La miro y de verdad quiero ser paciente. A cierta edad, tal vez me pareceré a ella, aunque espero que mi boca no sea un rasgón amargo como la suya. – Esta es otra lectura en…

- A mí no me importa. ¿No tenías examen mañana? Ve a estudiar.

No lo contenderé. Supongo que debió verte antes de apagar el aparato, aunque fuera un segundo. No pudo evitarlo, no creo que alguien pueda. Todos te miran pasar feliz y ligero por la calle, en recibidores de hoteles, ferias de libro, por donde sea. Tu risa, cantarina, hasta sensual, al sonar los hace volverse.
Siempre hay alguien que te mira, tantos ojos puestos en ti.

Yo, tu hija.
Tendré veintiún años pronto, aunque muchos no lo creen hasta verme de cerca. Los hay quienes dicen que me parezco a ti: cuando sucede, siento orgullo; es como si me brillara la piel y se reacomodaran mis facciones. Según el espejo, soy un poco Bárbara y mucho tú.
Tengo cabello oscuro y ojos castaños; replico tu boca que en mí un hombre llamó apetitosa, aunque lo cierto es que sólo quería besarme y al intentarlo con torpeza se mostró como un muchacho cualquiera; así lo vi al resbalársele la máscara tan pronto quiso acercar sus labios a los míos. Ése no era un hombre, al menos no como tú.

Ya no vives aquí.
Hace mucho. De hecho, no tienes domicilio fijo.

Llamas y algunas veces me escribes: esporádicas y descuidadas postales llegan procedentes de Bali, Cancún, Bruselas, Edimburgo, La Habana. Aunque parezca incongruente, a ti no te gustan las cartas.

Te recuerdo yéndote, con una sola maleta – tus cosas poco a poco fueron desvaneciéndose, no sé si están contigo, tantos libros. Tal vez Bárbara los destruiría en un arrebato. Yo me quedé con algunos; tengo tu gastado Proust, un Brodsky, un libro gordo de Pérec; creo que nunca te he dicho-. Si hago memoria, veo que así vas, haces adiós con la mano: los bellos hastaprontos. Yo de nueve años, al borde de los diez; no quise que me vieras llorar. Sólo alcé la mano y te imité, igual como hacías tú, alejándote; adiós, adiós, te quiero.

Vienes a la ciudad.
Hay carteles con tu rostro, anunciándote por todas partes; vallas, bares, carteleras y en los diarios también. Mañana a la noche es el recital en un teatro antiguo que recién fue restaurado después de numerosas protestas populares por su abandono municipal.
Hasta Bárbara hizo su parte en la labor para recavar fondos; debiste ver cómo diligente y comprometida llevaba su pancarta a conciertos y presentaciones en otros teatros y foros y ahora tú, ahí. Sé que vio los afiches con tu sonrisa, es difícil ignorarlos.
No habla. Mejor así, supongo. Sutil ironía.

Ella fuma. Es muy temprano para que lo haga, pero de algún modo, no me sorprende. Así se pone cuando tú haces de hijo pródigo y regresas, huésped de la concejalía de cultura local. ¿Ella te odia? No sé si quiero saber la respuesta, aunque la conozca de antemano. Trampa para niebla, libro dedicado a ella y a mí, fue un éxito deslumbrante; ascendió, alejándote cual cometa, mientras la amargura y tu desamor le emborronaban los ojos.
Te amó y le creo. ¿No soy prueba ontológica de ello? Bárbara se rompió poco a poco, como máquina desmantelada.
Te odia.
Hoy voy a verte.
Lo sabe.
No hablamos mientras me preparo para salir.

El hotel es nuevo, el mejor de la ciudad.
Llego al restaurante y su mâitre’d me guía hacia un gabinete reservado. De reojo alcanzo a verme en la pared de espejos. Mi cabello retoza sobre mis hombros a cada paso; siento que mi falda está demasiado corta y esto me hace sentir aún más nerviosa que por la mañana. Tengo frías las manos y un burbujeo en la boca del estómago, siento cómo a milímetros, por todo mi cuerpo se despliega una turbación que hace mucho no sentía.
Las instrucciones que tengo, son que debo esperarte; tú estás dando entrevistas.

- Bienvenida, señorita- me dice el hombre, gomoso, dándome el menú y una mirada insolente. Me pregunto qué pensaría cuando di tu nombre al llegar. Si acaso cree que vas a llevarme arriba, a la suite. Supongo que hay una peliculita porno que corre rápida por su calva, mientras le ordeno una botella de agua con gas e imito lo mejor posible la expresión de Bárbara, para que se largue de inmediato y pueda esperarte a solas.


Hace mucho no me ves.
Fue en París la última vez que estuvimos juntos, menos de lo que creía, porque te llamaron de improviso al segundo día de mi llegada: es que hay una conferencia en Buenos Aires y debo ir, tú comprendes, ¿verdad, Claudia? Te compensaré, chiqui. Cena en el Au chien qui fume. Pedí el plato más caro de la carta y lo devolví intacto, una hora después. No te miré hasta irnos al hotel. Sabes que yo no soy mi madre: no grito, ni lloro; no arrojo las cosas, ni monto una escena. Lo que hago es pedir langosta termidor para contemplarla en silencio. Sí, comprendo, y sí, me compensarás.

Mi consolación llega unos días más tarde, por mensajería; estuche alargado de terciopelo oscuro. Chopard.
Traigo el reloj en torno a mi muñeca para que veas que no te guardo rencor; las manecillas se arrastran despacio mientras bebo y tú – claro- demoras. Al día siguiente nos despedimos temprano mientras salías hacia el aeropuerto, la mano al aire, tan hermoso tú como yo, adiós, adiós, te quiero.

Hace un año. O casi.

Supongo que notarás cómo me ha crecido el cabello desde entonces, o verás que por fin me operé los ojos (tú pagaste, ¿sabes?) y ya no necesito gafas.
Lo mismo, no te percatarás. Tal vez me reconozcas, tal vez no.
Yo sí que te he visto, mas tú no a mí. Así es esto.

-¿Tú eres Claudia?
Yo, Claudia.
- Su hija.
No pregunta, afirma.
La miro.
Es una cara desconocida, como salida de la nada.
- Hola. Me llamo Laura.
Su mano toma la mía, aún antes que yo pueda evitarlo. Es joven, no mucho mayor que yo: diez años, poco más.
Es bonita, ahora que la veo bajo otra luz. Muy bonita. No podría ser de otra manera, ¿eh?
Veo al acercarse, cómo aparta con los dedos un mechón que revela ojos verdes, gentiles.
Me conoce o cree que me conoce.
Sonríe, como haces tú con los desconocidos para seducirlos.
- Encantada.

¿Qué hago ahora? La veo sentarse, el camarero le toma la orden, pide lo mismo que yo, sigue sonriente.
-¿Dónde está…?
- Ahora mismo termina una entrevista para televisión. Me pidió que te acompañara.
Cobarde, pienso.
Pero no te culpo, si yo fuera tú haría lo mismo. Así era como se enteraba Bárbara, ¿no? Recuerdo a una mujer, no muy distinta a ésta, hace mucho, mucho tiempo; cómo se me acerca en la calle y dice “¡tú eres Claudia!” y cómo mi madre me aparta de ella con un tirón del brazo.
Estamos en plena calle y la mujer le dice cosas a Bárbara que yo no oigo, pero que ahora no cuesta trabajo adivinar. Bárbara llora sin hacer ruido, el rostro enrojecido y la mujer se aleja, con una sonrisa que me asusta-

Esta técnica tuya es vieja, conocida de memoria como cada palabra que compone la eucaristía; podría citarla, aún si llevo años de no ir a la iglesia.

Le devuelvo la sonrisa con la exacta medida de cortesía que me extiende y me cuido que la vea tan sincera como percibo yo la suya.
Me pregunto cómo se verá cuando la dejes – que será cualquier día de estos, te conozco-. Me pregunto si llorará o gritará, desgarrándose.

No es de aquí, dice, no conoce la ciudad, aunque sabe que aquí viviste por años, aquí empezó todo, por así decirlo. Trabaja para la editorial, de ahí se conocen.
Con todo, hasta resulta discreta, sólo pregunta qué estudio, qué hago. No trata de sacarme información sobre ti, no la necesita. ¿Sabe? ¿Entiende que en un año o tres meses o menos, quizá en diez días tal vez ya no estará así, alojándose en otra suite contigo?

Quizás.
Bárbara no lo entendió y te hizo esta ofrenda, yo.
Las otras te ofrecieron su llanto y angustia.
Dolor casi tangible, transubstanciado en sacrificio.
¿Qué tendrá ella para sacrificar?
¿Qué es lo que ella quemará cuando te hayas ido?
Le contesto lo que quiere saber y cuando sus ojos se apartan de mí y no vuelven, me doy cuenta de que estás aquí, ya vienes, en lino y risas. Me besarás primero en las dos mejillas y ella nos mirará.

No recuerdo verte escribir Trampa.
Han pasado muchos años; Bárbara dice que entonces eran (nunca dice éramos, aunque yo ya existía) felices, en la época en que escribiste Trampa para niebla y los otros primeros poemas, aunque yo te veo feliz ahora.

De hecho, parece que siempre lo estás. Ríes mucho, me aprietas los dedos. Me regalas un zafiro, que sacas del bolsillo, montado en oro, con una corona de brillantes alrededor. Lo pongo en mi anular. Laura observa todo ésto, escucha cómo relatas tu estancia en el Caribe, te atusas el bigote con un dedo, dices que es nuevo, tiene pocas semanas; te afeitaste el otro y la barba de varios años para reencontrarte con tu rostro, aunque volviste a la costumbre al estar en las islas, dices que para ti es más cómodo. Pides vino, me guiñas, tiras una carcajada espontánea.
Laura se levanta, dice ya vuelvo. Todo el tiempo ha estado mirándote.

A ti. Te ama.
No es pregunta. Ni hipérbole.
No sabe que acabará en lágrimas.
No se lo voy a decir tampoco.
Ése no es mi papel.

Se ofrece una cena en tu honor en un restaurante caro cerca del puerto; vienen por nosotros al hotel en un auto. Luego, en sobremesa, algunos viejos conocidos te invitan a tomar algo en un bar que frecuentabas antes, aunque no has ido ahí en años.
Aceptas con entusiasmo; al hacerlo te fulguran los ojos y la sonrisa.
Veo cómo Laura se toca el pelo, se nota que la enternece verte de este modo. La comprendo, el efecto de que parezcas chiquillo de cuatro años en mañana de Reyes es contagioso.
Evitarlo, imposible.

El teatro está a reventar la noche siguiente.
Laura me lleva a un lugar en primera fila, a la derecha, cerca de las escaleras por las que se sube al proscenio. Ahora es profesional y directa. Podría decir que es elegante bajo presión.
Hay mucha gente.
La entrada es libre, pero los invitados especiales están abajo, en las primeras filas. Después, los demás. Hay una hilera de auxiliares que nos separan. También hay gente en los palcos.
Bárbara está en casa. Tal vez como no estoy, verá la transmisión simultánea por televisión. Hay cámaras y unidad móvil. Es un evento.

Alguien pregunta quién es ella, refiriéndose a mí.
Otro alguien dice: su hija.
Yo, Claudia.

Todo lo miro desde mi lugar. A las ocho en punto, según mi reloj, se apaga la luz y se oye la voz que te anuncia: Juan Luis Doménec.

Rompen de inmediato los aplausos. Descubro a Laura de pie junto a la puerta, una débil sonrisa ronda sus labios. La imagino en la escuela, ante su primer amor. ¿La hirió? Todos los primeros amores nos hieren. Para eso existen, ése es su único propósito. Nos hieren y quizá sea que no nos recuperamos del todo de ellos. En la extravagancia de la primera vez que amamos, regalamos a manos llenas nuestro afecto con la errónea creencia de que siempre habrá más para dar. Así es en la niñez también. Los bellos hastaprontos.

Las luces sobre ti. El primer verso de Submarina.

Ahí, tu sonrisa magnífica, cegadora. El ceremonial ha comenzado.

Yo llevo tu anillo.

Otro poema: Un lunes; otro más, Antártica comienza aquí.
Bebes un poco de agua – preferirías vino, lo sé-, en pausa hablas un poco con la gente, tus adoradores, hipnotizados, igual que tú por las luces y el hechizo de tus propias palabras.
Hablas un poco más, te ríes y ellos contigo; una anécdota o dos. Todo se estremece en éxtasis cuando dices, con tono conspirador - Este viejo poema, ustedes lo conocen bien…- y se hacen aplausos aún antes que empieces a leer. Este es el territorio que el agua ha conquistado…

Entonces suena un tiro.

Uno sin más.

Al instante, la multitud hendida en súbito terror: gritos, el caos. Hay un prolongado alarido animal que se oye por encima de todos. No la veo pero sé que es Laura al ser arrastrada por la falange en la puerta, la alejan de la figura que se tambalea y cae.

El hombre que se desangra rápidamente.
Tú.

Nadie me mira, ni me impide acercarme.

Las cámaras se vuelven hacia nosotros. Bárbara viéndonos a control remoto, tal vez gritará. Cuando era pequeña y no te habías marchado aún, me llevaste a Roma, al Vaticano.
Me mostraste La Piedad.

Recuerdo el afecto eufórico en tu rostro al volverte a mirarme, en ese instante entre tú y yo que me regalaste, ante la dolorosa y los restos del señor; la exquisita ternura que existe en tu perfil sólo para mí, alzándome en tus brazos.

Así te tomo, mi amor por ti volcándose, copa derramada; hay un ulular en mi cabeza, no una sirena de ambulancia ni el horror de Laura, sino mi propia voz, mi clamor sin abrir la boca. Mis ojos están secos, aunque mi ropa se enrojece, súbita. Alzas tu mano al alejarte de los gritos, la confusión. Lo has hecho antes así.

El tiro cayó de arriba, centrado por una mira telescópica, seguro. Agitas la mano. No quedan casi labios ya para besarte. Sólo los bellos hastaprontos. Tan hermoso tú como yo.

Adiós, adiós;
te quiero, papá.

No hay comentarios.: