domingo, 15 de octubre de 2006

Viéndote sin mí

para Christian Meier Zender

Sabe que la razón para que él se encuentre en esta ciudad es ella, el amor que dice tenerle cuando están juntos en la cama, del que habló al anunciar frente a todos sus amigos que iba a seguirla a otro país.

Sin embargo esta tarde al cruzarse, en medio de una multitud que corre en la calle, bajo el cielo que oscurece, él parece no reconocerla; ella lo mira venir desde lejos, levanta la mano para que la vea – es pequeña entre tanta gente; tiene que ponerse en puntillas para besarlo - y él avanza, el mismo cabello muy corto y oscuro, aprieta los labios, esa boca que ella conoce, ha tocado con sus dedos cada uno de sus contornos y una cicatriz casi imperceptible en el borde; ve que lleva el reloj regalo suyo en la muñeca.

No la ve aún, hay una distancia de tres metros entre ellos al cruce, ella en la acera, él acercándose con su portafolio y el saco sobre un hombro. Extiende su mano para tocarlo en el brazo, ¿a dónde vas, dónde has estado? La ve entonces y ella siente, sabe al mirarse en los ojos de él sólo por un segundo, menos quizá, como lo ha hecho antes al despertarse a su lado y buscar sus labios para besarlo, que él no la reconoce, entonces lo deja ir entre tanta gente, sin volver la vista atrás, sin que regrese aprisa, apenado tal vez, chiquita, mi vida, perdón, no te...

Alejándose, poco a poco se da cuenta de que se siente herida. Siempre le pasa, su madre lo comentó un día que desayunaron juntas después de no verse en mucho tiempo; algo que ella le dijo de repente la hizo crisparse, bajar su taza de golpe contra el plato. En ese momento su madre encendió un cigarro, luego tocándose el cabello: Ay, hija mía, siempre te ofendes por cosas superficiales, quemas tu pólvora en infiernitos.

Saborea el disgusto hecho un caramelo que muy despacio va desbaratándose en su lengua mientras baja los escalones hacia el metro; de pie en la plataforma mira a la gente con sus periódicos y audífonos, ninguno la reconoce o le sonríe, pero eso está bien, ninguna de estas personas se consiguió un trabajo aquí para seguirla, ninguno duerme con ella en las noches.


Estaba distraído y no me vio, eso es todo.

Comienza a reírse quedamente de sí misma en pleno vagón, le importa poco si es que la miran. No sería ésta la primera vez que él hace algo así; recuerda cómo una vez, poco
después de mudarse aquí, iban de la mano por la calle y él casi cae por una coladera abierta; si ella no lo toma del codo, se hubiera ido, con todo y su metro ochenta derecho al drenaje.

Después, en el restaurante con los amigos que los esperaban: perdón que lleguemos tarde, es que él, no lo van a creer, pero casi se mata ahorita en la calle. Se rieron entonces, pero ella aún ahora tiene presente el pánico, el horror, en el rostro de él y en su propio pecho ante la posible caída. Lo de ahora es casi igual, irán a otro restaurante, otra pareja de amigos, colegas de él o vecinos, expatriados como ellos tal vez, estarán acompañándolos, y ella lo verá de reojo antes de tomar su mano, una vela al centro de la mesa iluminando sus perfiles.

Un día nos cruzamos en la calle y este hombre, no lo van a creer, no me reconoció.

Deja la estación y sube hacia el sol que se pone, el cielo enrojecido. Cruza, mira al edificio antiguo donde rentan en un décimo piso. ¿Qué hay de él que yo no sepa, no conozca, no me haya dicho, me haya --¿se atrevería?- ocultado o mentido? En realidad ella de él sólo sabe lo que él quiere que ella conozca de él, es una posición privilegiada. La espanta de pronto pensar que desde la primera salida él sabe tanto sobre ella, y también que desde ahí abajo en la calle, viendo hacia arriba hasta casi marearse, no puede encontrar su ventana.

¿En qué pensaba? ¿Por qué no me vio? Estas ideas se disputan su atención, la intrigan, mientras espera a que él regrese, abra la puerta, la bese. Se pasa una mano por el cabello, el espejo del hall no puede contestarle, sólo imita sus gestos de ansiedad. Piensa en él, sólo en él, todo lo demás en este día y los otros se vuelve del todo irrelevante. Sólo importa él. Camina sobre las duelas, ahora descalza.

Reconstruye la otra noche en su mente, cada ángulo de ese segundo. Si no hubiera tomado su codo en ese momento, imagina sangre en el concreto, una exclamación mientras él se hunde, no podrán recuperarlo, lo sentimos; un paramédico mira, apenado, al suelo – lo ve perfectamente, como si lo recordara sólo con cerrar los ojos- perdimos el cuerpo, no hay nada que podamos hacer... yo te salvé y ahora no me ves. Soy yo. Somos pareja tú y yo, me quieres. O dices que me quieres. ¿Qué sabe de él?

Trata de recordar cómo se conocieron. Sabe desde el principio que hay una mujer en otra parte, todavía su esposa, antes la amó, o eso cree ella, ahora sólo es algo que no mencionan. Haz de cuenta que no existe; nunca la ha visto. ¿Sabe ella de mí? No ha preguntado, a veces duda en hacerlo, acostados lado a lado, los dedos de él sobre su muslo. ¿Sabe ella que yo existo?

Da otra vuelta, mira los libros que han comprado juntos; las plantas. O qué, ¿yo no existo? ¿Sólo existo cuando me ves? Se recuesta en el sofá, mira la puerta, trata de forzarla a abrirse para que él entre, la bese, se rían.

Oye, hoy te vi, casi te toqué y tú ni me... está enojada, no puede evitarlo. Tiene que decírselo cuando regrese, entre por esa puerta con la corbata floja. Oye. Me lastimaste. Eres torpe. Y le dirá que la ama, que lo perdone, no te vi, te lo juro, no te... ¿me perdonas? La besará entonces y hasta que se disculpe ella le hará el amor, pero no antes.

Una llave da vuelta en el cerrojo.

¿Va hacia la puerta o mejor espera a que él se acerque y quiera tocarla?

Cruzada de brazos, permanece frente a la ventana, mira la ciudad adornarse para la oscuridad inminente.

Ésta será una anécdota para ser contada otro día, cuando ya no le duela; los amigos al otro lado de la mesa seguro la verán con curiosidad al decirles, ¿saben lo que me pasó una vez con él? ¿No? Apretará su mano, sus perfiles iluminados por la vela. Un día nos cruzamos en la calle y éste, no lo van a creer, no me reconoció. Reirán entonces, hasta él, y luego, entre risas: No, no, lo que pasó y ya se lo dije a ella muchas veces es que... tiene que explicarle. No puede quedarse así.

Él entra, va directo a la cocina, enciende la luz. Carajo, lo oye abrir la ventila sobre el fregadero. Gruñe, se quita la corbata, prende luces.

Ella lo sigue hacia el cuarto; oye, hoy te vi, casi te toqué y tú ni me... él abre ventanas y se deja caer en la cama, ella lo ve acurrucarse, juntar sus rodillas. ¿Llora? Nunca lo ha visto llorar antes. ¿Por qué? Si está aquí es porque la ama. Se lo dijo antes, hace tiempo, cuánto, ya no puede acordarse. Háblame. Él cierra los ojos, cubre su cara con las manos; sopla el viento por la ventana, frío, ya viene el otoño. ¿Qué tienes?, ¿no me oyes? Aquí estoy.

Mírame.

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