domingo, 12 de noviembre de 2006

Yo tenía un novio que...

...tocaba en una banda de rock and roll.

Me lo dijo, no sin una cierta nostalgia, pero más ternura que amargura. Hace mucho tiempo, agregó, antes de conocerte.

Cuando seguro, tú sólo eras un peque.

[y ella una núbil colegiala, claro]

Era el bajista. Musculoso y grande, con una moto espectacular (y conseguía una mota espectacular); rudo y temerario. El furor del vecindario.
Era, continúa, igualito a Marlon Brando.
Pero esos tiempos de fiestas y guateques, playa, tocadas, días de campo y pleitos entre bandas de bachilleratos rivales, todo es ahora una fantasmagoria.

Algo que tal vez soñó,
o imaginó.

No me acuerdo, dice. O sí.
Pero ahora es algo elusivo, como el momento en que la música termina, o se cambia de ritmo. No abrupto, pero inexorable.
Ahora me mira, extiende una mano, me toca el pelo.

¿Dónde se han ido todas las fiestas
los conjuntos
las tocadas
las fugas -- una vez con una ilícita caja de escocés-
los desvelos
las jiras
los te quiero
los sin ti me muero
los aquí mando yo
los no quiero volverte a ver
los te llamo ahora y ven
las motos
la mota

¡Ay madre!
¡y las pastillas!

Todo eso, me dice y me sonríe antes de volver a la cena que burbujea en cocción a flama media, retornar de esos tiempos de tanto maquillaje y falda corta, colores brillantes y hairspray.
Todo eso y tanto más.
Lo que pertenece ahora a lo que conforma la arqueología de mi juventud.


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