sábado, 30 de septiembre de 2006

Hoy me pude levantar

El jueves, después del programa de televisión, Elizabeth me llamó aparte y me preguntó si me daban ganas de acompañarla el viernes a una función de Hoy no me puedo levantar, el musical de Nacho Cano con canciones suyas y de su hermano José María.

Como todo buen crío de los 80 tuve curiosidad desde que supe que existía el espectáculo y había oído los más diversos comentarios; Alex, un amigo español, la vio en Madrid y aunque le había gustado, me confió que le parecía (a casi cuatro horas) excesivamente larga.

Cuando llegó aquí, casi todos mis colegas acudieron a verla y los comentarios iban del éxtasis al horror... así que lo pensé.
Sí, me gusta Mecano. Mucho. Pero como para gastarme 700 pesos (50 €) en un boleto de teatro... pues no. Así que acepté la oferta de Eli -- mi mentora, mi jefa, mi amiga desde hace tantos años, a la que he seguido a todas las tierras inhóspitas y extraños paraísos de los medios- y quedé de verla en el teatro. Además me venía bien. El 29 de septiembre es mi santo y este fue un regalo inesperado.

Y vaya regalo. Cuando llegamos, Hugo Hernández, amigo mutuo y coordinador de prensa de la compañía productora, nos contó -- mientras nos llevaba a nuestros sitios, en la parte baja del teatro, con muy buena vista del escenario- que esa noche, Nacho Cano iba a participar de manera especial en el espectáculo. ¿Cómo? Hugo sonrió, nebuloso: ah, esa es la sorpresa...

No es ningún secreto que me gustan (y mucho) los musicales.

Me sé de memoria las canciones de The Sound of Music, de El Show de Terror de Rocky, de Cabaret, de Chicago (mi personaje favorito es Velma Kelly... vi a Ute Lemper hacerla y me traumó para siempre), de Sweet Charity... bueno, ¿qué puedo decir? Hasta los musicales que no me gustan (El Violinista en el Tejado, El Hombre de la Mancha, Jesucristo Superestrella) de algún modo me gustan... es un hábito difìcil de romper. Los únicos tres musicales que abomino -- y será precisamente porque a mucha gente le gustan- son Cats, El Fantasma de la Ópera y Rent. No me pregunten por qué, pero los alucino.

En fin, la cosa es así: se apagan las luces y comienza la obertura que conozco bien; el efecto del sintetizador que abre con cinco notas; enseguida surgen del escenario mismo tres camas y comienza el espectáculo. Cuando acuerdo, Elizabeth y yo estamos coreando las canciones y no somos los únicos... más que un musical, es como estar en un concierto.

La trama es simple: cómo un muchacho de pueblo llamado Mario y su amigo de la infancia, Colate, llegan a Madrid en Febrero de 1981 para convertirse en estrellas pop. Evidentemente, esta es una ficcionalización de la historia de Mecano (pero muy, muy "maquillada") y sirve básicamente como un pretexto para enmarcar las canciones... y se interpretan 32 temas, así que cuando uno acuerda, es como darle la vuelta a la colección de discos.

Hay algunos números que me gustan más (por razones muy subjetivas) que otros: el dueto para interpretar Quédate en Madrid me conmueve y me remueve; no puedo evitar aplaudir cuando comienza el segundo acto, con Laika (en tándem con Eungenio Salvador Dalí). Mujer v. Mujer nunca me gustó -- ni cuando salió el Descanso Dominical, del que mi preferida es la casi desconocida Fábula- así que me pasa de noche, igual que alguna otra, pero lo cierto es que en su mayor parte, la obra me captura, me entretiene, me sorprende: ¡qué derroche de energías!

Pocas cosas entusiasman y estimulan más que un buen espectáculo teatral: el movimiento calculado y perfecto, que parece espontáneo; las luces de estrobo, las esferas de espejos, el maquillaje, el vestuario. Me estremezco, me carcajeo y cuando llega El Fallo positivo, aún en contra de mi mejor voluntad (sería culpa de Elizabeth, que lo hizo antes que yo) se me escapa una lagrimita por el rabillo del ojo.

Y canto. Canto horrorosamente -- a muchos de ustedes les consta- pero canto. No coreo, sino que me suelto la melena (literalmente, me urge ir al abattoir, er, peluquero) y soy uno con el resto del monstruo de cientos de cabezas. Entre pitos y gritos/ Los españolitos... Parece mentira que después de tanto tiempo/rotos nuestros lazos/sigamos manteniendo la ilusión en nuestro ani-ver-saaaariiiioooo... y entonces, crack, se abre el suelo y como Hades visitándonos (o bien ¿Dionisios?), se manifiestan Nacho y su sintetizador.

El público se desboca a gritos. Apoteósis. La obra no pierde el ritmo, aún si sólo por el orden de las canciones puedo predecir en qué termina.

No me importa. Dejo que me agarre. Estoy en Madrid, recorriendo una década tan extraña como prodigiosa... tal y como la recuerdo y me la han descrito al otro lado del mar.

Transcurren casi cuatro horas y salimos medio apaleados (física y emocionalmente) y gozosos del teatro, para caminar las cuadras que nos separan del auto. Elizabeth se ve satisfecha y le agradezco el regalo.

He estado trabajando mucho y yéndome a la cama a deshoras -- mientras otros se levantan, yo apenas trastabillo hacia el reino de Morfeo.

Pero hoy... hoy quise compartir esto con ustedes. Hoy me pude levantar.




viernes, 29 de septiembre de 2006

Proustien

Hoy me puse a contestar uno de los tests más populares del mundo.
El cuestionario Proust se llama así porque el gran Marcel fue el primero en responderlo. He aquí las preguntas y sus respuestas.

A manera de bonus round, incluí las preguntas concebidas por Bernard Pivot para el programa Bouillon de Culture.

La verdad es que hay muchas que no habría sabido responder, pero igual, lo hice. Fue divertido, me hizo reflexionar, recordar. Aquí lo dejo, para quien quiera leerlo...
o responderlo. Si quieren.


-¿Cuál es tu idea de la felicidad?
La ausencia de sufrimiento; un largo sábado, con cine y cena.

-¿Cuál es tu miedo más grande?
Al terror, a la oligofrenia. A la nada. Y a las pinches gallinas.

-¿Cuál es el rasgo que más deploras de tí mismo?
Que no sé leer los señalamientos hasta que ya me desbarranqué. Eso y ser terriblemente impulsivo.

-¿Cuál ha sido tu mayor atrevimiento?
Ser Miguel Cane. Querer volar.

-¿Cuál consideras que es la virtud más sobrevalorada?
Toda la idea de la virtud me parece sobrevalorada.

-¿Qué es de lo que más te arrepientes?
De las cosas que no hice.

-¿Cuál es tu estado mental actual?
Caótico, pero entusiasta.

-¿Cuál es la cualidad que más te gusta en un hombre?
El sentido del humor, la lealtad, la integridad. Que sea él mismo.

-¿Y en una mujer?
Exactamente lo mismo que en el hombre.

-¿En qué consiste un buen insulto?
Ya lo dijo Baudelaire. "Lo que más entusiasma del mal gusto es el aristocrático placer de ofender."

-¿Qué apodos tienes?
Canito, Canícula, Mike. Más recientemente, Aslan.

-¿Cuál es tu idea de la fidelidad?
Estar ahí, aún sin estar presente.

-¿Cuándo mientes?
Soy escritor y los escritores somos los mentirosos de Dios.

-¿Cuál es tu vicio?
Mi colección de películas, mis afectos; este pinche blog.

-¿Cuál es el rasgo de su personalidad que más te gusta?
Mi deseo de sorprender.

-¿Qué o quién ha sido el más grande amor de tu vida?
Ellos saben que lo son, lo han sido y lo serán.

-¿Cuál es tu idea de la muerte?
Una casa que no conozco. En el jardín de la muerte, las rosas son azules.

-¿Qué te hace llorar?
Soy un llorón de lo peor. Me conmuevo muy fácilmente.

-¿Cuál es tu característica más destacada?
Esta bien aplicada excentricidad... que no es antifaz. Es parte del organismo.

-¿Qué es lo que más admiras en tus amigos?
Su paciencia, su cariño, su lealtad. Me sorprende y admira que sean mis amigos.

-¿Cuál es su ocupación favorita?
Leer y escribir, salir a comer afuera, cocinar, caminar, usar el correo electrónico, crear.


-¿Cuál sería según su opinión la peor de las suertes?
Un apagón repentino que se prolongue por toda la eternidad.

-¿En qué país te gustaría vivir?
En Narnia.

-¿Cuál es tu color favorito?
Verde manzana. Piedra. Marfil. Indigo. Oro.

-¿Cuál es tu flor favorita?
El tulipán, el narciso.

-¿Cuáles son tus novelistas favoritos?
Joyce Carol Oates, Jane Austen, Julio Cortázar, Roberto Bolaño, Jonathan Carroll, Ira Levin, Ian McEwan, Peter Straub, Bret Easton Ellis, Truman Capote, Michael McDowell, Ignacio Padilla, Eve Gil, Donna Tartt, Michael Cunningham, Virginia Woolf y Juan García Ponce... pero son muchos más.

-¿Cuáles son tus poetas favoritos?
Sylvia Plath, Anne Sexton, W.H. Auden, Luis Melgar, Dorothy Parker, T.S. Eliot, Luis Cernuda, Leonard Cohen, Suzanne Vega, Tori Amos, José Carlos Becerra y Juan Carlos Gea (y no hay muchos más).

-¿Cuáles son tus pintores favoritos?
Andy Warhol, Roy Lietchenstein, Millais, Remedios Varo, Diego Velázquez, Botticelli, Degas...

-¿Cuáles son tus héroes/heroinas en la ficción?
Rosemary Woodhouse, Holden Caulfield, Óscar Amalfitano, Arturo Belano & Ulises Lima, Elizabeth Bennet y Mr. Darcy, Clarissa Dalloway, Aslan de Narnia, Henry Perowne, Hercule Poirot, la Princesa Diana de Isla Paraíso, el Monstruo Comegalletas, El Agente Cooper, Marge Simpson, Maria Inés...

-¿Cuáles son tus héroes/heroínas en la vida real?
Muchos, algunos de ellos permanecen anónimos.

-¿Cuáles son tus nombres favoritos?
Laura, Luciano, Elisa, Miguel, Estefanía, Mateo, Dorotea...

-¿Qué figuras históricas desprecia más?
"El Señor Presidente Legítimo", Il Duce, Der Führer, Videla, Idi Amin, G W Bush, Osama... una galería de hediondos. El Vetarro, Taméz, Tamalé y anexas, naturalmente. Se ganaron el desprecio a pulso.

-¿Cómo te gustaría morir?
Sin darme cuenta, sin dolor.

-¿Cuál es tu palabra favorita?
Sí.


-¿Cuál es la palabra que menos te gusta?
Maraca
.


-¿Qué es lo que más te causa placer?
Escribir. Lo que sea: una nota, una carta, un relato... escribir.

-¿Qué es lo que más te desagrada?
Los prejuicios pendejos de la pinche gente con criterio de hormiga.

-¿Cual es el sonido o ruido que mas placer te produce?
Ciertas risas, de niños y adultos.

-¿Cuál es el sonido o ruido que aborreces escuchar?
Ciertos delirios y arengas de enfermos de poder. El teléfono antes de las 10 am.

-¿Cuál es tu grosería favorita?
Pinche y pendejo.

-Aparte de tu profesión ¿que otra profesión te hubiese gustado ejercer?
Me hubiera gustado aprender a tocar el piano, pero me falta aptitud.

-¿Que profesión nunca ejercerías?
Diputado. Policía.

-Si el Cielo existiera y te encontraras a Dios ¿Qué te diría al llegar?
Aquí no es. Es allá abajo.

-¿Cuál es tu lema?
Ánimo, valor y gracia.

jueves, 28 de septiembre de 2006

Interiores

Esta es, posiblemente, mi película favorita de Woody Allen.
Cierto es que le tengo un afecto muy especial a otras como Alice o La Rosa púrpura del Cairo o Annie Hall, pero esta es la que más veces he visto y la que, extrañamente, siento más cerca del corazón.
Tras haber arrasado con los Oscares de 1977 por su radiante Annie Hall, Allen decidió que su siguiente filme sería un homenaje a quien siempre consideró su cineasta predilecto de todos los tiempos: Ingmar Bergman. Tendría que ser una película que no tuviera nada qué ver con todo su trabajo anterior, alejada de la comedia sagaz y más enfocada en la angustia urbana que no tan secretamente ha sido su fuente de inspiración.

Arthur y Eve (E. G. Marshall y la formidable Geraldine Page) conforman a un matrimonio refinado, que podría calificarse como modelo. Él es un abogado de éxito que se hizo a sí mismo (con ayuda de su esposa, algo que él no niega) y ella, de alta cuna, funge como decoradora de interiores para los ricos y famosos; es mujer de gusto exquisito y elegancia natural, cuya necesidad de control y armonía ha resultado en que sea severamente neurótica.

Cuando la cinta comienza, ella convalesce de una crisis: Arthur le ha pedido una separación de carácter "temporal". Esto no sólo perturba profundamente a Eve, sino también a sus tres hijas adultas: Renata (Diane Keaton), que es una poeta famosa, la bella Flyn (Kristin Griffith), actriz de TV y Joey (Mary Beth Hurt, en una actuación deslumbrante), quien a mitad de sus veintes aún no sabe qué hacer de su vida.





Mientras la hermana de en medio vive en California, lejos del caos familiar, Renata y Joey orbitan a manera de satélites opuestos en el tablero de ajedrez que es el matrimonio de sus padres, amén de tener sus propios problemas maritales: Renata está casada con Frederick (Richard Jordan), un novelista de mediana categoría, con graves problemas de autoestima y alcoholismo; su matrimonio, que a todas luces es una unión ideal entre artistas, es una trampa mortal que la arrastra a una parálisis emocional y creativa. Conforme ella pasa a la luz de la trascendencia, él se consume en violencia y autodestrucción.

Mejor suerte tiene Joey, al ser la compañera de Mike (Sam Waterston), un director de documentales que es de nobles sentimientos y aparentemente infinita comprensión para su pareja. Por otra parte, donde Joey se desvive por tener la aprobación de Eve, que sólo tiene ojos para su primogénita, Renata es su espejo opuesto: su prioridad es sentirse amada por su padre, que a su vez, se preocupa por agradar a su hija menor.
En medio de esta dinámica viciada, entran dos elementos en juego: uno interno (Eve sufre un colapso mental y atenta contra su vida) y el otro externo: Arthur viaja a Grecia y en el tour conoce a una mujer llamada Pearl (Maureen Stapleton), viuda cincuentona, vivaz y -- para los estándares familiares- alegremente vulgar, de quien se enamora y con quien inicia una relación que podría calificarse como together-apart. Así, decide repentinamente divorciarse de Eve para comenzar lo que él considera, será una nueva vida al lado de esta mujer. Aún si sus hijas no están de acuerdo.
Las consecuencias de este impulso serán cataclísmicas para la familia y cuantos los rodean. El clímax de la historia llega, icónico, captado por la lente de Gordon Willis (más adelante Allen procuraría los servicios de Sven Nyvkist, el cinefotógrafo de Bergman), muestra la ira de la naturaleza y su posterior esplendor en el Atlántico, opuesto a los interiores exquisitos y en cierta forma estériles, que Eve ha creado en Nueva York: son dos caras de una misma medalla. Su creación y su propia tumba. Toda vez pasada la tormenta, sus hijas deberán buscar su lugar en el mundo, entre los restos del naufragio.






Tomando su inspiración de otra obra maestra Bergmaniana (Gritos y susurros - 1972), Allen da muestras de una madurez insólita en ese momento de su carrera. Sólo que en lugar de girar en torno a una de las hermanas, lo hace en torno de la figura matriarcal, que es por turnos ominosa, patética y frágil.

Geraldine Page da cátedra de actuación con su trabajo sublime, que le permite, con un gesto, más elocuencia de la que uno pudiera percibir. Con una carrera cimentada en el teatro, la Page hace suya a Eve con una exquisita ternura que nos involucra en la borrasca de sus emociones, algo que sirve como piedra angular para todas las actuaciones a cuadro, del ensamble (y muy especialmente, Mary Beth Hurt y Maureen Stapleton, que sostienen en sus hombros una parte muy significativa de la trama).


Como dato curioso, hay que señalar que Allen se inspiró para crear los detalles y estilo de Eve en otra de sus divas preferidas: la inenarrable Ingrid Bergman. De hecho, le ofreció el papel, pero la actriz tuvo que declinar la oferta, puesto que se encontraba ya comprometida para rodar Sonata de Otoño para Ingmar Bergman -- al lado de Liv Ullmann- en Noruega. Como ironía del destino, ambas interpretaciones de aristocráticas madres caníbales fueron candidatas tanto a los Oscares como los Globos de Oro en 1979, pero ambas perdieron ante Jane Fonda (imparable por la cinta Anti-Vietnam Coming Home).

La carrera de Allen como cineasta no volvió a ser igual después del estreno de Interiores, que obtuvo premios de la crítica y lo ubicó como un cineasta de mayor sustancia de la ya apreciada.

La influencia de esta historia persiste hasta la época actual: la exitosa banda de rock Death Cab for Cutie incluye en su álbum del 2003 titulado Transatlanticism, la canción Death of an Interior Decorator que está evidentemente inspirada y es un fiel recuento de esta cinta.

A continuación, reproducimos la letra, que ciertamente debe enorgullecer al director a manera de homenaje a su obra:

You were the mother of three girls so sweet
That stormed through your turnstile, and climbed to the street
But after conception, your body lay cold
Withered through autumn then you found yourself old
Can you tell me why have been so sad?
He took a lover on a far away beach,
while you arranged flowers and chose color schemes
Can you tell me why you have been so sad?
Can you tell me why you have been so sad?
The girls were all there; as they traded their vows.
The youngest one glared with furrowed brow
as they tenderly kissed and cut the cake.
The bride then tripped and broke the vase,
the one you thought would span the years,
so perfectly placed below the mirror.
Arriving late, you clean the debris
and walk into the angry sea;
And it felt just like falling in love again.
And it felt just like falling in love again...
Can you tell me why you have been so sad?
Can you tell me why you have been so...

miércoles, 27 de septiembre de 2006

Mary, Mary


En una época muy anterior a Ally MacBeal o a Sex & The City, existió un programa de tele que, cuando yo era pequeño, aparte de hacerme feliz, vino a anticipar y predecir el éxito de series como las que menciono, sólo que con mejor leche todavía.

Me refiero, por supuesto, a El Show de Mary Tyler Moore.

Estrenado en 1970 por la cadena CBS (y en México por el canal 4 unos diez años después), es considerado aún hoy, uno de los 10 mejores sitcoms de la historia [y eso que es carente de histeria, que conste] y todavía tiene -- gracias al DVD y al canal Nick at Nite de cable- un enorme seguimiento de culto.

La trama es muy simple, pero yo creo que ése es el secreto del triunfo: Mary Richards es una joven soltera de más de treinta años (en su época léase: quedada) que trabajaba como productora asociada para el noticiero de las 6 en la estación de TV WJM de Minnéapolis, Minnesota.

A los seis o siete años, para mí resultaba completamente exótico el concepto y no porque mi madre no trabajara (de hecho, lo hacía) sino porque Mary era un personaje entrañable desde su primera aparición en pantalla y con una mezcla de torpeza y ternura, resolvía de una manera efectiva (o al menos lo intentaba) los problemas de su zoo de amigos, que incluía a todo el staff del programa y a su vecina, una entrometida desparpajada pero harto simpática llamada Rhoda (igual de quedada y tan popular, que tuvo su propio programa, que ahí sí, ya nunca vi).


Creado por James L. Brooks (sí, el mismo que ayudó a Matt Groening con Los Simpson), el programa se transmitió entre 1970 y 1977 y recibió toda clase de honores. Mary Tyler Moore (que además de ser la estrella era una de las productoras) demostró que no sólo era una extraordinaria comediante, también es una estupenda actriz dramática (si no me creen, véanla al lado de Donald Sutherland en Gente como uno) y se ganó un lugar en el corazón de muchísima gente.

Yo aprendí a querer a Mary gracias a su manera de hacerme reír (bueno, era un sentido del humor bastante más sofisticado de lo habitual, pero recuerden: yo no era un crío como los demás) y ese amor tierno aún florece cuando veo alguno de sus capítulos.

Por supuesto, es un producto de su tiempo [¡Dios, esa ropa! ¡Esos peinados! ¿Alguien puede decir RETRO? -- aunque bueno, yo soy bastante retro, así que...], aún si algunos de sus temas parecen perennes (las burletas ácidas contra Nixon podrían ser para Bush), sin embargo, lo trascendente era la idea de la persona -- no importa que fuera mujer u hombre- que se volvía independiente.

Mary tomaba la decisión de cortar por lo sano y comenzar de nuevo. Así comienza la serie y la vemos madurar muchas veces a trompicones; pero siempre optimista y radiante y real. Mary tiene sexo (implicado: toma la píldora. Después de todo son los 70), no depende emocionalmente de nadie y su gruñón jefe, Lou Grant (Ed Asner, como el jefe que todos quisiéramos tener alguna vez), no es condescendiente sino que la trata como su igual.

Una de las tomas icónicas del programa era en sus créditos de entrada, que mostraba a Mary en una calle de Minnéapolis, vibrante y gozosa, tirando su boina al aire mientras camina por una calle repleta de gente. (¿Cuántas veces no estuve, en mi infancia y posterior pálida-y-temblorosa-juventud tentado a hacer lo mismito?)

Tan famosa fue la toma, que hace unos años, se develó una estatua en el lugar, que honra el momento y la presencia de esa joven espigada y morena, de ojos expresivos y sonrisa radiante que a tantos les robó, aún si fuera solo un poquito, el corazón.


Hoy pienso en Mary. Cuando termine, pondré en DVD algún episodio de sus aventuras para que me haga compañía en la insomne madrugada. Ya puedo anticipar el tema musical, tan característico, todavía hoy hace que me de un salto el corazón de gozo, nada más oírlo (hagan click aquí) y si ustedes quieren ver el video de cabecera, con imágenes de Mary en movimiento y que para mí es siempre memorable, hagan click y descárguenlo aquí.

Son sólo cincuenta y tres segundos, pero también son una dosis de felicidad gratis.

Ave, everybody!

martes, 26 de septiembre de 2006

¿Con quién andan nuestros locos?

A veces creo que de todas las cosas modernas, la más complicada es el amor.

El otro día, conversando con mi amigo Jake, quien desde hace años observa la naturaleza de las relaciones a su alrededor (y tiene la suerte de llevar una estable y apacible con una chica extraordinaria) con un ojo muy esclarecedor y objetivo, llegué a la conclusión de que un gran número de personas se involucran en relaciones sin tener ni puta idea de con quién están enredándose y que esto, a la larga, puede revelar y/o resultar en diversos estados de auténtica locura.

Esta es la historia de Paco y Laura (que así se llaman en la vida real).
Cuando se conocieron, la atracción fue un brote animal y antes de que puedas decir “Tres Tristes Tigres” decidieron irse vivir juntos.

Los delirantes jóvenes concupiscentes en pleno éxtasis buscaron apartamento y tomaron uno en la colonia Roma. Entre el conocerse (fue bailando salsa en sofisticado antro de vicio) y el mudarse a vivir en [delicioso] pecado, no pasaron ni tres semanas.

Así pues, al llegar la primera noche en que iban a cohabitar, Laura se apersonó primero en el lugar de los hechos y estaba muy ufana cantando canciones de Mocedades (¡sí! ¡qué pasa! ¡todo mundo tiene su pasado! ¡y qué!) cuando llegó aquél andando de puntillas y le brincó encima con la intención de pegarle un susto mayúsculo y obsequiarla ipso facto con un ramo de rosas que llevaba.

Cuando lo fui a ver al nosocomio, el otro estaba como Santo Cristo.
Pobre infeliz, ignoraba que la escultural güera en cuestión era experta Judoka cinta marrón que le metió las flores de supositorio, literalmente.

Por supuesto, el par de locos sobrevivió a esta puntada y siguen tan felices como al principio; su brote de lujuria eventualmente dio pie a una relación fructífera (dos niños, un perro y un conjunto de blus) y armónica… pero como es bien sabido en la vida real, no todas las historias tienen happy ends.

Tomemos el siguiente ejemplo:

Esta es la historia de la Señorita Guita (nombre cambiado, no conozco a nadie en la vida real con un apelativo tan cursilón y ridículo) y también se desarrolla en la mentada colonia Roma.

Tras años de soltería voluntaria (todos eran unos pelafustanes y nadie había a la altura-de-su-vida) esta perfeccionista linguista, pesada como collar de papayas, decidió aventurarse a tener otoñal romance con un aparentemente muy propio viudo que conoció en la primera junta de Neuróticos Anónimos a la que se atrevió a ir.

El fulano hablaba exuberantemente con voz engolada y su actitud hizo pensar a la reprimida (ni tanto, ¿eh?) señorita, que había encontrado su alma gemela, amén de que el sujeto se ostentaba como un brillante asesor financiero que podría asegurarle su futuro (ya se veía la reina con un Renault último modelo a la puerta y transplantada del territorio de clase media donde habitaba, a compartir el "château" con su gordo gelatinoso en baronial suburbio de la capital).

Craso error.
Al cabo de casi cuatro años de zigzagueante relación calificada por el sujeto como together-apart” (vil pretexto para nunca tener que presentarla a su familia), la mofletudita mujer descubrió para su creciente horror y estupor, que el sujeto no era ni viudo, ni decente, ni bicultural.

Acaso, el tipo sería bipolar; su amado resultó un anómalo patológico que fue despedido de una prestigiosa institución crediticia por motivos de salud, que mentía compulsivamente [llegando al punto de "matar" a su todavía esposa en un "accidente" y decirse viudo, cuando ni divorciado estaba] y en ataque repentino de violencia fue y le metió una zarandeada brutal, salvaje (de hecho, acabó en urgencias, igual que el ocurrente de la otra anécdota) y la dejó trastornadísima, al punto de no poder asimilar que la enredó un esquizofrénico.

La pobre se lamentaba, me cuentan, y decía que quería morirse, pero ni siquiera tenía valor ya para intentarlo, ni para seguir viviendo. Pero tampoco puede culpar a nadie de su desgracia que no sea ella misma: quiso sacarse la rifa del tigre y se encargó de sacar todos los boletos.

Esto es: la señorita Guita -- que no guila, conste- se encargó de convertir a su loco en alguien que dependía emocionalmente en exclusiva de ella y se degradó de manera magistral para la ocasión. El precio fue muy alto y no valió la pena.
Por así decirlo, a ella no hubo quien le sacara las rosas insertadas ahí.

Dos historias amorosas: espejos similares, aunque opuestos.
Así de espeluznante puede ser la naturaleza de la pasión: como caer en un tobogán rapidísimo y sin frenos. Y uno no se pregunta al ver a tanta pareja que pasea, tomadas de la mano o del brazo y por la calle: de todos estos, ¿cuántos de todos esto resultará a la hora de la hora que están locos?

Divino Olimpo

Compartiendo mi fondo de pantalla:


De izquierda a derecha: Nicole Kidman, Catherine Deneuve, Meryl Streep, Gwyneth Paltrow, Kate Winslet, Cate Blanchett, Vanessa Redgrave, Chlöe Sevigny, Sophia Loren, Penélope Cruz.
Casi todas ellas diosas.


Fotografía tomada por Annie Leibowitz para Vanity Fair
. (2001)

(La imagen puede agrandarse al hacer click, para que puedan conservarla)

Gajes del oficio

Un pordiosero se acerca a una señora que desayuna en una terraza.

"Señora, ¿no tendrá una moneda que me de?"

La dama le responde, "venga, buen hombre. Mejor le pago el desayuno."

"¡No, por favor!" exclama el sujeto "¡He tenido que zamparme ya tres desayunos y todo lo que quería era una moneda!"

lunes, 25 de septiembre de 2006

Retratos: Lusin



Él es Lusin.
(El pequeño león con gafas. O bien, Kimba)

Es el más joven de mis amigos [es cierto, no tengo amigos menores que él]. Actualmente vive en Pamplona.

Es un poeta.
Es muchas otras cosas también, pero principalmente, es un poeta.

Nuestra amistad tiene origen más bien Austeriano (donde él es Asturiano, además), debido exclusivamente al azar y sus caprichos. La primera vez que llegué a Madrid, nos correspondió ser roommates en el legendario Chamartín, antes de abordar mi primer Tren Negro (que ahora es un ritual, al menos en mi vida). El famoso 7/7/04.

PIT II nos presentó y realmente no reparamos mucho el uno en el otro. Yo estaba ansioso (nervios de estreno, su señoría) en mi papel de Fräulein Maria -- ese fue el pretexto para mi primera Semana Negra, después evolucionaría en otras formas- y estaba exhausto de una semana en París. Lusin me sonrió y eso fue todo.

Realmente nos hicimos amigos, creo yo (pero igual estoy en un error, la memoria suele acomodar los hechos a su propio placer y esto particularmente sucede con la mía), sino hasta la cena, cuando acabamos codo-a-codo y él codo-a-codo con Jack, que evolucionaría a convertirse en nuestro amigo después esa misma velada. Luis tuvo la gracia de dejar mi hiperlalia desbordar sin aturdirse (¡bendita paciencia!) y encima, añadir "he quedado con amigos, pero si queréis venir..." y ser sincero al respecto.

Fue con él (y con JCG y Alex DeBernardi) que conocí Madrid de noche por primera vez. Fuimos a dar al Vía Láctea y al Tupperware (me puse a [horriblemente] cantar una canción y me hizo segunda). Esa noche, Lusin perseguía unos ojos verdes -- que a estas alturas del partido ya son textura de leyenda- y aunque tratamos de convencerlo de seguirlos y atraparlos, decidió volverse al hotel con nosotros y acabamos sentados hablando hasta las seis de la mañana.

Desde entonces, aún hasta hoy, hemos contrabandeado (conste que el término no es mío, sino que lo tomo prestado), una barbaridad de cosas -- como hacen los personajes de Auster. Hemos hablado de libros y de cine. Me he nutrido, aunque él no me crea, de su exquisito gusto por la música, que a través suyo exploro con la misma sorpresa (a él le debo haber descubierto a The Arcade Fire y a Piano Magic) que tendría el Dr. Livingstone, supongo.

Hemos caminado en lluvia y frío. Nos hemos reído y nos hemos reñido. Orbitamos cerca.
A veces creo que es el mayor de mis hijos o el menor de mis hermanos.

Es, como dirían las abuelitas, un magnífico chico. Amigo de sus amigos, generoso con los viejos, paciente y dulce con los niños y hábil con las damas. Esa sonrisa la he visto iluminar, como los sueños hacen, habitaciones en penumbra y disipar la niebla. Bajo la aparente fragilidad de su físico, se encuentra un espíritu vigoroso y un alma inquieta (que no son necesariamente la misma cosa), que con veinticinco años, quiere recorrer el mundo, extender los brazos, poder volar.

No conozco a nadie que lo conozca que no lo quiera y eso, en este mundo lleno de gente envidiosa, pequeña, mezquina y siempre ávida de descalificar al que se descuide, es algo notable. Me atrevería a aseverar [aún si sé que él sería el primero en hacer aspavientos para negarlo] que tiene, literalmente, el corazón de oro.

Como antes dije, es un poeta. Y un estupendo poeta.
No cualquiera puede capturar así lo que siente y convertirlo en palabras, darles belleza, imágenes, ritmo. Y este crío lo hace con una naturalidad pasmosa: es un don. Pero como todo don, lo ejerce con disciplina, y siempre siguiendo los dictados de su volátil instinto.

Somos afortunados los que le tenemos cerca. Y somos legión.
Ahora, sin más y a modo de colofón, un fragmento musical del soundtrack de tu existencia, que va por ti, pequeño león.

domingo, 24 de septiembre de 2006

Todo Blanco


para Paco Peña

Cuando tenía diecisiete años, mi mamá me consiguió empleo como asistente de un creativo en la agencia de publicidad donde trabaja. No era la gran cosa, sólo algo qué hacer para no pasarme las vacaciones metido en la casa viendo repeticiones de telenovelas viejas por cable (‘Adrián y Atenas son hijos de Andrea, Rogelio es hijo de la mujer asesinada... ¿quién es Aldo?’) y comiendo galletas de chocolate mientras trataba de ahora sí y de una vez por todas terminar de leer Rayuela como dios manda, lo que parecía algo tan imposible como escapar del calor.

Me dijo una noche mientras tomaba su café, oye, la secretaria de Toño Ruiz Camacho se va con licencia de maternidad hasta septiembre... ¿porqué no vas a ver qué tal? Eran doscientos mil pesos – de los viejos – a la quincena. Le dije que porqué no, total, todos mis cuates estaban de vacaciones, divirtiéndose sin mí, y el prospecto de escabullirme del letargo doméstico me pareció mejor que andar en el éter por dos meses, tratando de seguir correctamente el incomprensible tablero de capítulos para conocer mejor el drama surrealista de la tal Lucía, alias ‘La Maga’.
Ahora que no había mucha diferencia entre mi trabajo y el haberme quedado en la casa durante las vacaciones. Ruiz Camacho era un tipo a toda madre (al menos esa fue la impresión de los primeros días) y no era exigente. Hasta después me di cuenta que no era exactamente lo mejor del mundo, pero ya qué.
Mis obligaciones consistían en llegar a las nueve y primero que nada poner el café. Bien cargado, tirándole a espresso; luego, conseguir una tira de aspirinas y poner en la reproductora de discos compactos una canción del álbum blanco de los Beatles para Marta, la planta de mariguana que crecía en una maceta sobre el escritorio. Todavía hoy, cuando llego a oír el estribillo Martha my dear, Martha my love, me llega claramente al olfato, el hornazo de un toque.

Después de esto y de regar la planta, me sentaba en mi ‘escritorio’, que era una mesa de tijera al otro lado del despacho y leía el periódico, para platicarle a Ruiz Camacho todos los chismes de la farándula y la nota roja, mientras se tomaba su café con aspirinas y miraba con adoración a Martita apenas llegaba, casi a las once.
Algunas veces me mandaba a Sanborns a comprarle revistas y me dejaba quedarme con el cambio. Y tenía que estar listo para tres cosas muy importantes; saberme sinónimos para cuando se ponía a resolver crucigramas, cuidar que nunca se le juntaran las gordas el mismo día de la semana y estar buzo para cuando hiciera su aparición el ‘dueño y señor’ de la agencia, al que le gustaba caer de repente. Cuando oía sus pasos en el corredor, anunciado por su ‘Buenos días’ rápido como balazos repartidos a diestra y siniestra, le hacía una seña a Ruiz Camacho para que se lanzara en clavado desde la Quebrada sobre su trabajo, que pese a todo y andar siempre en el rocanrol, era de primera.
Había otros dos creativos en la agencia, el señor Larios y la señorita Notario.
Aunque tenían más años en la compañía que mi jefe, eran considerados de la ‘vieja escuela’ y se ocupaban de cuentas menos vistosas que las de mi jefazo, pero más seguras en la cartera.
Empecé a tratarlos, sobre todo a Ernesto Larios, al paso de los días. En mis diarias excursiones a la tiendita pasaba por su oficina – Buenas, voy con el Hampón ¿se le ofrece algo?- y regresaba con una coca de lata bien fría y una cajetilla de Commander.
Esto lo hice con la señorita también al principio, pura cortesía, pero al tercer ‘nada, gracias’ dejé de pasar a preguntarle.

El señor Larios me pedía que le enseñara lo que escribía durante las horas que Toño se pasaba ‘meditando’ y me ignoraba por completo.
- Son unos cuentos, pero... este, yo creo que no son muy buenos.
-¿Y cómo sabes que son o no son buenos, mi amigo? El escritor es su peor crítico. O peca de indulgente o bien, viceversa. El único que puede juzgar los méritos de un escrito es el lector... además, texto escrito y no leído, muchacho, es tan horrendo como un aborto clandestino.
Le llevaba mis cuentos y a veces nos quedábamos en su oficina a la hora de la comida, luego que Ruiz Camacho se iba y que la señorita recibía una ensalada para comerla en su privado, para que los comentara. Me aconsejaba que había que leer y que por ahí siguiera, pero que también debía aprender a observar a los personajes que me rodeaban. No sólo inventarlos de la nada, sino que debía darles carne y sangre. -- No todo es una trama sorpresiva, ni una estructura magistral. A veces hay que ponerle sentimiento, abrir bien los ojos. ¿Lo ves?

Un personaje... ¿pero quién? ¿Ruiz Camacho, a quien llamaban por teléfono varias mujeres, a las que contentaba con ‘sí, gordita, sí, marmotita’, tratando de aplacar su ira por haberlas cambiado de último minuto por otras gorditas, quienes a su vez reclamaban las atenciones concedidas de manera subrepticia a otras marmotitas más? No. Toño me parecía demasiado banal, demasiado parecido a los otros creativos ‘chavos’ de otras agencias, cuyas fotos me pedía que recortara de revistas para pegarlas a su tablero de dardos, después de haberles pintado una P de Pendejo con marcador rojo en la cara. No. Era muy hip, muy cool como para ser personaje de ficción.

¿Qué tal Larios?
Lo pensé mientras lo veía leer uno de mis cuentos con un cigarro en los dedos, su cara inescrutable mientras se absorbía, asintiendo de vez en cuando. Pero no. Ernesto Larios no era un personaje, sino un lector; su propia oficina lo sugería, atestada de libros, revistas y periódicos viejos. Entonces volví a asomarme, ya no me acuerdo bien porqué a la oficina de la señorita Notario.

Nadie le hablaba por su nombre, Eulalia, excepto el dueño y señor.
Según supe, su relación de trabajo databa desde los años cincuenta, pero no eran amigos. Nadie, excepto tal vez mi mamá que es amable hasta con las piedras, había tratado socialmente a la señorita.

Algunos la veían como con miedo y otros de plano la ignoraban. Me imagino que ambas cosas no podían haberle importado menos a la mujer, que llevaba casi cuarenta años de trabajar ahí sin faltar una sola vez. Era como un espejo a la inversa de Ruiz Camacho, que luego se aparecía en la oficina sin rasurar, con ojos de tizo y la ropa arrugada, la señorita llegaba más temprano que los demás, con un moño de pelo gris llovizna, guantes, bolsa y un pañuelo de encaje prendido a la solapa del saco. Nadie sabía bien a bien su edad, pero calculábamos que hacía un buen rato – de menos un lustro – había dejado atrás los sesenta y pico. Pero no tenía arrugas, ni la piel brillosa como quien se hace una cirugía plástica. Otro detalle era que no tenía secretaria ni copy ni asistente ni nada. Ella se ocupaba de todo en su oficina.

Nunca vi cosa alguna sobre su escritorio, aparte de su máquina de escribir. Ni una revista, ni un periódico ni una maceta. No había cuadros, ni cortinas, ni carteles. Al irse la señorita en las tardes, era como si la oficina estuviera vacante, esperando a que alguien la ocupara, le diera vida.

Según me contó Larios, Eulalia Notario fue una de las primeras mujeres creativo que hubo en el medio publicitario, aún antes de que existiera el puesto per se. - Ya era conocida cuando llegaron los que serían famosos y luego escritores. Conoció a García Márquez cuando llegó de Colombia y no era absolutamente nadie. Ayudó mucho a José Agustín, que era un chamaco horroroso y también a Gustavo Sáinz y Leñero, antes que se fueran a editar Claudia… ¿Tú te acuerdas…? no creo, estás muy chico, mi amigo… Mira, ella creó esta campaña de medias que era muy agresiva.. una especie de 007 con vagina. ¿Lo viste alguna vez?… Siempre ha sido muy buena…

Después supe que algunas otras campañas memorables las había hecho ella. Para coches, para perfumes, para líneas de belleza. Slogans famosos y jingles… todas con un aire violento, como de película de Hitchcock, incluyendo uno para promocionar limpiador de mosaicos que usaba como referencia la escena de la regadera en Psicosis y que en mi niñez había sido uno de los comerciales que más me había impactado. -¿Ella hizo eso?

Mi mamá dijo que muchos de los anuncios más controversiales los había concebido esa mujer; que había atraído clientes importantes y espantado a otros, pero por eso era muy respetada y codiciada por el “jefe supremo”. ¿Ella? ¿Esa mujercita antique, tan propia? Me dio por espiarla cuando yo iba hacia la tienda, o al baño, o con cualquier pretexto. Quería verla trabajar. Y sólo estaba frente a su escritorio, tecleando con dedos huesudos en la máquina de escribir, ignorando a los demás.
¿Cuál era su secreto? Imaginé truculentos escenarios en que Eulalia se encontraba en secreto con un amante… ¿una amante?… pensé en encuentros clandestinos, tórridos y prohibidos… Toño me veía tan interesado que me dijo mientras le daba fin a una bacha sentado en la ventana para que no oliera - Uh, esa vieja está bien piragüas… segurito es adicta a la metadona o igual y anda en el leather…- Las palabras de mi sabio (aunque pachequísimo) jefe hicieron que mis elucubraciones adquirieran tintes rocambolescos – aunque primero tuve que averiguar qué era andar en el leather.- y veía a la Notario, el prefijo señorita arrancado de su persona ante estas truculentas visiones, envuelta en cuero, con máscara de búho y demás accesorios sadomasoquistas descritos en La Historia de O, librito al que me refirió Larios cuando fui a preguntarle sobre lo comentado por Ruiz Camacho.
Me imaginaba una especie de Venus en pieles geriátrica, con látigo y todo… ¿sería capaz? Delirantes representaciones de la mujer se me aparecieron en sueños. ¿Qué vida secreta lleva alguien que vive en un ambiente tan estéril?

Después se me ocurrió que podía ser bruja. Eso. Una bruja… o una asesina en serie; con su tipo de funcionaria o burócrata, nadie sospecharía. ¿Una agente secreta? ¿Ex de la KGB? ¿De la CIA? ¿De Hacienda? ¿DE MARTE?… mi obsesión era como una mancha de grasa en el agua, distorsionándolo todo.

La única que precisamente se mantenía ajena a mi desmesurado interés era ella. No se daba cuenta de las miradas que le echaba ni de mi interés por ver si había algo escondido en su oficina que revelara algún fetichismo maldito o alguna mórbida perversión.

Una mañana muy calurosa en agosto, Eulalia Notario fue a servirse un café, soltó un gritito agudo muy breve y cayó fulminada en el piso de la cocina de la agencia. Mi mamá estaba ahí, me dijo que sólo dio unos pasos como pajarito, dijo ‘ay’ y se desplomó. Hemorragia cerebral. Por supuesto, fue un show colosal, con todo y ambulancia ululando. No supe si alguien fue a su entierro, aunque me imagino que no.

Después de su repentina muerte, sus cuentas se las dividieron (casi de inmediato) entre Toño – que por alguna razón le bajó al consumo de la canabina a raíz del acontecimiento- y el señor Larios. Unos archivos estaban en la casa de ella y obviamente, como a los tres días de haberse ido al mundo feliz, me enviaron a recogerlos. Yo, encantado. Era mi oportunidad para ver de cerca la casa de la Bruja Satánica adicta a la metadona y ultra reprimida pero impecablemente vestida.

El departamento en que vivía quedaba en un quinto piso en la colonia Roma con escaleras muy angostas y para acabarla, sin elevador (¡con razón le dio un derrame!). La portera, cándida aborigen con delantal y olor a sopita de fideo pese a ser temprano en la mañana, me acompañó para que buscara los folders y demás. Supuse que también para ver que no me fuera yo a volar alguna muñeca vudú o un cuervo disecado, pero no, - aquí lo espero joven,- me dijo luego que abrió la puerta y sentí retortijones de la expectación.
¿Qué habría ahí adentro? ¿Círculos mágicos? ¿El consabido gato negro? ¿Látigos? ¿Fuetes? ¿Un refrigerador repleto de cabezas humanas encogidas según el método jíbaro? Miré a la portera, pero su carita de ídolo no me reveló nada del misterio; sólo vi cómo hizo una señal de la cruz y yo, haciéndome como que no estaba conmigo, entré.

Todo era blanco.
Blanco sobre blanco.
Muebles blancos. Igual paredes, techo y suelo. No había televisión ni lámparas o libros o flores. Ni un tocadiscos. Todo blanco.
El aire era frío. En las ventanas no había cortinas. Fui por el corredor largo y me asomé al baño. Mosaicos pintados de blanco, el botiquín sin espejo. Igual en la recámara, en el tocador el marco vacío y blanco de su luna; había una cómoda, un librero vacío y una cama de tablas al centro con sábanas blancas. Nada.

Algo llamó mi atención entonces, un detalle en la pared sobre la cama. Una fotografía pegada con cinta de una mujer abrazando a dos niños, las caras de los tres habían sido arrancadas, quizás con la punta de un alfiler, dejando sólo un espacio en blanco.


sábado, 23 de septiembre de 2006

Todos estamos hechos de estrellas


Me gustaría, si es que me lo permiten, llevarlos ante una escena:


El hombre es Cary Grant y la mujer es Ingrid Bergman. El nombre de la película es Notorious, de Alfred Hitchcock.
Aquí se le puso en español Tuyo es mi corazón y en España se le llamó Encadenados. La producción data de 1946.


El niño en la sala del cine Bella Época, cumplió siete años hace poco. Es el otoño de 1981.

Mientras come palomitas, pronto se va absorbiendo en la trama: ve cómo Alicia Huberman, rubia, atribulada y de gélida elegancia, se involucra en una operación de espionaje que podría costarle hasta la integridad física. Él, moreno y con aplomo, es el agente Devlin. Es él quien la lleva a Sao Paulo a descubrir a una peligrosa red de criminales Nazis... conforme el peligro se torna inescapable, las palomitas quedan en el olvido.


Mi abuelo señala a Ingrid cuando la cámara se acerca a su rostro perfecto, a sus ojos claros. Cómo captura y refleja su cabellera la luz; la expresión de su rostro, que contiene un amor borrascoso y al mismo tiempo, una serenidad escarchada...¡y la voz! ¡Escucha la voz!
La dicción perfecta que causa adicción. El niño cierra los ojos un instante. Cuando pase el tiempo, no volverá a recordar la voz de su abuelo, pero sí la de Ingrid.


Esto es acercarse por primera vez al templo.

Ahora, la escena cambia en la pantalla. Alicia/Ingrid, ya casada con el conspirador (interpretado no sin una cierta empatía por Claude Raines) recibe a Devlin/Cary en casa, durante una fiesta. Tiene en su poder la llave que podría revelarlo todo.

Juntos, se apartan de los mirones del mundo, y de pronto, quedan uno en brazos del otro. Ella se estremece de temor y deseo: él se acerca, aproxima los labios a los de ella, que se abren, se separan muy despacio. Lo recibe, se entrega, con todo su temor, su angustia, su deseo.

Adiós, palomitas de maíz. Adiós, abuelo.

Hitchcock me rapta y yo observo. Estoy ahí. Ahora mismo vuelvo ahí, a esa sala que hoy ya no existe (es una librería enorme, aunque casi estéril). Si me esfuerzo puedo oír cómo se aceleran los latidos del corazón de Ingrid.

Mi abuelo (ahora lo comprendo) me ha iniciado en lo que será mi verdadera religión. Estos son algunos de mis primeros íconos. Ya he visto otras películas que no son animadas, entre ellas Desayuno con diamantes... pero nada se compara con mi primer Hitchcock y mi primera Ingrid y mi primer Cary Grant.

En algún lugar de su interior, el chiquillo que fui se postra como ante un altar, o ante un milagro. El beso es prolongado y tomado tan de cerca, que es como estar ahí, ser la única otra persona en la habitación. Cuando ya sea adulto y lea acerca del rodaje, me enteraré de que fue polémico y considerado casi pornográfico.

Pero en ese momento sólo sé que estoy ante el momento que Bataille después describiría como la presencia del acto: estoy descubriendo la pasión humana en celuloide.

...y me gusta.


Cary Grant se tatúa en mi mente y corazón de niño, igual que Ingrid.

Esa sonrisa espléndida y a la vez descuidada, esas manos tan enormes, esas facciones hermosas que van muy bien juntas -- incluso con las imperfecciones que la cámara, enamorada como está, pasa de largo.

También atesoro su voz y su estatura.
Acaso será él uno de los parangones contra los que mida a las manifestaciones de mi propio deseo. Él es valeroso e inteligente, como ella, radiante de carisma.

Son dioses magníficos, soles que me iluminan, me acarician.

Al final de la película, sentiré que no volveré a verlos. De vuelta a casa, busco en viejas revistas fotografías de ellos y las recorto. Me hago un collage que guardaré bajo la almohada. Alguien me dijo (o se lo dijo a alguien más y yo lo oí), que si guardas la foto de alguien bajo tu almohada le soñarás.

Por supuesto, no es verdad, pero a los siete años creo. Quiero creer. Quiero a Ingrid y a Cary. Los adoro por completo en ese preciso momento que ahora se me vuelve tangible, como lo era el pánico cuando en la secuencia climática, ella acerca a sus labios la letal tacita de té.
Es el principio de un culto que irá acumulando figuras, iconos, altares. Otros dioses distintos, algunos de los cuáles están vivos ahora y otros no. A algunos los conoceré, podré tocarlos.
Me verán también.

Pero Cary e Ingrid son los primeros.

De mi abuelo aprenderé a creer en ellos.
A venerarlos.

Todos aprendemos.




Y como bien lo dijo Moby: We all are made of stars.

Cada uno tiene su propia bóveda celeste dentro.

viernes, 22 de septiembre de 2006

Libro de sueños


No es secreto que escribo mis sueños.

Es algo que me quedó como una especie de secuela de años de terapia. Casi siempre (aunque ahora menos que antes), al despertarme, busco el cuaderno que es mi libro de sueños -- confieso que lo tomé el concepto de una canción de Suzanne Vega [hagan click y la podrán oír]- y vierto en él lo que puedo retener de la aventura nocturna anterior.

Aunque sí: como se percibe por lo escrito (y bien lo saben quienes me conocen), mi(s) vida(s) onírica(s), casi tanto como mis trenes de pensamiento, resulta(n) las más de las veces caótica(s)... y también, sorprendentemente, muy vívida(s).

Algunas veces puedo recordar un sueño perfectamente. Otras despierto tan inquieto, que antes de poder estar del todo consciente, se me escapa y sólo permanece, en ausencia de los detalles, la vaga sensación de grima y desasosiego. Rara vez he regresado a la pesadilla tras huir de ella, donde otros sueños continúan, se suceden como episodios de algún serial.

Otros, sirven como escenarios imaginarios donde aparecen amigos, enemigos, algún afecto y hasta fantasmas. Gente y objetos que se sienten tan reales, o que se vuelven reales, al menos durante el periplo que es el soñar.


Éste de arriba, forrado en tela verde y con la tapa inspirada en una de las hermosas junglas desbordantes de Rosseau, es uno de los más antiguos que tengo. Data de 1995, cuando tenía 21 años.

Me lo encontré (no lo estaba buscando) el otro día y me puse a leer un poco de lo que soñaba en ese entonces. Seguí hasta que me lo impidieron el pudor y la piedad. No me he atrevido a buscar mis libros de sueños de 1990/91, que son los primeros. Creo que me sonrojaría.

Soñaba con cosas que curiosamente, ya hice. Que de hecho, hago de manera hasta casi rutinaria. Soñaba con escribir, ahora vivo de escribir. Este es un periodo transitorio en mi vida... al año siguiente comenzaría la carrera -- por instrumentos y olvidaría para siempre la Academia- y los sueños cambiarían, igual que sus elencos.

Pero muchos también habrían, para bien o para mal, de cumplirse. Para mi sorpresa, debo admitir. Para mi estupor. Algunos traduciéndose en palabras, en objetos, situaciones y algún beso, inclusive.


Este que ven arriba, es mi libro de sueños actual.

Lo compré en una añeja tienda en un callejón de la laberíntica ciudad [misma en la que no puedo pensar sin que se meta a hurtadillas en mi memoria sensorial y cinematográfica Julie Christie] de Venecia. Lo vi en el aparador y lo quise. Noten el león alado como ángel en la portada. Sus muchos significados me atrajeron a él. Iconografía personal.

Tardaré mucho en llenarlo. Ya no escribo con la asiduidad de antes. Pero aún sueño. Cada noche hay algo, un cambio, una flexión muscular: querer emprender -- o bien sentir que ya se ha tomado- el vuelo.

Y así, con tinta sepia (mis dedos salpicados mientras la estilográfica recorre el papel) se plasma lo soñado, aún si no será leído por nadie, ni visto por otros ojos que no sean estos. ¿Para qué conservar tus sueños entonces?

No lo sé. Pero me conforta hacerlo. Darles forma. Retener lo que puedo.

A veces pienso (y sí, no serán los primeros ni los últimos en pensar que estoy un poco loco; tampoco están lejos de la verdad) que esto que vivo es un sueño, y que mi verdadera vida es la que transcurre en otro mundo, mientras sueño -- o bien, imagino que sueño.


En los sueños aparecen muchas cosas; libros que no serán escritos, pero que quiero leer; gente querida -- Benito, que muestra el centro histórico de la ciudad a turistas orientales de desconocido origen; Bettina, sinodal de una clase de alumnos vestidos en papel. Mi abuelo y yo, encontrándonos face to face. Está muy repuesto de su muerte y yo soy adulto ante él, al fin. En otros sueños, he vuelto al muro, ante el mar. En otros, estoy en Roma. O en Manhattan. O en la ciudad de las luces cegadoras (y todos nos vemos tan hermosos en esa ciudad).

O, como me sucedió mientras dormía la siesta en un sofá prestado, sueño que tengo un bebé, mi hijo. Un hermoso niño al que canto a manera de nana una canción de los Smiths [¿quieren oír cuál? Ya saben qué hacer], una escena tan vívida y real, que me desperté muy conmovido y emocionado: lo tuve entre mis brazos, lo olí y me sonreía.
Lo adoraba y fue algo tan real,
que se incorporaría a la novela que ahora escribo, como tantas otras escenas dejà rêvè.

Luego, conforme pasa la modorra (y ocasionalmente, la morriña) de los primeros instantes vuelvo a entrar a la atmósfera y busco a tientas los lentes, el libro y escribo la escena y ésta adquiere su propia vida.
Ya no es sólo mía.

Es como con todo lo escrito en este espacio. Toda vez le haga click en "publicar entrada", ya no será mi pensamiento, mi interior: se habrá externado y será también parte de quien la lea.

Esto es, ustedes, naturalmente.
Ahora, si les da la gana, cuéntenme sus sueños.

jueves, 21 de septiembre de 2006

Se ha ido Nykvist


Probablemente su nombre no dirá nada a muchos que no sepan de cine, pero para los que sí, su partida final (a los 83 años) representa el fin de una era brillante, de hermosas imágenes en pantalla.

Sven Nykvist deja un espléndido legado de luces y sombras, claroscuros estremecedores y colores apasionados.

Directores como Ingmar Bergman (sin duda, su cara macree), Woody Allen, Louis Malle, Lässe Hallstrom, Bob Fosse, Norman Jewison, Alan J. Pakula y Roman Polanski tuvieron el privilegio de contar con él como cinefotógrafo... y más que cinefotógrafo, era los ojos a través de los que vimos las cintas que con ellos realizó, joyas imperdibles como Gritos y susurros, Crímenes y fechorías, Pretty Baby, Agnes de Dios, Cara a cara y El (Quimérico) Inquilino, entre muchas otras más, todas con su rúbrica luminosa.

Hoy, con un fotograma de la hermosa Liv Ullmann, a la que tanto quiso y apoyó (como a una hija), tomado de la magistral Persona (1966, Bergman) lo despedimos, maestro.

Que la luz le haga compañía siempre y lo ilumine, como hizo usted para con nosotros en las salas oscuras del alma.

Preguntas sin respuesta (I)

1)¿Estamos solos en el universo?

2)¿Podremos pagar dos pechugas presidenciales?

3)¿Nos doblarán los impuestos?

4) El que a dos amos sirve, ¿con uno queda mal?

5)¿Los gallos no tienen manos porque las gallinas no tienen tetas?

6)¿Quién mató al comendador...?
[¡me dicen que esa sí tiene respuesta!]

7) ¿El diablo viste a la moda mientras diosito practica el nudismo?

8) Al final... ¿irá a ganarle el bolillo al tamal?

9) ¿Quién será el que me quiera a mí, quién será, quién será?

10) Mamacita, ¿dónde está Santaclós?

miércoles, 20 de septiembre de 2006

Monstruos Perfectos

"Si pudiera hacer lo que quisiera,me iría al centro de la tierra, nuestro planeta,
y buscaría uranio, rubíes y oro.
Intentaría encontrar monstruos perfectos.
Después me iría a vivir al campo."
Florie Rotondo, ocho años
(Truman Capote)

Esta semana se estrena El Diablo viste a la moda, la nueva comedia cinematográfica protagonizada por ese monstruo divino llamado Meryl Streep.

En ella, interpreta a una tal Miranda Priestly (ostensiblemente inspirada en la editora de la revista Vogue, Anna Wintour) una brillante editora que maneja la revista como un déspota a su comarca.

La película es divertida y sobre todo, una oportunidad notable de ver a la Streep haciendo lo que realmente sabe hacer. Y también, por otras circunstancias, me remitió a ciertos episodios de mi vida, y esto es el encontrarse con Monstruos Perfectos (Capote dixit)


Aunque la película está basada en una novela (bastante mediocre, por cierto) escrita por la insípida Lauren Weisberger, la adaptación es una sorpresa, al trascender lo banal del material para explorar, aún si muy someramente, la relación entre el monstruo y la joven y cómo ambos se nutren mutuamente.

El episodio al que me remite es que, igual que la tal Weisberger y su alter-ego Andy Sachs (aquí interpretada con gusto y carisma por Anne Hathaway), yo también comencé mi carrera con un jefe que algunos podrían calificar como monstruo.

Yo era muy joven (21 años) y realmente nunca había pensado en dedicarme al periodismo (yo lo que quería era ser escritor) así que mi entrada al medio fue completamente fortuita -- nunca estudié para esto- y si bien la fuente por la que entré (Moda y Sociedad) no era exactamente mi sueño dorado, fue una buena puerta... aún con sus bemoles.


En la novela y parcialmente en la película, el personaje de Miranda es pintado como un monstruo egocéntrico que hace exigencias que no pueden acercarse a la realidad.
Vaya que yo conozco de primera mano exigencias tales, pero en otra proporción.

¿Quieres dos días de vacaciones? Sí, pero deja adelantado un mes de trabajo. Trabajar los domingos mientras el jefe asiste a comelitones con sus cuates. Llamadas a deshoras (¿Qué estás haciendo?), juntas impromptu -- para acompañar al jefe en su casa a ver su telenovela favorita-, berrinches irracionales. pataletas, lluvia de oprobios por pecados inexplicables ("¿porqué chingaos nadie contesta el teléfono al primer timbrazo? ¡Son unos inútiles y unos idiotas!"), etc, etc, etc.

Claro, yo no sólo era asistente y amanuense, sino también fungía según se ofreciera, como "negro" literario, damo de compañía, enfermero y hasta intérprete; pero en cada situación (las divertidas, las terroríficas y hasta las humillantes, que también hubo) procuré siempre estar con ojos bien abiertos para aprender todo lo que pude y realmente agradezco cada escenario y enseñanza, tanto malo como bueno -- ciertamente no habría podido soportar la presión de otros trabajos que tuve después, por ejemplo, si no hubiera pasado por ahí, amén de que ahí fue donde aprendí cómo sacar de la nada un texto de dos páginas o bien, cómo escuchar para preguntar que es a lo que ahora me dedico.

Es cierto, a veces sentía que no era feliz (aunque mirándolo en retrospección, sí, lo era), y cuando renuncié a ese empleo no sabía lo que me iba a pasar... pero ahora descubro, ya como freelancer y una década más tarde, que haber obtenido ese empleo es una de las mejores cosas que me ocurrieron... y dejarlo, es una de las mejores cosas que hice.


Ver a la Streep en la película, me recordó un poco -- no... ¡un bastante! Aunque yo no usaba ropa tan espectacular- esa época de mi vida y me hizo sonreír mucho, no sin una cierta ternura.

Dios nos guarde, ¡cómo ha pasado el tiempo!
Ahora que lo pienso, efectivamente, para bien o para mal, he hecho lo que he querido: he ido varias veces al centro de la tierra, he encontrado uranio, rubíes y oro [o bien, gente que vale su peso en oro]; también he encontrado y hablado largo y tendido con monstruos perfectos -- es mi pan de cada día-, he dejado que algunos me coleccionen como yo he coleccionado a otros y tal vez ahora sí pueda irme a vivir al campo.

Aunque tal vez no al campo, pero...

martes, 19 de septiembre de 2006

Yo amo a Barbra

No sé qué pasa conmigo, pero estoy en una etapa rarísima.

Desde que amanece, lo único que quiero, es escuchar canciones de Barbra Streisand.

No es broma.
Se ha convertido en una especie de vicio que me ha atrapado. Desde ayer me descubrí levantándome para poner su música y ésta me acompañó mientras hacía mis labores del día (lavar la ropa, tender la cama, cinco cuartillas de la novela -- como ven, la vida de los escritores no es tan glamorosa como pareciera). Lo curioso es que ahora, en la treintena de mi vida, por fin deje de poner resistencia y acepte que me gusta Barbra, algo que antes furiosamente negaba y renegaba, alegando que era abrazar al estereotipo, igualito que me sucedió antes con Madonna... y ya vieron cómo acabó eso.


Así pues, decidido a que no me importara el qué-va-a-decir-la-gente (¿pues de cuándo acá me ha importado?) inicié mi conversión al Barbrismo -- que no Barbarismo, nótese- y me zambullí en la música de Streisand como quien se arroja a la piscina de un solo golpe para no sentir el agua fría.

No es que no la conociera, de hecho cuando niño la oía porque mi madre tuvo un par de LPs suyos, pero lo cierto es que me había privado del adictivo placer de escucharla. Así que la seguí por todo su inmenso y colorido repertorio: lo mismo con grandes éxitos de Broadway, que con baladas, temas disco, duetos, canciones de rock, covers... pronto estaba yo tarareando y hasta cantando bajo la ducha (Piiiipoooool... loving piiiiipooooool...) y abrazando a este nuevo ícono (aunque admito que no soy tan fan ni tan obseso como algunos otros, que conste).

Y claro, ahí están también las películas.
Mi abuelo Miguel disfrutaba enormemente con What's Up Doc? (Que en México fue traducida como La Chica Terremoto) y con Funny Girl -- que cuando la vi me hizo bien poco; deberé redescubrirla y recomprarla porque cometí el garrafal error de prestársela a Tamalé hace años (cuando no sabía la clase de araña que era) y se la quedó forever and ever, vieja alevosa y ultimadamente, ratera-. A mí me gusta bastante la de En un día claro se ve hasta siempre y tengo, como regalo reciente (y detonador de esta obsesión, me queda claro) un par de DVDs de sus especiales de TV de los 60 y 70, que eran "grandes eventos" y que yo no había visto nunca.



Así las cosas, decidí que la lista musical de esta semana fuera dedicada a ella, mas no yéndome por lo más popular (como el tema de Nuestros años felices/The Way We Were) sino por (arbitrariamente, claro) lo que a mí más me gusta de su amplio canon.
Por lo mismo, a
quí, sin ningún orden estricto, hay un top 5 de Canciones de Barbra:
(recuerden que pueden hacer click en el título para descargarla o escucharla)

1.-
On A Clear Day (You Can See Forever)
El tema principal del musical de Alan Jay Lerner. Una espléndida fantasía romántica con reencarnaciones y toda la cosa, que estelarizó al lado de (me pongo de pie) Yves Montand, en 1970. Es una canción muy hermosa y también pegajosa: toda vez que se deja oír, ya no puede uno sacársela de la cabeza. Así andaba yo por la calle, cantándola a grito pelado... y sin pudor alguno.


2.- He Touched Me
Este fue uno de los primeros grandes éxitos de Barbra para Columbia Records en los 60 y me gusta no sólo por
su magnífica instrumentación; también por su letra que es una maravilla descriptiva en unos cuantos versos. A propósito de nada, el autor es Ira Levin... el mismo de
El Bebé de Rosemary (donde Barbra aparece mencionada brevemente, supongo que a modo de mínimo homenaje).


3.-
Life On Mars
Sí, ya sé que a Bowie se le rizaron las pestañas por sí solas en el '74 cuando Barbra grabó esta versión y se azotó a lo bestia, clamando que era "bloody awful". Pues no, lo siento, pálido y delgado duque, pero está usted en un craso error. Esta es una versión arrobadora (al menos para mí), del tema: la orquesta le da un toque suntuoso y Barbra la lleva a un paroxismo pocas veces visto. Es tan espléndida como el original, que conste, es sólo que muy distinta y es una de las canciones infaltables en el soundtrack de mi vida (y también la primera canción de la Streisand que me gustó, cuando yo era pequeño).

4.-
Love
Mi otra canción favorita de Barbra. Original de John Lennon, fue una de mis primeras aproximaciones a su voz, cuando descubrí en casa el álbum Barbra Joan Streisand (del '71) que era de mi mamá. Me gustó mucho y llevaba fácil unos diecisiete o dieciocho años de no oírla hasta ayer. Me emocioné y la gocé profundamente. Es agridulce y exquisita, o al menos eso es lo que creo. Fue como volver a una casa conocida a la que no se ha ido en mucho tiempo. Tanto, que tengo ganas de oírla otra vez.

5.-
Stoney End
Esta no la conocía; fue escrita por la extraordinaria Laura Nyro (una joya casi del todo perdida para nuestras nuevas generaciones y es una lástima: ya hablaremos de ella con más calma otro día, pero sepan desde ahora que es una verdadera maravilla) y uno de los primeros grandes éxitos de Barbra cuando se decidió a asomarse un poquito al mundo del Rock. El ritmo invita desde los primeros acordes, a mover las caderas y bailar (algo que por convicción procuro evitar) y sentí una profunda alegría de hacerlo mientras la oía. Un gran hallazgo, como una pepita de oro entre tanta piedra de río.

Escuchen y disfruten. Ya me dirán qué les parecen.

Yo, mientras tanto, envidiaré enfermiza y no tan secretamente a los que pueden darse el lujo de gastar hasta $400 USD para acudir a la gira de conciertos (ahora sí que la final-final, dice) que Barbra iniciará en Octubre por veinticuatro ciudades y que la llevará de regreso a la cuna de sus éxitos: Broadway.

No niego que me encantaría poder verla en vivo y decir: yo lo ví, yo lo viví (como si fuera reportero de nota roja), pero dado que tal cosa es imposible y bien lo sé, me conformo y soy feliz, haciendo mis propios conciertos de Barbra en la privacidad (y economía y comodidad) de mi estudio, compartiéndolos un poco con ustedes, también.

¡Ave, everybody!