domingo, 31 de diciembre de 2006

New Years' Eve


Normally i’d be french-twisting my hair
And selecting the right earrings to wear

Oh it’s a special evening for most
and normally i’d be proposing a toast

But not this year

Because i’m here
(the party’s all around me)
You’re there
(indifference has found me)

So I know it’s not in fashion
Wearing heartbreak on your sleeve

But i’m here and you’re there
so who cares what i wear

on new year’s eve

Normally i’d be knee-deep in champagne
Kick my heels up until neighbors complain

It’s such a glamorous evening for most
(And normally i’d be upstaging the host)

But not this year

Because i’m here
(the party’s all around me)
You’re there
(indifference has found me)

I know i should have dressed up
But i just can’t make believe

Now i’m here
and you’re there
so who cares
what i wear

on new year’s eve

If you’re sleèping with some other girl tonight
I’m not sleeping with some other guy

I just keep thinking how last year at midnight
you blew me away
With the resolution that you made

I’m here
(the party’s all around me)
You’re there
(indifference has found me)

Tonight before the ball drops
I’ll grab my coat and leave

I’m here and you’re there
so who cares

what the fuck do i wear
on new year’s eve

- Nina Gordon
________________________________

Feliz 2007, everybody

Veinticinco años

Papá-

He estado pensando en tí todos estos días.

No que no piense en ti cada día (aún incosncientemente lo hago), pero siempre en estas fechas señaladas es más persistente la memoria y ahora aquí estoy hablándote por primera vez en mucho tiempo, como si estuvieras aquí conmigo, que es algo que me gustaría poder hacer realmente, aunque tú bien sabes que eso es imposible.

¿Reconoces la fotografía?
La tomaste tú. No sé dónde, pero sí sé que lo hiciste tú. Por eso es que no hay fotos donde aparezcamos los dos -- nunca he encontrado una sola-: casi siempre eras tú del otro lado de la lente.


Esta foto me gusta.

De hecho, de esa etapa de mi vida, es la que más me gusta. La que siento que se parece más a mí. A como era entonces, sin artificios. Y a como, en algún modo, soy aún ahora.

¿Qué puedo decirte? En la foto tengo un año, poco más. Ha pasado mucho tiempo. Y desde que no estás, han sido veinticinco años. Los mismos que tiene Mónica, tu nieta.
Sé que la hubieras querido muchísimo.
Somos muchos quienes lo hacemos.

Veinticinco años, papá.
No recuerdo ya ahora muchas cosas, aunque retengo otras -- quizá precisamente porque ya no estás-. No recuerdo el sonido de tu voz, por ejemplo. Ni el tacto de tus manos.
Pero recuerdo tu sombra en el suelo, y cómo te sentabas a leer el diario. Te recuerdo único hombre en un mar de madres jóvenes cuando salía del kinder.

Te recuerdo al volante y en una sala de cine. Es como recordar una habitación calientita, un hogar. Aunque claro, ha pasado mucho tiempo y la memoria tiende a idealizar algunos momentos y a las personas que amábamos cuando mueren.

¿Sabes? A veces te sueño.
Sueño que has vuelto, perfectamente repuesto de tu muerte, y que ahora, yo siendo adulto, yo siendo quien y lo que soy, voy a encontrarme contigo para tener una conversación adulta, por fin.

En mi sueño, te ves como antes de tu muerte; incluso mejor. Más completo, más entero. No sé si te vi alguna vez así de sano en vida, pero en la muerte lo estás. O bien, lo están, tú y mi abuela María.

¿Te habló de nosotros cuando pudo reunirse contigo? Supongo que será lo primero que preguntaste; en mi sueño ustedes se ven casi rejuvenecidos: son ustedes dos vistos a través de mis ojos de infancia. Como los conocí la primera vez.

¿Qué puedo decirte?
A veces me pregunto qué dirías de las cosas que ahora hago. De la vida que ahora llevo.
¿Me comprenderías? ¿Me querrías?

Mi madre (tu hija Consuelo, la esposa de tu hijo Ernesto, como la presentabas siempre) dice que sí. Yo no quisiera dudarlo y me gusta pensar que es verdad y que me habrías querido de todos modos.

Yo te he seguido queriendo igual.
Han cambiado muchas cosas, Papá. Ahora escribo para vivir a la par de que vivo para escribir; todo el día, toda la vida. He escrito muchas cosas, he realizado muchos viajes y he conocido a mucha gente. He sido afortunado: he conocido a muchas personas que soñaba con conocer y que, de no ser por mi trabajo, no habría sido posible. Supongo que es por eso que elegí este trabajo, que me lancé al vacío y lo he tratado de hacer del mejor modo posible.

Y tengo amigos.
Son, realmente, lo que más feliz me hace. No son una posesión; los veo como un verdadero privilegio. A todos ellos. Está Carolina, a quien mi abuela quiso montones -- y tú la habrías querido también- y Hanna y Gaby (la hija de Alba Nélida, ¿te acuerdas de ella?) y Anaví y Elizabeth y Liz (que se llaman igual, pero no son la misma, para nada) y Viviana y Marcela y... ¡soy como tú! ¡Tengo muchas amigas! Y amigos también: por ahí está Luis, que es mi amigo más joven -- como si fuera mi hermanito, sabes- Paco y Jesús, y mi compadre Alejandro y Jack, el león del norte (ellos dos me recuerdan mucho a ti algunas veces).

Es curioso, no conociste a ninguno de mis amigos y sin embargo, todos tanto han oído hablar de ti, que es como si te conocieran. Te habrían caído bien. Y sí, son realmente lo que, en distintas etapas de mi vida, me ha sacado adelante, me ha mostrado senderos para explorar y las infinitas posibilidades.

Pero (tú lo sabes) también sigo siendo el llanero solitito (así me decías tú) y me gusta. Creo que he aprendido a hacer cosas solo. Eso es algo para lo que me preparaste, igual que para el inevitable momento de tu muerte. Y me las arreglo bien solo, ¿sabes? He aprendido muy bien a viajar por mi cuenta. Volví a Nueva York. Conocí Roma y Venecia. Este año fui a Egipto -- ¡y también ahí me hice de amigos!-y lo he hecho siempre solo, o básicamente.

En 2007 voy a hacer algo importante, papá.

Me voy a vivir solo. A otro país, a otro continente. Solo. Solo. A una ciudad pequeña, donde tengo amigos y no estaré desamparado... pero sí solo. Tal vez pasaré lo que serán los días más solitarios de mi vida hasta ahora.

Y abrazo el prospecto con inmensa alegría, Papá, porque voy a crecer.
Recuerdo que lo que más te preocupaba de dejarnos (dejarme) era que yo creciera, me hiciera hombre.

Pues eso. He crecido y estoy creciendo. Más en los últimos diez años, sí, pero estoy creciendo. Y soy un hombre. Nada más que eso.

Y te extraño.
A veces te extraño como nunca creí que fuera posible extrañar a nadie.

Y a veces lo olvido... pero no te olvido a ti.
Han sido veinticinco años. Algunos dificiles y otros no. Pero no siento amarguras en mi vida (no realmente) ni recuerdo lo doloroso con aflicción. De todo he ido aprendiendo, y me gustaría que eso lo creyeras.

Te quiero, te quiero como desde el principio.
Y te veré un día. Y hablaremos.

No sé qué más escribirte. No es una buena carta, pero quería poner algo por escrito, aún si eres a la persona a la que más me cuesta escribirle.

Recuerdo que te gustaban las cartas.
Espero que esta también, al leerla. Con tantos años de retraso, pero tan cercana al corazón, como si 1981 no se hubiera terminado.

Te abraza tu nieto (y ahijado)

Ernesto Miguel.

sábado, 30 de diciembre de 2006

Otro Proustien.

Cortesía de Lusin, yo juego

7 COSAS QUE MÁS DIGO:
- Sí.
- Pinche.
- Zaz.
- Por favor.
- Gracias.
- Mierda.
- Mola (cuando estoy en España)

7 COSAS QUE HAGO BIEN:
- Dormir a pierna suelta.
- Hacer preguntas.
- Enjoyar elefantes.
- Construir sorpresas.
- Hornear galletitas.
- Escribir cartas.
- Almacenar información aparentemente inútil.

7 COSAS QUE ME GUSTARIA HACER ANTES DE MORIR
- Vivir.
- Publicar de menos una novela.
- Vivir en Roma.
- Adoptar un hijo.
- Comprar una casa.
- Establecer una relación significativa con alguien.
- Aprender a volar.

7 COSAS QUE NO SE HACER
- Conducir.
- Cantar.
- Reparar un auto.
- Dividir.
- Dejar que se me resbalen las cosas.
- Decir lo que siento, aunque sepa que no debo decirlo.
- Tocar el piano (y me habría encantado)

7 COSAS QUE ME ENCANTAN
- Escribir.
- Por consiguiente, leer.
- El cine.
- Subirme a un avión.
- Las jirafas.
- Preparar una dinner party y comprar las flores yo mismo
- Una carta en el buzón, a mi nombre, que no sea factura ni propaganda

7 COSAS QUE ODIO
- Al Peje.
- Los fantáticos religiosos e ideológicos.
- Los vetarros beligerantes.
- La prepotencia.
- La culpa.
- Que me toquen las pelotas.
- Que me hieran (tan fácilmente, además).
- Los timbrazos del teléfono, a las 7 de la mañana.

viernes, 29 de diciembre de 2006

Heaven or...



...Las Vegas.

It's VEGAS, baby!

Hallazgos en la nieve



El parque Yosemite....




Es como el paraíso de la nieve.






Y también es hogar de algunos sitios... siniestros.




miércoles, 27 de diciembre de 2006

Infinito


Now time
and the land
are the same
locked forever.
(John Ashbery - Haunted Landscape)

martes, 26 de diciembre de 2006

Sucedió en San Fran

Favor de no alimentar a Los Pájaros.

Oh, no... ¡demasiado tarde!


`
¡Viva Hitchcock!

lunes, 25 de diciembre de 2006

Gozo al mundo



y para cada uno de ustedes.

Ánimo, valor y gracia.

domingo, 24 de diciembre de 2006

Esta noche es...


...nochebuena.


[y mañana Navidad]


Dios nos guarde.
Como sea, felicidades everybody.

sábado, 23 de diciembre de 2006

Con flores en mi pelo...


Pues ya estamos en San Fran... y es tan hermoso como lo recordaba.

Hemos hecho un poco de todo: pasear, comer...

Respirar el espíritu de la temporada...


Rendir homenaje a los clásicos (y con tanta gaviota, esta ciudad es como película de Hitchcock)




He cazado algunas jirafas... (uno nunca sabe dónde va a encontrarlas)


Y tampoco dónde va a reencontrarse con los viejos amigos.
¡Gracias por todo, Greg!

What. A. Great. Day.
Ahora, a Haight-Ashbury, a buscar la pista de Grace Slick, con flores en mi pelo, claro está.

viernes, 22 de diciembre de 2006

In the City of Blinding Lights


Esto es Santa Barbara a medianoche del 21/22 de Diciembre.
Fue un viaje largo, pero ya casi estamos ahí... aunque nunca volveré a cruzar la frontera a pie, si puedo evitarlo (jejeje).

Estábamos agotados, felices y juntos.
Sobre todo juntos con una complicidad nuevecita, recién descubierta.

Y claro, como buen león, sueño con jirafas...

jueves, 21 de diciembre de 2006

California Dreamin'

Dentro de unas horas, comienzo otro viaje, mas no será de trabajo -- ¡al fin!- sino que será, por primera vez en mucho tiempo, una vacación familiar.
Me voy con padres y hermana (por primera vez en toda nuestra vida como familia los cuatro solos) a visitar, por primera vez en 14 años, una de las ciudades que más me gustan en el mundo y que es, por mucho, la favorita de mi madre.
Favor de ver abajo.


Dicen que todo mundo acaba al menos una vez en la vida en San Francisco.

Veremos qué tal.
Aquí, habrá el reporte.

Ya sueño con California... aún si no duermo.

miércoles, 20 de diciembre de 2006

Retratos: Carnal

Algunos que me conocen, saben que además de Mónica, tengo un hermano.

No es mi hermano-hermano, pero es mi carnal.
Se llama Jesús y es de mis amigos más antiguos: nos conocemos desde 1985, cuando yo tenía 11 años y él 15. Lo que es más, hay una anécdota bastante colorida acerca de cómo nos conocimos, pero no la voy a contar aquí.

Juntos, éste ilustre joven caballero y yo hemos pasado por numerosas aventuras-y-desventuras: hagan de cuenta Batman y Robin, sólo que sin Batimóvil... y es una de las personas que más quiero.

Con mi carnal, he aprendido muchas cosas a lo largo de dos décadas: que un amigo abandona el calor de la cama en una noche de invierno, para llevarte dos cajas de kleenex y una aspirina; que puede llamarte a las tres de la mañana en una emergencia, sabiendo que no vas a enojarte con él por hacerlo.

Así es de generoso, en una calle de doble sentido. Se pone al teléfono aunque sólo disponga de unos minutos. Cancela una cena con un prospecto posible, para irse a tomar una copa contigo o dos o tres o nueve, mientras juras que odias-el-amor y te escucha hasta que se te acaban las palabras o las lágrimas o ambas cosas [y de hecho, lo hizo].

Es inevitable que a los amigos les pongamos adjetivos calificativos, tan propensos como somos a catalogarlo todo: "mejor amigo" [si tengo un mejor amigo... ¿tendré un peor amigo?], "amigo de la infancia", "amigo de la prepa", "amigo de la familia", "colega", "cuate", "conocido", "mano", etcétera, etcétera. Pero la verdad es que no importa cómo lo llamemos o de dónde lo/la conozcamos; tener un amigo es algo entusiasmante, esperanzador aún contra nuestra propia reticencia tener fe en la humanidad. Nuestros amigos son humanos, como nosotros, tienen los pies de barro y sin embargo, los amamos igual, por lo que son y lo que son para uno: muchas veces incluso serán torpes o descuidados, distraídos o bruscos y alguna vez hasta crueles.
Eso es parte de que sean humanos también.

Para bien o mal, tengo y sostengo la noción de que una relación afectiva de tipo amistoso, perdura pese a los roces, los gritos y sombrerazos, los desacuerdos y (si es genuina) hasta alguna decepción.

También sobrevive a la enfermedad, la angustia, los cambios drásticos, las relaciones nuevas, las separaciones y los malentendidos [cuando no hay orgullo y se deshacen a tiempo]. Supera la distancia, el tiempo, el estilo de vida... hasta la sexualidad y otros anexos.

Con él aprendí el principio de algo: que al final, con los amigos de verdad vamos estructurando la familia que elegimos para nosotros.

Ahora bien, como ésta es la vida real, no nos vemos tanto como nos gustaría (o al menos como a mí me gustaría, en todo caso). Él es un gran trabajador y un negociante avezado; además tiene una hija divina (Daniela, de 7 años) y ésto, junto con mi línea de trabajo y mi vida tan ecléctica, no ayudan mucho a que haya reuniones... aunque cuando las hay, son algo espléndido y especial.

Hoy, hace apenas unos minutos, me llamó.
Cuando mi carnal llama, es algo importante, aún si al mismo tiempo resulta espontáneo.
Es curioso que lo hiciera, porque mañana es su cumpleaños y había estado en mi mente todo el día.

Me dio una noticia: algo que adiviné aún antes que lo dijera. (Como adiviné hace tanto que sería papá y que era nena).
No puedo hablar de ella, pero sí del gozo (un salto en mi interior) que sentí.

Es por eso que hoy lo tengo aquí en vez de mañana o de otro día cualquiera. Es mi carnal y lo sabe: hemos visto cielos espléndidos y abismos que creíamos sin fondo. Nos hemos lanzado, cada uno por su lado, al vacío. Pero siempre ha estado ahí para enseñarme a volar, con cuidado de no estrellarme... no en balde fue controlador de tráfico aéreo alguna vez.

Son muchas cosas. Muchos años. Y ahora, mucho orgullo.

Enhorabuena, hermano.

martes, 19 de diciembre de 2006

Convulsas versiones del sueño




Como un tren
que pasa en la distancia.
Como ave al vuelo
lo oye venir.

Párpados enfebrecidos vacilan en alzarse
no reconoce el techo de la habitación,
ni la luz extraña
que se filtra aquí.

No recuerda qué día,
qué hora,
o lugar.

Casi no luz,
excepto la creada
entre sus manos.

En otro lugar
ya está lloviendo.
_______________________

(gracias por)

lunes, 18 de diciembre de 2006

Helen Mirren: una auténtica Reina




Cuenta la historia que su abuelo paterno era un aristócrata ruso cuya familia, que vacacionaba en Inglaterra en 1917, se encontró de repente sin posibilidades de volver a San Petersburgo y además sin recursos. Así, su padre aprendió a vivir en otro país, alejado del mundo opulento en el que había crecido y la niña Ilynea Lydia Mironoff, nacida en Chiswick hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, en cierto modo tuvo siempre como constante en su vida la presencia de ambos mundos: la educación refinada y exquisita de la alta cuna y la revolución contra el establishment. “Probablemente esa es una de las razones,” dice no sin un dejo de ironía “por las que al final de cuentas me decidí a hacer lo más excéntrico que pudiera y en los sesenta eso era estudiar para ser actriz.”

De este modo, ha ido amasando una carrera espléndida, y hoy dia la presencia de la Mirren en todo escenario es, por concenso general, algo casi legendario: hay millares de admiradores que la recuerdan, de pies a cabeza en atuendos de Jean-Paul Gaultier, en la inolvidable cinta de Peter Greenaway El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, que en 1988 causó furor al estrenarse, con una encendida controversia acerca de si era arte o pornografía. Esta ha sido sólo una de las muchas controversias en las que se ha visto partícipe gracias a su trabajo; la más reciente, es la que también la ha llevado a obtener alabanzas y premios internacionales y muy probablemente podría llevarla al Oscar, algo que siempre ha visto con escepticismo. Se trata de The Queen, una pieza dramática dirigida de manera magistral por Stephen Frears (Alta fidelidad, Relaciones peligrosas), con guión de Peter Morgan, acerca de lo que pudo haber ocurrido en la vida privada de la soberana como consecuencia de la brutal muerte de su ex nuera, Lady Diana Spencer, en un accidente de tráfico en París.

El filme abarca los días previos al funeral y muestra el encuentro entre la reina y el primer ministro Tony Blair (interpretado a la perfección por Michael Sheen). La actuación de la Mirren ha causado furor alrededor del mundo y le ha atraido la atención internacional.



¿Le sorprendió ver cuánto se parecía en realidad a la Reina una vez que la caracterizaron?

Oh, si, me sorprendí. Y más aún cuando me ví en pantalla porque, obviamente, en el espejo no podía observar la adecuación de los movimientos y otras cosas. Hay una toma que me enloquece: es cuando salgo y miro las flores dejadas afuera del Palacio de Buckingham en honor de la fallecida Princesa Diana. Estoy muy familiarizada con esa parte de la película porque la revisé muchas veces para hacer exactamente lo que hizo la Reina. Apenas puedo notar la diferencia. Ese es el tipo de movimientos que me sorprenden. Por desgracia, usé poco maquillaje (se ríe). No pasé horas sentada en la silla de maquillaje mientras me ponían todo tipo de cosas mágicas en la cara. Tuve poca, muy poca caracterización. En realidad, en lo más que trabajaron fue en la forma de la cabeza y la forma de la boca.

¿Ha sabido de alguna reacción por parte de alguien de la Familia Real o que esté relacionada con ella que haya visto la película?

No, y a decir verdad, yo creo que nunca la escucharé. Supongo que es muy comprometido para ellos decir cualquier cosa, así sea “creemos que es maravillosa” o decir “la odiamos”. Ellos no son críticos de cine, ni de las artes, creo que serán muy cuidadosos para no decir o hacer algo que pueda ser utilizado por los distribuidores de la película para promoverla, tú sabes a lo que me refiero. Creo que estarán “por encima” de la cinta, como sucede con todas las situaciones que puedan ser controversiales para ellos: pretenden que no existen.

¿Qué han sabido por parte de Tony Blair?

El lado de Tony Blair es otra cuestión. Es interesante… Casi siempre, este tipo de información se filtra en un par de años. En algún momento lo sabes, de una manera u otra. Pero esta película ha recibido una enorme cantidad de atención en Gran Bretaña. Una cantidad masiva. Durante unas dos semanas, a donde voltearas, veías algo de ella… no podías escapar de la película. Así que el perfil es muy alto, de verdad, muy alto. Así que sabes que seguramente no resistieron el verla, cuando menos. Lo que es más, lo sé de cierto… pero no he oído cuál sería su opinión. ¿Quién lo sabe? Tal vez sea lo mejor, creo yo.

¿Su invitación para tomar el té con la Reina ayudó para caracterizarla?

Muchísimo. Absolutamente, porque hay una humanidad y una soltura en ella que no puedes ver en sus momentos formales, y son esos momentos en donde más la podemos ver. La vemos en situaciones formales el 99.9% del tiempo. Nos son muy, muy familiares y para nosotros esa es la Reina. Pero hay otra Reina, la mujer –Elizabeth Windsor- que es muy sencilla y cálida, hasta chispeante, con una sonrisa de lo más agradable, que está alerta; no es esa especie de ser reservado y frío que normalmente comunica. Así que traté de reflejar esa humanidad porque la tragedia sucedió muy rápido en la película. En realidad, sólo tenía un espacio muy pequeño al comienzo y al final del filme para plasmar esa personalidad en pantalla.

¿A qué detalle puso más atención?

Bueno, obviamente la voz era muy importante. La voz y la presencia física en términos de la apariencia externa de la Reina. Estudié una gran cantidad de imágenes sólo para observarla. La manera en que camina, la forma en que mueve la cabeza, lo que hace con sus manos, exactamente cómo sostiene su bolsa. Cuando se pone sus lentes y cuando no los lleva puestos, lo que es muy interesante. Hay un lenguaje gestual diferente cuando está tensa y cuando está relajada. La cuestión física fue decisiva para crearla como personaje.


¿Qué tipo de investigación hubo que realizar para representar con verosimilitud la relación entre la Reina y el Príncipe Felipe?

Investigué mucho sobre ese tema y la relación es fascinante. Elizabeth tenía alrededor de 16 años cuando se enamoró de Felipe. Era una adolescente. Cuando comentó, “ese es el joven al que quiero”, su familia y todos en palacio desaprobaron fuertemente la relación. No querían que se casara con él. Cuando era joven, él era como Diana. Estaba a la moda, marcaba tendencias, era atractivo, llegaba a palacio en un convertible deportivo. Además, era un príncipe desposeido: no tenía nada de dinero. Pero ella se aferró e insistió: “ese es el hombre que yo quiero”. Inclusive, la sacaron de Inglaterra mediante una larga gira mundial y trataron de que se olvidara de él. No sólo no se olvidó sino que, cuando regresó, les dijo: “es el hombre con el que me voy a casar”. Y se casó con él. Sospecho que era un tipo de hombre macho, llevado por la testosterona, de carácter fuerte, opiniones muy marcadas y todo eso. Cuando se convirtió en Reina, él tuvo que pasar a segundo término. Él la quería, lo que fue interesante: Lord Mountbatten, su tío, alentaba a la Reina a cambiar su apellido por el de él. Si ella lo hubiera hecho, él se habría convertido en rey y ella en su consorte. Pero se negó: “No, soy la Reina. Tú vas a ser mi consorte”. Creo que esa decisión les hizo la vida muy difícil en las primeras etapas de su matrimonio. Creo que fue muy difícil mientras trataban de definir cómo iban a vivir juntos, pero solucionaron el problema. Creo que ahora tienen una relación muy sólida. Creo que ahora son excelentes amigos… encontraron una forma de vivir juntos que creo que es admirable y hasta dulce.

¿Dónde estaba usted cuando supo que la Princesa Diana había muerto?

En ese momento estaba en Estados Unidos… Fue algo horrible. Me ayudó mucho no estar en Gran Bretaña en ese momento porque lo que sucedió en esas dos semanas fue, para mí, muy inquietante.

¿Qué fue inquietante? ¿La reacción pública?

No podría decirlo con exactitud. Fue muy extraño. Era una especie de circo, como un carnaval que llega a la ciudad. Pero era un carnaval de muerte, de tristeza, pero carnaval al fin. Llegó un momento en que todo mundo la tomó como estandarte para algo y se tornó en un tópico sobreexpuesto. Si oía una vez más las palabras “Princesa Diana” creí que podría gritar… En mi opinión fue uno de los momentos más raros en la historia reciente de Inglaterra y, créeme, ha tenido su buen porcentaje de momentos bizarros y embarazosos, tú sabes (sonríe). Fue perturbador; como estar presente ante un accidente de tren y no poder desviar la mirada.

Uno de los temas más sorprendentes de la película es cuando a estas personas, que estaban por encima de la política, las obligan a tomar decisiones políticas. ¿Cree que cometieron errores políticos? Ahora sabemos que hubo mucha histeria colectiva en ese tiempo...

Fíjate, es muy interesante. Eso lo puedes ver en la película. Le puedes llamar histeria colectiva, pero lo que ellos hicieron y lo que Blair les ayudó a hacer, fue que el pueblo pudiera manejar el dolor… Se le puede llamar histeria colectiva pero la gente estaba dolida porque Diana significaba algo para ellos. Te digo, no podías verla y quedarte indiferente, de la misma forma que ocurre con las estrellas de cine. Ya sé que, dios nos valga, las estrellas son artificiales, pero puede que haya algo en ellas, puede que no; pero el hecho es que creemos que sí como creímos en John F. Kennedy, creímos que era una persona especial que hacía la diferencia y que era para el bien de todos. Así con Diana. Es cómo debió ser. Era una princesita de cuento de hadas. Cuando pierdes eso tienes que manejar el dolor. El hecho es que ellos viven en un mundo de cuento de hadas y, en los primeros momentos pensaron “¿Qué es lo que pasa?” No lo entendieron… Sabían de política pero no sabían que hacer con una emoción humana genuina porque nunca lo supieron en sus familias.

Se habla de un Oscar por la película… ¿lo desea?

Se habla de muchas cosas. La verdad es que a mí no me gusta pensar en ello… y menos cuando la película ya está en carteleras. Me explico: Yo no tomo un papel para ver si puedo obtener un premio con él, o para apantallar a la crítica, que digan “¡Wow! ¡Esa Helen Mirren, mira lo que hace ahora!” No. Yo tomo un papel por cualquiera de estas dos razones: porque me reta, o porque me da la gana. Muchas veces esto me ha llevado a meter la pata… otras veces, he descubierto que hay cosas maravillosas, roles espléndidos debajo de cada superficie. Y tampoco puedes esperar que todos los guiones que te ofrezcan, sean escritos por Tennessee Williams, ¿verdad? Entonces, tomas un papel que te satisface. Y en este caso, encontré a la reina fascinante. La hice porque me retó y porque quise. Sé que hay mucha gente que siempre busca ese guión que la llevará a hacer esa película y ganar ese premio. Pero para mí no es importante, creo que hacer que toda tu carrera gire en torno a un solo objetivo y que ese objetivo sea nada más eso… ¿no es un poco triste, no crees? Creo que los actores somos todos un poco nómadas, gitanos. Hay que tomar al siguiente personaje, al siguiente filme, con el mismo entusiasmo. Eso es básicamente lo que me mueve. Lo demás, es muy bonito, pero ¿aliciente? No.

domingo, 17 de diciembre de 2006

Trampa para Niebla


Father,
I killed my monkey
I let it out to taste
the sweet of spring

wonder if
I will wander out
test my tether to

see if I'm still free
from you
-Tori Amos
Bliss

Así será.
Un tiro; uno sin más.
Al instante, la multitud hendida en un brote de súbito terror: gritos, caos.
Alguien que se desangra rápidamente.
Tú.

Pero no todavía.

Ahora ahí estás, risueño, vivo, el atril cercano y luz cenital. Tan guapo: perilla acicalada, corte de pelo juvenil, pocas canas en las sienes. Sobre la nariz patricia (así la llamas, no sé si en serio), llevas gafas de montura moderna que medio ocultan tus ojos, idénticos a los míos. Manos grandes revuelven los poemas que te han llevado por tres continentes, las mismas manos con que has firmado tantos libros estos años. Alto, jovial, bebes un poco de agua – preferirías vino, lo sé-, anuncias “este es Trampa para niebla” y se hacen aplausos aún antes que comiences a leer.

Tu voz. Siempre en mi memoria como eco, mientras te miro y trato de memorizar cada detalle: el color de tu ropa, su textura, los aromas de la librería, cuánta gente hay ahí contigo en el ritual.

Pero no puedo saber cómo hueles: la lectura es televisada, me llega tu voz diferida desde la pantalla, pero tan nítida como si sólo leyeras para mí esos versos como has hecho antes, los repito apenas moviendo los labios. Este es el territorio que el agua ha conquistado a la certeza…

Tu voz gana fuerza para el clímax de tu adoración, hipnotizador de serpientes; me adhieres irresistible a la imagen con tu dicción, de gracia salvaje. Te han llamado gran creador, insurrecto indomable, pero también puedes ser un niño espléndido cuando te da la gana. Me dicen algunas chicas cuando se enteran de qué lazo nos une – no sin envidia o estupefacción: qué maravilla, es tu padre. Yo asiento, una extraña elación cuando digo sí, ya lo sé.

Terminas Trampa y te aclaman de nuevo, ahora más enérgicos, totalmente entregados. Hasta yo, tan lejos, tengo ganas de aplaudir. La cámara pasea entre los rostros del público y alcanzo a ver sonrisas, mejillas húmedas de lágrimas, tu encantamiento cumplido. Veo a algunos que no sonríen, no aplauden. Esa gente me desconcierta, hasta por tele. Me dan miedo porque no puedo saber en qué piensan, no hay gozo ni admiración, sólo rostros vacíos. Una vez, hace años, alguien así quiso matarte. No recuerdo en qué ciudad fue, lo vi en tele como ahora: te daban un premio, una placa y eso desvió el disparo, luego te tiraron al suelo, protegiéndote, aún a riesgo de sus vidas. Recuerdo las manos de mi madre buscando cubrirme los ojos para que no viera más. Ella y tú aún estaban casados en ese momento, aunque ya no vivieran juntos.

Tal vez entonces supe que así sería, cuando finalmente ocurriera: no en una incolora cama de hospital, con tu piel macilenta y ajada; no en un infierno de fuselaje aéreo consumido al estrellarse; no en una carretera mojada. Ahí supe, como una regla escrita en piedra: mi padre morirá asesinado. ¿Quién lo hará? Sobran las razones e hipotéticos ejecutores. Lo que es más, podría ser cualquiera. Un hombre celoso, una mujer desengañada.

Podrían ser muchos: alguien enardecido, dejándose llevar por la rabia del momento; tienes – aunque no lo puedas creer, no lo quieras pensar- enemigos; tus comentarios políticos, insolencias creativas contra la derecha ciega y la izquierda ultra, también ayudan a germinar reacciones. El o los asesinos pueden ser extraños. O íntimos.

Incluso podría ser Bárbara, mi madre, la que te mate al oprimir un botón, para cortar tu instante de gloria en abrupto brote de oscuridad. – Deja de ver eso. Ya la viste antes.
La miro y de verdad quiero ser paciente. A cierta edad, tal vez me pareceré a ella, aunque espero que mi boca no sea un rasgón amargo como la suya. – Esta es otra lectura en…

- A mí no me importa. ¿No tenías examen mañana? Ve a estudiar.

No lo contenderé. Supongo que debió verte antes de apagar el aparato, aunque fuera un segundo. No pudo evitarlo, no creo que alguien pueda. Todos te miran pasar feliz y ligero por la calle, en recibidores de hoteles, ferias de libro, por donde sea. Tu risa, cantarina, hasta sensual, al sonar los hace volverse.
Siempre hay alguien que te mira, tantos ojos puestos en ti.

Yo, tu hija.
Tendré veintiún años pronto, aunque muchos no lo creen hasta verme de cerca. Los hay quienes dicen que me parezco a ti: cuando sucede, siento orgullo; es como si me brillara la piel y se reacomodaran mis facciones. Según el espejo, soy un poco Bárbara y mucho tú.
Tengo cabello oscuro y ojos castaños; replico tu boca que en mí un hombre llamó apetitosa, aunque lo cierto es que sólo quería besarme y al intentarlo con torpeza se mostró como un muchacho cualquiera; así lo vi al resbalársele la máscara tan pronto quiso acercar sus labios a los míos. Ése no era un hombre, al menos no como tú.

Ya no vives aquí.
Hace mucho. De hecho, no tienes domicilio fijo.

Llamas y algunas veces me escribes: esporádicas y descuidadas postales llegan procedentes de Bali, Cancún, Bruselas, Edimburgo, La Habana. Aunque parezca incongruente, a ti no te gustan las cartas.

Te recuerdo yéndote, con una sola maleta – tus cosas poco a poco fueron desvaneciéndose, no sé si están contigo, tantos libros. Tal vez Bárbara los destruiría en un arrebato. Yo me quedé con algunos; tengo tu gastado Proust, un Brodsky, un libro gordo de Pérec; creo que nunca te he dicho-. Si hago memoria, veo que así vas, haces adiós con la mano: los bellos hastaprontos. Yo de nueve años, al borde de los diez; no quise que me vieras llorar. Sólo alcé la mano y te imité, igual como hacías tú, alejándote; adiós, adiós, te quiero.

Vienes a la ciudad.
Hay carteles con tu rostro, anunciándote por todas partes; vallas, bares, carteleras y en los diarios también. Mañana a la noche es el recital en un teatro antiguo que recién fue restaurado después de numerosas protestas populares por su abandono municipal.
Hasta Bárbara hizo su parte en la labor para recavar fondos; debiste ver cómo diligente y comprometida llevaba su pancarta a conciertos y presentaciones en otros teatros y foros y ahora tú, ahí. Sé que vio los afiches con tu sonrisa, es difícil ignorarlos.
No habla. Mejor así, supongo. Sutil ironía.

Ella fuma. Es muy temprano para que lo haga, pero de algún modo, no me sorprende. Así se pone cuando tú haces de hijo pródigo y regresas, huésped de la concejalía de cultura local. ¿Ella te odia? No sé si quiero saber la respuesta, aunque la conozca de antemano. Trampa para niebla, libro dedicado a ella y a mí, fue un éxito deslumbrante; ascendió, alejándote cual cometa, mientras la amargura y tu desamor le emborronaban los ojos.
Te amó y le creo. ¿No soy prueba ontológica de ello? Bárbara se rompió poco a poco, como máquina desmantelada.
Te odia.
Hoy voy a verte.
Lo sabe.
No hablamos mientras me preparo para salir.

El hotel es nuevo, el mejor de la ciudad.
Llego al restaurante y su mâitre’d me guía hacia un gabinete reservado. De reojo alcanzo a verme en la pared de espejos. Mi cabello retoza sobre mis hombros a cada paso; siento que mi falda está demasiado corta y esto me hace sentir aún más nerviosa que por la mañana. Tengo frías las manos y un burbujeo en la boca del estómago, siento cómo a milímetros, por todo mi cuerpo se despliega una turbación que hace mucho no sentía.
Las instrucciones que tengo, son que debo esperarte; tú estás dando entrevistas.

- Bienvenida, señorita- me dice el hombre, gomoso, dándome el menú y una mirada insolente. Me pregunto qué pensaría cuando di tu nombre al llegar. Si acaso cree que vas a llevarme arriba, a la suite. Supongo que hay una peliculita porno que corre rápida por su calva, mientras le ordeno una botella de agua con gas e imito lo mejor posible la expresión de Bárbara, para que se largue de inmediato y pueda esperarte a solas.


Hace mucho no me ves.
Fue en París la última vez que estuvimos juntos, menos de lo que creía, porque te llamaron de improviso al segundo día de mi llegada: es que hay una conferencia en Buenos Aires y debo ir, tú comprendes, ¿verdad, Claudia? Te compensaré, chiqui. Cena en el Au chien qui fume. Pedí el plato más caro de la carta y lo devolví intacto, una hora después. No te miré hasta irnos al hotel. Sabes que yo no soy mi madre: no grito, ni lloro; no arrojo las cosas, ni monto una escena. Lo que hago es pedir langosta termidor para contemplarla en silencio. Sí, comprendo, y sí, me compensarás.

Mi consolación llega unos días más tarde, por mensajería; estuche alargado de terciopelo oscuro. Chopard.
Traigo el reloj en torno a mi muñeca para que veas que no te guardo rencor; las manecillas se arrastran despacio mientras bebo y tú – claro- demoras. Al día siguiente nos despedimos temprano mientras salías hacia el aeropuerto, la mano al aire, tan hermoso tú como yo, adiós, adiós, te quiero.

Hace un año. O casi.

Supongo que notarás cómo me ha crecido el cabello desde entonces, o verás que por fin me operé los ojos (tú pagaste, ¿sabes?) y ya no necesito gafas.
Lo mismo, no te percatarás. Tal vez me reconozcas, tal vez no.
Yo sí que te he visto, mas tú no a mí. Así es esto.

-¿Tú eres Claudia?
Yo, Claudia.
- Su hija.
No pregunta, afirma.
La miro.
Es una cara desconocida, como salida de la nada.
- Hola. Me llamo Laura.
Su mano toma la mía, aún antes que yo pueda evitarlo. Es joven, no mucho mayor que yo: diez años, poco más.
Es bonita, ahora que la veo bajo otra luz. Muy bonita. No podría ser de otra manera, ¿eh?
Veo al acercarse, cómo aparta con los dedos un mechón que revela ojos verdes, gentiles.
Me conoce o cree que me conoce.
Sonríe, como haces tú con los desconocidos para seducirlos.
- Encantada.

¿Qué hago ahora? La veo sentarse, el camarero le toma la orden, pide lo mismo que yo, sigue sonriente.
-¿Dónde está…?
- Ahora mismo termina una entrevista para televisión. Me pidió que te acompañara.
Cobarde, pienso.
Pero no te culpo, si yo fuera tú haría lo mismo. Así era como se enteraba Bárbara, ¿no? Recuerdo a una mujer, no muy distinta a ésta, hace mucho, mucho tiempo; cómo se me acerca en la calle y dice “¡tú eres Claudia!” y cómo mi madre me aparta de ella con un tirón del brazo.
Estamos en plena calle y la mujer le dice cosas a Bárbara que yo no oigo, pero que ahora no cuesta trabajo adivinar. Bárbara llora sin hacer ruido, el rostro enrojecido y la mujer se aleja, con una sonrisa que me asusta-

Esta técnica tuya es vieja, conocida de memoria como cada palabra que compone la eucaristía; podría citarla, aún si llevo años de no ir a la iglesia.

Le devuelvo la sonrisa con la exacta medida de cortesía que me extiende y me cuido que la vea tan sincera como percibo yo la suya.
Me pregunto cómo se verá cuando la dejes – que será cualquier día de estos, te conozco-. Me pregunto si llorará o gritará, desgarrándose.

No es de aquí, dice, no conoce la ciudad, aunque sabe que aquí viviste por años, aquí empezó todo, por así decirlo. Trabaja para la editorial, de ahí se conocen.
Con todo, hasta resulta discreta, sólo pregunta qué estudio, qué hago. No trata de sacarme información sobre ti, no la necesita. ¿Sabe? ¿Entiende que en un año o tres meses o menos, quizá en diez días tal vez ya no estará así, alojándose en otra suite contigo?

Quizás.
Bárbara no lo entendió y te hizo esta ofrenda, yo.
Las otras te ofrecieron su llanto y angustia.
Dolor casi tangible, transubstanciado en sacrificio.
¿Qué tendrá ella para sacrificar?
¿Qué es lo que ella quemará cuando te hayas ido?
Le contesto lo que quiere saber y cuando sus ojos se apartan de mí y no vuelven, me doy cuenta de que estás aquí, ya vienes, en lino y risas. Me besarás primero en las dos mejillas y ella nos mirará.

No recuerdo verte escribir Trampa.
Han pasado muchos años; Bárbara dice que entonces eran (nunca dice éramos, aunque yo ya existía) felices, en la época en que escribiste Trampa para niebla y los otros primeros poemas, aunque yo te veo feliz ahora.

De hecho, parece que siempre lo estás. Ríes mucho, me aprietas los dedos. Me regalas un zafiro, que sacas del bolsillo, montado en oro, con una corona de brillantes alrededor. Lo pongo en mi anular. Laura observa todo ésto, escucha cómo relatas tu estancia en el Caribe, te atusas el bigote con un dedo, dices que es nuevo, tiene pocas semanas; te afeitaste el otro y la barba de varios años para reencontrarte con tu rostro, aunque volviste a la costumbre al estar en las islas, dices que para ti es más cómodo. Pides vino, me guiñas, tiras una carcajada espontánea.
Laura se levanta, dice ya vuelvo. Todo el tiempo ha estado mirándote.

A ti. Te ama.
No es pregunta. Ni hipérbole.
No sabe que acabará en lágrimas.
No se lo voy a decir tampoco.
Ése no es mi papel.

Se ofrece una cena en tu honor en un restaurante caro cerca del puerto; vienen por nosotros al hotel en un auto. Luego, en sobremesa, algunos viejos conocidos te invitan a tomar algo en un bar que frecuentabas antes, aunque no has ido ahí en años.
Aceptas con entusiasmo; al hacerlo te fulguran los ojos y la sonrisa.
Veo cómo Laura se toca el pelo, se nota que la enternece verte de este modo. La comprendo, el efecto de que parezcas chiquillo de cuatro años en mañana de Reyes es contagioso.
Evitarlo, imposible.

El teatro está a reventar la noche siguiente.
Laura me lleva a un lugar en primera fila, a la derecha, cerca de las escaleras por las que se sube al proscenio. Ahora es profesional y directa. Podría decir que es elegante bajo presión.
Hay mucha gente.
La entrada es libre, pero los invitados especiales están abajo, en las primeras filas. Después, los demás. Hay una hilera de auxiliares que nos separan. También hay gente en los palcos.
Bárbara está en casa. Tal vez como no estoy, verá la transmisión simultánea por televisión. Hay cámaras y unidad móvil. Es un evento.

Alguien pregunta quién es ella, refiriéndose a mí.
Otro alguien dice: su hija.
Yo, Claudia.

Todo lo miro desde mi lugar. A las ocho en punto, según mi reloj, se apaga la luz y se oye la voz que te anuncia: Juan Luis Doménec.

Rompen de inmediato los aplausos. Descubro a Laura de pie junto a la puerta, una débil sonrisa ronda sus labios. La imagino en la escuela, ante su primer amor. ¿La hirió? Todos los primeros amores nos hieren. Para eso existen, ése es su único propósito. Nos hieren y quizá sea que no nos recuperamos del todo de ellos. En la extravagancia de la primera vez que amamos, regalamos a manos llenas nuestro afecto con la errónea creencia de que siempre habrá más para dar. Así es en la niñez también. Los bellos hastaprontos.

Las luces sobre ti. El primer verso de Submarina.

Ahí, tu sonrisa magnífica, cegadora. El ceremonial ha comenzado.

Yo llevo tu anillo.

Otro poema: Un lunes; otro más, Antártica comienza aquí.
Bebes un poco de agua – preferirías vino, lo sé-, en pausa hablas un poco con la gente, tus adoradores, hipnotizados, igual que tú por las luces y el hechizo de tus propias palabras.
Hablas un poco más, te ríes y ellos contigo; una anécdota o dos. Todo se estremece en éxtasis cuando dices, con tono conspirador - Este viejo poema, ustedes lo conocen bien…- y se hacen aplausos aún antes que empieces a leer. Este es el territorio que el agua ha conquistado…

Entonces suena un tiro.

Uno sin más.

Al instante, la multitud hendida en súbito terror: gritos, el caos. Hay un prolongado alarido animal que se oye por encima de todos. No la veo pero sé que es Laura al ser arrastrada por la falange en la puerta, la alejan de la figura que se tambalea y cae.

El hombre que se desangra rápidamente.
Tú.

Nadie me mira, ni me impide acercarme.

Las cámaras se vuelven hacia nosotros. Bárbara viéndonos a control remoto, tal vez gritará. Cuando era pequeña y no te habías marchado aún, me llevaste a Roma, al Vaticano.
Me mostraste La Piedad.

Recuerdo el afecto eufórico en tu rostro al volverte a mirarme, en ese instante entre tú y yo que me regalaste, ante la dolorosa y los restos del señor; la exquisita ternura que existe en tu perfil sólo para mí, alzándome en tus brazos.

Así te tomo, mi amor por ti volcándose, copa derramada; hay un ulular en mi cabeza, no una sirena de ambulancia ni el horror de Laura, sino mi propia voz, mi clamor sin abrir la boca. Mis ojos están secos, aunque mi ropa se enrojece, súbita. Alzas tu mano al alejarte de los gritos, la confusión. Lo has hecho antes así.

El tiro cayó de arriba, centrado por una mira telescópica, seguro. Agitas la mano. No quedan casi labios ya para besarte. Sólo los bellos hastaprontos. Tan hermoso tú como yo.

Adiós, adiós;
te quiero, papá.

viernes, 15 de diciembre de 2006

Imágenes preciosas: Rosemary's Baby

Hace algún tiempo, les participé de uno de mis grandes amores, ¿recuerdan? (click aquí)

Sin embargo, hoy quisiera poder compartir con ustedes un poco más de ello.

¿A qué me refiero?

A una de las más magistrales secuencias dirigidas por Roman Polanski en El Bebé de Rosemary (1968), que ahora tengo el placer de presentarles a continuación:



Observen por favor, no sólo la presteza para mover la cámara, que nos convierte en los ojos de la vulnerable y dulce Rosemary Woodhouse (Mia Farrow, en una de esas actuaciones que trascienden al medio y entran directamente a la categoría de leyenda y esto apenas con veintidós años de edad).

Observen el cuidadoso trabajo en cada personaje: la turbación en Cassavetes como el traicionero Guy; la sutil malevolencia de la adorable Minnie (nadie como Ruth Gordon); la transubstanciación perfecta entre la novela de Levin y esta marca en el celuloide.

Momento climático que forma parte indeleble de la historia del cinema, del arte contemporáneo, de mi propia existencia.

Rosie conoce a su hijo, Andrew John Woodhouse, por primera vez una soleada mañanita de fines de junio de 1966 en el apartamento 7-A de la Casa Bramford (Calle 72 Oeste, Manhattan).

Polanski cuida cada textura, cada color. Sidney Blackmer brilla triunfante como Roman Castevet, encantador geriatra, solícito vecino y genio del mal.

Generaciones enteras sucumbimos ante el hechizo de lo mostrado: preciosas imágenes captadas por William Fraker, en un estudio de la Paramount. Todos nos estremecemos ante la cuidadosamente planeada embestida musical de Krysztof Komeda, todos temblamos como Mia, ante lo inevitable. Esto es cine, pero uno lo olvida: uno está ahí, uno es ella, atrapado sin salida, ante una situación monstruosa, inconcebible, inenarrable... y absolutamente real.

Ésta es una de mis escenas favoritas e indispensables, tomada de la que es, sin lugar a dudas, mi película preferida de toda la vida, mi primer amor, la llave que abrió la puerta. Paraíso perdido siempre recuperable.

Esto, es la magia del cinema en las salas oscuras del alma.

Y es un placer inmenso, sin tasa, poder compartirlo con ustedes tranquilamente, en silencio. Sólo con la luz de la pantalla entre las sombras.

Blessed be.

jueves, 14 de diciembre de 2006

Carta de un diletante a un histrión

Querido Alejandro Calva,

si hago memoria (y sin tanto esfuerzo) puedo recordarte en toda tu imponente humanidad, asomándote con un aire cruza de Doctor Mengele y la Señora Robinson (y ataviado como un ferrocarrilero o bien, Diego Rivera) para ver a los componentes del pálido y tembloroso grupo de primer ingreso al Fridart, er, Cedart, en septiembre del '89.

Recuerdo cómo fue que tú, tótem de la escuela a los 21 años y mayor de edad en todo el mundo donde nosotros no rebasábamos los 15, nos miraste: evidentemente eramos en ese salón/invernadero un vagón de ganado con resquicios de nuestras "infancias pequeñoburguesas atrofiadas por una sobredosis de Televisa y música extranjerizante" (Josefina Alcántara dixit) y un pánico oneroso maquillado por nuestros deseos de "estudiar arte".

Arqueaste una ceja y (siempre actor) preguntaste al aire, "¿qué es el arte?" -- y no recuerdo qué contestamos o si contestamos o nos quedamos callados, apabullados por el 1.80 y tantos de estatura [este humilde raconteur entonces estaba arrastrándose hacia el 1.70 y algo que eventualmente dejaría atrás hacia tercer año] y el brutal sarcasmo del tono.

No recuerdo si dije algo, pero seguro algo debo haber dicho, porque de lo que sí me acuerdo, es que me separaste del resto con un ademán: éste. Y desde entonces renuncié al grupo que por camada me correspondía y pasé a formar parte (de manera extraoficial y aleatoria, claro) de esa especie de Doom Patrol que regía ese mundillo de 200 alumnos: donde tú eras jefe supremo (no digas que no, que sería mentir) y los demás eran deslumbrantes meteoros -- algunos de los cuales no brillarían más allá de esa era.

Recuerdo, claro, y si cierro los ojos casi puedo tocar, al Axis: Hanna (espléndida Hanna, nuestra diosa particular, heredera digna de Liv Ullmann, con largo cabello oscuro y facciones finas, poseedora de ese corazón tan grande y abrigador [y roto, sólo así pudo enseñarnos a otros a sobrevivir y remendarlo] y la sonrisa deslumbrante), Rosa (y Espina; la novia secreta del Ché) y Luz del Carmen. Recuerdo a Angélica Natalia Brizuela García, la niña más bonita de la escuela que después de ese alucinante y enfermizo romance con el jugador de Rugby, se convirtió en Belle de Jour (y Belle de Nuit y Belle de Soir y Belle de After Hours y...), que cambió su suetercito de cashmere rosa y falda tableada por una piel y ojos jaguar...

Recuerdo a Raúl Tena y Giancarlo Galván, el espacio infinitamente disponible hecho con corcho, en el recibidor y la existencia de la gaceta Cedart (¡Hola Doctor Falopio FlujoFlojo y Miss Alma Caval!), recuerdo a Sol Camacho (o Lynda Carter sin haberse convertido en princesa amazona), a la hermosa Miriam Toyos (belleza hindi transplantada al departamento de zapatería del Palacio de Hierro); los ojos gentiles de Carmen Mikel, el lactante también está ahí (no citarlo sería hipócrita) y en sus aulas (jaulas), los ilustres Vega España y Fausto Berruecos, Fernando y Memo, Tere Careaga (alucinando ando...) y la gárgola en la oficina principal.

Y afuera, Ulises/Odiseo, en toda su gloria de ser el único automóvil del estudiantado, donde oíamos los reportes de lo que ocurría en la Unam y a los Beatles.

Todo eso y éste ahí, aprendiendo -- quizá a destiempo- lecciones de vida, extrañas y maravillosas y completamente inapropiadas y sí, hasta dolorosas.

Ahora, diecisiete años más tarde, te veo desde una butaca, mientras apareces en escena -- primero un guante y luego todo tú como Roger DeBris disfrazado de Ingrid Bergman disfrazada de la Gran Duquesa Anastasia (¿o es acaso un disfraz de El Empire State?) y estallo en carcajadas y en algo que -- no me sorprende- me invade hasta las raíces del cabello: una extraña elación, un orgullo.

Este es tu debut en musicales, algo que secretamente fue siempre una pasión personal compartida (Joel Grey es icónico, sí) por muchos años. Es un momento especial.

A la puerta del teatro me encuentro a Ana y nos abrazamos con mucha, mucha alegría. Pensé que no asistiría, pero por circunstancias fortuitas se pudo y a la ocasión la pintan como tú sabes, Alejandro-María, y dije "¡sí voy, pero claro que voy!"

Presencio tu momento Judy, coreo las canciones, me desternillo nada más de oír: "Tony-Tony-Tony!" porque ya sé qué sigue: el balbucear como de robot fundido y enseguida, "¡un ataque de genialidad!"

Lo disfruto enormemente, me arrebato de felicidad ante esto, como antes me arrebaté de horror y angustia en La Lección de Anatomía y me estremecí de sufrimiento y júbilo simultáneos en Actos Indecentes. Y antes, mucho antes, con aquella obra de Lorca.

Así han pasado cinco años y tres veces más. Y no cambia esta sensación inamovible de justicia y reivindicación cuando te llevas la obra enrollada como tapete bajo el brazo y se advierte en las ovaciones, cuando nos ponemos de pie. Igual que en el Foro Lenin, aunque no te acuerdes.

Felicidades, antiguo héroe de mi última infancia y temprana adultez.
No sólo por Roger y Max (tengo que verlo)
Sino por todo.
Por el privilegio de las lecciones, aún si no sabes que uno tomaba notas como oyente, en la última fila del salón.

Que siga habiendo pilas y pilas de merde.

Desde las alas, fondo izquierda, éste te celebra.

Te quiere,

EP/MC

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Ya sé quien eres... (2)





Y esto es, el otro aspecto de su servidor. Es decir, yo hablo y hablo y hablo y hablo y hablo y...

Ya sé quién eres...




...te he estado observando.

lunes, 11 de diciembre de 2006

Arriba el telón

La entrada de hoy está dedicada a Alejandro Calva, que esta semana debuta en la versión local de Los Productores, con los roles de Roger DeBris y Max Bialystock [alterna funciones].



Estoy muy orgulloso, Alex. Y estoy seguro que habrá MUCHA mierda, every night.

domingo, 10 de diciembre de 2006

Mis cosas favoritas

...domingo en la mañana.

Me levanté un poco más tarde y me puse a escuchar el soundtrack de La Novicia Rebelde (Sonrisas y Lágrimas) y naturalmente, apareció por ahí la canción My Favorite Things, que seguro todos recuerdan: es la canción que Fräulein Maria (Julie Andrews) le canta a los niños cuando los asusta una tormenta, casi al principio de la historia.

Eso me hizo pensar en las cosas que más me gustan a mí, lo que me hace sonreír cuando el universo pareciera estar demasiado ocupado en intentar amargarme la existencia.

Aquí están, sin un orden muy específico:

* El cine en todas sus manifestaciones.
* Los discos de Tori Amos
* Leer, leer y leer
* Escribir, sin pausa, página tras página tras...
*Usar mi pluma fuente para escribir (con tinta sepia)
*Subirme a un avión
*El olor del pan recién horneado
*Un plato de pasta con queso
*La fabada (pues claro)
*Ver la cara de alguno de mis sobrinos pequeños cuando algo los sorprende por primera vez
*Recibir correos electrónicos que no son forwards ni spam
*Caminar en la noche
*Ver cómo cae la nieve
*El mar
*Dormir hasta tarde
*Ir al cine en noche de estreno y sentarme en la penúltima fila, en medio, justo al centro.
*Cuando Nicole Kidman o Julianne Moore sacan una película nueva
*El Bebé de Rosemary
*Salir del metro en Nueva York y verla aparecer ante mis ojos
*Hacer regalos que realmente sorprendan
*Comer con mi compadre Alejandro
*Cenar con Carolina
*Beber whisky
*Un salmón horneado
*El Manifesto, de Isabella Rossellini
*Comprar zapatos
*Mi pañuelo de Hermès
*Mamá
*Ciertas canciones que están en constante rotación
*En consecuencia, mi iPod
*Llorar con algunas películas
*Julie Christie
*Alan Bates
*Largas conversaciones con Paco Peña
*Viajar solo
*Y más, viajar acompañado
*Cuando llega algún paquete por correo
*Ver cómo crecen mis sobrinos, oírlos reir a carcajadas con una película, ver la increíble evolución de su vocabulario.
*Cocinar (y hacer experimentos culinarios, en general)para los amigos
*Una carta en el buzón, a mi nombre, que no sea factura ni propaganda
*Dar un abrazo (aún a quien no me abraza de vuelta)
*El olor de la tierra mojada
*El amanecer
*El anochecer
*Salir por la noche, sin rumbo fijo
*Roma
*Preparar una dinner party y comprar las flores yo mismo
*Poder ayudar siempre que sea posible, en lo que sea
*Enseñar mi ciudad a quien no la conoce y ver que la disfruta
*Pesarme y ver que la aguja baja un poquito...
*Ver que un plan funciona
*Ciertas risas de ciertas personas
*Hacer feliz a la gente me hace feliz
*Igual que el que me sorprendan, claro.

Por supuesto, ésto también:


Feliz domingo.

sábado, 9 de diciembre de 2006

100






Siempre espero que el sábado sea el mejor día de la semana.





viernes, 8 de diciembre de 2006

Respuesta pospuesta

La semana pasada (o antepasada), una pequeña de siete años, me miró con ojos enormes desde su sitio en la mesa y me preguntó, haciendo acopio de todo lo que debe ser el valor y el tacto para una personita de su edad, lo siguiente:

“Miguel,” me dijo “¿eres gay?”

En ese momento, movido por la ternura (sí, como todos los niños y niñas que son cercanos a mi querer, suscita en mí un brote de ternura ante su candidez, que dura más bien poco y hay que disfrutarla cuando se hace todavía aparente) y la hilaridad, le respondí: “¡Mi vida! ¿A estas alturas del poema no lo sabes?”

Fue poco después que sus padres me hicieron notar que efectivamente, no lo sabe… y lo que es más, mi respuesta, al menos para ella, no fue del todo clara: podría haber significado cualquier cosa.

En suma, la verdad es que no le respondí.

Eso me puso a pensar. ¿Porqué no dar una respuesta clara, directa y simple? ¿Porqué contestar a una pregunta legítima con otra pregunta? Después de todo, la nena tiene siete años y si bien en muchos aspectos es mucho más despierta que yo a esa edad, no tiene modo de saber ciertas cosas y la oportunidad de tener una respuesta es lo menos que podría esperar. O bien, recuerdo que, a los siete, cuando yo hice más o menos la misma pregunta a mi padre, “¿qué es homosexual?” después de leer la palabra en un periódico, en un contexto informativo, la respuesta de mi padre fue “un hombre que quiere ser mujer” (idea con la que estuve en la cabeza por años, aún sin comprender exactamente mi propia naturaleza).

Y, como es obvio, he seguido pensándolo. Si yo volviera a tener esa edad y hubiera conocido a alguien como yo soy ahora, de adulto, ¿qué respuesta esperaría o eventualmente apreciaría? ¿Una mentirijilla blanca? ¿Un cambio de tema? ¿Un silencio impactado? ¿Una pieza de desinformación bien intencionada, pero desinformación al fin?

En el entendido que los siete es una edad tierna, pero al mismo tiempo, es la edad en que más pronto se cimenta lo que eventualmente llegaremos a conocer como nuestro criterio, ahora mismo hago un acto de reflexión, no sólo para esa pequeña tan viva y tan adulta y al mismo tiempo tan dulce y cándida, sino para uno mismo.

El trayecto del aceptarse y comprenderse – que es más bien largo- siempre conlleva muchas estaciones y una vez que se ha llegado a la que se ha de ocupar, la idea de explicarse resulta hasta exótica, sin tener en cuenta que muy posiblemente uno (léase, yo) sea lo más exótico que el interrogante (en este caso mi pequeña amiguita u otros que sin necesidad de articular la pregunta la formulan igual, pero acaso restringidos por lo que llamamos tacto social se reprimen de cuestionar, no tanto como un abstracto total, sino más bien con el interés del cómo y el por qué) haya encarado. – Y en este caso es verdad, me sucede mucho que me corresponde ser la primera o única o más cercana persona homosexual que conocen o tratan.

Y por supuesto, hay otros factores que intervienen, uno de ellos, por ajeno que parezca, es el pudor: otro son las perspectivas políticas, o religiosas, inclusive. Naturalmente también está siempre presente, con sus zapatos de suela de goma que chirrían al andar, el factor miedo, casi siempre acompañado de su amiga paranoia. Yo no tengo ninguno de los dos (mi closet no tiene puertas) pero dadas las reacciones de ciertos grupos en contra de quienes admiten (admitimos) libremente su preferencia, es normal que existan. ¿Quién soy yo para criticar? Mi boca alguna vez rota es testimonio y no tengo a qué temer ya, que no hubiera visto ya.

La cosa es: hay mucho más en el ser homosexual (o gay, aunque esta última palabrita nunca me ha gustado mucho del todo) que el simplemente el sexo y cómo se hace o con quién. Existe toda una cultura con bases más antiguas incluso que el término y eso es algo que a la gente que nos odia realmente le parece atroz, aunque lo que más les estremece es la idea de que somos capaces de experimentar la más escalofriante de las emociones humanas: el amor.

No alcanzan a comprender cómo es posible que seamos capaces de amar. Amar y sentir atracción – a veces correspondida- por alguien de nuestro mismo género. “¡Maracas! ¡Degenerados!” gritan y exclaman, pero sólo es una forma de patentizar el hecho de que no comprenden que para gente como uno el amor exista.

Sí, señor. Sí, señora.

El amor como realmente existe: como un gran océano, como la montaña más elevada; amor en todas sus manifestaciones: como festín, eros y philos. El amor romántico y cortés, el amor ilusión, el amor soñado que nosotros también tenemos derecho a tener (como en los sueños de jovencita), el amor con todos sus atuendos: amor a nuestros padres y hermanos, o bien, manifiesto como la amistad y lealtad a nuestros amigos, la adoración a nuestros afectos; las joyas prestadas: esto es, el enamoramiento, la obsesión, el estremecimiento, el ansia. Y también el tontear, el fantasear, el flirt. Y los otros tonos y variantes: lujuria, pasión, tortura, euforia, éxtasis divino, abismo de dolor.

Amor en todos sus modelos (como un desfile de la casa Dior). Amor como necesidad y satisfactor, como una mano tendida en la oscuridad que no todo mundo va a tomar cuando los edificios se colapsen, pero tal vez haya alguien, alguien que extienda sus dedos para que rocen los tuyos. Alguien que te abrace de repente.

Amor como tal.

Quiero ser amado. He amado. Alguien me va a amar.

Ahora mismo, alguien me quiere y yo quiero a alguien (o bien son muchos alguienes que me quieren y a quienes yo quiero)

Y lo sentimos y es parte de nosotros, como de cualquiera.

No importa que haya quien nos odie o nos tema, eso no pueden quitárnoslo. Es parte de quienes somos, de cómo somos. Y por lo mismo, no nos diferenciamos gran cosa de la otra gente, la que se llama “normal”, igual trabajamos, pagamos deudas, vamos al baño y al cine y nos reímos y lloramos.

Entonces, regreso al principio, a lo que me remuerde y remueve (y conmueve): el no haber sido sincero con alguien inocente que quiere saber. Que se interesa por comprender algo desconocido en su entorno, para incorporarlo (uno se imagina) al mundo de lo que podrá entender, con el tiempo.

Así pues, sin mayor rodeo debo dar la respuesta que quedé a deber,

Sí, Patsy. Soy gay.
Y soy feliz.

Y te quiero.

jueves, 7 de diciembre de 2006

Una vez, en un sueño...

Como a los cuatro años o así, ésta era mi idea del amor perfecto.
O bien, mi primer atisbo a eso que todos llegamos a llamar amor. Tanto me gustaba, que mi madre compró el LP y yo lo escuchaba y lo escuchaba todo el tiempo: lo mismo, me aprendí de memoria los diálogos ("Perdón, no fue mi intención asustarla..." "No me asusté, es sólo que usted es..." "¿Un extraño?") y la música de Tchaikovski que tarareaba todo el tiempo.
(Ya desde entonces)

Hoy pienso en ese momento, uno tan pequeñito y casi insignificante, de mi infancia y siento una especie de ternura, mas no de sorpresa.

Es como algo vivido una vez, en un sueño.

¡Qué cursi! ¿No?
Pues eso... ¡todos tenemos un pasado!
¿Y qué?

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Imágenes Preciosas: Repulsion

Roman Polanski era un hombre muy joven todavía en el otoño de 1964, cuando dirigió ésta, su segunda cinta de largometraje -- posterior a su debut en el Este, Cuchillo en el agua (1962)- y sin proponérselo, creó no sólo una obra magistral, sino que también ayudó a internacionalizar a una flamante estrella: Catherine Deneuve, que se dejó ver como el monstruo más bello del mundo [título a refrendar con sus participaciones en Belle de Jour (1967) y The Hunger (1982)].

Concebida originalmente como una peliculita de horror de bajo presupuesto para poder trabajar en Inglaterra y reunir suficiente dinero para realizar otro proyecto (que vendría a ser Cul-de-Sac), la historia de Repulsion es mucho más complicada que su idea original, igual que el resultado.

A continuación, podrán ver una de las secuencias climáticas del filme, que no sólo sirve para adentrarnos en la perturbada fantasía [¿o es la realidad?] de Carole, sino también como un asomo a las técnicas y planos que Polanski iría perfeccionando a lo largo de su carrera, y que lo establecen como un maestro de la atmósfera, sin necesidad de la estridencia.

Me gustaría, si me lo permiten, acompañarlos durante cinco de los más perturbadores minutos jamás capturados en celuloide.
En un apartamento amueblado y viejo en Kensington, Carole y Helène Ledoux, dos jòvenes belgas (Deneuve y la exquisita Yvonne Furneaux) llevan una vida de clase media, como tantas otras jóvenes solteras. Mientras la hermana mayor sostiene una aventura con un casado, la pequeña, con su estilo aniñado de princesita (o bien, de Alicia), trabaja como manicurista en un salón pomposo en Sloane Square y rehuye al contacto con los hombres, no importa que sean un posible príncipe azul (John Fraser), los obreros en la calle -- que le repugnan y fascinan por igual- o el querido de su hermana (Ian Hendry), que invade la intimidad del pequeño mundo donde poco a poco, Carole comienza a "resbalar" hacia la locura.

Polanski se cuida de no explicar demasiado los motivos de lo que ocurre en la cabecita rubia de Carole. Si lo hiciera, estaría robándole todo lo inquietante que tiene la historia: abre con una pupila inmóvil (la de ella) y posteriormente, crece en una elipsis para llegar al mismo punto, pero no sin antes sumergir al espectador en un pozo sin fondo, de aguas heladas y oscuras, donde no podemos más que contemplar, inutilizados, cómo las grietas crecen y devoran a la hermosa criatura que hemos estado siguiendo por las calles del primoroso Londres.

Un cuento de hadas negro, macabro, malvado, es también una de las grandes cintas de su tiempo y del siglo XX, amén de ser la puerta para que Polanski creara una trilogía sobre los horrores de la vida de ciudad y los apartamentos -- junto con El Bebé de Rosemary (1968) y El Inquilino (1976)- que aún hoy son territorio fértil para pesadillas.

Felices sueños...

En casa

He vuelto a casa después de un largo recorrido. No sólo largo en el sentido físico, sino también largo en otros aspectos.
Anaví me pidió que esta vez no pusiera un video sino que hablara de lo que hice, de lo que vi, de lo que siento.

Y es cierto, hace mucho que realmente no escribo solamente en el blog. He encontrado excelentes imágenes que me han servido para mostrar mi estado de ánimo, o acaso para no mostrarlo, sino para encapsular mi propia nostalgia pop.
Pero quizá he abusado del recurso. Demasiadas imágenes, muy poco qué decir.
Así que pues... sí, escribir.

¿Y qué escribo...?
¿Mi autobiografía, que puede resultar por momentos cargante, tediosa y/o innecesaria?
¿Cuento mentirijillas? (Después de todo, uno es un fabulador profesional, qué más da) ¿Cuento mis sueños? O dejo que las cosas sucedan.

Hoy sólo estoy muy agotado, con el horario al revés, con mucho trabajo acumulado en mi mesa (no importa cuánto adelantes, siempre llega más) y encima, algo de fiebre.

Y a lo mejor lo que ahora escribe es la fiebre y no yo; no lo sé.
Los dedos se sienten ajenos en el teclado y las ideas se sienten convulsas, como el sentir. O todo junto es muy confuso, pero mi estado mental es habitualmente confuso, así que ahí no existe novedad.

Puedo decir que por una parte estoy muy contento, por muchas cosas. Cosas que me han ocurrido y cosas que he hecho.

Y también puedo decir que por otro lado, tengo miedo. Pero no es ese miedo paralizante: es otra clase de miedo, el de la inminencia, el de la trascendencia. Lo mismo, aunque tema, no miro atrás.

O bien, aunque miro atrás, nunca vuelvo atrás, que es otra cosa. Al menos nunca del todo.

Para eso existe la manera de hacer literatura de la memoria (y Dios sabe que si bien es mi mayor tesoro es también mi mayor lata) y siempre narrar.

Y podría narrar, pero tampoco hoy encuentro muchas maneras de. O bien: es demasiado, en demasía y escaso tiempo: júbilo y sorpresa. O miedo y sorpresa.

Será que nunca me han gustado las cosas fáciles.

En fin, puede ser que no sea muy coherente -- de nuevo, es la fiebre, no yo- o será que no encontré una mejor forma de expresarme hoy, que quise recurrir al lenguaje. O estoy muy fatigado. O todo junto y de un jalón.

Como sea, estoy aquí. Aún si en tránsito.

No puedo crecer verticalmente. Ahora creceré horizontalmente.

Y aunque no espero nada, hay algo que me hace creer que donde esté, igual voy a ser feliz.

(Me gusta creerlo)