viernes, 29 de febrero de 2008

La ciega ruleta del Odio

Hoy supe acerca de la muerte de Lawrence Forbes King.
Tenía 15 años de edad.
Fue asesinado en Oxnard, California, un suburbio de Los Ángeles, donde estudiaba la secundaria.
Su asesino es Brandon McInerney.
Tiene 14 años.
Llevó una pistola a la escuela el pasado 12 de febrero y le disparó a bocajarro en la cabeza, en un salón de clases. El día anterior, habían tenido una pelea.

Lawrence, nacido el 13 de enero de 1993, era gay.
Recientemente había "salido del clóset" y -- sin poder evitarlo, siendo aún un niño- buscaba establecer su identidad. A veces iba a la escuela con los ojos maquillados, o con bisutería (esto lo dicen sus compañeros y maestros) aunque no iba "buscando camorra", sino tratando de hallar un modo de expresar su estado recién descubierto.

La causa de su pelea con MacInerney, lo que devendría en el tiro a la cabeza y que entrara en muerte cerebral hasta el pasado día 14, cuando lo desconectaron y donaron sus órganos, fue que se atrevió a decirle a McInerney (que finalmente, es otro niño) que le gustaba.
Que lo quería.
Que quería darle un regalo de San Valentín.

La noticia me llega a destiempo, pero no por eso deja de impactarme. De erizarme la piel.
Son niños.
Niños.

Lawrence Forbes King en 2005

No tiene sentido, pienso. No tiene sentido que un crío mate a otro por el simple hecho de que le guste pintarrajearse la cara y le gusten otros niños. Por el hecho de que le guste él. De que -- en todo caso, no lo sé de cierto, lo supongo- se hubiese 'enamorado' de él, como sólo se hace a los 15 años.

Y yo lo sé, porque también estuve enamorado a los 15 años. Y me fue de la chingada, de la mierda, fue una catástrofe espléndida mi primer amor.
Y cada vez que me pasa, que me enamoro (aunque sea un poquito), en cierta manera, tengo de nuevo 15 años.

Son 'sueños de jovencita' (aunque Larry fuera un chico, pero la reacción emotiva y hormonal es muy parecida). 'Enamoramiento de colegiala'. Un 'crush'.

Me horrorizo y me estremezco, porque al pensarlo más, sí, sí tiene sentido. Tiene sentido en el mundo en que vivimos: un mundo en el que, aunque parezca increíble, aún se exhorta a la hipermasculinidad, aún entre los mismos homosexuales (sólo basta ver los anuncios personales: 'gay tipo buga y discreto busca igual. Cero obvios. Gente con pluma, abstenerse'); entre hombres el estar en contacto con un posible lado femenino es muy mal visto y la homosexualidad, ni se diga.

Es posible que esto ocurra, en un mundo en el que la idea general -- y no sólo entre los adolescentes- es que un homosexual no puede ser amigo de un heterosexual sin pretender, por lo menos, metérselo en la boca (ya no hablemos de metérselo entre las sábanas). En un mundo en el que el 'maraca' y la 'machorra' merecen el desprecio de la gente 'decente' y 'bien educada'. En un mundo en el que algunos padres preferirían tener un hijo borracho o drogadicto o ladrón o paralítico cerebral [lo cual, como la homosexualidad, tampoco es una opción] antes que maricón. Es posible y casi mandatorio.

"Yo respeto a los maricones, siempre y cuando no se metan conmigo."

La primera vez que alguien me dijo algo como eso, no supe qué decir. Me lo estaba diciendo alguien muy cercano a mí, en quien había depositado mi confianza, para decirle lo que me atemorizaba, a una edad no muy distinta de la que tienen estos críos de los que hoy hablo. "Mientras no se metan conmigo".

¿Entonces, Lawrence King se lo buscó al 'meterse' con McInerney? ¿Se merecía que le dispararan delante de una docena de compañeros? ¿La suprema humillación? "Mira cómo acabo contigo, ¡puto!"

La fiscalía del estado de California ha declarado éste un crimen con alevosía y premeditación (después de todo, el niñato este trajo el arma desde su casa) y como un crimen de odio, lo cual significa que va a ser juzgado como adulto y podría pasar en la cárcel de 50 años a Cadena perpetua.

Brandon McInerney en 2007

Miro su cara en la foto y no siento regocijo o alivio o justicia ante las nuevas de su juicio inminente. De hecho, sólo siento pena y vacío. Por ambos. El desperdicio. El maldito desperdicio de dos vidas. ¿Esto va a servir para algo? ¿Como un ejemplo?

¿Hasta cuando vamos a poder asimilar la noción de la diversidad y de la tolerancia?
Yo fui golpeado y atormentado muchas veces -- sí, especialmente en secundaria- por ser como era. Y no sólo de chico, incluso de adulto me han roto la boca por ser quien soy y hablar abiertamente de lo que pienso, siento y quiero.

Siempre he pensado, que antes de mí, hubo generaciones de homosexuales y lesbianas, que lucharon mucho -- incluso, que dieron su vida- para que alguien como yo pudiera ser libre y salir a la calle, tomado de la mano de quien yo quisiera, o bien, para que pudiera irme a cenar con un amigo, los dos solos y no hubiera quien nos señalara y cuchicheara a nuestras espaldas "esos dos son maricas" o si mi acompañante no es de mi club "ese anda engatusando a fulano" "algo ha de querer contigo, que es tan atento." "¿No tratará de seducirte, tú? Todos esos siempre hacen lo mismo." "Tu amigo este es maricón. Ten mucho cuidado. Seguro que está enamorado de ti y va a querer meterse contigo." Y así, etcétera, etcétera. Conozco el catálogo de memoria.

Se supone que uno ya está exento de esa clase de ignominias -- aunque no sea verdad-. Y que la lucha que nosotros continuemos, será para hacer libres a niños como Lawrence King (o como muchos otros en otros países), para que puedan vivir sin estigmas.

Pero la discriminación y la maldad no dejan de existir por hacerse de la vista gorda, igual que la diversidad de las identidades sexuales tampoco desaparece si la ignoran. Decir que un niño homosexual no existe, que "se hacen" y no nacen, que "es una enfermedad" o "una perversión", o simplemente cambiar de tema y decir "no es mi problema" o "¿Por qué siempre tienes que hablar de eso en la mesa?" no hace que deje de ser algo real, como la sangre que se derrama o como una vida que se siega.

El odio existe. ¿Qué vas a hacer al respecto?

Releo las noticias sobre King y McInerney, veo sus fotos. Podría pensar que "esto no es asunto mío."

Pero sí. En cierta forma, lo es.
Asunto mío y de todo el mundo.

Y, me temo, su muerte no hará diferencia alguna.

Y eso, eso es lo que me jode.

jueves, 28 de febrero de 2008

Female trouble

Joan Crawford, Norma Shearer y Rosalind Russell

There is a name for you, ladies, but it isn't used in high society... outside of a kennel.
Joan Crawford, como Crystal Allen
en Las Mujeres, un film de George Cukor
(1939)


La perrada es un arte muy sutil y aprender a dominarlo toma mucho tiempo.
Hay quienes nunca lo consiguen, aunque así lo crean -- tengo una antigua conocida y ex confidente, que se cree princesa pero tan solo es persona, que por años se ha considerado a sí misma como el epítome de la perrada... pero no.- Hay otros (as) que aprendemos sobre la marcha, como mecanismo de defensa y acabamos por manejarlo con gracia -- como el proverbial abanico de la Marquesa.

Curiosamente, el manual ideal para saber manejar la perrada no está escrito, sino filmado. Me refiero a Las Mujeres, un filme realizado a manos de George Cukor en 1939, para la Metro-Goldwyn-Mayer, con un elenco de primera que incluía a todas las estrellas femeninas del estudio (excepto Greta Garbo, que estaba ocupada con Ninotchka y protagonizaba so-la); encabezado por Norma Shearer, Joan Crawford, Joan Fontaine, la exquisita Paulette Godard y ese prodigio para la comedia que era Rosalind Russell.

Basándose en la exitosa obra teatral de Clare Boothe Luce (a su vez una mujer extraordinaria en muchos campos y co-fundadora del emporio editorial Condé-Nast), la película se podrá sentir un poquito antique para los estándares de hoy (amén de que hay quienes, inexplicablemente, tienen aversión a las películas en blanco y negro o con más de cinco años de existencia), pero pese al paso del tiempo, se mantiene tan fresca y relevante en algunos aspectos como el día de su estreno.

Nuestra ostensible heroína es Mary Haines (Norma Shearer, la diva estrábica que era viuda del genial Irving Thalberg y que en su momento fue el equivalente a lo que Julia Roberts fue en su día), una verdadera santa; generosa, gentil, amorosa, guisa de maravilla, tiene una casa divina en el campo y un apartamento muy chic en Manhattan, se viste de última y no se le va un detalle. Tiene una hija de nueve años llamada Mary (Virginia Weidler) que es una réplica en miniatura de ella y tiene un matrimonio sólido y feliz con el financiero Stephen Haines (a quien nunca vemos. El gimmick de esta película, que además funciona a las mil maravillas, es que nunca se ve a ningún hombre, aunque se haga alusión a ellos constantemente. Después de todo, el slogan publicitario era: 'The Women... is all about men!')... o al menos eso es lo que ella cree.

Cuando su vanidosa, envidiosilla y malora prima/amiga-rival, Sylvia Fowler (la espectacular Roz Russell, que se lleva la película en el bolso de mano) se entera durante una cita con la manicurista que el buen Stephen anda en 'malos pasos' con un zorrón verbenero (en mi pueblo la llamaríamos golfa putona meretriz y piruja) conocida como Crystal Allen, que lo está engatuzando y se lo está trabajando sabrá dios con qué negras, retorcidas y calenturientas intenciones, no pierde el tiempo y con un par de comentarios inocentes (sazonados con el hecho de que el marido en cuestión 'se está quedando hasta tarde a trabajar') manda a Mary a que le 'hagan las uñas en rojo jungla' y de paso la pongan al tanto del chisme caliente.

Mientras esto sucede, la infame Crystal (interpretada con garra por Joan Crawford, que aparece en pantalla derrochando carisma como si no hubiera un mañana), harta de su vida de medio pelo y de la miseria, utiliza su labia (en todas las ascepciones de la palabra) y calculadamente planea su estrategia de dobles (triples y hasta cúadruples) juegos para robarle el marido a Mary y de este modo asegurar su futuro económico y dejar para siempre su trabajo en el mostrador de perfumería de una tienda departamental. Sylvia, nada más por molestingar le da un ligero empujoncito, sin imaginarse que esto tendrá consecuencias para ella a la larga.

El resto de la cinta trata acerca de cómo Mary, acompañada por su amiga, la dulce y sensible Peggy Day (Joan Fontaine, muy jovencita, en sus días antes de convertirse en una prisionera del pasado en Manderley al protagonizar Rebecca de Hitchcock) va a Reno, Nevada, para tramitar un divorcio que le permitirá a la malévola y buscona Crystal casarse con su pelele, er, esposo. Toda vez ahí, traba amistad con la vivaz y sensacional Miriam Aarons (la bellísima Paulette Goddard, en ese entonces mujer de Charlie Chaplin y posteriormente viuda de Erich Maria Remarque) una ex corista de Broadway y a la Baronesa Flora de Lave (Mary Boland), una matrona bien madurita, que pese a una hilera de fracasos matrimoniales no pierde la fé en l'amour, l'amour! Y el champagne, claro.

Es con la ayuda de estas nuevas amigas y gracias a la oportuna intervención de la pequeña Mary, que Mary Haines decide arrojarse a hacer su primera (y única) perrada, como un modo de tratar de recuperar a su ex marido, mientras que la tal Crystal (cuya idea de fidelidad significa no tener a más de un hombre metido en la cama al mismo tiempo) se dedica a gastar alegremente el dinero de su (arrepentido y solo) nuevo marido y a jugar a las camas musicales con otros. El resultado de este encontronazo entre ambas mujeres y sus aliadas y enemigas será divertido, cínico y memorable, con una de las líneas más formidables jamás dichas por la Crawford, con todo estilo: 'Hay un nombre para ustedes, señoras, pero no se usa en sociedad... excepto en las perreras.'

Cukor era un genio para dirigir actrices y esto se advierte en el impecable desarrollo de la película: es una comedia melodramática de excepción, con un ritmo estupendo (si fuera una pieza musical se podría bailar de dar gusto) y actuaciones de primera. Para la época era una superproducción, ostentando sets, vestuario y maquillaje (incluyendo una espectacular secuencia en technicolor de un desfile de modas alucinante). A nivel reparto, la Shearer sale bastante bien librada, si bien su personaje es al principio lacio, lacio y agorzomado, donde le toma casi toda la película sacar las uñas. Por su parte, la Mamita Querida se luce y exuda sex appeal --algo que aún hoy, no todas las patéticas aprendices de zorras saben hacer-. Uno comprende cómo es que alguien querría darse al catre con ella. Pero, para mí, la verdadera estrella es Rosalind Russell, cuya Sylvia es no sólo esa clase de amiga perrucha que todos hemos conocido alguna vez. Tambien es una creación cómica que arranca carcajadas y que utiliza todos los recursos a su alcance, que van desde la mímica hasta el sarcasmo, siendo ella la mejor maestra en el arte de la perrada que arriba mencionaba.

Las Mujeres, si bien no es un filme universalmente conocido como Lo que el viento se llevó (estrenada el mismo año) se las ha ingeniado para dejar huella indeleble en la historia del cinema: es la más obvia inspiración para el ouvre de Pedro Almodóvar (y si le preguntan, les dirá que junto con Eva al desnudo, es su película favorita) y resulta aún hoy totalmente adictiva. Existe un remake (Dios nos guarde) que se estrena este año, con Meg Ryan (como una insípida versión de Mary), Eva Mendes (¡como Crystal! What?) y Annette Bening (como Sylvia) que no se me antoja para nada pero que supongo tendré que ver. Sin embargo, nada le podrá hacer mella a esa gloria del auténtico Hollywood saturada de féminas revoltosas, que se convirtió no sólo en leyenda: también es ejemplo, para saber manejar ese fino arte de la perrada.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Te vi en TeVé

Anoche me invitó mi amiga Irma Page a ir a su programa de TV El día en Asturias, que se transmite en la cadena local TeleG (o bien, Televisión de Gijón). Fue un poco intempestivo, pero lo pasé muy bien.

Descubrí que la experiencia adquirida haciendo tele en México no la he perdido y también, que soy un cinicote y un campechano. Pero lo pasé bien, Irma se divirtió y creo que la respuesta del público fue buena. (O eso espero).

Hablé de por qué estoy en Gijón, por qué me fui de México (no entré en detalles), las cosas que he escrito, los amigos que he hecho en esta ciudad y, claro, de los Oscares, haciendo hincapié de que estoy hasta las narices de las mentadas Biopics.

Después del programa, Irma estaba contenta y yo recibí mensajes de mis amigos -- que yo esperaba me fueran a colgar de los dedos gordos del pie al revelar en TV que somos retecuates- pero no pensé que mi desvergonzado afán de autopromoverme, fuera a resultar en que hoy -- que es un día lluvioso- mientras compraba leche en el Super, me encontrara con algunas sonrisas cómplices y miradas que me dicen que me conocen.

Si ya me ocurría en México y era en un programa por cable, cómo no iba a suceder en una ciudad de estas dimensiones. Me sonrío con ellos y regreso a casa. Tengo quince minutos, dice Andy Warhol, de [relativa] fama. A ver cuánto tardan en agotarse...

lunes, 25 de febrero de 2008

Felicitaciones, Miss Swinton

Me alegro profundamente de que Tilda Swinton haya obtenido un Oscar (¡sorpresa!) por su interpretación como un monstruo corporativo con problemas de consciencia en Michael Clayton.

También me alegro por los Coen y por Bardem. Un gran trabajo muy bien reconocido.

Felicitaciones también para Daniel Day-Lewis. No podía ser de otra manera.

Anuncio desde aquí, que estoy hasta las pelotas (de los ojos) de las mentadas "biopics". ¿Quiere un Oscar? ¡Haga una biopic! -- sí, es fascinante imitar a otros, pero ¡ya estuvo bueno! ¿Hace cuanto tiempo que no gana una mejor actriz por crear un personaje de la nada? ¿Por darle vida a la ficción?

La Mademoiselle habrá hecho maravillas imitando a la Môme, pero me importa bien poco. Que vaya a París a comer Moules y Ancas de rana. Ya después de Helen Mirren el año pasado, es imposible que me impresione alguien más como un "personaje real". Para mí, en mi corazón, siempre, aunque no le haga falta para nada, la mejor actuación femenina del año corre a cargo de Julie Christie -- sin maquillaje prostético, sin hacer fonomímica y sin pedantería- en Lejos de Ella.


Yo estoy enamorado de Julie Christie.

domingo, 24 de febrero de 2008

Ese octogenario llamado Oscar

Después de la tormenta llega el glamour, y esta noche, el Teatro Kodak de Los Ángeles, se llenará a tope del elenco estelar de Hollywood para llevar a cabo la entrega número 80 de los premios de la Academia de Artes y Ciencias de la Cinematografía estadunidense, el codiciado Oscar.

Este año, la lista de presentadores está encabezada por actores de primera, comenzando por los recientes ganadores de la estatuilla dorada Forest Whitaker, Helen Mirren, Alan Arkin y Jennifer Hudson. También estarán la belleza española Penélope Cruz, George Clooney, Nicole Kidman, Denzel Washington, Martin Scorsese, Cate Blanchett (quien está nominada en dos categorías, como mejor actriz y mejor actriz de soporte), Cameron Díaz, Gwyneth Paltrow, la celestial Julie Christie, Harrison Ford, Abigail Breslin, Tom Hanks y, por primera vez, la estrella juvenil Miley Cyrus, quien gracias a su personaje “Hanna Montana” se ha convertido en un auténtico fenómeno de popularidad.

Habrá un momento para recordar a los integrantes de la comunidad cinematográfica que fallecieron en 2007, y otro para reunir a todos los actores y actrices ganadores de la presea que aún viven y puedan aparecer ante las cámaras. Esto incluirá a figuras legendarias como Olivia De Havilland (la última sobreviviente de Lo que el viento se llevó), Paul Newman y su inseparable Joanne Woodward, Vanessa Redgrave, Glenda Jackson, Susan Sarandon, Jack Nicholson, Jane Fonda, Robert DeNiro, Meryl Streep, Julie Andrews, Ellen Burstyn, Jon Voight, Dustin Hoffman, Patty Duke, Sean Connery, Kirk Douglas, Elizabeth Taylor, Shirley MacLaine, Patricia Neal, Frances MacDormand, Holly Hunter, Cliff Robertson, Sissy Spacek, Jessica Lange, Tommy Lee Jones, Gene Hackman, Diane Keaton y Al Pacino.

El camino a la alfombra roja, a causa de la huelga que se extendió por tres meses y que costó cerca de dos billones de dólares a la industria del espectáculo, no estuvo exento de zozobra: de no haber concluido la medida de fuerza, la Academia hubiese tenido que preparar un plan B sin el brillo de los actores nominados, ya que la mayoría había advertido que no asistiría para no romper la contienda de los escritores, con quienes se solidarizaron desde un inicio.

En esta ceremonia con carácter de especial, se contará con las interpretaciones de los cinco temas nominados para mejor película. También, la estrella de Encantada, Amy Adams, cantará “Happy Working Song”, una de las tres canciones de la misma película que llegaron a la terna final por el Oscar a mejor canción original; Kristin Chenoweth y Marlon Saunders interpretarán “That’s How You Know” y Jon McLaughlin hará lo propio con el tema “So Close”, también de la cinta de la casa Disney. Las estrellas de Once, Glen Hansard y Marketa Irglova, cantarán “Falling Slowly”, mientras que Jamia Simone Nash, junto con el grupo IMPACT, del Teatro de Harlem, actuarán con “Raise It Up”, del largometraje August Rush. Previamente se anunció que el anfitrión de la ceremonia será, por segunda ocasión, el comediante y comentarista de tv, Jon Stewart.


La historia de los premios Oscar inicia el 4 de mayo de 1927, cuando 36 personas deciden crear la Academia de las Artes y las Ciencias de Hollywood (AMPAS, por sus siglas en inglés). Su presidente fue Samuel B. Mayer, cabeza del legendario estudio Metro Goldwyn Mayer, quien propuso crear un premio anual en forma de estatuilla.

Entre ese puñado de entusiastas del cine, el escenógrafo y diseñador Cedric Gibbons escogió al artista de Los Ángeles que daría forma a la presea: un hombre desnudo posando con una espada, de pie sobre una bobina de película con cinco pequeños agujeros, cada uno de los cuales representa a una de las secciones de la Academia: actores, directores, escritores, técnicos y productores.

El propósito era mejorar las películas y perfeccionar métodos y equipos de producción de entonces, año en que el cine mudo murió para dar pie a la era de películas con sonido y, posteriormente, a color.

Si bien por años se manejó la versión de que fue la diva Bette Davis quien bautizó al premio con el nombre que ahora tiene, al decir que su trasero se parecía al de su primer marido, Harmon Oscar Nelson, la versión oficial es que en 1931 Margaret Herrich, bibliotecaria de la Academia, comentó al ver la estatuilla: “¡Pero si se parece a mi tío Oscar!” y el nombre se le quedó; de modo que en la entrega de premios de 1932-1933 el reconocimiento pasó a llamarse popularmente “Oscar”.

La primera entrega se celebró el 16 de mayo de 1929 en el Blossom Ballroom del hotel Hollywood Roosevelt y en lugar de una gala se celebró una cena tranquila a la que asistieron 250 personas, quienes pagaron cinco dólares. Esta primera entrega de los premios, llevada a cabo rápidamente por el presidente de la Academia, Douglas Fairbanks, dentro de un banquete extenso y lleno de discursos, en sólo cinco minutos, fue la única en la historia a la que no acudió la prensa.

Ese año se entregaron 15 estatuillas; en la segunda se redujeron a siete: Mejor Actor, Mejor Actriz, Mejor Director, Mejor Director de Arte, Mejor Libretista, Mejor Cinematografía y Mejor Película.

Para otorgar esos premios se creó un comité que ideó un sistema de votación para seleccionar los trabajos más distinguidos del año, y el proceso de nominación ha tenido variantes cada vez más sofisticadas. En esa dinámica, los representantes de cada sección que integra la Academia escogen anualmente cinco candidatos para cada especialidad; luego, todos los miembros que pertenecen a la institución votan para elegir a los ganadores en secreto. De acuerdo con el censo más reciente, actualmente la Academia está formada por más de seis mil hombres y mujeres, entre actores, directores, fotógrafos, músicos, directores de efectos visuales, guionistas y otros campos del quehacer fílmico.

Entre los muchos datos curiosos que tiene en su historia, están las películas que más nominaciones y más estatuillas han recibido. Esa lista la encabeza Titanic, que en 1997 recibió 14 nominaciones y al final conquistó 11 premios Oscar. En la misma lista están Shakespeare apasionado, que conquistó siete de 13; Forrest Gump, con seis de 13; ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, de 1966, que conquistó cinco de 13; y Eva al desnudo, de 1950, propuesta para 14 categorías y que conquistó seis.

Otra anécdota curiosa es que Audrey Hepburn, que había obtenido un Oscar en su debut por La Princesa que quería vivir, en 1953, fue la protagonista de Mi bella dama, el musical de George Cukor que en Broadway había protagonizado Julie Andrews. Cuando ésta no fue requerida por la Warner Bros para repetir el rol que la hizo famosa, fue contratada por Disney para hacer su debut cinematográfico en Mary Poppins, misma por la que la Andrews se llevó su Oscar, siendo junto con la Hepburn miembro del selecto grupo de actrices que han obtenido el reconocimiento con su primera película.

Como ésta, durante ocho décadas se ha establecido una auténtica mitología que este domingo se revisita, transmitida en vivo, con una alfombra roja salpicada de estrellas y cientos de millones de telespectadores en todo el mundo.

viernes, 22 de febrero de 2008

Sin título

Johan Christian Dahl (1788-1857)
Mother and Child by the Sea, 1840


Vivo en una ciudad que
nace del mar,
rodeada por agua
Anegada por nubes en el ocaso del día,
a media luz del amanecer.

Con esa luz la torre
de la iglesia
Cada sentina,
Cada casa enorme,
es plateada en la niebla que
del mar se levanta
con la olas que arrullan,
cuna que se mece,
al ritmo del oleaje que grita
y murmura
ante la ciudad,
ante las ruinas en la roca.

Los que vivimos aquí,
por amor o coincidencia,
ilusión o herencia,
somos creyentes en el mar
que se troca en espuma y niebla

Acaricia las ventanas,
se destila en las calles y terrazas.

Nos mecemos en el muro,
esperamos el azote frío
inclemente,
el beso del azul.

(¿Qué se siente?)

Mi madre me cantaba,
sentado en su regazo
bajo el cielo cerrándose en tormenta

‘en mi corazón de niño/
ha nacido esta canción…’

puedo oír su voz ahora
tónica y prístina
en la oscuridad que se desploma
sobre mi ciudad.

Mi madre me llevó al mar
cuando no sabía lo que era
nos presentó,
obró la boda entre las olas y yo.

Oigo su risa,
sus admoniciones.
Dadas a ambas manos.
Con fervor.

Mi casa es muy pequeña,
está llena de niebla, aquí arriba.
Llena de mar.
De mi madre.
De murmurar.

Pongo mis manos en la niebla
(que es en sí misma humilde expolio)
ha vuelto plateada mi ciudad.

En otra parte, eternamente,
una joven madre entrega a su hijo al mar.

(¿Qué recuerdas?)

jueves, 21 de febrero de 2008

Él sueña despierto

No recuerdo cuándo fue que comencé a escribir historias. A imaginarlas.

Tal vez fue antes incluso, de empezar a escribir.

Soñaba despierto, contemplando las nubes desde la ventana. Fui un buen niño. No necesariamente "bueno" en el sentido de bondad y obediencia, que se nos inculca al crecer. Creo que fui un buen niño y creo que soy un buen hombre.

Todavía sueño despierto, como esta mañana, mirando el cielo completamente azul y sin nubes.

Cuando era más pequeño, algunas veces pensaba que era una manera de poder hablarle a Dios.

Hoy, que soy un hombre -- soy un hombre-, mi concepto de Dios es muy distinto al que tenía cuando me sentaba en la ventana -- a veces feliz, a veces llorando- a hablar con él. Sin embargo, creo que en una cierta manera es el mismo Dios. Y sigo hablando con él, haciéndole preguntas que las más de las veces no tienen una respuesta única o aparente.

Solamente soy una parte infinitesimal de un universo que me parece inmenso. Pero me gusta la parte que soy, la parte que me permite ser éste que sueña despierto. Que ha comenzado a reírse de nuevo (de sí mismo, del mundo. Con el mundo) y que siempre encuentra respuestas, aún después de hacer las preguntas, en la música, en los cúmulos de nubes, en los libros que lee, en las caminatas que da.

Y me gusta. Sigo soñando despierto.
Seguiré haciéndolo. Es lo que soy. Un soñador y poco más.

martes, 19 de febrero de 2008

En la arena

Caes, sin saber cómo, en el mar. El mar es negro y frío, como larga la noche.
Arrastrado por las olas, tratas de mantenerte a flote, el agua a veces te cubre la cabeza y
no hay fondo, solo vacío, y tú oscilas en aguas heladas, violentas, sin estrellas que te guíen,
sin luna que te ampare.

Así será, así ha sido.
Hasta que el mar te escupe, roto pero vivo aún, en la arena.
Y te descubres desnudo, adolorido, pero limpio.
Como si fueras un recién nacido.

Así te yergues, en piernas tambaleantes,
el ardor pasa en tus ojos, se abren a la luz.

Amanece en otra parte.
Y tú caminas lento,
con manos vacías
espaldas libres,
sobre la arena húmeda.

sábado, 16 de febrero de 2008

Hitchcockarama!

Mi (espléndido, maravilloso, divino) amigo y cómplice Greg me mandó por correo desde Estados Unidos el nuevo número de la revista Vanity Fair, que está, como ya es tradición, dedicado este mes a Hollywood y presenta un pictorial con algunas de las figuras más destacadas del mundo del cine internacional, así como con algunos de los protagonistas de la escena en 2007.

En esta ocasión, la revista decidió rendir un muy especial homenaje a Alfred Hitchcock y la verdad es que les quedó impresionante, con un conjunto de extraordinarias fotografías de Julian Broad, Norman Jean Roy y Mark Seliger, que consiguen transmitir, a su manera, la esencia del misterio, la angustia, la sensualidad, la pasión encendida y el horror que componen la obra Hitchcockiana y que han hecho soñar a generaciones de modo inimitable.

A continuación, pongo aquí las imagenes en alta resolución; para poder verlas en todo su esplendor, hagan click en ellas y disfruten.

(Las he colocado en orden de gusto personal, de la que más me gustó a la que menos)

¡Viva Hitchcock!

Jodie Foster en Los Pájaros

Marion Cotillard en Psicosis

Renée Zellweger en Vértigo

Gwyneth Paltrow y Robert Downey, Jr. en Atrapa a un ladrón

Scarlett Johansson y Javier Bardem en La Ventana Indiscreta

Charlize Theron en Con M de Muerte

Keira Knightley y Jennifer Jason Leigh en Rebecca

Tang Wei, Josh Brolin, Casey Affleck, Eva Marie Saint, Ben Foster,
Omar Metwally y la celestial Julie Christie en Náufragos

Naomi Watts en Marnie, la ladrona

Emile Hirsh y James McAvoy en Extraños en un tren

Seth Rogen (!) en Con La Muerte en los Talones

viernes, 15 de febrero de 2008

Valentine's Day is Over

Ayer, en todos los escaparates de las confiterías de mi ciudad, había corazones y Cupidos, anunciando a San Valentín.

Ayer, caminando por el muro, frente al mar, no faltaba la pareja joven besándose en público, explícita y arrobadora, donde tampoco faltaba la pareja madura que se tomaba de la mano.

Ayer, en este blog postée un poema favorito de Auden (The more loving one) que en cierto modo me identifica. Sí. Yo soy quien quiere más. Me lo han dicho y yo lo sé. Es angustioso, no puedo negarlo, cuando lo sabes.

Ayer, uno de mis amigos me llamó por teléfono después de leer el blog, no alarmado donde sí algo preocupado ante el poso de melancolía que le dejó en la boca mi lectura. Hablamos un rato, sobre todo acerca de cómo me irrita esta noción impuesta y comercial sobre el enamoramiento: cómo debe ser, cómo debes soñar que sea. Cómo confundimos, guiados por los mass media, los conceptos de amor y enamoramiento, de cómo si bien es cierto que al estar enamorados amamos, no siempre estamos correspondidos y también que no todo enamoramiento significa amar (deja tú querer). O bien, que el amor tiene muchas facetas y no todas ellas son aparentes o comprendidas de la misma manera.

Yo he amado y he estado enamorado. No significan lo mismo. Eso me queda claro.

Cuando me enamoro, no es necesariamente de una persona: puede ser de una película, de un libro, de una canción que escucho un día -- las canciones que componen el soundtrack de este blog el día de hoy, son todas canciones de las que en un momento u otro me he enamorado-, de una risa, de un plato específico en un menú, de una ciudad (por eso estoy aquí en Gijón), de una puesta de sol, de un bebé en tus brazos, del abrazo de un amigo, de la ternura infinita de alguien bueno, de un ave al vuelo.

Y me enamoro como supongo que se enamoran las colegialas (digo supongo, porque nunca fui una): con sonrojos y brotes exagerados y mucho pudor después. Y me disgusta verme así a la larga. Me da vergüenza pensar que me veo ridículo, que no sé mantener la gracia. Y tal vez soy duro juzgándome, pero así lo siento. Sobre todo porque enamorarse y amar, dado que no significan lo mismo, tampoco tienen resultados similares.

Es decir, cuando he amado, no he sido amado de vuelta.

Ahora bien, le dije a mi benévolo (y muy paciente) escucha, eso no quiere decir que yo no tenga capacidad para amar, por supuesto, pero en lo del enamoramiento tropiezo desastrosamente, quizá porque mi capacidad de amar no es tan concisa como las de los demás. Yo me enamoro con todo, como ya dije antes, y puedo enamorarme de todo. Soy más selectivo cuando paso del enamoramiento al verdadero amor, aunque a veces -- como a tantos antes de mí y tantos que vendrán- algunas veces no distingo la diferencia.

Y cuando amo, amo muchísimo. Y cuando se acaba -- se malogra- algo de ti muere con ello. Es un dolor que te consume, te hace trizas. Tú querías algo, a alguien y ese alguien ya estaba con otro alguien, o tenía (tiene) un clóset del tamaño de un edificio de cinco pisos, o simplemente, no te quiere (y el que no te quieran no cambia nada, ¿verdad?). Y de pronto, ya no hay nada. Y tú te levantas y sigues adelante. Hasta que duele un poco cada vez menos, aunque el corazón siga roto.

Pero, ¿No es maravilloso enamorarse?, me pregunta mi amigo, y yo le digo que sí, que por supuesto: cuando te enamoras es como descubrir un mundo nuevo. Una nueva existencia en la que tú también formas parte.

No me gusta tasar mis afectos. No lo hago. Acaso soy desmedido para todo con todos -- pero prefiero que sea así, ser el que quiere más, que mezquinamente contabilizar mis sentimientos. Prefiero dar y darme, aunque no sea digno (y a veces así me siento, que no soy digno) de recibir.

Cuando el enamoramiento se transforma (yo no diría que se acaba del todo), encuentras que hay cosas nuevas, nuevos significados: representa otras posibilidades. Queda la complicidad, la amistad libre, la ciudad a tus pies, el sabor del postre, el sol ocultandose en cielos de color, la melodía conocida que te conforta, el orgullo de ser parte de la vida de alguien, de ser algo.

Cuando el amor se malogra, no.

Pero no me arrepiento de haber amado y de que me pisotearan el corazón en su momento. Soy humano y necesito ser amado como todos los demás. Quiero amar (sé que un día lo haré) aún si también sé que no voy a ser correspondido, por lo que no espero. No me desespero. Simplemente no tengo esperanza ni expectativa, que es distinto.

Será por eso que me irrita el Día de San Valentín. Por eso, y porque tengo años con el corazón proverbialmente roto, porque soy inseguro y celoso y vergonzoso y tonto. Porque tengo una constante sensación de abandono. Por que le temo a ese mismo abandono.

Pero lo mismo, quizá algún día, alguien me querrá.

Mientras tanto, estoy en la curiosa dicotomía (como le dije a mi amigo, antes que éste protestara mi argumento) de que si bien siento algo de inevitable envidia al ver pasar una pareja que se abraza, también siento una inmensurable alegría (en algún momento) al poder ser el dueño de mis días. De ser mi propio amo, aún si a veces soy solitario, no pierdo jovialidad, mantengo la amargura a raya. No sé, en cambio, mantener a raya al enamoramiento tonto: siempre me sorprende y del cruel desastre del amor, del cataclismo sin piedad, he quedado maltrecho y damnificado (Hace mucho tiempo que no, pero recuerdo perfectamente. Esa es mi maldición, que recuerdo, recuerdo, recuerdo...).

Es verdad que no sé qué ocurre cuando el enamoramiento se transforma en amor y el amor no es tsunami, sino valle plácido y armonioso. Cuando despiertas al lado de la persona que te quiere. Pero no me quejo.

Mi generoso amigo escucha, supongo que asiente. Lo oigo chasquear la lengua. Me temo que lo he dejado sin argumentos para esgrimir. "Pero, ¿estás bien, verdad?"

Sí, le digo, para tranquilizarlo, con mi voz dulce, mi voz buena.

Yo siempre estoy bien. Floto con la cabeza fuera del agua. Respiro.

Eso fue ayer.

Hoy, se acabó San Valentín y los depósitos de basura están atestados, a punto de desbordarse, de corazones.

jueves, 14 de febrero de 2008

I ♥ Broken


Looking up at the stars, I know quite well
That, for all they care, I can go to hell,
But on earth indifference is the least
We have to dread from man or beast.

How should we like it were stars to burn
With a passion for us we could not return?
If equal affection cannot be,
Let the more loving one be me.

Admirer as I think I am
Of stars that do not give a damn,
I cannot, now I see them, say
I missed one terribly all day.

Were all stars to disappear or die,
I should learn to look at an empty sky
And feel its total dark sublime,
Though this might take me a little time.

WH Auden

martes, 12 de febrero de 2008

Hanna, anoche.

Cuando te conocí, Hanna en 1989, éramos muy jóvenes y los dos teníamos sueños.

(Es natural, a esa edad todo el mundo tiene sueños)

No sabíamos -- ésa es la verdad- si íbamos a cumplirlos.

Anoche, viste cumplido uno de los tuyos. Uno que se había venido posponiendo para nutrir, construir, (incluso amamantar) otros sueños igualmente valiosos y satisfactorios. Pero este, este, la escena, la tercera llamada, el juego de las representaciones, te había estado eludiendo.

Una vez, hace mucho tiempo -- cuánto, no recuerdo- me preguntaste, "¿Será que no puedo?" y yo te dije que sí, que sí podías. Que sí puedes, que sí podrás.

Tengo tantos recuerdos tuyos, como flores los jardines más inmensos. Tengo tu sonrisa y tu ternura y tu ira y tu impaciencia, todo desde el principio de los tiempos -- y en muchos sentidos, ese primer semestre de bachillerato, si bien era el fin del mundo, también califica como el principio de los tiempos, para mí.

Y desde entonces y hasta ahora, estás ahí, preparándote con mucho cuidado para emprender el salto: memorizando, interiorizando, comunicándote con el mundo desde otras perspectivas. Aplicándole a personas imaginarias, tu vida, tu fuerza, tu inmensa generosidad, tu corazón.

Será que por fin estamos incursionando en lo que anhelábamos tanto -- libros, teatro- y ahora por fin podemos tocar lo soñado, las estrellas, tan sólo con extender los dedos.

Así, anoche se dio la tercera llamada y saliste a escena, en lo que fue tu debùt profesional. Estoy muy orgulloso, aunque lamento -- no sabes, de verdad, cuánto lamento- no haber podido estar ahí para verte, para llevarte flores. Sé que toda la compañía dio lo mejor de sí misma, que el material es incendiario, que Juan Mayorga estará muy contento y satisfecho con la puesta en escena de Hamelin.

Ahora, con el primer paso dado, hay mucho más qué hacer, supongo. Ya te demostraste que puedes, que lo haces. Que éste es tu camino. Tú estás aquí.

Y me llena de orgullo y de alegría.

Te quiero, Hanna. Tú sabes, que según el canon fílmico Alejandro Calva y yo somos tus "hermanas" y estoy seguro de que ambos estamos felices de ver cuánto has crecido, de cómo avanzas, con gracia insondable, hacia lo que quieres -- lo que debes- hacer.

Y yo que lo vea.

lunes, 11 de febrero de 2008

Sylvia, por su propia mano.

En el otoño de 1990, hace casi veinte años (¡qué impacto darme cuenta de repente!) yo estaba frágil (no sé si es la palabra correcta), después de pasar todo el verano siendo "restaurado". Pero necesitaba trabajar, volver a confiar en la gente -- y aún ahora, a veces me cuesta- y sobre todo, volver a confiar en mí.

Querer vivir.

Ese año descubrí un libro: La Campana de Cristal (The Bell Jar) de Sylvia Plath. La leí en inglés, en una edición de bolsillo bastante maltratada, que aún conservo que estaba subrayada por su dueña ("Miriam Spickler Ann Arbor 1973"). El libro me habló. Me mostró mi experiencia desde otra orilla. Me enseñó que no era único y que cada día que vives después del hecho, es una proeza, es algo que no se puede explicar, pero cada día es llegar a otra orilla.

Y a otra. Y a otra más.

Supongo que Plath, suicida desde muy joven, llegó a la cantidad de días que necesitaba para crear su obra maestra. Los pasajes subrayados por la dueña anterior del libro (me pregunto a veces qué fue de ella) estaban plenos de significado -- eso lo fui descubriendo no a los dieciseis años, sino conforme volvía al libro.

Es una gran novela, pero más allá de eso, es el retrato de alguien que pudo trascender a su propia tiniebla para contar lo que vio. Y en ese momento me sentí contento de poder, sino contar, por lo menos compartir lo que yo había vivido, aún si era a través de un texto, escrito a millones de años luz de mi concepción.

Al paso del tiempo, fui haciendo un retrato leído de Sylvia. Descubrí sus otros libros, memoricé su poesía -- You do not do, you do not do, any more, black shoe...- y me sumergí (dolorosamente, algunas veces, otras con enorme fascinación) en sus diarios y la seguí leyendo, con un extraño cariño, una profunda empatía.

En uno de sus últimos poemas, titulado Lady Lazarus, Sylvia parecía hacer un oráculo de su destino inminente con el siguiente verso:

Dying is an art/Like everything else/I can do it exceptionally well.

(Morir es un arte, como todo lo demás, hago de ello algo excepcional.)

Estas breves líneas parecen encapsular su posición ante la muerte y también reflejan que Sylvia, nacida en Jamaica Plain, Massachusetts, el 27 de octubre de 1932, es sin duda una mujer muy importante en la literatura contemporánea no por el hecho de haberse suicidado justo cuando estaba creando su obra maestra, o por haber estado casada por siete años con Ted Hughes —el poeta británico más celebrado de su época. Tampoco por ser uno de los múltiples íconos (algunas veces malentendidos) del feminismo.

Sylvia ha trascendido porque, pese al sufrimiento que la agobiaba como una corona de espinas, tuvo la necesidad y la valentía de mirar hacia dentro de sí misma y expresar lo que veía en su trabajo, con una sinceridad demoledora y en ocasiones incluso escalofriante.

Nacida en el seno de una familia de clase media, hija de Otto Plath, un destacado entomólogo de origen alemán y Aurelia Schöber, un ama de casa muchos años más joven que su marido. Descendiente de austriacos y judíos, Sylvia estuvo consciente de esta dicotomía que figura de modo prominente en poemas como el emblemático Daddy, donde identifica al padre muerto como un elemento de la imaginería del Holocausto y con los mitos del vampirismo.

Sylvia fue una niña prodigio que quedó huérfana de padre a los 8 años (la coincidencia, abrumadora cuando la supe por primera vez, es un prisma que acaso me permite entenderla mejor desde mi orilla), y desde entonces comenzó a cultivar una obsesión por la muerte, elemento que resulta inextricable tanto en su vida como en sus escritos.

Su primer intento de suicidio ocurrió en 1953, y la llevó durante tres meses a un hospital psiquiátrico privado y es el material con el que más tarde escribiría su novela La campana de cristal, aparecida en enero de 1963 y la cual, para su horror, resultó “demasiado apegada a los hechos”.

En vida, Sylvia no publicó más libros que la novela --bajo el seudónimo Victoria Lucas-, el poemario titulado El coloso y un poema teatral para la BBC titulado Tres mujeres, además de decenas de poemas y cuentos que aparecieron en revistas literarias a ambos lados del Atlántico. Tras su muerte, el enormísimo (literalmente, era gigantesco) Ted supervisó la publicación de sus demás libros, entre ellos el formidable Ariel, que reúne los deslumbrantes poemas que ella escribió llena de ira, dolor y genialidad entre el otoño de 1962 (cuando Hughes la dejó de un día para otro para vivir un tórrido affaire —con muy mal final— con la escritora Assia Wevill) y la semana de su muerte, mismo que al aparecer en 1971 se convirtió en su libro clave: el que la acercó a millones de lectores alrededor del mundo.

En 1981, la antología Collected Poems recibió el Premio Pulitzer póstumo que recibió Ted, para disgusto de numerosos miembros de la comunidad cultural: el hombre que según ellos -- especialmente las más irredentas feministas- la había llevado al infierno, ahora cosechaba la gloria inmerecida. Según la leyenda que cuentan las feministas, Sylvia es, poco más o menos, una víctima inmolada por el mundo machista y un marido desconsiderado que la abandonó para tener sexo con otra, que para mayor humillación era alguien a quien había tratado socialmente, dejándola sin dinero, con dos hijos pequeños y con la “desventaja adicional” de ser una estadunidense en el exilio.

Otros la ven como Sylvia, la poeta maldita, enfermiza y algo loca (el hoy extinto Colin White exclamaba con horror "Oh, no no no! That neurotic American!"), demasiado atrevida para no dañarse a sí misma: predestinada a un final por su propia mano. Otros más la han tildado de monstruo: madre inconsciente, arpía chantajista y alucinada, capaz de matarse en la misma casa donde sus hijitos dormían; un estorbo que salpicó de inmundicia para siempre la brillante carrera de ese prodigio llamado Ted Hughes. Existen muchas otras versiones para verla; incluso la glamorosa versión cinematográfica en la que Gwyneth Paltrow hace un trabajo espléndido como Sylvia... por lo que es una lástima que Hollywood redujera su tragedia viva a mera Soap Opera.

No obstante, la historia ha probado que Sylvia no era necesariamente una víctima del exilio por el hecho de ser una americana en el extranjero, que tampoco era un monstruo ardoroso y que el matrimonio no fue solamente una pesadilla; en sus diarios la propia Sylvia lo afirma.

Aunque la mayoría de la gente considera sus escritos como “deprimentes”, para Anne Sexton, otra escritora estadunidense, amiga suya, y también poeta suicida, “quizá la mente creadora que explora sus angustias más profundas sea el único espejo que el arte pueda ofrecernos hoy, y es muy posible que la única liberación de un mundo que niega los valores del amor y la vida sea precisamente el mundo de la muerte”. Esto se advierte en pasajes de La campana de cristal, “[...] tenía que estar ilusionada como las otras chicas, pero no conseguía reaccionar. Me sentía quieta y vacía [...] como el ojo de un tornado, moviéndome sin ninguna fuerza, bajo una campana de cristal...”. Esto es una referencia a su primer viaje a Nueva York, como ganadora de un concurso literario de la revista Mademoiselle. Estas mismas sensaciones la arrastraron como una espiral hasta que intentó quitarse la vida por primera vez.

Con Ted, Sylvia procreó dos hijos: Frieda Rebecca (1960) y Nicholas Farrar (1962), a los que adoraba. Pero no todo era armonía: Ted era infiel por naturaleza y Sylvia era ferozmente leal. El único rival para su marido era la propia muerte y esto se deja ver en sus escritos; Sylvia luchó por representar varios papeles que a menudo resultaban contradictorios, o por lo menos conflictivos entre sí: era madre, esposa, amante, artista, diosa salvaje. Esperó silente y cuidados hasta que Ted publicó su primer libro para preparar el suyo y si bien él la estimulaba, ella no conocía límites para impulsarlo a él. Él era su mundo y cuando entabló una aventura con una mujer a la que ella había considerado amistosa (Assia y David Wevill subarrendaron su apartamento en Primrose Hill en 1961 cuando se marcharon a vivir a Devonshire y Sylvia estaba embarazada), ella se quebró y dejó fluir toda su rabia contenida, todo su fuego y lágrimas de sangre en poemas extraordinarios como un símbolo del arte como desesperación.

Ella era la mujer traicionada que trascendió su ira para plasmarlo en poesía sublime. (Algo que siempre me pareció irónico, es que muchas chicas que conocí después, diletantes truculentas que trataron de adornarse con ella de ejemplo, no podrán jamás comprender el fuego de su pira: ellas eran las otras, las traicioneras, las aprendices de fille fatale, meras golfonas, zorronas, que no podrían, no podrán ser jamás las Sylvias, las madres que parieron a sus hijos con dolor, igual que a su poesía.)

La mañana del 11 de febrero de 1963 (en medio del invierno más crudo en la historia del Reino Unido, que congelaba las tuberías y convertía el cielo en piedra), con 30 años de edad, Sylvia, que había rentado un apartamento en la antigua casa de W.B. Yeats, aisló su cocina del resto de la casa y tras despedirse de sus hijos, que aún dormían, metió la cabeza en el horno de gas. Para ella, fue la única manera que encontró para no dejar morir su voz.

En su elegía a Sylvia, Anne Sexton cita un fragmento de una carta de Kafka: “Un libro debiera ser como un sable ante el mar congelado que tenemos dentro”.

Sylvia, mariposa frenética bajo una campana de cristal en sus últimos días, fue una mujer que blandió ese sable, dejando marcas indelebles mediante sus palabras, como lo profetiza un verso de su poema Mad Girl’s Lovesong: “Cierro mis ojos y todo el mundo cae muerto/levanto mis párpados y todo nace de nuevo./Creo que en mi cabeza te inventé”.

Hoy traigo flores para Sylvia y murmuro sus palabras. Es mi tótem, su efigie me vigila y me acompaña mientras tecleo en las madrugadas, aunque no lo hago nunca con ira y fuego, sino más bien con dedos temblorosos: no soy poeta.

Pero como ella, vivo para escribir.
Pero yo quiero, yo quiero seguir viviendo.

sábado, 9 de febrero de 2008

Week-End...


Es el fin de semana.

Algunas veces, tengo mucho qué hacer, una agenda frenética de gente con quién quedar, para el vermú, la comida, el cine, cenar o ir de copas. No siempre con los mismos para todo, pero aún así.

Otros, no hay nada. Sólo el tiempo, que pasa muy de prisa o muy despacio, según le plazca.

Antes, cuando vivía en México y aún no era un expat deluxe ( inmigrante ilegal ilustrado), tenía dos opciones para mi fin de semana: pasarlo con mi familia, o hacer un plan -- casi siempre desde el miércoles: en México De Efe hay agendas muy apretadas y mis amigotes chilanguitos no me van a dejar mentir- para ir al cine o a cenar. Los viernes eran sagrados para la Flaca y para mí: cenábamos sushi después de ir al cine. Yo me colocaba con Wasabi (¡Yeah!) y luego hablábamos y hablábamos y hablábamos hasta la madrugada, sentados en su coche --¡qué pensaría la gente! ¡Y qué erróneo, además!

Aquí no es así. Realmente, no tengo rutinas ni reuniones "rituales"-- de esas, que pueden ser cerradas y esnobs, o que pueden ser una alegría. O ambas cosas al mismo tiempo, desde distintos prismas-. Tampoco hago planes, yo que me distinguía por ser el gran planificador, el calculador, el maestro de la logística a la hora de armar un dinner party, a ustedes les consta, acabé por renunciar a mis viejas costumbres, para encontrarme de manos a boca (así, con los ojos desorbitados y pegando saltitos) con la vida como viene. Lo que pega, pegó. Lo que no, pues no.

Y así, hay fines de semana que, como he dicho, el teléfono suena desde temprano (a veces tan temprano como el jueves) y tengo algo qué hacer con alguien, cosa que siempre soy muy agradecido -- Irma y Mark, para ir a comer algo al hindú; la Señora Duquesa robándole cinco minutos a su templo familiar para que nos tomemos un café; Carlos (mi amiguito) y sus padres, pidiéndome que lo lleve al parque mientras hacen la compra (¿han ido con un bebé a un supermercado?) y así verlo subirse treinta veces al tobogán y cuando se cansa, le doy su zumito de piña de una botella; o son Miguel mi tocayo y la preciosa Julia, para invitarme a Twin Peaks, etcétera etcétera [hay muchos etcéteras]...- y también hay fines de semana en que el silencio se acomoda a mi lado en el sofá y vemos juntos películas en la tele. No nos hablamos, pero nos hacemos mutua compañía, mientras el teléfono duerme plácidamente y yo me acurruco y dejo que pase el tiempo, cuando no estoy escribiendo.

Puedo quedarme en casa por días enteros sin sentirme frustrado, ni mal. Supongo que eso significa que me estoy adaptando a vivir solo.

Eso está bien. Aún si a veces el tiempo pasa demasiado rápido (sobre todo cuando la estoy pasando bien) y luego pasa muy, muy lento (cuando estoy solamente yo).

Hoy hace sol en Asturias. Después, se levantará la niebla.

Tal vez saldré a caminar. Comeré por ahí.

O tal vez no.

Tengo tiempo.

jueves, 7 de febrero de 2008

Vanessa, Vanessa, Vanessa...

I
Uno de los primeros rostros que pude reconocer de inmediato, desde mi infancia, fue el de Vanessa Redgrave. Aún desde antes de verla actuar, supe que esos enormes ojos azules iban con esa cara y con ese nombre.

Un día, como a los seis o siete años, encontré en una revista una fotografía de ella como Isadora Duncan en la película que filmó en 1968. La imagen era tan hermosa, que la recorté, la conservé por muchos años y cada vez que pienso en Vanessa Redgrave, esa -- esta- es la imagen que tengo en mi mente.


Llegué a Londres el 24 de octubre pasado, para entrevistar durante el día siguiente, al elenco de Expiación, la película basada en la novela de Ian McEwan, que ahora está nominada a un Oscar. Esos días en la ciudad el cielo era gris y extraño y yo estaba muy sensible por haber pasado parte del día revisitando altares abandonados, reencontrándome con fantasmas de mi pasado lejano (y no tan lejano), arrepintiéndome de algunas cosas que hice ahí y de otras que no hice. No obstante, también estaba nervioso; me gustaba la idea de hacer las entrevistas, ver a la prensa extranjera -- algunos conocidos que no sabían que me había mudado-, tomar té gratis en la hospitality suite, pero sobre todo, conocerla a ella.

Esto fue lo que hablamos:

II

La expiación de Vanessa Redgrave

La sola mención de su nombre conjura un aire de reverencia, incluso entre los periodistas o profesionales de cine más inveterados. Es Vanessa Redgrave. Punto. No hay más. Una vez que el nombre se deja oír, siguen imágenes que conforman su existencia y su carrera: su retrato viviente de Isadora Duncan; su “sangre real” de los escenarios, siendo hija de dos pilares del teatro y el cinema británico: Sir Michael Redgrave y Lady Rachel Kempson y hermana de Corin y de la formidable Lynn Redgrave, ambos actores de primera línea, así como madre de dos actrices célebres (Natasha y Joely Richardson, de su matrimonio con el fallecido cineasta Tony Richardson) y un director/guionista (Carlo Nero, nacido de su relación de más de cuatro décadas con el italiano Franco Nero, con quien no se casaría sino hasta el 31 de diciembre de 2006, para asombro de muchos, incluyendo a su familia); su valentía para hablar de tópicos considerados tabú, incluyendo su célebre – e incomprendido- discurso durante la entrega del Oscar en 1978, cuando ganó su primera (y hasta hoy única) estatuilla por su devastador trabajo en Julia, causando controversia al denunciar a “una pequeña banda de pandilleros zionistas (se refería a la Liga Judía de Defensa, organismo calsificado como de ultraderecha, que la atacó por su colaboración con el movimiento independentista Palestino) cuyo comportamiento es un insulto a la estatura de los judíos de todo el mundo, y a su gran y heroica lucha histórica contra el fascismo y opresión.”

Jane Fonda, su co-protagonista en dicho filme, y amiga suya por más de cuarenta años, la describe de esta manera: “hay una cualidad innata en Vanessa que me hace sentir como si ella residiera en un mundo misterioso y secreto que elude al resto de nosotros, los pobres mortales. Su voz parece provenir de un lugar profundo que conoce todo el sufrimiento de la humanidad y todos los secretos que la conforman. Verla trabajar es como mirar a través de capas de cristal, cada una de ellas decorada con imágenes míticas, capa tras capa, hasta que se torna oscuro - pero aún entonces sabes que no has llegado al fondo, que hay algo más, intangible, terrible y maravilloso... El único ejemplo de algo semejante que he experimentado con un actor fue Marlon Brando... Como Vanessa, él siempre parecía estar en otra realidad, alimentándose de algo desconocido, moviéndose con un ritmo interno magnético, inexplicable… y luego, ella hace algo como sonreír, con una benevolencia totalmente terrena, de madre, de mujer, y sus ojos se iluminan y es como un sol, y la quieres y todo el dolor plasmado, la pesadilla de terrores, es sólo algo que queda en tu memoria mientras ella se desmaquilla y te pregunta qué vamos a hacer más tarde.”

Junto con Maggie Smith, Judi Dench y la celestial Julie Christie, Vanessa es una de las soberanas de la escena en Inglaterra. Está desposada con el teatro y es algo desconfiada de los sets cinematográficos. Permanece aún muy activa a los setenta y un años en causas sociales de izquierda – “hay cosas que no cambian, son mis principios”- y es una presencia tan enorme al entrar a la suite de un hotel londinense para hablar de su más reciente filme, que automáticamente impone: mide más de 1.80 de altura, tiene hombros anchos de nadadora (otra cosa que, señala, tampoco cambia –“fumo como un carretero, tengo que compensarlo con algo”-) luce ese rostro inolvidable y aún muy hermoso, sin gota de maquillaje, la cabellera blanca en una larga coleta y saluda con la voz rasposa, extraordinariamente atrayente para una mujer de su aspecto y edad.

Da la mano al saludar y mira directamente. Su presencia hace que las rodillas tiemblen mientras se acomoda en el sofá y se prepara para la primera pegunta. Su actitud con los medios ha cambiado notablemente en la última década. Por años, se rehusó a hacer “trabajo de promoción” y exigía una copia del cuestionario con anterioridad. Es memorable entre el gremio la anécdota de que en una ocasión se levantó en plena entrevista a finales de los 80 y salió de un estudio de la BBC, escandalizada por la “superficialidad y mal gusto” de la primera pregunta que le habían hecho. El fuego se ha aplacado, pero no está extinto. En cuanto escucha algo que capta su interés, florece, se vuelve elocuente y toma el mando. Finalmente, es Vanessa Redgrave.

Se cumplen cincuenta años de su debut teatral y en cine. ¿Cómo siente el trayecto? ¿Ha llegado a donde imaginaba?

Me percaté que eran cincuenta hace poco, en casa, con Lynn. Encontró un programa de mi primera obra y me lo dio. Me quedé de una pieza. ¡Cincuenta años! ¿Te das cuenta? En parte no lo siento para nada. Quiero decir, algunas cosas no cambian. Mis principios, mis compromisos… y hay otras cosas que nunca hubiera creído que vería, en todos los aspectos. Incluso en mi trabajo. Y en mi persona. He llegado a un punto en mi vida en que alguna gente entiende lo que he tratado de hacer, me encuentro con que hay algunos que han logrado entender mi causa y hay quien se alegra de que yo tratara de hacer lo que traté de hacer. Y realmente me siento muy humilde al respecto ahora. Fui orgullosa y tozuda. Pero aprendo lecciones. Ahora siento que debo seguir intentándolo... pienso que cualquier ciudadano puede entender lo que digo. Que tal vez tú me entenderás. Todo lo que quiero es que tú tengas la oportunidad de alzar tu voz para hablar claro. Eso es lo que yo hago, lo que he aprendido en estos cincuenta años… pero también siento que aprendo cada día. Ha sido un largo viaje.


De todo su impresionante cuerpo de trabajo, ¿con qué se quedaría, si pudiera elegir?

“Oh, no podría elegir. A veces lo pienso, aunque me siento díscola al hacerlo, porque todo – hasta lo más insustancial que he tenido que hacer, las cosas que he hecho para tener dinero rápido por alguna u otra razón-, todo, representa algo: un momento, un sitio, una experiencia, un compañero. Podría decirte que me quedaría con todo, por lugar común que suene. Las películas con Tony (Richardson, su primer marido), las obras en Stratford-on-Avon cuando era jovencita y hacíamos Shakespeare en verano. Julia, por supuesto, BlowupIsadora… Karel Reisz era un genio de director y me estremece que hoy casi no se le recuerde o se le respete como debería ser. Tantas películas que recuerdo… ¡Hasta Camelot! La volví a ver hace poco, sabes, con mis nietas y no daban crédito: “Nessa, ¡cantas!” sí, dije. ¡Y cómo lamento no haber aceptado que me doblaran! (se ríe) En la juventud una hace cosas muy soberbias. Tiene arrebatos. Los míos se imprimieron en todos los periódicos. Tengo cosas que lamento, pero no me arrepiento de las malas películas – y, por favor, hay que admitir que Camelot no es exactamente lo que esperábamos que fuera- ni de las controversias. Lo hice porque quise y sirvió para algo, no fue desperdicio.


¿Entonces usted se arrepiente de algo...?

Claro. Como todo el mundo. Seguro que tú, aún tan joven, tienes arrepentimientos también. Son inevitables. Ese es el tema de esta película, después de todo, ¿no? (Sonríe, entorna los ojos) Me arrepiento, de no haber sido una buena madre cuando mis hijas estaban creciendo y me necesitaban más cerca de ellas. Estaba muy comprometida con muchas causas y a veces eso te hace perder de perspectiva ciertas cosas. Yo amo profundamente a mis hijos, a los tres. Pero cuando Natasha y Joely estaban creciendo, dependí de otros para muchos momentos en los que debí estar. El precio es alto y a veces cuesta trabajo, mucho trabajo, poder enmendar ciertos errores. Por fortuna, mis hijas son mujeres generosas, espléndidas hijas y madres. Y lo fueron desde niñas. Algunas veces, son los hijos quienes nos enseñan. Y me arrepiento, como dije. Pero creo que el daño que pude haber hecho, ya está sanado. Toma tiempo.

Eso es lo que busca su personaje, precisamente, en Expiación, ¿no?: reparar un daño.

Sí, es el punto focal. Mi personaje incurre en su infancia – cuando lo interpreta Saoirse Ronan- en un grave error, que tiene largas consecuencias, para todos en su entorno. En su adolescencia, cuando Briony es interpretada por Romola Garai, intenta expiar su culpa, pero no es hasta que llega a esta edad, mi edad, que su intento trasciende. Lo dicho, toma tiempo hacer la paz con el mundo que nos rodea, con los nuestros, con una misma. Ese es el tema principal de la película, de su historia, de la novela. Y también lo es, en nuestras vidas: la expiación es algo que siempre buscamos, aún en la negación.


¿Cómo fue para usted acercarse a Expiación?

La novela me pareció maravillosa. Era el primer libro de Ian McEwan que leía. Me pareció increíble como literatura. Me conmovió, me fascinó. Estaba segura de que harían una película basada en ella, pero no estaba segura de si habría un papel para mí en ella. ¿Grace Turner, la madre del chico? No me atrevía a pensar en Briony adulta. Pensé que era demasiada vanidad. Luego, me llegaron rumores de que podría haber un papel… volví a leer la novela y me di de golpes contra la pared al ver lo buena que era y por haber sido tan rematadamente estúpida como para no haber descubierto antes a Ian McEwan y su magnífica, magnífica obra. Es un libro buenísimo, muy difícil de llevar a la pantalla, pero el guión de Christopher Hampton es extraordinario. Finalmente, tuve mi primera reunión con Joe Wright, el director. Me impresionó que fuera tan joven, tan vibrante, tan seguro de sí. Nos vimos en mi casa, para ver si yo reunía todos los requisitos para encarnar a la versión adulta de Briony. En todo caso, la conclusión de nuestra maravillosa conversación en la que escuchamos, hablamos, preguntamos, fue que si alguien podía hacer la película, esos eran Hampton y Wright. Dos días más tarde me llamaron y empezó la búsqueda por las actrices que me interpretarían en la infancia y juventud. Fue una aventura fantástica y fue algo que hicimos paso a paso, como equipo.


¿Resultó complicado a nivel técnico interpretar un papel tan complejo en una intervención tan breve? Son sólo siete minutos pero resultan cruciales…

Sí lo fue. ¡Vaya que lo fue! A nivel técnico recibí mucha ayuda de Joe Wright, del equipo de maquillaje, de peluquería, vestuario, que tenían que mantener un aire de parecido entre nosotras, yendo de 1935 a 1940 y a 1999… tomamos las tres clases con un foniatra para tener el mismo timbre, la misma dicción. Fue desafiante hacerlo, para un tiempo, como dices, tan breve… Pero, ¿sabes? Hay otro aspecto quizá tan importante, o más, incluso. Me refiero al aspecto espiritual de Briony. Aparezco en el epílogo, y en ese momento en que mi personaje aparece y cuenta toda la verdad… Es su última oportunidad para contar lo que sucedió e intentar arreglar todo lo que hizo mal, movida en un arrebato de inocencia y celos y la insensatez de la infancia cuando toca a su fin y creemos que sabemos todo, pero sólo somos niños y no tenemos idea de lo que es el mundo o la vida o el futuro y cómo lo que hacemos lo afecta. En ese momento de revelación, cuando la Briony vieja – sí, vieja, no me mires así. Soy una señora mayor y el personaje es una señora aún mayor que yo- por fin se expía, se libera de esa cuita tan pesada, yo, como intérprete debía sentirme en la piel de Saoirse. Una versión joven de mí misma, la Vanessa niña que fui, mirando a mis padres en el teatro, soñando con Rosalind y Julieta y Ofelia y Viola y Cordelia, con estrellas en los ojos. La Vanessa que ya sabía que iba a dedicarse a esto, sólo que estaría metida dentro de su piel, para ser ambas la Briony Tallis niña al mismo tiempo asustada y enfurecida. Cuando rodamos, me sentí en una comunión total a nivel espiritual con ella y con mi infancia y los sueños que tenía. Fue catártico. Me ayudó mucho. Fue quizá, uno de mis mejores momentos con un monólogo, aún si era tan breve. Sentí vida. Y eso es este oficio, ya lo ves. Imitar la vida tan bien, que tú en la butaca, la sientas genuina, sin haberte mentido.

III

Mientras ella habla, yo la observo.
Voy a confesarles un secreto de mi oficio -- algo que casi nunca hago-: es rara la ocasión en que preparo un cuestionario antes. Sólo lo hago cuando se trata de una entrevista que me importa especialmente. Lo he hecho muy pocas veces. Procuro que la entrevista sea espontánea, que tome su propio camino. Siempre soy respetuoso con mi entrevistado -- respeto su inteligencia y su privacidad.

Aquí no supe cómo prepararlo más allá de lo obvio. Mientras esperaba que nos pasaran a la suite donde iban a ser las entrevistas, pasé por mi cabeza todas las preguntas que se me ocurrían. No quería que me pensara un estúpido, no quería hacerle preguntas cliché pero tampoco quería tocar temas volátiles (si le habla uno de política, la mujer se incendia). Así que empiezo a tocar de oído, mientras la veo, sus ojos azules puestos en mí. ¿Qué han visto esos ojos antes? ¿Qué han retenido y luego transmitido?

Oigo mi voz temblorosa hablar poco, mientras ella responde, se extiende, se sonríe, enciende un cigarrillo, luego lo apaga y enciende otro. Agita una mano. Recuerda, se conmueve, se remueve, se dirige a mí y luego pareciera que a sí misma. Y yo sólo la observo. Son quince minutos que pasan de pronto y que al mismo tiempo, parecen una hora, un día entero.

Y antes que me de cuenta, terminamos.
Digo "muchas gracias, Miss Redgrave" y ella (Ella, ella, ella...) me sonríe (¡me sonríe dulcemente!), me estrecha la mano, se despide con gentileza, me pregunta si volveré a México. Cuando le digo que vivo en España, me dice que le gusta España. Dudo en besar su mano. No lo hago.

No suelo tomarme fotografías ni pedir autógrafos. Me parece poco profesional. Las únicas firmas que pido y tengo, son de amigos escritores en sus libros (Peter, una que me quiere bien, María Luisa -- que ya no está- y otros amigos a cuya obra y persona tengo una profunda devoción). Claro, tengo la famosa foto con Kidman, y una con Liv Ullmann, pero me da pudor hacerlo de nuevo. Y más con ella. La única foto que tengo de esa tarde, es una que toma una de las asistentes de relaciones públicas como un favor para mí, mientras Vanessa habla.

Me gusta la foto.
Salgo de la suite, mientras otro periodista toma mi lugar (tuve suerte, fui el primero de la tarde). La chica de relaciones públicas me devuelve la cámara, me sonríe. Le pregunto dónde está el servicio y me encierro ahí por unos minutos a llorar.

No lloro de tristeza -- no realmente- sino que lloro de emoción. Me siento mareado mientras lo hago; me tiemblan, como si estuviera desamparado, las piernas, las manos. Lloro y lloro en privado. Luego me lavo la cara, me despido del equipo, recojo mi press-kit y salgo hacia las calles del distrito de Mayfair, para luego caminar hasta mi hotel. Mientras lo hago, en mi cabeza hay un niño que contempla una imagen a blanco y negro de una mujer a punto de comenzar a bailar, y pienso en todas las veces que he visto su rostro, que he oído su voz.

Me habló. Le hablé.

Y mientras avanzo y el cielo de Londres oscurece, comienzo a recordarla.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Miércoles de ceniza

Hoy es miércoles de ceniza.
Después de andar por ahí, con un disfraz prestado (¡muchas gracias!), viendo el carnaval que pasó por mi ciudad, ayer fui al entierro de la Sardina -- que marca el final del Antroxu- y junto con los plañideros fui por la calle, gritando: "¡AAAAAAAAY! ¡Tan buena que eraaaaaaaaa! ¡Llévameeeeeeeeeee a míiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAY!", etcétera. Ustedes saben, en el espíritu de la chunga carnavalera.

Pero hoy ya es otro día.

Cuando era pequeño, el miércoles de ceniza era una fecha que tenía un aura particular; habitualmente, al salir de la escuela, acompañaba a mis abuelos -- el sol y la luna- a la iglesia para recibir la ceniza como una marca, una cruz, en mi frente. Era algo que me hacía sentir extrañamente importante, como partícipe de algo inminente y enorme.

Polvo eres y en polvo te convertirás.

Eso siempre lo he sabido y estoy muy consciente de ello: de hecho, desde muy joven he tenido claro y dejado instrucciones de que, cuando ya no esté -- dentro de mucho tiempo en lo que a mí respecta- quiero ser polvo y quiero que ese polvo que seré, sea arrojado al mar. Al mar de la ciudad donde ahora vivo. Mi ciudad.

Esta tarde estuve caminando por el muro, bajo un cielo de colores extraordinarios (rosa y cobalto y bermellón donde se pone el sol) y ante el mar, casi metálico, con olas perfectas que llegan a romper en la arena.

Sentí por un momento el viento en mi cara y sentí una enorme felicidad.

Sí, soy y volveré a ser polvo.

Pero estos episodios de total comunión con el mundo, el cielo y el mar, hacen que sea aún más significativo que uno sea parte de todo.

lunes, 4 de febrero de 2008

Antroxu


¡Llegó el carnaval a la ciudad!

(Y el frío. Tengo mucho, mucho frío.)

Hay papeles de color en todas partes y hoy, Lunes de Carnaval (de Antroxu, n' asturianu) todo mundo se pondrá su disfraz y saldrá a la calle, y habrá algarabía y baile y... y...

bueno. Todas esas cosas.

Pero yo no tengo disfraz. Sólo soy yo, como me ven.

Me gustaría un antifaz (un nuevo antifaz) que me hiciera invisible y así poder andar por aquí, por allá, por todas partes, sin ser visto. Creo que esa es la mejor manera de formar parte de las fiestas como esta: verlo todo, pero no estar realmente ahí.

Nunca había estado en un Carnaval. En el De Efe no lo hay.

Si me procuro el antifaz iré a ver.

sábado, 2 de febrero de 2008

El pequeño león con gafas

Cuando llegué a España, la primera vez que vine, hace algunos años, la primera (tímida pero bien sincera) sonrisa amistosa que encontré, fue la suya.

De eso ha pasado mucho tiempo, pero me acuerdo bien. Tanto como recuerdo una tarde de lluvia en el Café Caracol -- yo llorando, igual no llovía- y el té con leche y su comprensión dulcísima y su solidaridad mientras yo me disolvía. Su entereza ante mi desconcierto y mi temor y su apoyo y sus directrices para poder salir de ahí sin más lágrimas y hasta sonriente.

Igual recuerdo cuando vine la segunda vez, verlo al otro lado de la calle, en Madrid -- nos conocimos en Madrid, los tres, ¿recuerdas?- el mismo día que yo había llegado. Y recuerdo el tren y recuerdo la playa -- siempre con Jack, claro, siempre fuimos (¿somos?) tres como los Stooges, los Mosqueteros, los Caballeros y las Hermanas Chekhovianas- a medianoche y sus amigos los gemelos franceses que (según yo) eran gigolós que se intercambiaban o bien, se contrataban con alguien que tuviera la fantasía de estar al mismo tiempo con dos personas idénticas.

Con Lusin me reí y lloré y vi películas (¡en Festival!) y caminé muchísimo y conocí mi barrio, antes de que fuera mi barrio. Él es, lo sabe, uno de los síntomas -- no causa, pero síntoma- de que yo esté aquí.

Gracias a su generosidad y sensibilidad, he abierto mis oídos a otras músicas (le debo haber descubierto a Arcade Fire, por ejemplo) y su poesía -- sí, es poeta- me resultó sumamente inspiradora, hasta el punto de integrarse a mi trabajo.

Ya conoce a mis padres, mientras yo viajaba por Egipto, comió y durmió en la casa en que vivíamos (la casa en que crecí), mientras viajaba por México, en pos de un espejismo que se hizo real. Es de espíritu inquieto y viajero. Supongo que un día me escribirá desde Dibjouti o Samsara o Tierra del Fuego. No lo sé, pero lo intuyo: va a echarse a volar.

Es el más joven de mis amigos, y con él tengo un lazo de confianza que me honra (sobre todo, porque otros podrían haberme temido y lo han hecho -- no soy temible, pero no soy ajeno a inspirar miedo tampoco). Es generoso y es tierno como un niño, pero también es enérgico y vivaz y sensacional. Y paciente y sereno y lleno de furia cuando hace falta.

Hace algún tiempo, me hizo prometerle algo, que cumplo todos los días sin falta. Él sabe lo que es.

Le debo mucho y con esto no comenzaría ni siquiera a pagar el depósito. Es el más pequeño de mis hermanos y el más grande de mis hijos. Es mi amigo, es el pequeño león con gafas. Y estamos -- porque los que lo queremos somos muchos- muy orgullosos de él.

Feliz cumpleaños. La muchachada te piensa y te quiere.

Y estas canciones, a manera de modesto ramo de margaritas, son para ti.

Felices los felices, Kimba Baby.

celui qui est mon petit lion bien aimé ?

viernes, 1 de febrero de 2008

Si mis amigos pudieran verme ahora...

Aprendí a amar los musicales desde muy pequeño.

En mi casa, tanto mi abuelo Miguel como mi Mamá eran muy aficionados y en mi dieta cinematográfica nunca faltaron platos como The Sound of Music, My Fair Lady o Funny Face. Pero el primer musical que me gustó como propio, el primero que vi por mi cuenta, fue Sweet Charity, mismo que vi por primera vez en cine, hace veinte años.

Haberlo descubierto una tarde a principios de 1988, fue cortesía de Paco Araujo, el hermano mayor de Polo, uno de mis amigos de la infancia, que nos dijo un día que nos llevaría al cine, no a ver una de esas horrorosas películas de terror que en esa época nos gustaban tanto, sino a ver un musical en 70 mm y toda la cosa, aprovechando que lo reponían en una sala que hoy ya no existe en la Ciudad de México.

En ese entonces, Paco tenía 18 o 19 años y tenía su propio coche, así que no nos opusimos. Sobre todo porque me picaba la curiosidad ver esta película que no conocía -- aunque sabía que existía igual que la obra de teatro- y no acabaré nunca de agradecerle que me presentara, tal y como debe ser vista, la primera película de ese maestrazo que era Bob Fosse.

La trama gira en torno a las aventuras (y desventuras) de una joven que sólo quería ser amada, cuyo nombre es Charity Hope Valentine [¡la incomparable y enormísima Shirley MacLaine!] que vive en Nueva York -- ese Manhattan como de cuento de hadas de los 60 que ya no existe, pero que se deja ver en películas de la época- y se gana la vida como "fichera" en el Fandango Ballroom, un tugurio de segunda, donde las muchachas complementan sus ingresos (se alude) con "propinas" de los clientes, previo favor sexual.

Charity (inspirada en la Cabiria de Federico Fellini) es la consabida puta con el corazón de oro (y de hotel, como se lo dice una de sus compañeras, reconviníendola al verla sufrir por otro romance malogrado), que aspira a encontrar al amor de su vida -- igual que todos nosotros.

En el interim, y aún pese a sus incontables decepciones, Charity no pierde la fe en la humanidad y se entrega a vivir la vida a tope, mientras ésta le llega aderezada con vistosos números coreografiados de manera deslumbrante por Fosse (desde entonces soy fan y sobra decir que para cuando conocí Cabaret y All That Jazz, yo ya me había chiflado por su manera de coreografiar y editar), que lo mismo van de los tugurios de la ciudad, al Parque Central, o al supersofisticado, exclusivo y muy chic Club Pompeii.

Las semillas de lo que sería el legado de Fosse están sembradas en esta película, que si bien dista muchísimo de ser perfecta, sirve para que como cineasta experimente con numerosas técnicas de cinematografía y de danza, que posteriormente patentaría.

La experiencia, a primera vista, fue arrebatadora. Como dije, ya estaba familiarizado con el género del musical, pero esto era algo que para mí era completamente nuevo, algo fascinante. No podía despegar los ojos de la pantalla.

Ver a la MacLaine ("Shirl the Girl") aventarse un numerito estelar como If my friends could see me now o I'm a brass band, con las dosis ideales de ternura, vibración y pathos, es algo excepcional, más aún cuando se tiene trece años y se está descubriendo algo nuevo.

El trabajo de diseño de arte -- esas recreaciones de ambientes totalmente irreales- y el diseño de vestuario de la magistral Edith Head, que hace un arte de la exageración, son dos de las cosas que me hicieron indeleble la película, al igual que las canciones de Cy Coleman y Dorothy Fields, que se acabaron integrando a mi cabeza.

Como dato curioso, les puedo decir que en el verano de 1997, cuando fui solo a Nueva York por primera vez, me la pasé caminando por ahí canturreando algunas de las canciones, especialmente Big Spender, que tiene una frase que me sigue encantando: I don't pop my cork for every guy I see.

¿Mi escena favorita? Esa es fácil: el número coreográfico que se presenta en el Club Pompeii.

Por años, hasta que volví a ver Sweet Charity -- en video- era la escena que volvía a mí cada vez que recordaba la película y la experiencia de verla por primera vez, en una pantalla grande, tal como lo recuerdo ahora, dos décadas más tarde.

Para quienes no han visto nunca la película, no voy a decir mucho más. Creo que merece que se asomen a ella -- de ser posible con ojos y oídos vírgenes- y la disfruten. Si la recuerdan, recuérdenla con gusto, porque finalmente, es una pequeña joya poco apreciada (todo mundo piensa en Cabaret al oír Fosse) que nos muestra cómo puedes vivir con esperanza (sí, ya sé que no debo tener esperanza, pero soy un perro romántico, ¿y qué?) y seguir adelante.

Y recordar, como dicen -- a veces-- es volver a vivir.