martes, 1 de septiembre de 2009

El Final es el Principio del Final...


Esta es la última entrada en este blog.

Este es, ahora sí, el final, final. No habrá un 'sketch' sorpresa después de los créditos, un encore con toda la banda ante el público que grita "¡otra, otra!" -- ni siquiera habrá anacrusa (o de cuando la música viene después del silencio).

Damas y caballeros, este show ya se terminó.

Pero no antes de presentar algunas viñetas previas al telón:

***
Llama mi madre, yo atiendo.

Mamá: ¿De verdad vas a cerrar el blog?


Yo: Digamos que sí.


Mamá: ¿Por qué? ¿Es porque yo lo leo?


Yo:¡Claro que no!


Mamá: ¿Entonces?


Yo: Pues... porque siento que ya conté muchas cosas de mi vida. Y ahora tengo que ir a vivir mi vida para contar más cosas, de otra manera.


Mamá: ¿Y vas a borrar todo esto? ¿Las fotos, los textos, los recuerdos...?


Yo: No lo sé. De momento, no. Mañana, who knows.


Mamá: ¿Y yo dónde te voy a leer? ¿Cómo te voy a encontrar?


Yo: Siempre me vas a leer. Siempre me vas a encontrar.
Yo dejo un rastro de migas en el bosque, para no perderme...

***
Releo algunas de las entradas anteriores, favoritas y no tanto: algunas desoladas, otras eufóricas. Algunas me duelen menos de lo que me dolían cuando las escribí. Hay algunas que escribí pero que nunca publiqué, porque están escritas al vapor de mi herida y están sucias, son ñoñas, maltrechas, histéricas. Pero son mías. Y no me arrepiento de mi mal gusto, ni me averguenzo de lo que siento cuando escribo. Me gustaría que se parecieran más a una película de los hermanos Marx, que a un melodrama Polanskiano, pero qué-le-voy-a-hacer. No voy a corregir lo escrito, no voy a volver sobre mis pasos.
Ya no.

***

Últimos días de julio.
Por e-mail escribe una antigua enemiga anónima-ni-tan-anónima. Me sorprende (mucho). Ya me había olvidado de ella, de todo lo que conllevó en este mismo blog, haberla llamado zorra hace unos 170 años.
Me dice que lo menos que puedo hacer es oír lo que tiene que decir antes de partir ella a su propio exilio: será que desea limpiarse el mal karma, supongo. Nos vemos brevemente. Me pregunto mil veces qué hago ahí, pero supongo que lo hago por que, si bien sigo pensando lo mismo que pensaba cuando escribí aquello (y lo sigo pensando ahora que escribo esto y ella sabe que lo pensaré siempre), lo menos que puedo hacer es reconocer que me pasé al decir eso en público.
Hablamos. Pido un café que no me tomo. Me dice que la juzgué mal (la juzgué, sí. Mal o bien, depende de la perspectiva de otros, no mía). Me dice que las cosas no fueron "así" (lo que sea que "así" quiera decir). Me revela detalles que no-quiero-ni-necesito-saber, pero que tal vez ella necesita sacarse de encima. Escucho. Ella habla. Cuando termina, le doy la mano sin mirar. No bebo el cafe, que pago yo. Me vuelvo a casa con el iPod a la oreja y pienso en cómo podría escribir esto, pero solo sale así como ahora lo escribo. Me costó todo lo que tengo no reírme entonces, quién me viera, a mis años... pero también sé lo que es querer expiar un karma.
Dios sabe que tendré que hacerlo por todo lo que yo he pecado tras pecado tras pecado...

***

Nadie tiene derecho a hacerte sentir avergonzado de lo que haces, sientes, piensas o escribes.
O eres.
No importa lo mucho (o poquito) que te importe su opinión (No, tú, mamá, que conste).

***

Cada día trae cambios.
Hoy hace dos años y medio que llegué a la ciudad.
Hoy tramité mi Documento de Identidad como Residente Extranjero.
Hoy me di de alta en la Seguridad Social.
Hoy me di de alta en (¡Dios nos guarde!) Hacienda.
Hoy comencé una vida nueva. Nuevos números. Me puse muy contento.
Esto es por lo que luché y pasé cuatro meses casi, en el exilio, con miedo a no volver.
Esto es mio. Y no me lo quita nadie.

***

Sigue la masacre sistemática de homosexuales en Irak. El mundo tiene cosas más importantes de qué ocuparse.
A veces me tomo un Alka Seltzer mientras leo las noticias. El alivio de la náusea no es permanente.

***

Llamo a mi amigo Alejandro, mi compadre, una de mis piedras de toque.

"¿A que no sabes? Tengo un amigo nuevo que me recuerda mucho a tí."

"¿De verdad?"

"Tiene 20 años y apenas está saliendo del clóset. Es muy, muy parecido a como eras tú."

Me sonrío en el auricular. Cuando Alejandro me conoció, yo tenía veinte años. Cuando Jesús me sacó de aquél bote de basura, tenía once. De pronto recuerdo esas mesas de taller, recuerdo estar sentados en largas charlas de sobremesa. Todo ese cariño vuelve a mi en una oleada casi sensorial. Los libros (yo construyo bibliotecas de libros que ya leí para aquellos que quiero) compartidos pasan por mis manos mientras me cuenta de este nuevo protegido suyo.

"Gracias," digo entonces "gracias, compadre, por todo. Por estos años, por tu cariño, por tu apoyo, por abrigarme, por darme de comer (literal) cuando tuve hambre. Por haberme puesto en un camino que es el de mi madurez. Gracias por las risas, por las admoniciones, por el tiempo, por compartirme tu familia. Por no avergonzarte de mí, ni tenerme miedo -- sé que soy temible- y por ayudarme a crecer. Por ser mi hermano, por ser uno de mis grandes cariños en la vida, por ser mi amigo."

Alejandro hace una pausa. No puedo ver su cara.

"Gracias a tí. Por decirlo."

"¿Por?"

"Porque uno hace cosas sin esperar nada. Y muchos lo que te dan, es una patada en el culo, o una mentada de madre. O te ignoran, o se van. O te olvidan. Y mira, yo sigo con mi vida igual, pero es muy bueno oir esto. Sobre todo porque no tienes nada qué agradecer. Todo eso lo hiciste tú solo."

Y yo sonrío. Y tengo veinte años otra vez, por un momento.

No solo. Él es de esas personas (han sido pocas) que no sólo me han hecho desear ser mejor, sino realmente serlo.

***

Este mes se cumplen veinte años de que entré al bachillerato. De firmar con este nombre.
Todo lo que quería era una palabra para guardarla en mis sueños de ser alguien.

Mi nombre es Miguel Cane.

Desde hace veinte años yo soy Miguel Cane.

***
Hoy se acabó el verano.

Citando a Alberto Chimal por via de Natalie Merchant: éstos son los días.
Audrey se acurruca junto a mí en el quicio de la ventana, miramos desde el alféizar cómo la tarde se vuelve plomo líquido en la ciudad. Le acaricio el lomito. Sigo con miedo del invierno, pero hasta que no llegue, no sabré.

Espero, es todo. No viviré happily ever after, eso lo supe toda mi vida.
Pero viviré hopefully ever after.

***

Algunos amigos dicen que fue por mi culpa que decidieron hacer sus blogs.
Yo no soy responsable, que conste.
Pero vaya mi agradecimiento vivo, enternecido y (sí, qué carajos) sentimental, a todos los lectores que pasaron por aquí, que dejaron una huellita aunque minúscula. Gracias por estar ahí.

***

Antes de cerrar, Lou Reed (no podría ser de otra manera), me hace señas desde su rincón en la barra, me pide un último Jack Daniels derecho sobre hielo y me regala esta canción.

No hay nada mejor antes de apagar las luces.

I've been set free and I've been bound
To the memories of yesterday's clouds
I've been set free and I've been bound

And now I'm set free
I'm set free
I'm set free to find a new illusion

I've been blinded but
You I can see
What in the world has happened to me
The prince of stories who walks right by me

And now I'm set free
I'm set free
I'm set free to find a new illusion

I've been set free and I've been bound
Let me tell you people
what I found
I saw my head laughing
rolling on the ground

And now I'm set free
I'm set free

***
Había una vez un blog.

Buenas noches. Gracias.

Nos veremos de nuevo, en alguna calle.
En alguna fiesta. En otro lugar.
Nos sonreiremos, cómplices.

Piensen en un amigo que los quiere.

Y adiós.

domingo, 30 de agosto de 2009

Luciano dice


Luciano dice -...cuando yo era niño, me dijeron que la infancia era el mejor tiempo de la vida. Que era la felicidad absoluta, el paraíso. No era verdad. No podía esperar para por fin crecer y de una vez dejar de ser niño y depender de todos para todo. De sentirme inadecuado y como premio de consolación, afecto de segunda; encontrar el momento de convertirme en el Luciano Reed que iba a ser, de algun modo. Y ahora él se va, se ha ido, pero antes de sacarme de su vida, sistemáticamente, sin mezquindades ni maldad, pero de un modo efectivo y total, me dice: "...Es que no puedo. Es demasiado. Me siento sitiado. Quiero mi espacio, necesito aire. Mi aire. Mi tiempo. Tú me haces sentir cohibido, no quieres cambiar, ya-no-te-quiero." y algunas noches después, mientras bailamos una de Joe Jackson (you're all the same/you're all the same) en otra fiesta, yo contengo y disimulo lágrimas en mis ojos. Estefanía dice "...algunas veces nada en el plato es mejor que mendrugos bajo la mesa, Lux." y yo lo sé, lo entiendo. Le digo "Sí. Estoy contento, no sufro. Lo echaré de menos, eso es todo." y Estefanía dice "Pero no te quería. No te hizo feliz, Lux." y yo le digo "Pero fui feliz, de veras que sí."

Esto ya lo pasé antes, nada me garantiza que no ocurra de nuevo algún otro día. Lo dijo una vez Isabelle: "Es que el problema, es que tú quieres tenerlo todo, pero no se puede. Tienes que conformarte con lo que te toca."
Pero nadie me obliga a hacerlo. No está escrito en piedra sobre mi cabeza.

Él me mintió. Fue deliberado. No sé si mintió en todo, o solo al final. Ahora que ya no está aquí, aunque me duele, también me alivia saber que no era mi culpa, que no hice nada para herirlo. Que tan solo tuvo miedo. o asco, y entonces transfería a mis hombros un peso que no quería cargar, y que ahora estoy tirando antes de jalar la cadena.

Toda mi vida he buscado a alguien valiente, ingenioso.
Alguien que me amara por mí, por lo que soy, he sido, seré.
Él no lo era.
Pero algo. Fuimos algo.

Y ese algo, tendrá que ser mejor que el olvido.
Que la nada.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Tres años

Un blog una vez soñé...

Así es como, en lo que parece un parpadeo, este espacio en la red cumple tres años.
Ustedes saben cómo nació -- yo sostenía en aquel tiempo, una extensa correspondencia con dos amigos que vivían a muchos kilómetros de distancia de mí. La razón por la que sostenía esa correspondencia con ellos, era básicamentepara tratar de manifestarme de una manera perdurable en sus vidas. Ahora ya no lo necesito (o que ya no importa), esa correspondencia ya no existe. De hecho, no sobrevivió mucho a este blog, que surgió, en cierta forma, como una extensión de esas cartas que yo escribía en ese entonces.

En cierta forma, este blog adquirió su propia forma de vida -- en distintas formas, encarnaciones, perfiles, facetas.

Hoy se cumplen tres años de su primera aparición, que con esta, suma 678 entradas.

Siento que, muy posiblemente, este blog, así como esas doscientas cartas que le precedieron, ya no tiene tanta razón apremiante de existir. No sé si yo he cambiado, si la blogósfera ha cambiado, si es un conjunto de cosas... o si mi entorno ha exigido también otro tipo de cambio. Lo cierto es que este blog hace ya mucho tiempo que no es lo que, en lo que algunos podrían llamar su 'edad de oro', era.

Lo que quiero decir es... no sé si quiero seguir adelante con un blog que, claramente, se ha comenzado a fosilizar. A veces siento que ya no tengo a nadie para quién escribir. Como esas cartas que le dieron origen, este blog ha perdido su razón de ser. Ya no necesito decir lo que antes necesitaba decir en este foro. Ya no tengo los lectores para quienes escribía antes. Ya no tengo historias qué contarles. Además, este blog dejó de ser solo mío en algún momento: de pronto se abrió a muchísimos ojos. Hace algunos meses descubrí que estaba siendo leído por una persona que me hizo mucho daño y que se cebaba leyendo lo aquí expuesto, que fue escrito teniendo en mente a mi familia y a la gente que más quiero.

Por eso creo que, después de haber cumplido tres años, este blog va a desaparecer. No solo que lo voy a dejar: va a desaparecer. Desaparecerá cada entrada, cada juego, cada imagen. Si ya no tengo para quién escribir, no tiene caso.

Si hay quien opine diferente, me gustaría oírlo. Si no, lo más probable es que en cinco días, desaparezca el blog. A todos los que aquí he mencionado, los que han comentado, los que han leído, los recordaré con cariño.

martes, 25 de agosto de 2009

Tru, 25 años más tarde.

Considerado, lo mismo con envidia que con admiración, como un auténtico camaleón de los géneros literarios, Truman Capote era, por turnos, un hombre brillante, severamente neurótico y un escritor infinitamente versátil, cuya obra incluye verdaderos y raros diamantes como el misceláneo Música para camaleones (1980), o libros que hicieron historia como A sangre fría (1965), novela-reportaje que entrecruzó para siempre los caminos de la ficción y el periodismo.

Arrogante, precoz, petulante, narcisista irredento y narrador incomparable, Capote (1924-1984) se hizo notar desde su infancia solitaria y difícil. Su universo literario se construyó, según propia confesión, en la soledad de aquella era que retrataría en su formidable novela debut Otras voces, otros ámbitos, publicada en 1948; aunque ya desde antes había publicado en la revista Mademoiselle un inquietante relato titulado Miriam, con el que obtendría el premio O’ Henry y la crítica lo descubrió. Luego la industria editorial se pondría a sus pies y en el cine encontraría una manera de tocar las estrellas, con sus trabajos como guionista a las órdenes de John Huston o Jack Clayton y con las adaptaciones de Desayuno con diamantes (Blake Edwards la dirigió en 1961, convirtiendo a Audrey Hepburn en figura icónica) o bien A sangre fría, llevada al cine por Richard Brooks en 1967.

Ángel taimado –tal y como él mismo se describía al hablar de su infancia, en la que ya se había asumido completamente homosexual–, el futuro monstruo sagrado comenzó a escribir con el nombre de Truman Streckfuss Persons. Pero, al cambiar su madre de marido, incorporó el apellido Capote cedido por su padrastro de origen cubano: Joe Capote era un hombre generoso que buscó dar estabilidad al niño pero sin embargo Nina, que poseía belleza y engreimiento, se convirtió en una ebria majadera y a la postre suicida, que no fue buena con Truman; ella hubiera deseado un hijo musculoso y no un mariconcito (como solía llamarlo a voces delante de la gente). Su verdadero padre fue un fracasado estafador que logró sacar provecho de su hijo en cuanto éste se volvió un escritor reconocido.
Aquella crianza infernal regresaría a Truman en su lecho de muerte. Necesitaba amor, y el que le proporcionaban su pareja, sus amantes de ocasión, y sus amigas de sociedad no le bastaba.

Su carrera estuvo marcada por una parábola trágica: el éxito llegó pronto y fue excesivo, por lo que la proverbial caída fue brutal; a principios de los setenta, Capote era ya víctima del descontento general que acabaría con su vida en pocos años: el alcohol y la droga, la insatisfacción y el bloqueo le impedían volver a ser aquel joven que aprendió cuanto pudo de su primer amante, el académico Newton Arvin, y que sacaba partido de la infantil belleza de su flequillo rubio, visto en sus primeras fotos publicitarias. En sus mejores tiempos, Tru era burbujeante, ingenioso y mordaz y fue adoptado como mascota por la beautiful people, damas de sociedad de lo más chic a las que bautizó como sus ‘cisnes’; y a las que luego destriparía públicamente en su cruel relato La Côte Basque 1965, un fragmento explosivo de su inconclusa mágnum opus póstuma Plegarias atendidas.
Su pareja más perdurable fue Jack Dunphy, un solitario escritor que había estado casado anteriormente con una mujer y a quien no le importaba, aparentemente, que Capote fluctuase entre pasar tiempo con él y la gran vida. En los años 60, en casa de Cecil Beaton, en Londres, conoció a la Reina Madre, quien, según todas las referencias, quedó “encantada” con él, mientras que su afecto más intenso estaba reservado a Barbara Babe Cushing, también conocida como Mrs. William S. Paley, que fue su mecenas, su amiga y su confidente, hasta que la traicionó.

Ahora bien, que el exceso de caviar y de champagne no estropearan su forma de escribir es algo que habla en su favor, su dedicación era de una seriedad casi flaubertiana. La necesidad de producir una obra de trascendencia lo llevaría, en noviembre de 1959, a investigar el asesinato en masa de una familia en Kansas y a producir, en el llamado “nuevo periodismo” el volumen In cold blood (A sangre fría), un curioso híbrido al que se consideró una obra maestra innovadora. En 1966, con el pretexto de honrar a Katharine Graham, la dueña del Washington Post, Tru fue el anfitrión de un legendario baile blanco y negro, considerada la fiesta más sonada de la década en el hotel Plaza de Nueva York.

El Capote rey de la alta sociedad comenzó a eclipsar al escritor. Soñaba con romper su bloqueo con el éxito dudoso que le proporcionaría escribir algo tan grande como la suprema novela de Proust. Así, su En busca del tiempo perdido se iba a llamar Answered prayers, del cual publicó un avance en la revista Esquire en 1975. Al hacerlo provocó un escándalo, así como un espectáculo pirotécnico de indignación, horror, vilipendio y, finalmente, ostracismo. El suicidio social sería el primer paso hacia su muy acariciada autodestrucción. La desastrosa última fase de su carrera estuvo plagada no sólo de resentimientos, sino de estúpidos actos de venganza: tipos contratados para darle una paliza en la calle, insultos y humillaciones... entraba y salía del hospital. Iba allí, lo secaban bien y, apenas unas horas después, volvía a estar ahogado en vodka. Haciendo esfuerzos sobrehumanos por recobrar su talento perdido, acabó un deslumbrante volumen de historias y bocetos llamado Music for Chameleons (Música para camaleones), sin embargo, su decadencia fue horripilante: se orinaba en el suelo, yacía borracho en rincones del Studio 54; sus grandes amigos del jet set lo habían abandonado y algunos lo trataban más con piedad que con respeto. Deseaba la muerte y creía que las semillas de su deseo se habían sembrado durante su desgraciada infancia. Quizá tenía razón.

Al morir, como huésped en casa de su leal amiga Joanne Carson, en Palm Beach, Florida, el 25 de agosto de 1984 –a menos de un mes de cumplir 60 años–, Truman había llevado una vida fascinante aunque sobrecogedora, y una de las grandes verdades que dejó su paso por este mundo es que, a pesar de concentrarse intensamente en autodestruirse, sin Truman Capote la literatura contemporánea sería mucho más pobre y aburrida de lo que fue y eso, es la plegaria mejor atendida de todas, si bien él no pudo ver el redescubrimiento que tendría.

sábado, 22 de agosto de 2009

La reina se lamenta

Lamento de Dido from Raúl Acosta on Vimeo.


Eneas se va, para cumplir su destino, donde Dido sólo puede verlo partir. Es su alfa y omega. El deseo irrefrenable de consumirte en las llamas que iluminarán su nave para que no vea tus lágrimas brillar.


La música es el aria 'Cuando yazca en la tierra', también conocida como 'El Lamento de Dido', de Dido and Æneas, Opera de Henry Purcell (1689).

La animación es un trabajo original de Raúl Acosta y pueden ver más de su trabajo haciendo clic aquí.

domingo, 16 de agosto de 2009

Tengo miedo del invierno

Tengo miedo de un invierno como el anterior que me hizo trizas me arrancó la piel me dejó dolores que persisten a manera de regalo del que no me puedo (aún) deshacer y me han dicho estas en otra tesitura me reconvienen toma tus previsiones y yo asiento y digo que no temo al invierno todo el tiempo (no) pero lo mismo no le temía antes y lo que temo es que llegue como el anterior y la noche no caiga si no que se desplome encima de mi dure bajo el peso de la oscuridad durante meses y no me di cuenta hasta que ya se habia levantado pero mientras tanto mi vida era un desastre me ha costado trabajo levantarme y no quiero que vuelvan los dias negros pero no es algo que este en mí evitar y por eso tengo miedo tengo miedo del invierno.

viernes, 14 de agosto de 2009

Metáfora


[Ella] era tan desasosegantemente inocua, como una pastilla de jabón fabricada en Auschwitz.

martes, 11 de agosto de 2009

Mi piel recuerda

Mi peor enemigo es mi memoria.

Esa es la verdad.

Algunas veces, quisiera ser amnésico. Despertar sin pasado -- ni reciente, ni lejano-, ser hoja en blanco. Sin línea en el horizonte. Olvidar cosas. Momentos. Cosas que he visto. Momentos que he presenciado. Cosas que sé, que no debería saber. Habitaciones a las que entré cuando no debía, cosas que no dije o que no debía haber dicho.

Y hago un esfuerzo -- es un esfuerzo que requiere todo mi ser, mi concentración, mis ganas de vivir, inclusive- por olvidarme de todo esto, que ya dejé atrás antes, en otras horas, en otras madrugadas, en otras calles, algunas en otras ciudades y hasta en otros países. Y lo consigo. Me olvido, conscientemente, me olvido. Y sigo con mi vida, con lo que tengo que es mío.

Pero mi memoria me tiende trampas. Es voraz. Me paraliza de pronto en los momentos menos imaginados, cuando me miro al espejo en la mañana, cuando veo la puesta del sol, cuando camino por ahí, cuando leo algo, cuando escucho una canción. Y es como un túnel que se cierra en torno a mi corazón, a mi mente, a mi cuerpo. No puedo respirar. Se me atora un nudo en la garganta y tengo muchas ganas de llorar. Y no sé por qué. No sé por qué.

Y luego, el recuerdo, como viene, eventualmente se marcha y aunque no recuerdo todo el tiempo, y el olvido me alivia y vuelvo a mi vida normal (o lo que pasa por mi vida normal), algo permanece. Aunque yo no quiero. Permanece oculto, invisible, incluso -- como dije antes- lo olvido.

Pero no importa que yo me olvido. Los lugares, el tiempo, mi piel, recuerdan.

A veces quisiera ser amnésico. Olvidarlo todo. Por completo.



La ilustración es La Memoria, por René Magritte.

viernes, 31 de julio de 2009

Retrato de una dama confesa

Tal vez ustedes recordarán a mi amiga Magdalena, protagonista de una anécdota que conté en este mismo blog hace algunos años, y que pueden leer haciendo clic aquí.

Pues bien, ahora mi amiga Magdalena me escribe para contarme, llena de alborozo, que su amiga Violeta Verdú (que no se llama realmente Violeta, ni se apellida Verdú, pero eso se los explico más adelante) se estrena como autora publicada por el prestigiado sello Vergara, con un libro que promete ser de los más leídos este verano (y algunos otros): Confesiones de una dama malportada.

Contrario a lo que se pueda pensar, el libro no es un manual de autoayuda y superación personal (siempre he pensado que si tuviera un mínimo de sentido común, escribría uno y me forraría de billetes) sino que se trata de lo que en el mundo de las publicaciones estadounidenses, se llama un memoir: un relato sobre cómo, después que su matrimonio se fue al carajo, ella se las ingenió para sacar la cabeza a flote y ser una mujer completamente fiel a sí misma.

Por lo que sé, el libro originalmente, iba a ser una compilación de columnas de Violeta (que se publican en el mismo diario donde yo publico la mía, ¡qué coincidencia!), pero luego resultó ser que se trataba de un manuscrito original, en el que, sin tapujos y sin pudor alguno, Violeta cuenta con detalle cómo volvió a la 'circulación', los hombres que conoció, las relaciones que tuvo, no sólo con ellos, sino también con sus amigos (más específicamente con sus amigas, algunas de las cuales tuvieron dificultades para ajustar su transición del valle de las señoras casadas al de las solteras-y-disponibles) y con su familia.

El libro es muy ágil, es sumamente inteligente, es divertido y sobre todo, con sustancia: se trata de algo mucho más trascendente que lo habitual: no se doblega a las necesidades de una cultura pop obsesionada con la basura: busca la manera de hacer un honesto ajuste de cuentas entre ambas partes -- la sociedad y su sexualidad. Lo hace con frescura, con inteligencia y hasta con ternura. Definitivamente vale mucho más la pena adentrarse en estas aventuras y desventuras, que en manualillos hipócritas y gazmoños. Violeta no tiene pelos en la lengua y eso, en esta era de rancia corrección política y otros mamoneos en nombre de la 'buena conciencia' se agradece.

Felicito a Violeta (que en un tiempo se firmó Violetta, siendo -- como era- fan de la mediocre novelita 'Demonio Guardián' de Xavier Velazco, hasta que éste en un arrebato pendejo le exigió que se cambiara de nombre o la acusaría de plagio [¡Háganme el favor! Xavier, te tenía en otro concepto pero ahora veo con desencanto que eres solo un mamonazo. ¡Debería darte vergüenza, animal!]) por su debut en la esfera de los libros. Será un camino sinuoso, pero con su encanto en la pluma y los tacones adecuados, el andar le será ligero.

martes, 30 de junio de 2009

Master Class

I

Para mi gran privilegio, desde hace algunos años, los que tengo dedicándome a este oficio, he conocido a muchos escritores. Algunos son mis amigos. Algunos son mis amigos muy queridos. A otros, los admiras desde lejos; ya sea por que no están en la misma órbita que uno, o en el mismo plano de realidad. De muchos aprendes, y de uno de los que más he aprendido (aún si él sería incapaz de decir que pretendiera tal cosa) es de José Emilio Pacheco. Y no sólo he aprendido como oficial de la letra: he aprendido de su persona, lecciones aún más entrañables y valiosas.

Alberto Chimal (quien, posblemente, en algún futuro será aclamado como el José Emilio de nuestra generación, que conste, pero no se trata de comparar) nos revela en su blog Las Historias, cuál fue su primer José Emilio. El mío es distinto: el mío fue a través de un cuento que hoy todavía me sigue causando ansiedad -- Tenga para que se entretenga (incluido dentro de El principio del placer, serie del volador de Mortiz, 1972).

Leído en mi adolescencia, José Emilio fue como una iluminación. Estos son los temas que quiero tocar, me dije, esto es lo que quiero escribir un día. Pero mis maestros (Dios los guarde. Literalmente, que los guarde) decían que escribir relatos de fantasmas y elementos sobrenaturales o inexplicables, no era literatura (supongo que, para la buena Ifigenia, mi diminuta -- en todos los sentidos, cabía en un bolsillo- maestra de literatura en la secundaria, entonces libritos como Pedro Páramo, Aura, Cambio de Piel, Sobre héroes y tumbas, La Invención de Morel, La Región Más Transparente, Morirás Lejos, La muchacha en el balcón o los mismísimos Cien años de soledad, tampoco lo son).

Leyendo a José Emilio -- desde los perturbadores relatos-viñeta de El Viento Distante, pasando por Las batallas en el desierto y la ya mencionada El principio...- descubrí que sí se puede tocar todo tema que se desee, y hacerlo verosímil (escalofriante o conmovedoramente según se quiera) y darle textura de vida a cada trama, cada personaje, cada atmósfera.

Hablaba Alberto de que hay muchos José Emilios: el narrador, el enormísimo poeta, el cronista, el ensayista, el crítico de su tiempo, el maestro generoso con las generaciones siguientes. Todos y cada uno, parte de una misma persona, de un mismo creador. Yo, a título muy personal y, si se quiere, por razones sentimentales, me quedo con el narrador (del que hay ¡ay! tan poco) y ha sido de él que me he nutrido, aún antes de haberle podido agradecer en persona, alguna vez, su generosidad desconocida.

II

José Emilio llegó a Gijón el verano pasado, para ser partícipe en Semana Negra de la velada poética instituida por Ángel González y para ser lector en el homenaje póstumo que se le hizo a éste. Legó sin aspavientos de ninguna índole. Se integró con el contingente como si hubiera pertenecido a él toda la vida. Hizo amigos, habló con todo el mundo, fue accesible y humilde -- considerando su estatus, esto es algo sorprendente hoy día, que cualquiera se ostenta escritor y hace desplantes sin un canon que lo justifique.

La noche de su llegada, lo encontré en la terraza del Don Manuel, quería un vodka tonic. Lo saludé con la formalidad que supuse requería el momento y antes que pudiera decirle que lo había conocido brevemente unos quince años atrás, en la universidad (su hija Laura Emilia fue mi compañera en la Facultad de Filosofía y Letras, y es una de las traductoras más brillantes que conozco, entre sus muchos talentos), me dijo que él me leía en mis incursiones periodísticas.

Me dio un vuelco no el corazón, sino todo el sistema circulatorio.

José Emilio dio una clase magistral de eso mismo, de clase y sencillez, durante toda su estancia (tan breve) y nos abrigó el corazón a muchos (mi compadre Miguel Barrero no me dejará mentir), con generosidad, con ternura. Si ya admiraba su lectura, quedé impresionado (y muy honrado).

Hoy, José Emilio cumple 70 años y se le rinde homenaje nacional. En Bellas Artes habrá una lectura maratónica de Las Batallas y me invitaron a participar. Me emociona y me sorprende la coincidencia. Acepté y acudiré a la cita con la alegría de darle un poquito de vuelta, de lo que nos ha dado a todos tantas veces, con cada línea, cada oración.

Mañana es mi vuelta a casa, así que no se me ocurre mejor manera de despedirme de esta ciudad que ésta, dándole un fuerte abrazo a quien nos abrazó con su obra, a toda una generación.

viernes, 26 de junio de 2009

Réquiem por una rubia texana y un guante enjoyado


Ayer, una generación entera – la mía, los que crecimos entre los años 70 y 80- fue sacudida por algo que quizás algunos consideran frívolo (sé que Hugo Chávez hizo berrinche ante los medios), que no por ello deja de señalar el fin de una era: las muertes, una tristemente esperada y la otra desconcertantemente súbita, de Farrah Fawcett y Michael Jackson, cada uno a su manera, auténticas figuras icónicas de la cultura popular (no sólo del espectáculo) que en su momento (e incluso ahora pese a su desaparición) encarnaron de modo concreto y global la noción de la celebridad mediática, radiante de carisma, que se las ingenió para dejar huella en la memoria colectiva.


Una rubia, un sarape y todo lo demás…

Aunque ya había debutado en cine en 1970 como rubilinda virgen de Hollywood en la joya del camp --¡basada en una novela de Gore Vidal!- Myra Breckinridge, la texana que nació llamándose Ferrah Leni Fawcett (su primer manager le cambió una vocal para que fuera más armónico) realmente alcanzó la fama hasta los 28 años, en 1976, cuando se incorporó al reparto de la serie de culto Los Ángeles de Charlie, junto con Jaclyn Smith y Kate Jackson. Como la sexy Jill Munroe, la Fawcett llegó, acompañada por los acordes del memorable tema compuesto por Henry Mancini, a millones de espectadores alrededor del mundo; así pasó de ser atractivo visual de relleno (y esposa de Lee Majors, entonces de moda como El Hombre Nuclear) a convertirse en genuina superstar.


Algo de culpa de esta repentina popularidad tendría aquella famosa foto publicada en la revista Life ese mismo año, que la mostraba luciendo su sonrisa deslumbrante y melena dorada con peinado característico (definió toda una época: millones de mujeres se peinaron igual por años) en todo su esplendor, con un traje de baño rojo en el que se ve claramente la ausencia de sostén, mas un colorido sarape de Saltillo a modo de ciclorama. La imagen no sólo fue el poster más vendido de la historia (¿cuántos no lo tuvieron en la pared de su habitación en la adolescencia setentera?): es la imagen primera de la fantasía sexual de millones en los cinco continentes en ese tiempo.


Inquieta y deseosa de trascender a su programa semanal, abandonó la serie en 1978 para incursionar en el cine, con poco éxito (¿recuerdan Alguien mató a su marido o Saturno 3? Ella trató de olvidarlas); sin embargo se mantuvo vigente no sólo gracias a su vida amorosa (flor de escándalo al abandonar a su marido para ser compañera durante muchos y borrascosos años, de Ryan O’Neal, con quien procreó a su único hijo, Redmond, hoy día un joven de vida difícil) sino también por el insólito segundo aire que tuvo su carrera cuando muchos ya la veían en la lona, al acercarse al teatro Off-Broadway y proyectos de prestigio en la pantalla chica como La cama ardiente – donde interpretaba con brutal realismo a una mujer golpeada que literalmente quema a su marido- y algunas miniseries biográficas basadas en las vidas de figuras como Barbara Hutton (heredera de la fortuna Woolworth), la fotógrafa Margaret Bourke-White y la cazadora de criminales Nazis Beate Klarsfeld, mismas que le valieron nominaciones a premios Emmy y Globos de Oro. Su última participación de importancia en cine fue en El Evangelista, protagonizada y dirigida por Robert Duvall, por la que recibió los elogios de la crítica que durante décadas la habían eludido.


Desde que se le diagnosticó el cáncer colorectal que finalmente acabaría con su vida, en 2006, la Fawcett se avocó a hacer campaña para prevenir el mal y habló públicamente al respecto en distintos foros: su imagen de símbolo sexual pasó a segundo plano y se le reconoció como una mujer valerosa. Irónicamente, O’Neal le propuso (por enésima vez) matrimonio poco antes de su muerte y en esta ocasión, aceptó, aunque ya no tuvo tiempo para hacerlo. Aún sin proponérselo Farrah Fawcett se convirtió en la imagen de los 70 para todos los que los recuerdan – más aún que Richard Nixon, Bruce Lee o el mismísimo John Travolta- y su muerte, dolorosa y triste como fue, anuncia el final de un sueño, aunque se hubiera visto (injustamente) opacada ante los medios por la desaparición de otro personaje que quizá nos impacta más por su inmediatez en la referencia: Michael Jackson, apodado de modo general como ‘el rey del pop’.

Fuera de este mundo

¿Qué se podría escribir sobre Michael Jackson, que no se haya aludido, desglosado y/o examinado antes hasta el cansancio? Los rumores, las especulaciones, las verdades a medias y las mentiras descaradas: todo tal y como a él le gustaba, para establecer su propia imagen cada vez más distorsionada, ajena de la realidad y al mismo tiempo – al menos para sus fans, que se cuentan por millones- ostensiblemente mitológica. Y es que el propio Michael Jackson, el ‘baby’ de los Jackson 5 fue el arquitecto de su propia leyenda y su desconcertante conclusión, si la hubiera previsto, no le habría salido tan, pero tan bien: sale del ojo público del mundo como entró en él, de golpe, con un impacto notable y sin que nadie pueda detenerlo.


Habrá quienes lo vean con menosprecio o como un auténtico superfreak, a estas alturas del partido, pero no sería justo olvidar que si bien ya no era ese chicuelo con afro (y su nariz natural) que le cantaba a Ben la rata asesina, no sin ternura, y que enseñó al mundo que ABC es tan fácil como One-Two-Three, ni tampoco era ya ese joven y vibrante ídolo de las masas ochentenas que caracterizado de zombi (casi todo mundo tuvo su LP de Thriller, ¿a poco no?) ejecutaba espectaculares rutinas de baile con un guante enjoyado, se había ganado a pulso su lugar en el mundo como un grande.


¿Era un excéntrico inconsciente e irresponsable? Posiblemente. ¿Racista avergonzado de su piel? Obviamente eso parece. ¿Cínico pederasta impune? Muchos millones, piensan eso, yo entre ellos. ¿Tópico sobreexpuesto? Lo más probable. Sin embargo, más allá de los tribunales, las alharacas, hermanos parasíticos y envidiosos, los benevolentes ojos violeta de la Taylor, la boda y divorcio precipitados con Lisa-Marie Presley, el deprimido chimpancé Bubbles y los millones de dólares desperdiciados en vaya usted a saber qué cosa, el ‘Jacko’ llegó para quedarse y su deceso, de un ataque cardiaco fulminante, a tan poco de ese muy cacareado comeback, es el broche de oro ideal para que se le devuelva al trono que había visto lejano: ahora ya no habrá cosas feas que salpiquen con inmundicia y maledicencia (o al menos esto es lo que sus fans esperan, comparándolo ya como un fenómeno de la estatura de Elvis o del malogrado John Lennon) su prestigio obtenido a base de trabajo incansable y un talento natural que nadie le regatea: a los 50 años de edad, el Jackson más famoso se convierte en mito y si la gente habla, que así sea. Es exactamente lo que él, blanco o negro, máscara o niño del espacio atrapado en un mundo ajeno, habría anticipado… e incluso, tal vez gozado a más no poder.


Toda prensa es al final buena prensa, y más cuando puede decirse ‘Yo soy leyenda’ sin faltar a la verdad.

martes, 9 de junio de 2009

Habanera de mi cumpleaños 35

Hoy cumplo 35 años.

Pensaba que, al cumplirlos (y claro, esto lo pensaba antes, como a los 17), me sentiría como dice Evelyn Waugh (en boca de Sebastian, uno de sus personajes) en ese portento de librazo que se llama Brideshead Revisited: "Oh, I don't feel old. I feel middle-aged, which is infinitely worse!"...

... pero no es así.

Cuando cumplí treinta, sentí que iba subiendo una montaña, que era muy dura e inclinada. Ahora, me doy cuenta de que no he llegado ni a la mitad, pero no siento ningún tipo de cansancio. Al contrario: creo que el camino, aún con sus tramos sinuosos, se ha vuelto más claro, menos escarpado -- aunque me falta mucho por llegar.

Así, pues, son 35. Y tengo mucho para mostrar con ello: cicatrices como medallas, un sinfín de anécdotas, amigos entrañables que componen una familia ecléctica, dispersa, pero extraordinaria y sobre todo: mía. Y también tengo, naturalmente, una familia (en mis brazos, pueden ver al integrante más joven de ella, una de las personitas más importantes para mí).

Este año, lo empiezo en otra parte, acaso un poco 'unstuck' en el tiempo: no estoy en lo que es mi 'normalidad' -- pero no puedo permitir que me afecte; si estoy en la situación en que me hallo ahora, es precisamente por una razón importante, una lucha que rendirá frutos a la larga, en la siguiente etapa de mi vida. También estoy cerrando círculos: veinte años o más de círculos, que son páginas que se van cerrando. Mi memoria seguirá intacta, pero ya no voy a vivir más con rencores acendrados, con resentimientos guardados y supurantes. Para poder amar a los que me rodean, tengo que empezar por ello: así pues, el domingo hice algo que me sorprendió por su simpleza -- pedí perdón y perdoné.

Es una manera, supongo, de encontrar la paz, el sosiego y la felicidad. Tal vez así pueda vivir y sentir el amor (quiero ser amado, voy a ser amado, de hecho soy profundamente amado y eso me hace muy dichoso, y he sido ingrato, rechazando ese cariño que me rodea, que me cubre, por la estúpida y errónea idea de que no me lo merezco. Algo habré hecho bien, que hay gente que me quiere y a la que quiero y eso es lo que me nutre, me alienta, me alimenta).

No voy a seguir en mi camino a donde sea (mi vuelta a Finisterre, mi entrada a la segunda parte de mi vida) cargando cosas que no quiero seguir cargando: ir sin inseguridad, sin sinsabores (ya sea reales o imaginados), sin miedos absurdos (salvo a los robots, a las gallinas y a las aves mecánicas, claro), sin lastres innecesarios.

Gracias, gracias, por todo, a todos. Esta vida es mucha vida y es más vida cuando se comparte lo que hay.

Así, llego a la mitad de los treintas con mis libros bajo el brazo, con la alegría de poder decir que soy escritor, con mi tribu cercana y amorosa, con Audrey -- mi chaparrita, cuya falta me tiene hecho una desgracia, pero ya será menos, espero pronto-, con tantas risas, tantas cosas buenas.

Son treinta y cinco. Y me siento tan bien, como a los cinco, a los quince, veinte, veinticinco, treinta y como, espero, al último día: como en el primero: feliz, feliz.


viernes, 5 de junio de 2009

Como en trapecio

Algunas veces, la vida es como saltar en trapecio, de un sitio a otro: de una idea a otra, en la perpetuación de la búsqueda de un significado, de la realización de un sueño.

Y saltas,
y saltas,
una y otra vez

Pero algunas veces también es bueno soltar el trapecio y dejarte atrapar por la red de amor (el amor verdadero) que está en torno tuyo, para protegerte.

Es un regalo y no es terrible aprender a aceptarlo. Abrazar (y dejarte abrazar). Aceptar y querer, a ti mismo y a los demás, tal como son.

Entonces todo es revelado.

jueves, 4 de junio de 2009

¡En las nubes!


Como ya se ha ido haciendo costumbre (y una muy buena costumbre), el verano trae la más reciente película de Pixar y la anticipación que la precede, no es en vano: el estudio de animación año con año ha presentado un largometraje de muy alta calidad que deja a todos los públicos – los niños muy pequeños, que se maravillan con la animación por computadora y los adultos, que disfrutan de los guiones, que son más sofisticados de lo habitual- con la sensación de haber presenciado algo extraordinario y siempre con ganas de más.

Así, llega Up: Una aventura de altura, que desafía los temas tocados por el estudio anteriormente y explora nuevos terrenos tanto narrativos como visuales: una serie de escenas y momentos memorables, con personajes entrañables.

Uno de los momentos clave de la cinta, es justo al inicio: un breve interludio musical (apenas de cinco minutos), que narra la tierna historia de amor entre Carl Fredricksen, el protagonista, y Ellie, su mujer, desde que se conocen en la niñez cuando sueñan con ser exploradores, hasta que llegan a la vejez. Esta viñeta sin diálogos resulta ser – ecos del cortejo entre Eva y Wall-E- una auténtica lección de cómo hacer cine, en la que cada gesto, cada movimiento y cada color juegan un papel determinado yendo plano por plano, como si fuera una película en sí misma, hermosa, conmovedora e independiente.

Por lo demás, haciendo clara referencia y homenaje a la obra de Julio Verne, René Magritte, Charles Chaplin y Hayao Miyazaki, Pete Docter (que ya se había anotado un jonrón con Monsters, Inc.) presenta una película de animación que no utiliza los efectos por computadora como razón de existir, sino como un elemento más de su puesta en escena. De este modo, cuenta la historia de un anciano solitario y un entusiasta y despistado boy scout que viajan hasta Sudamérica en una casa colgada de centenares de globos de colores (una imagen icónica que queda para la posteridad, tanto como antes quedaron Holly/Audrey desayunando ante el aparador de Tiffany's; la explosión de la estrella de la muerte o la sorprendente risa de la Garbo en Ninotchka) es prueba de la prodigiosa imaginación de los creadores, que parecen haber encontrado el delicado balance entre vanguardia y comercialidad, entre sensibilidad única y para todos los públicos.

Up es una aventura, como la promoción lo dice, pero es mucho más que eso: es una historia inteligente, humana y con corazón. Pixar sigue navegando fuerte, dejando a sus competidores desesperados, dependientes de secuelas (agárrense, ya viene Shrek 4…) y de puntadas que no siempre salen bien, donde una cinta con este sello es garantía de originalidad, detalle, astucia y deleite, que devuelve siempre la fe en el cine, y no sólo en la categoría de animación. Nadie se la debería de perder y, para iniciar a los pequeños en el amor al cine (cosa que pienso hacer mañana con mi sobrino Rafael), es ideal.

miércoles, 3 de junio de 2009

Retrato del lector pre-adolescente


El otro día caí en cuenta, al decirle a un amigo a qué edad aprendí a leer, de que que llevo tres cuartas partes de mi vida leyendo, asomándome a otros mundos, a otras voces y (como dijera Capote) otros ámbitos.


Ahora al borde de los 35, que ya tengo una novela publicada – mas no la primera escrita, claro- vuelvo la vista hacia los autores y obras que a su vez me formaron, devorados algunas veces a escondidas, preguntándome ahora que los revisito, como quien se inclina para llegar de vuelta hacia la Meca, en qué forma pudieron tocarme esos libros y esos personajes, para crear unos míos propios, que ahora quizá se atreverán a intentar hacer lo mismo por alguien más.


Aprendí a leer, ya se los conté alguna vez, cortesía de mi abuelo Miguel, que seguramente no tenía cosa mejor qué hacer: en sus rodillas veía las carteleras de cine en el periódico, y juntábamos las letras. Esto se tradujo en desenfrenado deseo por ver películas y en que el engorrito tuviera desde entonces un vocabulario estrafalario que quería usar para contar cosas, todo adquirido de esos anuncios (lo primero que leí de corrido, cuentan, fue “Próximo estreno”, tendría unos cuatro años) y luego de libros, que se convirtieron en obsesión.


Debo confesar desde ahora que muchos de los considerados “clásicos” en el canon de la literatura infantil/juvenil, me pasaron sin pena ni gloria; sería tal vez el efecto de crecer rodeado de adultos: Sandokan, Allan Quartermain, amén de todo el ouvre de Julio Verne se me antojaban tediosos, todavía no sé porqué, igual que Oliver Twist, de Dickens, el cual me provoca ambivalencia, donde, ya como a los trece, gocé mucho con Grandes Esperanzas y el contrariado querer de Pip por Estella.


Había en el enorme librero de la casa en que crecí, una selección de novelas de distintas épocas y autores, casi todos anglosajones, esto en mayor o menor medida, por la educación de mi abuelo. Así, era común ver a los otros chicos de la cuadra correr detrás de un balón, mientras yo, sin moverme veía el mismo árbol donde Heathcliff iba a golpearse repetidas veces la cabeza y gritaba “¡Cathy! ¡Cathy!”, en el páramo descrito por Emily Brönte en Cumbres Borrascosas o viajaba en una carroza tirada por caballos por el camino escarpado que llevaba al castillo del Conde Drácula, según Bram Stoker – ese libro fue el primero que leí de manera clandestina, a los siete años; cuando mi madre me pescó, a causa de una pesadilla por leer de noche bajo una sábana, tuvo uno de varios disgustos mayúsculos.


Antes de eso, en mis primeros pasos de lector conocí fabulosos animales antropomorfos como Pooh y Babar, así como a un trío de extrañas niñitas, euménides de la bibliografía pequeña: Dorotea (no Dorothy, que no es otra más que Judy Garland), Alicia y Mafalda.


A las tres debo algo; a las dos primeras, sicarios involuntarios en mundos de los que son rehenes, un profundo amor por los sueños y sus texturas; a la hija magnífica de Quino, también debo el descubrir a los seis años preguntas tomadas textualmente de su boca para dejar adultos anonadados al repetirlas, incluyendo la clásica incitadora al consumo de Nervo-Calm: “¿Qué es el erotismo?”


Para creciente desazón de mi familia, yo desdeñaba siempre que era posible, las sanas y alegres actividades que por-tu-bien se endosaban a mi crecimiento (incluyendo años de suplicio en un grupo scout, arruinándome a Kipling para siempre y sin remedio), para meter la nariz en un libro.


El que un estúpido presunto psicólogo escolar sugiriera apartarme definitivamente de la lectura, resultó en pérdida de muchos volúmenes que nunca volví a ver, y curiosamente, en una rebeldía silenciosa enfocada ahora en leer como adulto, temas de adulto: Agatha Christie y Jane Austen, dos propias damas británicas, fueron mis guías: Muerte en el Nilo fue mi primera novela para adultos, que me pareció “exótica y violenta” (y lo es) y Hercule Poirot por años fue una especie de viejo amigo y gran héroe, mientras que Orgullo y Prejuicio me dio las primeras muestras de la comedia humana: Mr. Darcy y Elizabeth Bennet aún ocupan un lugar en mi corazón.


Sin embargo, la primera novela que me hizo sentir que yo podía contar una historia, cualquier historia, y hacerla creíble mediante palabras, fue El Bebé de Rosemary, de Ira Levin, descubierta a los nueve años en una de las repisas altas de aquél librero: la portada era un misterio magnífico para una criatura de mi edad; el perfil de una joven embarazada, con los ojos del demonio sobrepuestos (si un día reencuentro esa portada la pondré aquí para que la puedan ver).


Esto y la dificultad de mamá para explicarme la trama (“este... la entenderás cuando seas grande…”) la hicieron más que atractiva, algo que se multiplicó ante la prohibición de leerla. Así, metido en un clóset (literal y metafóricamente), hice mi peregrinar al Manhattan de 1966, al apartamento 7-E de la casa Bramford con la joven e inocente Rosemary Woodhouse, acompañándola durante su peregrinar de nueve meses que la lleva de ama de casa sensacional y vivaz, a perpleja madre de un engendro infernal.


Con esa lectura descubrí el ruido de la ciudad y la vida cotidiana entretejiéndose de manera magistral en una trama tan gótica.


Yo quería hacer algo así.


Volví a este escenario un par de años después, cuando ya me había decidido a ser escritor para vivir de ello (aún ante el enfado de mi padre, que juraba moriría de hambre por semejante idea). Releí el libro y en un cuaderno redacté un intento de novela de fantasmas inspirándome en el mismo tono de Levin: lenguaje y diálogos inmediatos, personajes simples, fáciles de identificar y oculto en alguna parte, algo siniestro que trastocara al personaje: aún hoy para mí esa es la clave de una novela, no importa género o confección; siempre, inevitablemente, el personaje debe cambiar de la primera página a la última: durante el tiempo que dure la historia algo debe ocurrir ya sea por su deseo o no, para bien o mal, morir o vivir.


Hoy de esa novelita escrita a mano, no queda más que el recuerdo del título (Almas perdidas) y descubrir que puedes hacerlo.


Fue así que comencé a leer otros autores: Margaret Millar, escritora canadiense de novelas de suspenso, cuya forma y estilo aún me parecen sublimes; Henry James con sus gloriosas y macabras novelas sobre exiliados americanos perdidos en Europa – Isabel Archer, la protagonista de Retrato de una dama fue un primer gran amor-; las desventuras del chilango Héctor Belascoarán Shayne: Días de combate lo leí a los doce, durante una convalescencia y confirmó que toda novela puede ser contada cuando aparece el escritor que la sepa narrar; en la prepa leí La Princesa del Palacio de Hierro de Gustavo Sainz (el primer libro que me hizo reír convulsivamente al leerlo) y la portentosa colección de Fuentes Cantar de Ciegos – con su memorable Las Dos Elenas y esa joyita llamada Un Alma Pura, que es uno de los mejores cuentos de horror sutil jamás escritos-.


A los diez años leí a Cortázar, verbi gratia el cariño tan grande a Glenda y como alumno en un bachillerato de artes – fui prófugo de escuela ultraconservadora y católica de la extrema derecha de donde casi me corren por Anna Karenina-, me fue casi obligatorio leer Rayuela y entrar en su juego.


En esos años, descubrí los talleres literarios y ahí aprendí las mecánicas del oficio y encontré más lecturas, como El guardián en el centeno, de J.D. Salinger – nunca una crisis nerviosa había sido tan bellamente expuesta, con un personaje como Holden Caulfield reemplazando a mis héroes infantiles-, la decadente Menos que cero de Bret Easton Ellis – cuya fabulosa sang froid vino a influir mi estilo por años como mantra-, la maravillosa narrativa en claroscuros de Joyce Carol Oates o la descarnada poesía confesional de Sylvia Plath y Anne Sexton (ya le he hablado de ellas); todos mecanismos inspiradores en las ciernes del escritor y su pálida, temblorosa juventud.


Mi compadre Alejandro me dijo una vez “uno vive tantas vidas como novelas lea.”


Ahora que me dedico a esto, a narrar, me pregunto si alguien vivirá una vida cuando lea algo escrito por mí. También me pregunto si esto que hago, en alguna forma, de devolver el favor a toda la que gente que, mediante sus novelas, me hizo vivir otras vidas.


Aún si sólo fue transitoriamente.

martes, 2 de junio de 2009

Rosalía. (1917-2009)

Con Rosalía en diciembre de 2006

Rosalía.
Chalía
Rosie
Mom.

Todos esos mismos nombres para una tía.
Murió esta mañana, y con ella se cierra un capítulo generacional en mi árbol genealógico. Era la última hermana que quedaba de mi abuelo, y era una tía-abuela que me quiso mucho y era bien correspondida.

Diminuta, alegre, vivaz aún cuando el futuro la alcanzó, era una mujer estupenda, déjenme decirles: era tierna y optimista, aún pese a la adversidad -- y en ese aspecto, le tocó más de lo que a cualquiera debería y sin embargo, no se amargó nunca por ello-. Era ocurrente y tenía sentido del humor, feliz de reírse, hasta de sí misma (What's that, honey? Es que estoy un poquito sorda, oye...).

Fue una madre y abuela excelente -- y una hermana amorosa y solidaria. Fue protagonista de su propia vida hasta el último minuto y la vivió con valentía, donde otras personas quizá se hubieran desesperado y no se quebró nunca.

Somos muchos los que la recordaremos, a ella y a esa rama de mi árbol, que hoy se extingue, pero bajo cuya sombra cariñosa, crecí cuando me hizo falta.

En cariñoso recuerdo de

Sofía
'Sofi'
(1908-1972)

Miguel
'Mike'
(1910-1981)

Alfonso
(1911-1996)

Elisa
'Licha'
(1912-1982)

Venustiano
'Venus'
(1914-1975)

Valentina
'Valen' 'Gordita'
(1915-1994)

Rosalía
'Chalía' 'Rosie'
(1917-2009)

Alberto
'Beto'
(1920-1992)

Enrique
(1922-2005)

Gabriela
'Gabi'
(1924-1988)

lunes, 1 de junio de 2009

Página abierta


Hacía mucho que no escribía por aquí.

Eso no quiere decir que no estuviera activo en la red -- aunque ojo, me resisto a aceptar eso de que Facebook killed the Blogging Star, que conste-. Es sólo que por un tiempo, me resistí a volver a este espacio, no tanto por mí, si no por quien me lee. Por ustedes.

Me explico.

La última entrada, que ustedes pueden ver aquí abajo, fechada el 29 de abril, sirvió para que -- mediante Google, claro, donde ustedes ponen mi nombre y el primer resultado es esta página- reapareciera en mi vida un personaje del que ya me había logrado olvidar prácticamente del todo, pero que reincide nuevamente: un cyberstalker, un cyberbully, un ciberabusador del que pensé, me había deshecho de una manera efectiva, pero por lo visto, no del todo.

No voy a decir su nombre (esto es lo que busca, que lo reconozca), pero esta pobre justificación para un ser humano existe y me conoce, no sólo virtualmente, también en persona (sí, uno comete errores, más aún cuando no tenemos noción de que una persona que tratamos socialmente, está afectado de sus facultades mentales de un modo aberrante) y durante varios años buscó -- por razones que sólo él entiende, en su cabeza enfebrecida- hacerme la vida difícil, tanto en el mundo virtual, como en el real.

Finalmente, hace un par de años creí que me había olvidado, que volcaría su desorden obsesivo-compulsivo en acciones más productivas, o que finalmente habría tenido éxito en provocarse una embolia. O algo, cualquier cosa que lo distrajera de ocuparse de mi existencia. Pero como el óxido, el moho o la podredumbre, trata de regresar y lo hizo mediante un mensaje personal al encontrar este blog, mismo que manoseó, como acostumbra hacer con todo lo que le pueda dar "información sobre sus enemigos".

Tras recibir el mensaje, reconozco que me inquietó: "...conque ya no estás en Gijón sino que ya regresó (sic) y está de intruso encajoso en casa de una Bettina. ¿En verdad viviste tanto en Gijón o fue un experimento para probarle al mundo que puedes sostener una mentira tanto tiempo, porque eres el gran escritor?

Fíjate que me dí cuenta de que si eres talentoso, manejador de vidas ajenas, mentiroso y tienes iniciativa, tu evidente fracaso profesional (con todo y los dos libros que ya publicaste) seguramente se debe a que no tienes un buen agente de representación.

Deberías de rogarme a ver si acepto representarte..."

Evidentemente, este sujeto está mal: le falta un tornillo, está pasando aceite, se le fue la cabra al monte, está, literalmente chiflado. Y me preocupó, por un momento ver que este blog es una página abierta, que es fácilmente localizable y que está expuesta a los ojos de cualquiera, hasta a los de los monstruos.

Pero ahora regreso y pienso que a ese fulano yo no le debo nada, y mucho menos, miedo. Así que decidí volver y seguir escribiendo. Y si va a leer, que lea. Y si va a bramar, que brame. Yo no te tengo miedo. Como dije: a tí no te debo nada, pendejo (busca el significado en el diccionario).

Mi gente es mi gente, y no tiene por qué tocarla. Me da asco que siquiera sepa que existen, pero si mi gente (ustedes) son parte de mí, no podría escribir sin tenerlos a ustedes para leer. Así que, si a ustedes no les importa que un patético y mitómano loser sexagenario, recluso entre cuatro paredes y un monitor, con delirios de grandeza, intransigencia y estupidez mezquina, lea lo mismo que escribo para ustedes, perfecto.

Ultimadamente, este blog, no lo escribo pensando en él.

Escribo para mí, y para los que quiero.
Lo demás, es irrelevante.

Volvemos, y por la puerta grande.

miércoles, 29 de abril de 2009

Calles desiertas

Me pongo mi tapabocas y salgo a caminar.

Es lo único que puedo hacer para contrarrestar el encierro impuesto por estas circunstancias. Bettina, la amiga con quien he compartido estos días, que generosamente me ofreció a su casa por quince días (y me ha permitido quedarme siete semanas, desde que llegué a solicitar mi visado de trabajo, pero esa es
otra historia que nada tiene qué ver con esto que cuento), ha sido gentil y paciente, pero también está asustada, lo veo. Yo también lo estoy.

Desde el viernes en la mañana, la situación se ha ido volviendo gradualmente extraña. Recuerdo que al principio bromeaba argumentando que esto era un ataque zombi (á la
Night of the Living Dead) y claro, hice patente mi desconfianza ante el gobierno (yo ya no vivo en México realmente y nunca he respetado ni al gobierno federal o al local, ambos me resultan despreciables por igual, por razones muy personales), que es propenso a distraer al público con pan y circo.

Pero las cosas comenzaron a ponerse más y más raras a lo largo del fin de semana. Desde que era niño, no había visto calles desiertas a horas pico, ni había percibido una creciente sensación de angustia y paranoia, extendiéndose como una especie de dolor de cabeza masivo. Estamos inquietos, no sabemos qué sucede, la información se cruza, las cifras no coinciden, el cubrebocas (azul, y ostensiblemente de escasa utilidad) como el que uso, posee el don de la ubicuidad.

Esta tarde camino, entro a un Sanborn's (para quienes no lo conocen, se trata de una cadena de cafeterías y tiendas departamentales muy populares en México a nivel nacional) y soy la única persona ahí, además de los empleados y personal de vigilancia. El único posible cliente. La sensación es tan ominosa, que no permanezco en la tienda y con todo y tapabocas me salgo de ahí.

Esta no es una película de Danny Boyle. Esto es la vida real. No hay ruido en las calles. No hay certeza de nada. No creo en lo que incesantemente me dice la tele (¿cuantos muertos, por fin, 7, 22, 49 o 152? ¿quién miente?), tampoco creo en los rumores. Sólo creo en lo que puedo ver: la desolación y el miedo, la confusión. No me importa quién miente, no me importa de dónde vino, o por qué. Lo único que me importa -- y aquí me lavo las manos obsesivamente, como Lady Macbeth- es mantenerme sano. Mantenerme vivo. Poder volver a mi casa y a mi Audrey.

Aunque, curioso, debo confesar que prefiero pasar esta epidemia aquí, que en Gijón. Al menos aquí veo, escucho. Allá, la distancia no me hubiera ayudado.

Sigo vivo. Cierro la puerta, pero sigo vivo.



Ilustración: (c) Thomas Pringle

lunes, 27 de abril de 2009

Por motivos de salud

Esto es lo que está sucediendo. Estamos en un estado de epidemia, y si bien -- al menos hasta esta hora- no se ha declarado el estado de sitio, lo cierto es que va perdiendo tintes de broma para volverse algo más real. Mañana se hará el anuncio oficial que defina si la ciudad se cierra o no. Si ocurre, será la primera vez en mucho tiempo que se aisle megalópolis.

Si digo que no tengo miedo, miento.
Pero no puedo hacer nada más que esperar y ver, mantenerme lo más sereno posible y sobrevivir esto.

viernes, 24 de abril de 2009

Como Ilsa...

...estoy en la barra de Rick's.

Esperando mi visado.
Todavía hay que tener más paciencia.

Pero pronto.

Espero.

lunes, 13 de abril de 2009

Entonces, ahora.


Mi primer amor no es quien se cree que es mi primer amor.

Es decir, y si me siguen, hay uno que cree que es (fue) mi primer amor, en mis años de prepartoria y de vez en cuando, en alguna reunión cuando coincidimos (sí, tenemos amigos comunes, pero nosotros, aunque él no lo cree así, no lo somos), y si se ha tomado alguna copita de más, le da por decirlo.

Pero no era él.

A la persona, al hoy hombre, que realmente le corresponde el título en mi vida de primer amor, lo conocí cuando él era un muchacho, a fines del verano de 1988, en la calle en que crecí (literalmente en la calle), una de esas tardes que pasábamos mis vecinos y yo -- lo más parecido a una "pandilla" que tuve, durante algún tiempo (pocos años, como cuatro), en mi tardía adolescencia-, oyendo música, jugando, haciendo planes a futuro, que entonces nos parecía tan lejano.

Él era mayor que yo, tres años, amigo de uno de mis vecinos, que entonces iba en preparatoria. No sé por qué razón me gustó; sólo ocurrió de repente, con una fuerza desproporcionada. Nunca había sentido algo semejante y fue -- el momento en sí- algo que me impactó, donde para todo el resto del universo, pudo ser algo simple, insignificante.

Pero yo recuerdo.

Recuerdo la luz de la tarde, el cielo blanco, la música que sonaba en la grabadora de Verónica (mi vecina de enfrente, entonces mi confidente, a la que no le revelé esto), la canción automáticamente remitiéndome al momento, siempre que la escucho: Head over heels, de Tears for Fears.

Incluso recuerdo el estribillo como algo simbólico, significativo:

Something happens and I'm head over heels

I never find out till I'm head over heels

Something happens and I'm head over heels

Ah don't take my heart

Don't break my heart

Don't don't don't throw it away.

Y él, en movimiento, con sudor en la frente (¡Un momento totalmente Mishima! -- véase Confesiones de una máscara), con la boca entreabierta, atrapando el balón y sin saber que yo existía, a unos metros, en una terraza ajena, descubriéndolo en mis catorce años, completamente confusos, con tantas cosas en mi contra que hoy no tienen absolutamente ninguna importancia, pero que en ese instante de mi vida son cruciales, definitivas, ominosas.

Y me enamoré de él, como seguramente ustedes se enamoraron antes, en otros momentos que tal vez fueron más perdurables.

Y lo amé.

Lo amé muchísimo, durante muchos meses. Y él se dio cuenta de que yo existía.

Esa es la cosa, ¿ven?Durante todo ese tiempo, entre él y yo se dio una especie de coqueteo ambiguo (de parte suya) y una especie de pánico paralizado (de parte mía), pero nunca pasó nada más; no pasaba de un juego de miradas sostenidas, innuendos, silencios.

Nos perdimos de vista por mucho tiempo. Lo adoraba desde lejos, pero mi adoración fue quedándose en un estante, mientras yo como persona iba creciendo y lo veía desde lejos.

Hace unos días, desperté recordando los dígitos de un número que memoricé hace veinte años y que no había marcado desde entonces. No sé qué esperaba cuando lo hice. Ni qué esperaba decirle a la voz que contestó.

No espero nada de esta tarde, cuando nos veamos (si es que nos vemos, toda cita es propensa a cancelarse).

He esperado veinte años para encontrar una especie de cerrazón para un capítulo ambiguo e irresuelto en mi vida.

Tal vez ahora sabré.

sábado, 11 de abril de 2009

Hoy, hace un año.

Pasa rapidísimo el tiempo. Hace un año, un viernes, llegué al 4.70 y Susana me dijo, "¡Han nacido los cachorros!" -- unas semanas antes, habíamos hecho una quiniela para adivinar cuándo nacían los cachorros de Guilga, y Carmen Blanco y yo habíamos coincidido en decir "el 11 de abril"- y ahora iba yo, a todo correr hacia la casa de Ángela para ver a los recién nacidos, y ahí, en el cesto, estaban los siete, y entre ellos, la más diminuta, la última, la ratita.
Tú, Audrey.
Hoy es tu cumpleaños, y yo estoy a diez mil kilómetros de distancia de ti. Pero quiero que sepas que no pasa un sólo día en que no me pregunte cómo estás, cómo te estás portando, si me recuerdas. Por que yo pienso en ti todo el tiempo, y te recuerdo, y donde quiera te veo.
Eres más que mi mascota, del mismo modo en que no soy tu dueño. Y si estoy tan lejos, es para poder, de un modo u otro, arreglar las cosas para proveerte de un hogar más sólido y para que no te falte nada.
Pronto, espero, volveremos a estar en nuestro rincón cerca del cielo, vagando por la playa, trepados en el cerro, visitando a Miros en el 4.70 o con todos tus amiguetes de San Lorenzo. Y volveremos a jugar y volveré a hacerte una celebración moderna de la danza (¡Martha Graham, Martha Graham, Martha Graham!) y bailaremos por toda la casa.
Y te leeré. Y haremos guerritas. Y veremos a todos los amigos (¡Miguel y Julia! ¡Quique y Susana! ¡Mauricio y Marta! ¡Nana y Paraja! ¡Irma y Mark, con Willi! ¡Cristina! ¡Carlos! ¡María y Juan! ¡Tu Abuela y Cipri! ¡Tu padrino también!) y yo, como siempre, te querré.
Por ahora, acepta por favor mis disculpas por esta ausencia prolongada (ha sido en contra de mi voluntad), sé buena con Julie, Coqui y Candela (me entero que te has hecho muy amiga de ella y lo celebro), no hagas pis donde no debes y tenme paciencia, vida mía.
Te mandan muchos besos mexicanos todos,
y yo, todo mi cariño.
Tu papá.

lunes, 6 de abril de 2009

Botella al mar

¿Dónde estás?
¿Dónde has estado?
¿Qué has hecho?

Estas y otras preguntas son las que me he encontrado en distintos puntos, virtuales y reales, al respecto de este portal, que había permanecido, desde el aniversario luctuoso de Julio Cortázar, virtualmente (y para todos usos y razones) en el abandono.

No, créanme, no he abandonado la nave. Más bien, han sido otras circunstancias las que me han apartado de ella, pero eso no quiere decir que abandone.

No sé qué sucedió, pero desde diciembre (y a lo largo de los meses siguientes, culminando en febrero) tuve una creciente sensación de desasosiego; como si hubiera comprometido mi intimidad en esta página, como si el ser leído -- por amigos y conocidos, por mi familia- me expusiera de un modo poco favorable ante ellos. Y entonces, empecé a callarme, guardarme cosas, con el temor de que lo escrito pudiera interpretarse como peticiones, reproches, reclamos o insolencias, donde no las había, pero no podía entrar en la conciencia de mis lectores y explicarles qué codificación darle a lo escrito, llevándome a malos entendidos que no podía aclarar entonces. Al cabo de un tiempo, sentí que ya me había expuesto demasiado y además no estaba en un buen momento de mi vida, por lo mismo, me aparté.

Ahora estoy en un momento mejor y vuelvo.

¿Dónde estoy?

De momento, estoy en la ciudad de México, a miles de kilómetros de mi casa, aunque haya nacido aquí. Estoy aquí en estancia temporal -- prolongada contra mi voluntad- por motivos consulares que, ostensiblemente, mejorarán mi vida cuando retorne a Finisterre a recuperar mi vida. Pero ahora mismo no tengo certezas ni garantías, ni nada en absoluto, salvo la fe que tengo de que he hecho lo correcto, de que tengo que hacer esto para seguir viviendo como yo quiero.
Veremos.

¿Cómo estoy?

Estoy bien. Físicamente, estoy mejor (tuve un repentino ataque de ciática, que me paralizaba prácticamente, durante mis últimas semanas en el invierno español, antes de venir a desplomarme en la letárgica y acalorada primavera mexicana) y ya me puedo mover mejor. Es increíble, he llegado a la edad de los "yo nunca". Ja, ja.

Como bien, camino, trabajo, leo, he ido al teatro, con frecuencia veo a mis amigos (y he podido poner rostro a muchos que sólo conocía de modo virtual), he pasado tiempo con mi familia y gracias a mi amiga Beatriz y su generosidad ilimitada, no me hace falta nada. Estoy hondamente conmovido, y no lo digo sólo por seguir la fórmula (los que me conocen, saben).

He conocido y disfrutado mucho a Rafaelín, mi sobrino. Quiero decir, ahora sí lo he conocido. Ahora me ha visto, me ha identificado, me ha sonreído, me ha dado un nombre (soy "Maic", o bien, algo parecido en la media lengua que tiene, a punto de cumplir el año de edad) y se ha trepado a mí, física y figurativamente.

Pero Rafaelín no es substituto de Audrey. Y cada día pienso en ella, con desazón, con inquietud. Sé que está en las mejores manos posibles y que es muy querida y que está feliz. Pero no estoy con ella y esa ausencia física de mi pequeña, la siento en cada parte de mí.

No estoy triste. Quiero dejar esto bien claro. Estoy en un impasse.

Estaré feliz, cuando pueda volver a cruzar el umbral de mi casa -- mi verdadera casa, en Gijón-, con Audrey, con mis amigos sabiendo que estoy feliz.

Por lo pronto, éstas son mis noticias de vida. No puedo decir más, por que no sé más.

Solo espero. Espero, espero.

Espero como espera la botella que flota en el mar para ser leída.
Pero volveré.

Y a esta página también.

miércoles, 1 de abril de 2009

Je ne suis pas mort!


Pronto, noticias.

Por mientras, seguimos vivos.

jueves, 12 de febrero de 2009

Lejana

Diario de Alina Reyes

12 de enero

Anoche fue otra vez, yo tan cansada de pulseras y farándulas, de pink champagne y la cara de Renato Viñes, oh esa cara de foca balbuceante, de retrato de Dorian Gray a lo último. Me acosté con gusto a bombón de menta, al Boogie del Banco Rojo, a mamá bostezada y cenicienta (como queda ella a la vuelta de las fiestas, cenicienta y durmiéndose, pescado enormísimo y tan no ella.)

Nora que dice dormirse con luz, con bulla, entre las urgidas crónicas de su hermana a medio desvestir. Qué felices son, yo apago las luces y las manos, me desnudo a gritos de lo diurno y moviente, quiero dormir y soy una horrible campana resonando, una ola, la cadena que Rex arrastra toda la noche contra los ligustros. Now I lay me down to sleep... Tengo que repetir versos, o el sistema de buscar palabras con a, después con a y e, con las cinco vocales, con cuatro. Con dos y una consonante (ala, ola), con tres consonantes y una vocal (tras, gris) y otra vez versos, la luna bajó a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando. Con tres y tres aslternadas, cábala, laguna, animal; Ulises, ráfaga, reposo.

Así paso horas: de cuatro, de tres y dos, y más tarde palindromas. Los fáciles, salta Lenin el Atlas; amigo, no gima; los más difíciles y hermosos, átate, demoniaco Caín o me delata; Anás usó tu auto Susana. O los preciosos anagramas: Salvador Dalí, Avida Dollars; Alina Reyes, es la reina y... Tan hermoso, éste, porque abre un camino, porque no concluye. Porque la reina y...

No, horrible. Horrible porque abre camino a esta que no es la reina, y que otra vez odio de noche. A esa que es Alina Reyes pero no la reina del anagrama; que será cualquier cosa, mendiga en Budapest, pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en Quetzaltenango, cualquier lado lejos y no reina. Pero sí Alina Reyes y por eso anoche fue otra vez, sentirla y el odio.

20 de enero

A veces sé que tiene frío, que sufre, que le pegan. Puedo solamente odiarla tanto, aborrecer las manos que la tiran al suelo y también a ella, a ella todavía más porque le pegan, porque soy yo y le pegan. Ah, no me desespera tanto cuando estoy durmiendo o corto un vestido o son las horas de recibo de mamá y yo sirvo el té a la señora de Regules o al chico de los Rivas. Entonces me importa menos, es un poco cosa personal, yo conmigo; la siento más dueña de su infortunio, lejos y sola pero dueña. Que sufra, que se hiele; yo aguanto desde aquí, y creo que entonces la ayudo un poco. Como hacer vendas para un soldado que todavía no ha sido herido y sentir eso de grato, que se le está aliviando desde antes, previsoramente.

Que sufra. Le doy un beso a la señora de Regules, el té al chico de los Rivas, y me reservo para resistir por dentro. Me digo: «Ahora estoy cruzando un puente helado, ahora la nieve me entra por los zapatos rotos». No es que sienta nada. Sé solamente que es así, que en algún lado cruzo un puente en el instante mismo (pero no sé si es el instante mismo) en que el chico de los Rivas me acepta el té y pone su mejor cara de tarado. Y aguanto bien porque estoy sola entre esas gentes sin sentido, y no me desespera tanto. Nora se quedó anoche como tonta, dijo: «¿Pero qué te pasa?». Le pasaba a aquella, a mí tan lejos. Algo horrible debió pasarle, le pegaban o se sentía enferma y justamente cuando Nora iba a cantar a Fauré y yo en el piano, mirándolo tan feliz a Luis María acodado en la cola que le hacía como un marco, él mirándome contento con cara de perrito, esperando oír los arpegios, los dos tan cerca y tan queriéndonos. Así es peor, cuando conozco algo nuevo sobre ella y justo estoy bailando con Luis María, besándolo o solamente cerca de Luis María. Porque a mí, a la lejana, no la quieren. Es la parte que no quieren y cómo no me va a desgarrar por dentro sentir que me pegan o la nieve me entra por los zapatos cuando Luis María baila conmigo y su mano en la cintura me va subiendo como un calor a mediodía, un sabor a naranjas fuertes o tacuaras chicoteadas, y a ella le pegan y es imposible resistir y entonces tengo que decirle a Luis María que no estoy bien, que es la humedad, humedad entre esa nieve que no siento, que no siento y me está entrando por los zapatos.

25 de enero

Claro, vino Nora a verme y fue la escena. «M'hijita, la última vez que te pido que me acompañes al piano. Hicimos un papelón». Qué sabía yo de papelones, la acompañé como pude, me acuerdo que la oía con sordina. Votre âme est un paysage choisi... pero me veía las manos entre las teclas y parecía que tocaban bien, que acompañaban honestamente a Nora. Luis María también me miró las manos, el pobrecito, yo creo que era porque no se animaba a mirarme la cara. Debo ponerme tan rara.

Pobre Norita, que la acompañe otra. (Esto parece cada vez más un castigo, ahora sólo me conozco allá cuando voy a ser feliz, cuando soy feliz, cuando Nora canta Fauré me conozco allá y no queda más que el odio).

Noche

A veces es ternura, una súbita y necesaria ternura hacia la que no es reina y anda por ahí. Me gustaría mandarle un telegrama, encomiendas, saber que sus hijos están bien o que no tiene hijos -porque yo creo que allá no tengo hijos- y necesita confortación, lástima, caramelos. Anoche me dormí confabulando mensajes, puntos de reunión. Estaré jueves stop espérame puente. ¿Qué puente? Idea que vuelve como vuelve Budapest donde habrá tanto puente y nieve que rezuma. Entonces me enderecé rígida en la cama y casi aúllo, casi corro a despertar a mamá, a morderla para que se despertara. Nada más que por pensar. Todavía no es fácil decirlo. Nada más que por pensar que yo podría irme ahora mismo a Budapest, si realmente se me antojara. O a Jujuy, a Quetzaltenango. (Volví a buscar estos nombres páginas atrás). No valen, igual sería decir Tres Arroyos, Kobe, Florida al cuatrocientos. Sólo queda Budapest porque allí es el frío, allí me pegan y me ultrajan. Allí (lo he soñado, no es más que un sueño, pero cómo adhiere y se insinúa hacia la vigilia) hay alguien que se llama Rod -o Erod, o Rodo- y él me pega y yo lo amo, no sé si lo amo pero me dejo pegar, eso vuelve de día en día, entonces es seguro que lo amo.

Más tarde

Mentira. Soñé a Rod o lo hice con una imagen cualquiera de sueño, ya usada y a tiro. No hay Rod, a mí me han de castigar allá, pero quién sabe si es un hombre, una madre furiosa, una soledad.

Ir a buscarme. Decirle a Luis María: «Casémonos y me llevas a Budapest, a un puente donde hay nieve y alguien». Yo digo: ¿y si estoy? (Porque todo lo pienso con la secreta ventaja de no querer creerlo a fondo. ¿Y si estoy?). Bueno, si estoy... Pero solamente loca, solamente... ¡Qué luna de miel!

28 de enero

Pensé una cosa curiosa. Hace tres días que no me viene nada de la lejana. Tal vez ahora no le pegan, o no pudo conseguir abrigo. Mandarle un telegrama, unas medias... Pensé una cosa curiosa. Llegaba a la terrible ciudad y era de tarde, tarde verdosa y ácuea como no son nunca las tardes si no se las ayuda pensándolas. Por el lado de la Dobrina Stana, en la perspectiva Skorda, caballos erizados de estalagmitas y polizontes rígidos, hogazas humeantes y flecos de viento ensoberbeciendo las ventanas Andar por la Dobrina con paso de turista, el mapa en el bolsillo de mi sastre azul (con ese frío y dejarme el abrigo en el Burglos), hasta una plaza contra el río, casi en encima del río tronante de hielos rotos y barcazas y algún martín pescador que allá se llamará sbunáia tjéno o algo peor.

Después de la plaza supuse que venía el puente. Lo pensé y no quise seguir. Era la tarde del concierto de Elsa Piaggio de Tarelli en el Odeón, me vestí sin ganas sospechando que después me esperaría el insomnio. Este pensar de noche, tan noche... Quién sabe si no me perdería. Una inventa nombres al viajar pensando, los recuerda en el momento: Dobrina Stana, sbunáia tjéno, Burglos. Pero no sé el nombre de la plaza, es como si de veras hubiera llegado a una plaza de Budapest y estuviera perdida por no saber su nombre; ahí donde un nombre es una plaza.

Ya voy, mamá. Llegaremos bien a tu Bach y a tu Brahms. Es un camino tan simple. Sin plaza, sin Burglos. Aquí nosotras, allá Elsa Piaggio. Qué triste haberme interrumpido, saber que estoy en una plaza (pero esto ya no es cierto, solamente lo pienso y eso es menos que nada). Y que al final de la plaza empieza el puente.

Noche

Empieza, sigue. Entre el final del concierto y el primer bis hallé su nombre y el camino. La plaza Vladas, el puente de los mercados. Por la plaza Vladas seguí hasta el nacimiento del puente, un poco andando y queriendo a veces quedarme en casas o vitrinas, en chicos abrigadísimos y fuentes con altos héroes de emblanquecidas pelerinas, Tadeo Alanko y Vladislas Néroy, bebedores de tokay y cimbalistas. Yo veía saludar a Elsa Piaggio entre un Chopin y otro Chopin, pobrecita, y de mi platea se salía abiertamente a la plaza, con la entrada del puente entre vastísimas columnas. Pero esto yo lo pensaba, ojo, lo mismo que anagramar es la reina y... en vez de Alina Reyes, o imaginarme a mamá en casa de los Suárez y no a mi lado. Es bueno no caer en la sonsera: eso es cosa mía, nada más que dárseme la gana, la real gana. Real porque Alina, vamos -No lo otro, no el sentirla tener frío o que la maltratan. Esto se me antoja y lo sigo por gusto, por saber adónde va, para enterarme si Luis María me lleva a Budapest, si nos casamos y le pido que me lleve a Budapest. Más fácil salir a buscar ese puente, salir en busca mía y encontrarme como ahora porque ya he andado la mitad del puente entre gritos y aplausos, entre «¡Álbeniz!» y más aplausos y «¡La polonesa!», como si esto tuviera sentido entre la nieve arriscada que me empuja con el viento por la espalda, manos de toalla de esponja llevándome por la cintura hacia el medio del puente.

(Es más cómodo hablar en presente. Esto era a las ocho, cuando Elsa Piaggio tocaba el tercer bis, creo que Julián Aguirre o Carlos Guastavino, algo con pasto y pajaritos). Pero me he vuelto canalla con el tiempo, ya no le tengo respeto. Me acuerdo que un día pensé: «Allá me pegan, allá la nieve me entra por los zapatos y esto lo sé en el momento, cuando me está ocurriendo allá yo lo sé al mismo tiempo. ¿Pero por qué al mismo tiempo? A lo mejor me llega tarde, a lo mejor no ha ocurrido todavía. A lo mejor le pegarán dentro de catorce años, o ya es una cruz y una cifra en el cementerio de Santa Úrsula. Y me parecía bonito, posible, tan idiota. Porque detrás de eso una siempre cae en el tiempo parejo. Si ahora ella estuviera realmente entrando en el puente, sé que lo sentiría ya mismo y desde aquí. Me acuerdo que me paré a mirar el río que estaba sonando y chicoteando. (Esto yo lo pensaba). Valía asomarse al parapeto del puente y sentir en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Valía quedarse un poco por la vista, un poco por el miedo que me venía de adentro -o era el desabrigo, la nevisca deshecha y mi tapado en el hotel-. Y después que yo soy modesta, soy una chica sin humos, pero vengan a decirme de otra que le haya pasado lo mismo, que viaje a Hungría en pleno Odeón. Eso le da frío a cualquiera, che, aquí o en Francia.

Pero mamá me tironeaba la manga, ya casi no había gente en la platea. Escribo hasta ahí, sin ganas de seguir acordándome de lo que pensé. Me va a hacer mal si sigo acordándome. Pero es cierto, cierto; pensé una cosa curiosa.

30 de enero

Pobre Luis María, qué idiota casarse conmigo. No sabe lo que se echa encima. O debajo, como dice Nora que posa de emancipada intelectual.

31 de enero

Iremos allá. Estuvo tan de acuerdo que casi grito. Sentí miedo, me pareció que él entra demasiado fácilmente en este juego. Y no sabe nada, es como el peoncito de dama que remata la partida sin sospecharlo. Peoncito Luis María, al lado de su reina. De la reina y -

7 de febrero

A curarse. No escribiré el final de lo que había pensado en el concierto. Anoche la sentí sufrir otra vez. Sé que allá me estarán pegando de nuevo. No puedo evitar saberlo, pero basta de crónica. Si me hubiese limitado a dejar constancia de eso por gusto, por desahogo... Era peor, un deseo de conocer al ir releyendo; de encontar claves en cada palabra tirada al papel después de tantas noches. Como cuando pensé la plaza, el río roto y los ruidos, y después... Pero no lo escribo, no lo escribiré ya nunca.

Ir allá a convencerme de que la soltería me dañaba, nada más que eso, tener veintisiete años y sin hombre. Ahora estará bien mi cachorro, mi bobo, basta de pensar, a ser al fin y para bien.

Y sin embargo, ya que cerraré este diario, porque una o se casa o escribe un diario, las dos cosas no marchan juntas -Ya ahora no me gusta salirme de él sin decir esto con alegría de esperanza, con esperanza de alegría. Vamos allá pero no ha de ser como lo pensé la noche del concierto. (Lo escribo, y basta de diario para bien mío.) En el puente la hallaré y nos miraremos. La noche del concierto yo sentía en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Y será la victoria de la reina sobre esa adherencia maligna, esa usurpación indebida y sorda. Se doblegará si realmente soy yo, se sumará a mi zona iluminada, más bella y cierta; con sólo ir a su lado y apoyarle una mano en el hombro.

*

Alina Reyes de Aráoz y su esposo llegaron a Budapest el 6 de abril y se alojaron en el Ritz. Eso era dos meses antes de su divorcio. En la tarde del segundo día Alina salió a conocer la ciudad y el deshielo. Como le gustaba caminar sola -era rápida y curiosa- anduvo por veinte lados buscando vagamente algo, pero sin proponérselo demasiado, dejando que el deseo escogiera y se expresara con bruscos arranques que la llevaban de una vidriera a otra, cambiando aceras y escaparates.

Llegó al puente y lo cruzó hasta el centro andando ahora con trabajo porque la nieve se oponía y del Danubio crece un viento de abajo, difícil, que engancha y hostiga. Sentía cómo la pollera se le pegaba a los muslos (no estaba bien abrigada) y de pronto un deseo de dar vuelta, de volverse a la ciudad conocida. En el centro del puente desolado la harapienta mujer de pelo negro y lacio esperaba con algo fijo y ávido en la cara sinuosa, en el pliegue de las manos un poco cerradas pero ya tendiéndose. Alina estuvo junto a ella repitiendo, ahora lo sabía, gestos y distancias como después de un ensayo general. Sin temor, liberándose al fin -lo creía con un salto terrible de júbilo y frío- estuvo junto a ella y alargó también las manos, negándose a pensar, y la mujer del puente se apretó contra su pecho y las dos se abrazaron rígidas y calladas en el puente, con el río trizado golpeando en los pilares.

A Alina le dolió el cierre de la cartera que la fuerza del abrazo le clavaba entre los senos con una laceración dulce, sostenible. Ceñía a la mujer delgadísima, sintiéndola entera y absoluta dentro de su abrazo, con un crecer de felicidad igual a un himno, a un soltarse de palomas, al río cantando. Cerró los ojos en la fusión total, rehuyendo las sensaciones de fuera, la luz crepuscular; repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria, sin celebrarlo por tan suyo y por fin.

Le pareció que dulcemente una de las dos lloraba. Debía ser ella porque sintió mojadas las mejillas, y el pómulo mismo doliéndole como si tuviera allí un golpe. También el cuello, y de pronto los hombros, agobiados por fatigas incontables. Al abrir los ojos (tal vez gritaba ya) vio que se habían separado. Ahora sí gritó. De frío, porque la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos, porque yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes lindísima en su sastre gris, el pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta la cara y yéndose.

- Julio Cortázar

(26 de agosto de 1914-12 de febrero de 1984)