miércoles, 3 de junio de 2009

Retrato del lector pre-adolescente


El otro día caí en cuenta, al decirle a un amigo a qué edad aprendí a leer, de que que llevo tres cuartas partes de mi vida leyendo, asomándome a otros mundos, a otras voces y (como dijera Capote) otros ámbitos.


Ahora al borde de los 35, que ya tengo una novela publicada – mas no la primera escrita, claro- vuelvo la vista hacia los autores y obras que a su vez me formaron, devorados algunas veces a escondidas, preguntándome ahora que los revisito, como quien se inclina para llegar de vuelta hacia la Meca, en qué forma pudieron tocarme esos libros y esos personajes, para crear unos míos propios, que ahora quizá se atreverán a intentar hacer lo mismo por alguien más.


Aprendí a leer, ya se los conté alguna vez, cortesía de mi abuelo Miguel, que seguramente no tenía cosa mejor qué hacer: en sus rodillas veía las carteleras de cine en el periódico, y juntábamos las letras. Esto se tradujo en desenfrenado deseo por ver películas y en que el engorrito tuviera desde entonces un vocabulario estrafalario que quería usar para contar cosas, todo adquirido de esos anuncios (lo primero que leí de corrido, cuentan, fue “Próximo estreno”, tendría unos cuatro años) y luego de libros, que se convirtieron en obsesión.


Debo confesar desde ahora que muchos de los considerados “clásicos” en el canon de la literatura infantil/juvenil, me pasaron sin pena ni gloria; sería tal vez el efecto de crecer rodeado de adultos: Sandokan, Allan Quartermain, amén de todo el ouvre de Julio Verne se me antojaban tediosos, todavía no sé porqué, igual que Oliver Twist, de Dickens, el cual me provoca ambivalencia, donde, ya como a los trece, gocé mucho con Grandes Esperanzas y el contrariado querer de Pip por Estella.


Había en el enorme librero de la casa en que crecí, una selección de novelas de distintas épocas y autores, casi todos anglosajones, esto en mayor o menor medida, por la educación de mi abuelo. Así, era común ver a los otros chicos de la cuadra correr detrás de un balón, mientras yo, sin moverme veía el mismo árbol donde Heathcliff iba a golpearse repetidas veces la cabeza y gritaba “¡Cathy! ¡Cathy!”, en el páramo descrito por Emily Brönte en Cumbres Borrascosas o viajaba en una carroza tirada por caballos por el camino escarpado que llevaba al castillo del Conde Drácula, según Bram Stoker – ese libro fue el primero que leí de manera clandestina, a los siete años; cuando mi madre me pescó, a causa de una pesadilla por leer de noche bajo una sábana, tuvo uno de varios disgustos mayúsculos.


Antes de eso, en mis primeros pasos de lector conocí fabulosos animales antropomorfos como Pooh y Babar, así como a un trío de extrañas niñitas, euménides de la bibliografía pequeña: Dorotea (no Dorothy, que no es otra más que Judy Garland), Alicia y Mafalda.


A las tres debo algo; a las dos primeras, sicarios involuntarios en mundos de los que son rehenes, un profundo amor por los sueños y sus texturas; a la hija magnífica de Quino, también debo el descubrir a los seis años preguntas tomadas textualmente de su boca para dejar adultos anonadados al repetirlas, incluyendo la clásica incitadora al consumo de Nervo-Calm: “¿Qué es el erotismo?”


Para creciente desazón de mi familia, yo desdeñaba siempre que era posible, las sanas y alegres actividades que por-tu-bien se endosaban a mi crecimiento (incluyendo años de suplicio en un grupo scout, arruinándome a Kipling para siempre y sin remedio), para meter la nariz en un libro.


El que un estúpido presunto psicólogo escolar sugiriera apartarme definitivamente de la lectura, resultó en pérdida de muchos volúmenes que nunca volví a ver, y curiosamente, en una rebeldía silenciosa enfocada ahora en leer como adulto, temas de adulto: Agatha Christie y Jane Austen, dos propias damas británicas, fueron mis guías: Muerte en el Nilo fue mi primera novela para adultos, que me pareció “exótica y violenta” (y lo es) y Hercule Poirot por años fue una especie de viejo amigo y gran héroe, mientras que Orgullo y Prejuicio me dio las primeras muestras de la comedia humana: Mr. Darcy y Elizabeth Bennet aún ocupan un lugar en mi corazón.


Sin embargo, la primera novela que me hizo sentir que yo podía contar una historia, cualquier historia, y hacerla creíble mediante palabras, fue El Bebé de Rosemary, de Ira Levin, descubierta a los nueve años en una de las repisas altas de aquél librero: la portada era un misterio magnífico para una criatura de mi edad; el perfil de una joven embarazada, con los ojos del demonio sobrepuestos (si un día reencuentro esa portada la pondré aquí para que la puedan ver).


Esto y la dificultad de mamá para explicarme la trama (“este... la entenderás cuando seas grande…”) la hicieron más que atractiva, algo que se multiplicó ante la prohibición de leerla. Así, metido en un clóset (literal y metafóricamente), hice mi peregrinar al Manhattan de 1966, al apartamento 7-E de la casa Bramford con la joven e inocente Rosemary Woodhouse, acompañándola durante su peregrinar de nueve meses que la lleva de ama de casa sensacional y vivaz, a perpleja madre de un engendro infernal.


Con esa lectura descubrí el ruido de la ciudad y la vida cotidiana entretejiéndose de manera magistral en una trama tan gótica.


Yo quería hacer algo así.


Volví a este escenario un par de años después, cuando ya me había decidido a ser escritor para vivir de ello (aún ante el enfado de mi padre, que juraba moriría de hambre por semejante idea). Releí el libro y en un cuaderno redacté un intento de novela de fantasmas inspirándome en el mismo tono de Levin: lenguaje y diálogos inmediatos, personajes simples, fáciles de identificar y oculto en alguna parte, algo siniestro que trastocara al personaje: aún hoy para mí esa es la clave de una novela, no importa género o confección; siempre, inevitablemente, el personaje debe cambiar de la primera página a la última: durante el tiempo que dure la historia algo debe ocurrir ya sea por su deseo o no, para bien o mal, morir o vivir.


Hoy de esa novelita escrita a mano, no queda más que el recuerdo del título (Almas perdidas) y descubrir que puedes hacerlo.


Fue así que comencé a leer otros autores: Margaret Millar, escritora canadiense de novelas de suspenso, cuya forma y estilo aún me parecen sublimes; Henry James con sus gloriosas y macabras novelas sobre exiliados americanos perdidos en Europa – Isabel Archer, la protagonista de Retrato de una dama fue un primer gran amor-; las desventuras del chilango Héctor Belascoarán Shayne: Días de combate lo leí a los doce, durante una convalescencia y confirmó que toda novela puede ser contada cuando aparece el escritor que la sepa narrar; en la prepa leí La Princesa del Palacio de Hierro de Gustavo Sainz (el primer libro que me hizo reír convulsivamente al leerlo) y la portentosa colección de Fuentes Cantar de Ciegos – con su memorable Las Dos Elenas y esa joyita llamada Un Alma Pura, que es uno de los mejores cuentos de horror sutil jamás escritos-.


A los diez años leí a Cortázar, verbi gratia el cariño tan grande a Glenda y como alumno en un bachillerato de artes – fui prófugo de escuela ultraconservadora y católica de la extrema derecha de donde casi me corren por Anna Karenina-, me fue casi obligatorio leer Rayuela y entrar en su juego.


En esos años, descubrí los talleres literarios y ahí aprendí las mecánicas del oficio y encontré más lecturas, como El guardián en el centeno, de J.D. Salinger – nunca una crisis nerviosa había sido tan bellamente expuesta, con un personaje como Holden Caulfield reemplazando a mis héroes infantiles-, la decadente Menos que cero de Bret Easton Ellis – cuya fabulosa sang froid vino a influir mi estilo por años como mantra-, la maravillosa narrativa en claroscuros de Joyce Carol Oates o la descarnada poesía confesional de Sylvia Plath y Anne Sexton (ya le he hablado de ellas); todos mecanismos inspiradores en las ciernes del escritor y su pálida, temblorosa juventud.


Mi compadre Alejandro me dijo una vez “uno vive tantas vidas como novelas lea.”


Ahora que me dedico a esto, a narrar, me pregunto si alguien vivirá una vida cuando lea algo escrito por mí. También me pregunto si esto que hago, en alguna forma, de devolver el favor a toda la que gente que, mediante sus novelas, me hizo vivir otras vidas.


Aún si sólo fue transitoriamente.

2 comentarios:

Paloma Zubieta López dijo...

Qué bello recorrido por la historia de uno que puede llegar a ser la de los libros que se leen... sonrío ante aquellos que también vibraron en mis manos y ante aquellos que hoy, me quedan pendientes de leer. Sigamos viviendo otras vidas como parte de las nuestras que leer siempre es un placer inacabable, muchos besos.

Anónimo dijo...

Este es uno de los textos más deliciosos que te he leido. Con esa sinceridad y trazos con loos que está hecho, creo que nos pones a todos a comparar nuestro recorrido personal con el tuyo. Claro, va la salvedad más importante de todas. Casi todos los que te leermos somos eso precisamente: lectores.

No dudo que por allí haya al menos una tercia de escritores activos y publicados como tú, que leerán tu texto "de otra manera" y como parte de una cofradía a la que la mayoría -o al menos yo- somos ajenos.

Pero lo interesante son los puntos de quiebre. Las razones para el predominio de la literatura inglesa/estadpunidense y !en inglés! en algunos momentos. Los encontronazos donde la afinidad emocional se torna en gusto consolidado por algún género (terror, horror, etc), las coincidencia con uno como lector y las divergencias.

La afinidad emocional te llevó a ámbitos góticos y románticos y allí viene un punto de diferencia, ya que tu servilleta se quedó "atrás" en el tiempo, y de allí que admiremos por razones semejante a Jane Austen y O&P, o pa'los cuates P&P. Sobre la ola romántica en general, que es parte importante de tu formación -y en lo que sigue Patrifar me cuelga del poste más alto- yo de plano pasé casi sin ver (fuera de las obras puntales más reconocidas) al grado de aún evadir vampiros (los menos), góticos, terror y horror en general, tanto en literatura como en cine. Por afinidad, me brinqué casi todo eso para ser atrapado por el Hoyo Negro de la ciencia-ficción (que se que no es tu taza de té, pero de la cual conoces las obras ás importantes), de la decidí jamás salir.

Ya luego vienen los paralelismos y por distintas viás y motivos el encontronazo con Brett Easton Ellis, que cuando estaba de moda ]American Psycho, tu sabías que no había salido de la nada sino a partir de Less than Zero.

A propósito de PUM: La genial anécdota de "Próximo Estreno" como el Recuerdo del Porvenir vale su peso en oro.

No fuí de Sandokan pero sí del Corsario Negro, tampoco -y mira que me tocó su auge- la literatura mexicana de los 60-70, que siempre me pareció pobre frente al Boom del Sur, hasta llegar a coincidir con Cortazar, mientras que tú no te adentraste en GCI-TTT y para mí es aún esencial.

En esas ideas y venidas, tal como vas platicando, impresiona tu tenacidad para crear otros mundos, otros personajes que, a su vez, formen parte del despertar literario o del sueño estético de otros. En ese sentido, las conversaciones en altas horas de la noche, me permitieron entrever algo (un poco, al menos) del nacimiento de Todas las fiestas... por lo que, claro, como lector le tengo un cariño muy especial cuando la ví ya transformada en LIBRO. No se que reacción tendré al leer lo nuevo que escribas, pro eso está en el futuro cada vez más cercano como presente probable.

En fin, todo este rollote para decir que es uno de los textos más deliciosos que te he leido recientemente.

Un abrazote virtual desde Rama III...

Yo mero.