martes, 11 de agosto de 2009

Mi piel recuerda

Mi peor enemigo es mi memoria.

Esa es la verdad.

Algunas veces, quisiera ser amnésico. Despertar sin pasado -- ni reciente, ni lejano-, ser hoja en blanco. Sin línea en el horizonte. Olvidar cosas. Momentos. Cosas que he visto. Momentos que he presenciado. Cosas que sé, que no debería saber. Habitaciones a las que entré cuando no debía, cosas que no dije o que no debía haber dicho.

Y hago un esfuerzo -- es un esfuerzo que requiere todo mi ser, mi concentración, mis ganas de vivir, inclusive- por olvidarme de todo esto, que ya dejé atrás antes, en otras horas, en otras madrugadas, en otras calles, algunas en otras ciudades y hasta en otros países. Y lo consigo. Me olvido, conscientemente, me olvido. Y sigo con mi vida, con lo que tengo que es mío.

Pero mi memoria me tiende trampas. Es voraz. Me paraliza de pronto en los momentos menos imaginados, cuando me miro al espejo en la mañana, cuando veo la puesta del sol, cuando camino por ahí, cuando leo algo, cuando escucho una canción. Y es como un túnel que se cierra en torno a mi corazón, a mi mente, a mi cuerpo. No puedo respirar. Se me atora un nudo en la garganta y tengo muchas ganas de llorar. Y no sé por qué. No sé por qué.

Y luego, el recuerdo, como viene, eventualmente se marcha y aunque no recuerdo todo el tiempo, y el olvido me alivia y vuelvo a mi vida normal (o lo que pasa por mi vida normal), algo permanece. Aunque yo no quiero. Permanece oculto, invisible, incluso -- como dije antes- lo olvido.

Pero no importa que yo me olvido. Los lugares, el tiempo, mi piel, recuerdan.

A veces quisiera ser amnésico. Olvidarlo todo. Por completo.



La ilustración es La Memoria, por René Magritte.

1 comentario:

Patricia dijo...

Y quién no, M?
Miles de besos
P.