martes, 25 de agosto de 2009

Tru, 25 años más tarde.

Considerado, lo mismo con envidia que con admiración, como un auténtico camaleón de los géneros literarios, Truman Capote era, por turnos, un hombre brillante, severamente neurótico y un escritor infinitamente versátil, cuya obra incluye verdaderos y raros diamantes como el misceláneo Música para camaleones (1980), o libros que hicieron historia como A sangre fría (1965), novela-reportaje que entrecruzó para siempre los caminos de la ficción y el periodismo.

Arrogante, precoz, petulante, narcisista irredento y narrador incomparable, Capote (1924-1984) se hizo notar desde su infancia solitaria y difícil. Su universo literario se construyó, según propia confesión, en la soledad de aquella era que retrataría en su formidable novela debut Otras voces, otros ámbitos, publicada en 1948; aunque ya desde antes había publicado en la revista Mademoiselle un inquietante relato titulado Miriam, con el que obtendría el premio O’ Henry y la crítica lo descubrió. Luego la industria editorial se pondría a sus pies y en el cine encontraría una manera de tocar las estrellas, con sus trabajos como guionista a las órdenes de John Huston o Jack Clayton y con las adaptaciones de Desayuno con diamantes (Blake Edwards la dirigió en 1961, convirtiendo a Audrey Hepburn en figura icónica) o bien A sangre fría, llevada al cine por Richard Brooks en 1967.

Ángel taimado –tal y como él mismo se describía al hablar de su infancia, en la que ya se había asumido completamente homosexual–, el futuro monstruo sagrado comenzó a escribir con el nombre de Truman Streckfuss Persons. Pero, al cambiar su madre de marido, incorporó el apellido Capote cedido por su padrastro de origen cubano: Joe Capote era un hombre generoso que buscó dar estabilidad al niño pero sin embargo Nina, que poseía belleza y engreimiento, se convirtió en una ebria majadera y a la postre suicida, que no fue buena con Truman; ella hubiera deseado un hijo musculoso y no un mariconcito (como solía llamarlo a voces delante de la gente). Su verdadero padre fue un fracasado estafador que logró sacar provecho de su hijo en cuanto éste se volvió un escritor reconocido.
Aquella crianza infernal regresaría a Truman en su lecho de muerte. Necesitaba amor, y el que le proporcionaban su pareja, sus amantes de ocasión, y sus amigas de sociedad no le bastaba.

Su carrera estuvo marcada por una parábola trágica: el éxito llegó pronto y fue excesivo, por lo que la proverbial caída fue brutal; a principios de los setenta, Capote era ya víctima del descontento general que acabaría con su vida en pocos años: el alcohol y la droga, la insatisfacción y el bloqueo le impedían volver a ser aquel joven que aprendió cuanto pudo de su primer amante, el académico Newton Arvin, y que sacaba partido de la infantil belleza de su flequillo rubio, visto en sus primeras fotos publicitarias. En sus mejores tiempos, Tru era burbujeante, ingenioso y mordaz y fue adoptado como mascota por la beautiful people, damas de sociedad de lo más chic a las que bautizó como sus ‘cisnes’; y a las que luego destriparía públicamente en su cruel relato La Côte Basque 1965, un fragmento explosivo de su inconclusa mágnum opus póstuma Plegarias atendidas.
Su pareja más perdurable fue Jack Dunphy, un solitario escritor que había estado casado anteriormente con una mujer y a quien no le importaba, aparentemente, que Capote fluctuase entre pasar tiempo con él y la gran vida. En los años 60, en casa de Cecil Beaton, en Londres, conoció a la Reina Madre, quien, según todas las referencias, quedó “encantada” con él, mientras que su afecto más intenso estaba reservado a Barbara Babe Cushing, también conocida como Mrs. William S. Paley, que fue su mecenas, su amiga y su confidente, hasta que la traicionó.

Ahora bien, que el exceso de caviar y de champagne no estropearan su forma de escribir es algo que habla en su favor, su dedicación era de una seriedad casi flaubertiana. La necesidad de producir una obra de trascendencia lo llevaría, en noviembre de 1959, a investigar el asesinato en masa de una familia en Kansas y a producir, en el llamado “nuevo periodismo” el volumen In cold blood (A sangre fría), un curioso híbrido al que se consideró una obra maestra innovadora. En 1966, con el pretexto de honrar a Katharine Graham, la dueña del Washington Post, Tru fue el anfitrión de un legendario baile blanco y negro, considerada la fiesta más sonada de la década en el hotel Plaza de Nueva York.

El Capote rey de la alta sociedad comenzó a eclipsar al escritor. Soñaba con romper su bloqueo con el éxito dudoso que le proporcionaría escribir algo tan grande como la suprema novela de Proust. Así, su En busca del tiempo perdido se iba a llamar Answered prayers, del cual publicó un avance en la revista Esquire en 1975. Al hacerlo provocó un escándalo, así como un espectáculo pirotécnico de indignación, horror, vilipendio y, finalmente, ostracismo. El suicidio social sería el primer paso hacia su muy acariciada autodestrucción. La desastrosa última fase de su carrera estuvo plagada no sólo de resentimientos, sino de estúpidos actos de venganza: tipos contratados para darle una paliza en la calle, insultos y humillaciones... entraba y salía del hospital. Iba allí, lo secaban bien y, apenas unas horas después, volvía a estar ahogado en vodka. Haciendo esfuerzos sobrehumanos por recobrar su talento perdido, acabó un deslumbrante volumen de historias y bocetos llamado Music for Chameleons (Música para camaleones), sin embargo, su decadencia fue horripilante: se orinaba en el suelo, yacía borracho en rincones del Studio 54; sus grandes amigos del jet set lo habían abandonado y algunos lo trataban más con piedad que con respeto. Deseaba la muerte y creía que las semillas de su deseo se habían sembrado durante su desgraciada infancia. Quizá tenía razón.

Al morir, como huésped en casa de su leal amiga Joanne Carson, en Palm Beach, Florida, el 25 de agosto de 1984 –a menos de un mes de cumplir 60 años–, Truman había llevado una vida fascinante aunque sobrecogedora, y una de las grandes verdades que dejó su paso por este mundo es que, a pesar de concentrarse intensamente en autodestruirse, sin Truman Capote la literatura contemporánea sería mucho más pobre y aburrida de lo que fue y eso, es la plegaria mejor atendida de todas, si bien él no pudo ver el redescubrimiento que tendría.

1 comentario:

Patricia dijo...

Lo primero que leí de él fue Desayuno en Tiffany's, por obvias razones: me encanta la película y quise leerlo. Es diferente, pero también me gustó. Lo segundo fue el libro Música para camaleones. Me intrigó el título... y después encontré varias joyitas ahí. Una luz en la ventana es un texto cortito pero que me encanta: cómo da vuelta la atmósfera del relato con poquitas palabras al final. He seguido leyendo otras cosas, también, por supuesto A sangre fría y Plegarias atendidas.

Cuando me preguntan por él siempre digo lo mismo: no es el tipo de escritor que le gusta a todos, pero vale la pena leerlo, al menos "algo" para tener una aproximación. A mí me atrapa.