miércoles, 29 de abril de 2009

Calles desiertas

Me pongo mi tapabocas y salgo a caminar.

Es lo único que puedo hacer para contrarrestar el encierro impuesto por estas circunstancias. Bettina, la amiga con quien he compartido estos días, que generosamente me ofreció a su casa por quince días (y me ha permitido quedarme siete semanas, desde que llegué a solicitar mi visado de trabajo, pero esa es
otra historia que nada tiene qué ver con esto que cuento), ha sido gentil y paciente, pero también está asustada, lo veo. Yo también lo estoy.

Desde el viernes en la mañana, la situación se ha ido volviendo gradualmente extraña. Recuerdo que al principio bromeaba argumentando que esto era un ataque zombi (á la
Night of the Living Dead) y claro, hice patente mi desconfianza ante el gobierno (yo ya no vivo en México realmente y nunca he respetado ni al gobierno federal o al local, ambos me resultan despreciables por igual, por razones muy personales), que es propenso a distraer al público con pan y circo.

Pero las cosas comenzaron a ponerse más y más raras a lo largo del fin de semana. Desde que era niño, no había visto calles desiertas a horas pico, ni había percibido una creciente sensación de angustia y paranoia, extendiéndose como una especie de dolor de cabeza masivo. Estamos inquietos, no sabemos qué sucede, la información se cruza, las cifras no coinciden, el cubrebocas (azul, y ostensiblemente de escasa utilidad) como el que uso, posee el don de la ubicuidad.

Esta tarde camino, entro a un Sanborn's (para quienes no lo conocen, se trata de una cadena de cafeterías y tiendas departamentales muy populares en México a nivel nacional) y soy la única persona ahí, además de los empleados y personal de vigilancia. El único posible cliente. La sensación es tan ominosa, que no permanezco en la tienda y con todo y tapabocas me salgo de ahí.

Esta no es una película de Danny Boyle. Esto es la vida real. No hay ruido en las calles. No hay certeza de nada. No creo en lo que incesantemente me dice la tele (¿cuantos muertos, por fin, 7, 22, 49 o 152? ¿quién miente?), tampoco creo en los rumores. Sólo creo en lo que puedo ver: la desolación y el miedo, la confusión. No me importa quién miente, no me importa de dónde vino, o por qué. Lo único que me importa -- y aquí me lavo las manos obsesivamente, como Lady Macbeth- es mantenerme sano. Mantenerme vivo. Poder volver a mi casa y a mi Audrey.

Aunque, curioso, debo confesar que prefiero pasar esta epidemia aquí, que en Gijón. Al menos aquí veo, escucho. Allá, la distancia no me hubiera ayudado.

Sigo vivo. Cierro la puerta, pero sigo vivo.



Ilustración: (c) Thomas Pringle

lunes, 27 de abril de 2009

Por motivos de salud

Esto es lo que está sucediendo. Estamos en un estado de epidemia, y si bien -- al menos hasta esta hora- no se ha declarado el estado de sitio, lo cierto es que va perdiendo tintes de broma para volverse algo más real. Mañana se hará el anuncio oficial que defina si la ciudad se cierra o no. Si ocurre, será la primera vez en mucho tiempo que se aisle megalópolis.

Si digo que no tengo miedo, miento.
Pero no puedo hacer nada más que esperar y ver, mantenerme lo más sereno posible y sobrevivir esto.

viernes, 24 de abril de 2009

Como Ilsa...

...estoy en la barra de Rick's.

Esperando mi visado.
Todavía hay que tener más paciencia.

Pero pronto.

Espero.

lunes, 13 de abril de 2009

Entonces, ahora.


Mi primer amor no es quien se cree que es mi primer amor.

Es decir, y si me siguen, hay uno que cree que es (fue) mi primer amor, en mis años de prepartoria y de vez en cuando, en alguna reunión cuando coincidimos (sí, tenemos amigos comunes, pero nosotros, aunque él no lo cree así, no lo somos), y si se ha tomado alguna copita de más, le da por decirlo.

Pero no era él.

A la persona, al hoy hombre, que realmente le corresponde el título en mi vida de primer amor, lo conocí cuando él era un muchacho, a fines del verano de 1988, en la calle en que crecí (literalmente en la calle), una de esas tardes que pasábamos mis vecinos y yo -- lo más parecido a una "pandilla" que tuve, durante algún tiempo (pocos años, como cuatro), en mi tardía adolescencia-, oyendo música, jugando, haciendo planes a futuro, que entonces nos parecía tan lejano.

Él era mayor que yo, tres años, amigo de uno de mis vecinos, que entonces iba en preparatoria. No sé por qué razón me gustó; sólo ocurrió de repente, con una fuerza desproporcionada. Nunca había sentido algo semejante y fue -- el momento en sí- algo que me impactó, donde para todo el resto del universo, pudo ser algo simple, insignificante.

Pero yo recuerdo.

Recuerdo la luz de la tarde, el cielo blanco, la música que sonaba en la grabadora de Verónica (mi vecina de enfrente, entonces mi confidente, a la que no le revelé esto), la canción automáticamente remitiéndome al momento, siempre que la escucho: Head over heels, de Tears for Fears.

Incluso recuerdo el estribillo como algo simbólico, significativo:

Something happens and I'm head over heels

I never find out till I'm head over heels

Something happens and I'm head over heels

Ah don't take my heart

Don't break my heart

Don't don't don't throw it away.

Y él, en movimiento, con sudor en la frente (¡Un momento totalmente Mishima! -- véase Confesiones de una máscara), con la boca entreabierta, atrapando el balón y sin saber que yo existía, a unos metros, en una terraza ajena, descubriéndolo en mis catorce años, completamente confusos, con tantas cosas en mi contra que hoy no tienen absolutamente ninguna importancia, pero que en ese instante de mi vida son cruciales, definitivas, ominosas.

Y me enamoré de él, como seguramente ustedes se enamoraron antes, en otros momentos que tal vez fueron más perdurables.

Y lo amé.

Lo amé muchísimo, durante muchos meses. Y él se dio cuenta de que yo existía.

Esa es la cosa, ¿ven?Durante todo ese tiempo, entre él y yo se dio una especie de coqueteo ambiguo (de parte suya) y una especie de pánico paralizado (de parte mía), pero nunca pasó nada más; no pasaba de un juego de miradas sostenidas, innuendos, silencios.

Nos perdimos de vista por mucho tiempo. Lo adoraba desde lejos, pero mi adoración fue quedándose en un estante, mientras yo como persona iba creciendo y lo veía desde lejos.

Hace unos días, desperté recordando los dígitos de un número que memoricé hace veinte años y que no había marcado desde entonces. No sé qué esperaba cuando lo hice. Ni qué esperaba decirle a la voz que contestó.

No espero nada de esta tarde, cuando nos veamos (si es que nos vemos, toda cita es propensa a cancelarse).

He esperado veinte años para encontrar una especie de cerrazón para un capítulo ambiguo e irresuelto en mi vida.

Tal vez ahora sabré.

sábado, 11 de abril de 2009

Hoy, hace un año.

Pasa rapidísimo el tiempo. Hace un año, un viernes, llegué al 4.70 y Susana me dijo, "¡Han nacido los cachorros!" -- unas semanas antes, habíamos hecho una quiniela para adivinar cuándo nacían los cachorros de Guilga, y Carmen Blanco y yo habíamos coincidido en decir "el 11 de abril"- y ahora iba yo, a todo correr hacia la casa de Ángela para ver a los recién nacidos, y ahí, en el cesto, estaban los siete, y entre ellos, la más diminuta, la última, la ratita.
Tú, Audrey.
Hoy es tu cumpleaños, y yo estoy a diez mil kilómetros de distancia de ti. Pero quiero que sepas que no pasa un sólo día en que no me pregunte cómo estás, cómo te estás portando, si me recuerdas. Por que yo pienso en ti todo el tiempo, y te recuerdo, y donde quiera te veo.
Eres más que mi mascota, del mismo modo en que no soy tu dueño. Y si estoy tan lejos, es para poder, de un modo u otro, arreglar las cosas para proveerte de un hogar más sólido y para que no te falte nada.
Pronto, espero, volveremos a estar en nuestro rincón cerca del cielo, vagando por la playa, trepados en el cerro, visitando a Miros en el 4.70 o con todos tus amiguetes de San Lorenzo. Y volveremos a jugar y volveré a hacerte una celebración moderna de la danza (¡Martha Graham, Martha Graham, Martha Graham!) y bailaremos por toda la casa.
Y te leeré. Y haremos guerritas. Y veremos a todos los amigos (¡Miguel y Julia! ¡Quique y Susana! ¡Mauricio y Marta! ¡Nana y Paraja! ¡Irma y Mark, con Willi! ¡Cristina! ¡Carlos! ¡María y Juan! ¡Tu Abuela y Cipri! ¡Tu padrino también!) y yo, como siempre, te querré.
Por ahora, acepta por favor mis disculpas por esta ausencia prolongada (ha sido en contra de mi voluntad), sé buena con Julie, Coqui y Candela (me entero que te has hecho muy amiga de ella y lo celebro), no hagas pis donde no debes y tenme paciencia, vida mía.
Te mandan muchos besos mexicanos todos,
y yo, todo mi cariño.
Tu papá.

lunes, 6 de abril de 2009

Botella al mar

¿Dónde estás?
¿Dónde has estado?
¿Qué has hecho?

Estas y otras preguntas son las que me he encontrado en distintos puntos, virtuales y reales, al respecto de este portal, que había permanecido, desde el aniversario luctuoso de Julio Cortázar, virtualmente (y para todos usos y razones) en el abandono.

No, créanme, no he abandonado la nave. Más bien, han sido otras circunstancias las que me han apartado de ella, pero eso no quiere decir que abandone.

No sé qué sucedió, pero desde diciembre (y a lo largo de los meses siguientes, culminando en febrero) tuve una creciente sensación de desasosiego; como si hubiera comprometido mi intimidad en esta página, como si el ser leído -- por amigos y conocidos, por mi familia- me expusiera de un modo poco favorable ante ellos. Y entonces, empecé a callarme, guardarme cosas, con el temor de que lo escrito pudiera interpretarse como peticiones, reproches, reclamos o insolencias, donde no las había, pero no podía entrar en la conciencia de mis lectores y explicarles qué codificación darle a lo escrito, llevándome a malos entendidos que no podía aclarar entonces. Al cabo de un tiempo, sentí que ya me había expuesto demasiado y además no estaba en un buen momento de mi vida, por lo mismo, me aparté.

Ahora estoy en un momento mejor y vuelvo.

¿Dónde estoy?

De momento, estoy en la ciudad de México, a miles de kilómetros de mi casa, aunque haya nacido aquí. Estoy aquí en estancia temporal -- prolongada contra mi voluntad- por motivos consulares que, ostensiblemente, mejorarán mi vida cuando retorne a Finisterre a recuperar mi vida. Pero ahora mismo no tengo certezas ni garantías, ni nada en absoluto, salvo la fe que tengo de que he hecho lo correcto, de que tengo que hacer esto para seguir viviendo como yo quiero.
Veremos.

¿Cómo estoy?

Estoy bien. Físicamente, estoy mejor (tuve un repentino ataque de ciática, que me paralizaba prácticamente, durante mis últimas semanas en el invierno español, antes de venir a desplomarme en la letárgica y acalorada primavera mexicana) y ya me puedo mover mejor. Es increíble, he llegado a la edad de los "yo nunca". Ja, ja.

Como bien, camino, trabajo, leo, he ido al teatro, con frecuencia veo a mis amigos (y he podido poner rostro a muchos que sólo conocía de modo virtual), he pasado tiempo con mi familia y gracias a mi amiga Beatriz y su generosidad ilimitada, no me hace falta nada. Estoy hondamente conmovido, y no lo digo sólo por seguir la fórmula (los que me conocen, saben).

He conocido y disfrutado mucho a Rafaelín, mi sobrino. Quiero decir, ahora sí lo he conocido. Ahora me ha visto, me ha identificado, me ha sonreído, me ha dado un nombre (soy "Maic", o bien, algo parecido en la media lengua que tiene, a punto de cumplir el año de edad) y se ha trepado a mí, física y figurativamente.

Pero Rafaelín no es substituto de Audrey. Y cada día pienso en ella, con desazón, con inquietud. Sé que está en las mejores manos posibles y que es muy querida y que está feliz. Pero no estoy con ella y esa ausencia física de mi pequeña, la siento en cada parte de mí.

No estoy triste. Quiero dejar esto bien claro. Estoy en un impasse.

Estaré feliz, cuando pueda volver a cruzar el umbral de mi casa -- mi verdadera casa, en Gijón-, con Audrey, con mis amigos sabiendo que estoy feliz.

Por lo pronto, éstas son mis noticias de vida. No puedo decir más, por que no sé más.

Solo espero. Espero, espero.

Espero como espera la botella que flota en el mar para ser leída.
Pero volveré.

Y a esta página también.

miércoles, 1 de abril de 2009

Je ne suis pas mort!


Pronto, noticias.

Por mientras, seguimos vivos.