martes, 30 de junio de 2009

Master Class

I

Para mi gran privilegio, desde hace algunos años, los que tengo dedicándome a este oficio, he conocido a muchos escritores. Algunos son mis amigos. Algunos son mis amigos muy queridos. A otros, los admiras desde lejos; ya sea por que no están en la misma órbita que uno, o en el mismo plano de realidad. De muchos aprendes, y de uno de los que más he aprendido (aún si él sería incapaz de decir que pretendiera tal cosa) es de José Emilio Pacheco. Y no sólo he aprendido como oficial de la letra: he aprendido de su persona, lecciones aún más entrañables y valiosas.

Alberto Chimal (quien, posblemente, en algún futuro será aclamado como el José Emilio de nuestra generación, que conste, pero no se trata de comparar) nos revela en su blog Las Historias, cuál fue su primer José Emilio. El mío es distinto: el mío fue a través de un cuento que hoy todavía me sigue causando ansiedad -- Tenga para que se entretenga (incluido dentro de El principio del placer, serie del volador de Mortiz, 1972).

Leído en mi adolescencia, José Emilio fue como una iluminación. Estos son los temas que quiero tocar, me dije, esto es lo que quiero escribir un día. Pero mis maestros (Dios los guarde. Literalmente, que los guarde) decían que escribir relatos de fantasmas y elementos sobrenaturales o inexplicables, no era literatura (supongo que, para la buena Ifigenia, mi diminuta -- en todos los sentidos, cabía en un bolsillo- maestra de literatura en la secundaria, entonces libritos como Pedro Páramo, Aura, Cambio de Piel, Sobre héroes y tumbas, La Invención de Morel, La Región Más Transparente, Morirás Lejos, La muchacha en el balcón o los mismísimos Cien años de soledad, tampoco lo son).

Leyendo a José Emilio -- desde los perturbadores relatos-viñeta de El Viento Distante, pasando por Las batallas en el desierto y la ya mencionada El principio...- descubrí que sí se puede tocar todo tema que se desee, y hacerlo verosímil (escalofriante o conmovedoramente según se quiera) y darle textura de vida a cada trama, cada personaje, cada atmósfera.

Hablaba Alberto de que hay muchos José Emilios: el narrador, el enormísimo poeta, el cronista, el ensayista, el crítico de su tiempo, el maestro generoso con las generaciones siguientes. Todos y cada uno, parte de una misma persona, de un mismo creador. Yo, a título muy personal y, si se quiere, por razones sentimentales, me quedo con el narrador (del que hay ¡ay! tan poco) y ha sido de él que me he nutrido, aún antes de haberle podido agradecer en persona, alguna vez, su generosidad desconocida.

II

José Emilio llegó a Gijón el verano pasado, para ser partícipe en Semana Negra de la velada poética instituida por Ángel González y para ser lector en el homenaje póstumo que se le hizo a éste. Legó sin aspavientos de ninguna índole. Se integró con el contingente como si hubiera pertenecido a él toda la vida. Hizo amigos, habló con todo el mundo, fue accesible y humilde -- considerando su estatus, esto es algo sorprendente hoy día, que cualquiera se ostenta escritor y hace desplantes sin un canon que lo justifique.

La noche de su llegada, lo encontré en la terraza del Don Manuel, quería un vodka tonic. Lo saludé con la formalidad que supuse requería el momento y antes que pudiera decirle que lo había conocido brevemente unos quince años atrás, en la universidad (su hija Laura Emilia fue mi compañera en la Facultad de Filosofía y Letras, y es una de las traductoras más brillantes que conozco, entre sus muchos talentos), me dijo que él me leía en mis incursiones periodísticas.

Me dio un vuelco no el corazón, sino todo el sistema circulatorio.

José Emilio dio una clase magistral de eso mismo, de clase y sencillez, durante toda su estancia (tan breve) y nos abrigó el corazón a muchos (mi compadre Miguel Barrero no me dejará mentir), con generosidad, con ternura. Si ya admiraba su lectura, quedé impresionado (y muy honrado).

Hoy, José Emilio cumple 70 años y se le rinde homenaje nacional. En Bellas Artes habrá una lectura maratónica de Las Batallas y me invitaron a participar. Me emociona y me sorprende la coincidencia. Acepté y acudiré a la cita con la alegría de darle un poquito de vuelta, de lo que nos ha dado a todos tantas veces, con cada línea, cada oración.

Mañana es mi vuelta a casa, así que no se me ocurre mejor manera de despedirme de esta ciudad que ésta, dándole un fuerte abrazo a quien nos abrazó con su obra, a toda una generación.

viernes, 26 de junio de 2009

Réquiem por una rubia texana y un guante enjoyado


Ayer, una generación entera – la mía, los que crecimos entre los años 70 y 80- fue sacudida por algo que quizás algunos consideran frívolo (sé que Hugo Chávez hizo berrinche ante los medios), que no por ello deja de señalar el fin de una era: las muertes, una tristemente esperada y la otra desconcertantemente súbita, de Farrah Fawcett y Michael Jackson, cada uno a su manera, auténticas figuras icónicas de la cultura popular (no sólo del espectáculo) que en su momento (e incluso ahora pese a su desaparición) encarnaron de modo concreto y global la noción de la celebridad mediática, radiante de carisma, que se las ingenió para dejar huella en la memoria colectiva.


Una rubia, un sarape y todo lo demás…

Aunque ya había debutado en cine en 1970 como rubilinda virgen de Hollywood en la joya del camp --¡basada en una novela de Gore Vidal!- Myra Breckinridge, la texana que nació llamándose Ferrah Leni Fawcett (su primer manager le cambió una vocal para que fuera más armónico) realmente alcanzó la fama hasta los 28 años, en 1976, cuando se incorporó al reparto de la serie de culto Los Ángeles de Charlie, junto con Jaclyn Smith y Kate Jackson. Como la sexy Jill Munroe, la Fawcett llegó, acompañada por los acordes del memorable tema compuesto por Henry Mancini, a millones de espectadores alrededor del mundo; así pasó de ser atractivo visual de relleno (y esposa de Lee Majors, entonces de moda como El Hombre Nuclear) a convertirse en genuina superstar.


Algo de culpa de esta repentina popularidad tendría aquella famosa foto publicada en la revista Life ese mismo año, que la mostraba luciendo su sonrisa deslumbrante y melena dorada con peinado característico (definió toda una época: millones de mujeres se peinaron igual por años) en todo su esplendor, con un traje de baño rojo en el que se ve claramente la ausencia de sostén, mas un colorido sarape de Saltillo a modo de ciclorama. La imagen no sólo fue el poster más vendido de la historia (¿cuántos no lo tuvieron en la pared de su habitación en la adolescencia setentera?): es la imagen primera de la fantasía sexual de millones en los cinco continentes en ese tiempo.


Inquieta y deseosa de trascender a su programa semanal, abandonó la serie en 1978 para incursionar en el cine, con poco éxito (¿recuerdan Alguien mató a su marido o Saturno 3? Ella trató de olvidarlas); sin embargo se mantuvo vigente no sólo gracias a su vida amorosa (flor de escándalo al abandonar a su marido para ser compañera durante muchos y borrascosos años, de Ryan O’Neal, con quien procreó a su único hijo, Redmond, hoy día un joven de vida difícil) sino también por el insólito segundo aire que tuvo su carrera cuando muchos ya la veían en la lona, al acercarse al teatro Off-Broadway y proyectos de prestigio en la pantalla chica como La cama ardiente – donde interpretaba con brutal realismo a una mujer golpeada que literalmente quema a su marido- y algunas miniseries biográficas basadas en las vidas de figuras como Barbara Hutton (heredera de la fortuna Woolworth), la fotógrafa Margaret Bourke-White y la cazadora de criminales Nazis Beate Klarsfeld, mismas que le valieron nominaciones a premios Emmy y Globos de Oro. Su última participación de importancia en cine fue en El Evangelista, protagonizada y dirigida por Robert Duvall, por la que recibió los elogios de la crítica que durante décadas la habían eludido.


Desde que se le diagnosticó el cáncer colorectal que finalmente acabaría con su vida, en 2006, la Fawcett se avocó a hacer campaña para prevenir el mal y habló públicamente al respecto en distintos foros: su imagen de símbolo sexual pasó a segundo plano y se le reconoció como una mujer valerosa. Irónicamente, O’Neal le propuso (por enésima vez) matrimonio poco antes de su muerte y en esta ocasión, aceptó, aunque ya no tuvo tiempo para hacerlo. Aún sin proponérselo Farrah Fawcett se convirtió en la imagen de los 70 para todos los que los recuerdan – más aún que Richard Nixon, Bruce Lee o el mismísimo John Travolta- y su muerte, dolorosa y triste como fue, anuncia el final de un sueño, aunque se hubiera visto (injustamente) opacada ante los medios por la desaparición de otro personaje que quizá nos impacta más por su inmediatez en la referencia: Michael Jackson, apodado de modo general como ‘el rey del pop’.

Fuera de este mundo

¿Qué se podría escribir sobre Michael Jackson, que no se haya aludido, desglosado y/o examinado antes hasta el cansancio? Los rumores, las especulaciones, las verdades a medias y las mentiras descaradas: todo tal y como a él le gustaba, para establecer su propia imagen cada vez más distorsionada, ajena de la realidad y al mismo tiempo – al menos para sus fans, que se cuentan por millones- ostensiblemente mitológica. Y es que el propio Michael Jackson, el ‘baby’ de los Jackson 5 fue el arquitecto de su propia leyenda y su desconcertante conclusión, si la hubiera previsto, no le habría salido tan, pero tan bien: sale del ojo público del mundo como entró en él, de golpe, con un impacto notable y sin que nadie pueda detenerlo.


Habrá quienes lo vean con menosprecio o como un auténtico superfreak, a estas alturas del partido, pero no sería justo olvidar que si bien ya no era ese chicuelo con afro (y su nariz natural) que le cantaba a Ben la rata asesina, no sin ternura, y que enseñó al mundo que ABC es tan fácil como One-Two-Three, ni tampoco era ya ese joven y vibrante ídolo de las masas ochentenas que caracterizado de zombi (casi todo mundo tuvo su LP de Thriller, ¿a poco no?) ejecutaba espectaculares rutinas de baile con un guante enjoyado, se había ganado a pulso su lugar en el mundo como un grande.


¿Era un excéntrico inconsciente e irresponsable? Posiblemente. ¿Racista avergonzado de su piel? Obviamente eso parece. ¿Cínico pederasta impune? Muchos millones, piensan eso, yo entre ellos. ¿Tópico sobreexpuesto? Lo más probable. Sin embargo, más allá de los tribunales, las alharacas, hermanos parasíticos y envidiosos, los benevolentes ojos violeta de la Taylor, la boda y divorcio precipitados con Lisa-Marie Presley, el deprimido chimpancé Bubbles y los millones de dólares desperdiciados en vaya usted a saber qué cosa, el ‘Jacko’ llegó para quedarse y su deceso, de un ataque cardiaco fulminante, a tan poco de ese muy cacareado comeback, es el broche de oro ideal para que se le devuelva al trono que había visto lejano: ahora ya no habrá cosas feas que salpiquen con inmundicia y maledicencia (o al menos esto es lo que sus fans esperan, comparándolo ya como un fenómeno de la estatura de Elvis o del malogrado John Lennon) su prestigio obtenido a base de trabajo incansable y un talento natural que nadie le regatea: a los 50 años de edad, el Jackson más famoso se convierte en mito y si la gente habla, que así sea. Es exactamente lo que él, blanco o negro, máscara o niño del espacio atrapado en un mundo ajeno, habría anticipado… e incluso, tal vez gozado a más no poder.


Toda prensa es al final buena prensa, y más cuando puede decirse ‘Yo soy leyenda’ sin faltar a la verdad.

martes, 9 de junio de 2009

Habanera de mi cumpleaños 35

Hoy cumplo 35 años.

Pensaba que, al cumplirlos (y claro, esto lo pensaba antes, como a los 17), me sentiría como dice Evelyn Waugh (en boca de Sebastian, uno de sus personajes) en ese portento de librazo que se llama Brideshead Revisited: "Oh, I don't feel old. I feel middle-aged, which is infinitely worse!"...

... pero no es así.

Cuando cumplí treinta, sentí que iba subiendo una montaña, que era muy dura e inclinada. Ahora, me doy cuenta de que no he llegado ni a la mitad, pero no siento ningún tipo de cansancio. Al contrario: creo que el camino, aún con sus tramos sinuosos, se ha vuelto más claro, menos escarpado -- aunque me falta mucho por llegar.

Así, pues, son 35. Y tengo mucho para mostrar con ello: cicatrices como medallas, un sinfín de anécdotas, amigos entrañables que componen una familia ecléctica, dispersa, pero extraordinaria y sobre todo: mía. Y también tengo, naturalmente, una familia (en mis brazos, pueden ver al integrante más joven de ella, una de las personitas más importantes para mí).

Este año, lo empiezo en otra parte, acaso un poco 'unstuck' en el tiempo: no estoy en lo que es mi 'normalidad' -- pero no puedo permitir que me afecte; si estoy en la situación en que me hallo ahora, es precisamente por una razón importante, una lucha que rendirá frutos a la larga, en la siguiente etapa de mi vida. También estoy cerrando círculos: veinte años o más de círculos, que son páginas que se van cerrando. Mi memoria seguirá intacta, pero ya no voy a vivir más con rencores acendrados, con resentimientos guardados y supurantes. Para poder amar a los que me rodean, tengo que empezar por ello: así pues, el domingo hice algo que me sorprendió por su simpleza -- pedí perdón y perdoné.

Es una manera, supongo, de encontrar la paz, el sosiego y la felicidad. Tal vez así pueda vivir y sentir el amor (quiero ser amado, voy a ser amado, de hecho soy profundamente amado y eso me hace muy dichoso, y he sido ingrato, rechazando ese cariño que me rodea, que me cubre, por la estúpida y errónea idea de que no me lo merezco. Algo habré hecho bien, que hay gente que me quiere y a la que quiero y eso es lo que me nutre, me alienta, me alimenta).

No voy a seguir en mi camino a donde sea (mi vuelta a Finisterre, mi entrada a la segunda parte de mi vida) cargando cosas que no quiero seguir cargando: ir sin inseguridad, sin sinsabores (ya sea reales o imaginados), sin miedos absurdos (salvo a los robots, a las gallinas y a las aves mecánicas, claro), sin lastres innecesarios.

Gracias, gracias, por todo, a todos. Esta vida es mucha vida y es más vida cuando se comparte lo que hay.

Así, llego a la mitad de los treintas con mis libros bajo el brazo, con la alegría de poder decir que soy escritor, con mi tribu cercana y amorosa, con Audrey -- mi chaparrita, cuya falta me tiene hecho una desgracia, pero ya será menos, espero pronto-, con tantas risas, tantas cosas buenas.

Son treinta y cinco. Y me siento tan bien, como a los cinco, a los quince, veinte, veinticinco, treinta y como, espero, al último día: como en el primero: feliz, feliz.


viernes, 5 de junio de 2009

Como en trapecio

Algunas veces, la vida es como saltar en trapecio, de un sitio a otro: de una idea a otra, en la perpetuación de la búsqueda de un significado, de la realización de un sueño.

Y saltas,
y saltas,
una y otra vez

Pero algunas veces también es bueno soltar el trapecio y dejarte atrapar por la red de amor (el amor verdadero) que está en torno tuyo, para protegerte.

Es un regalo y no es terrible aprender a aceptarlo. Abrazar (y dejarte abrazar). Aceptar y querer, a ti mismo y a los demás, tal como son.

Entonces todo es revelado.

jueves, 4 de junio de 2009

¡En las nubes!


Como ya se ha ido haciendo costumbre (y una muy buena costumbre), el verano trae la más reciente película de Pixar y la anticipación que la precede, no es en vano: el estudio de animación año con año ha presentado un largometraje de muy alta calidad que deja a todos los públicos – los niños muy pequeños, que se maravillan con la animación por computadora y los adultos, que disfrutan de los guiones, que son más sofisticados de lo habitual- con la sensación de haber presenciado algo extraordinario y siempre con ganas de más.

Así, llega Up: Una aventura de altura, que desafía los temas tocados por el estudio anteriormente y explora nuevos terrenos tanto narrativos como visuales: una serie de escenas y momentos memorables, con personajes entrañables.

Uno de los momentos clave de la cinta, es justo al inicio: un breve interludio musical (apenas de cinco minutos), que narra la tierna historia de amor entre Carl Fredricksen, el protagonista, y Ellie, su mujer, desde que se conocen en la niñez cuando sueñan con ser exploradores, hasta que llegan a la vejez. Esta viñeta sin diálogos resulta ser – ecos del cortejo entre Eva y Wall-E- una auténtica lección de cómo hacer cine, en la que cada gesto, cada movimiento y cada color juegan un papel determinado yendo plano por plano, como si fuera una película en sí misma, hermosa, conmovedora e independiente.

Por lo demás, haciendo clara referencia y homenaje a la obra de Julio Verne, René Magritte, Charles Chaplin y Hayao Miyazaki, Pete Docter (que ya se había anotado un jonrón con Monsters, Inc.) presenta una película de animación que no utiliza los efectos por computadora como razón de existir, sino como un elemento más de su puesta en escena. De este modo, cuenta la historia de un anciano solitario y un entusiasta y despistado boy scout que viajan hasta Sudamérica en una casa colgada de centenares de globos de colores (una imagen icónica que queda para la posteridad, tanto como antes quedaron Holly/Audrey desayunando ante el aparador de Tiffany's; la explosión de la estrella de la muerte o la sorprendente risa de la Garbo en Ninotchka) es prueba de la prodigiosa imaginación de los creadores, que parecen haber encontrado el delicado balance entre vanguardia y comercialidad, entre sensibilidad única y para todos los públicos.

Up es una aventura, como la promoción lo dice, pero es mucho más que eso: es una historia inteligente, humana y con corazón. Pixar sigue navegando fuerte, dejando a sus competidores desesperados, dependientes de secuelas (agárrense, ya viene Shrek 4…) y de puntadas que no siempre salen bien, donde una cinta con este sello es garantía de originalidad, detalle, astucia y deleite, que devuelve siempre la fe en el cine, y no sólo en la categoría de animación. Nadie se la debería de perder y, para iniciar a los pequeños en el amor al cine (cosa que pienso hacer mañana con mi sobrino Rafael), es ideal.

miércoles, 3 de junio de 2009

Retrato del lector pre-adolescente


El otro día caí en cuenta, al decirle a un amigo a qué edad aprendí a leer, de que que llevo tres cuartas partes de mi vida leyendo, asomándome a otros mundos, a otras voces y (como dijera Capote) otros ámbitos.


Ahora al borde de los 35, que ya tengo una novela publicada – mas no la primera escrita, claro- vuelvo la vista hacia los autores y obras que a su vez me formaron, devorados algunas veces a escondidas, preguntándome ahora que los revisito, como quien se inclina para llegar de vuelta hacia la Meca, en qué forma pudieron tocarme esos libros y esos personajes, para crear unos míos propios, que ahora quizá se atreverán a intentar hacer lo mismo por alguien más.


Aprendí a leer, ya se los conté alguna vez, cortesía de mi abuelo Miguel, que seguramente no tenía cosa mejor qué hacer: en sus rodillas veía las carteleras de cine en el periódico, y juntábamos las letras. Esto se tradujo en desenfrenado deseo por ver películas y en que el engorrito tuviera desde entonces un vocabulario estrafalario que quería usar para contar cosas, todo adquirido de esos anuncios (lo primero que leí de corrido, cuentan, fue “Próximo estreno”, tendría unos cuatro años) y luego de libros, que se convirtieron en obsesión.


Debo confesar desde ahora que muchos de los considerados “clásicos” en el canon de la literatura infantil/juvenil, me pasaron sin pena ni gloria; sería tal vez el efecto de crecer rodeado de adultos: Sandokan, Allan Quartermain, amén de todo el ouvre de Julio Verne se me antojaban tediosos, todavía no sé porqué, igual que Oliver Twist, de Dickens, el cual me provoca ambivalencia, donde, ya como a los trece, gocé mucho con Grandes Esperanzas y el contrariado querer de Pip por Estella.


Había en el enorme librero de la casa en que crecí, una selección de novelas de distintas épocas y autores, casi todos anglosajones, esto en mayor o menor medida, por la educación de mi abuelo. Así, era común ver a los otros chicos de la cuadra correr detrás de un balón, mientras yo, sin moverme veía el mismo árbol donde Heathcliff iba a golpearse repetidas veces la cabeza y gritaba “¡Cathy! ¡Cathy!”, en el páramo descrito por Emily Brönte en Cumbres Borrascosas o viajaba en una carroza tirada por caballos por el camino escarpado que llevaba al castillo del Conde Drácula, según Bram Stoker – ese libro fue el primero que leí de manera clandestina, a los siete años; cuando mi madre me pescó, a causa de una pesadilla por leer de noche bajo una sábana, tuvo uno de varios disgustos mayúsculos.


Antes de eso, en mis primeros pasos de lector conocí fabulosos animales antropomorfos como Pooh y Babar, así como a un trío de extrañas niñitas, euménides de la bibliografía pequeña: Dorotea (no Dorothy, que no es otra más que Judy Garland), Alicia y Mafalda.


A las tres debo algo; a las dos primeras, sicarios involuntarios en mundos de los que son rehenes, un profundo amor por los sueños y sus texturas; a la hija magnífica de Quino, también debo el descubrir a los seis años preguntas tomadas textualmente de su boca para dejar adultos anonadados al repetirlas, incluyendo la clásica incitadora al consumo de Nervo-Calm: “¿Qué es el erotismo?”


Para creciente desazón de mi familia, yo desdeñaba siempre que era posible, las sanas y alegres actividades que por-tu-bien se endosaban a mi crecimiento (incluyendo años de suplicio en un grupo scout, arruinándome a Kipling para siempre y sin remedio), para meter la nariz en un libro.


El que un estúpido presunto psicólogo escolar sugiriera apartarme definitivamente de la lectura, resultó en pérdida de muchos volúmenes que nunca volví a ver, y curiosamente, en una rebeldía silenciosa enfocada ahora en leer como adulto, temas de adulto: Agatha Christie y Jane Austen, dos propias damas británicas, fueron mis guías: Muerte en el Nilo fue mi primera novela para adultos, que me pareció “exótica y violenta” (y lo es) y Hercule Poirot por años fue una especie de viejo amigo y gran héroe, mientras que Orgullo y Prejuicio me dio las primeras muestras de la comedia humana: Mr. Darcy y Elizabeth Bennet aún ocupan un lugar en mi corazón.


Sin embargo, la primera novela que me hizo sentir que yo podía contar una historia, cualquier historia, y hacerla creíble mediante palabras, fue El Bebé de Rosemary, de Ira Levin, descubierta a los nueve años en una de las repisas altas de aquél librero: la portada era un misterio magnífico para una criatura de mi edad; el perfil de una joven embarazada, con los ojos del demonio sobrepuestos (si un día reencuentro esa portada la pondré aquí para que la puedan ver).


Esto y la dificultad de mamá para explicarme la trama (“este... la entenderás cuando seas grande…”) la hicieron más que atractiva, algo que se multiplicó ante la prohibición de leerla. Así, metido en un clóset (literal y metafóricamente), hice mi peregrinar al Manhattan de 1966, al apartamento 7-E de la casa Bramford con la joven e inocente Rosemary Woodhouse, acompañándola durante su peregrinar de nueve meses que la lleva de ama de casa sensacional y vivaz, a perpleja madre de un engendro infernal.


Con esa lectura descubrí el ruido de la ciudad y la vida cotidiana entretejiéndose de manera magistral en una trama tan gótica.


Yo quería hacer algo así.


Volví a este escenario un par de años después, cuando ya me había decidido a ser escritor para vivir de ello (aún ante el enfado de mi padre, que juraba moriría de hambre por semejante idea). Releí el libro y en un cuaderno redacté un intento de novela de fantasmas inspirándome en el mismo tono de Levin: lenguaje y diálogos inmediatos, personajes simples, fáciles de identificar y oculto en alguna parte, algo siniestro que trastocara al personaje: aún hoy para mí esa es la clave de una novela, no importa género o confección; siempre, inevitablemente, el personaje debe cambiar de la primera página a la última: durante el tiempo que dure la historia algo debe ocurrir ya sea por su deseo o no, para bien o mal, morir o vivir.


Hoy de esa novelita escrita a mano, no queda más que el recuerdo del título (Almas perdidas) y descubrir que puedes hacerlo.


Fue así que comencé a leer otros autores: Margaret Millar, escritora canadiense de novelas de suspenso, cuya forma y estilo aún me parecen sublimes; Henry James con sus gloriosas y macabras novelas sobre exiliados americanos perdidos en Europa – Isabel Archer, la protagonista de Retrato de una dama fue un primer gran amor-; las desventuras del chilango Héctor Belascoarán Shayne: Días de combate lo leí a los doce, durante una convalescencia y confirmó que toda novela puede ser contada cuando aparece el escritor que la sepa narrar; en la prepa leí La Princesa del Palacio de Hierro de Gustavo Sainz (el primer libro que me hizo reír convulsivamente al leerlo) y la portentosa colección de Fuentes Cantar de Ciegos – con su memorable Las Dos Elenas y esa joyita llamada Un Alma Pura, que es uno de los mejores cuentos de horror sutil jamás escritos-.


A los diez años leí a Cortázar, verbi gratia el cariño tan grande a Glenda y como alumno en un bachillerato de artes – fui prófugo de escuela ultraconservadora y católica de la extrema derecha de donde casi me corren por Anna Karenina-, me fue casi obligatorio leer Rayuela y entrar en su juego.


En esos años, descubrí los talleres literarios y ahí aprendí las mecánicas del oficio y encontré más lecturas, como El guardián en el centeno, de J.D. Salinger – nunca una crisis nerviosa había sido tan bellamente expuesta, con un personaje como Holden Caulfield reemplazando a mis héroes infantiles-, la decadente Menos que cero de Bret Easton Ellis – cuya fabulosa sang froid vino a influir mi estilo por años como mantra-, la maravillosa narrativa en claroscuros de Joyce Carol Oates o la descarnada poesía confesional de Sylvia Plath y Anne Sexton (ya le he hablado de ellas); todos mecanismos inspiradores en las ciernes del escritor y su pálida, temblorosa juventud.


Mi compadre Alejandro me dijo una vez “uno vive tantas vidas como novelas lea.”


Ahora que me dedico a esto, a narrar, me pregunto si alguien vivirá una vida cuando lea algo escrito por mí. También me pregunto si esto que hago, en alguna forma, de devolver el favor a toda la que gente que, mediante sus novelas, me hizo vivir otras vidas.


Aún si sólo fue transitoriamente.

martes, 2 de junio de 2009

Rosalía. (1917-2009)

Con Rosalía en diciembre de 2006

Rosalía.
Chalía
Rosie
Mom.

Todos esos mismos nombres para una tía.
Murió esta mañana, y con ella se cierra un capítulo generacional en mi árbol genealógico. Era la última hermana que quedaba de mi abuelo, y era una tía-abuela que me quiso mucho y era bien correspondida.

Diminuta, alegre, vivaz aún cuando el futuro la alcanzó, era una mujer estupenda, déjenme decirles: era tierna y optimista, aún pese a la adversidad -- y en ese aspecto, le tocó más de lo que a cualquiera debería y sin embargo, no se amargó nunca por ello-. Era ocurrente y tenía sentido del humor, feliz de reírse, hasta de sí misma (What's that, honey? Es que estoy un poquito sorda, oye...).

Fue una madre y abuela excelente -- y una hermana amorosa y solidaria. Fue protagonista de su propia vida hasta el último minuto y la vivió con valentía, donde otras personas quizá se hubieran desesperado y no se quebró nunca.

Somos muchos los que la recordaremos, a ella y a esa rama de mi árbol, que hoy se extingue, pero bajo cuya sombra cariñosa, crecí cuando me hizo falta.

En cariñoso recuerdo de

Sofía
'Sofi'
(1908-1972)

Miguel
'Mike'
(1910-1981)

Alfonso
(1911-1996)

Elisa
'Licha'
(1912-1982)

Venustiano
'Venus'
(1914-1975)

Valentina
'Valen' 'Gordita'
(1915-1994)

Rosalía
'Chalía' 'Rosie'
(1917-2009)

Alberto
'Beto'
(1920-1992)

Enrique
(1922-2005)

Gabriela
'Gabi'
(1924-1988)

lunes, 1 de junio de 2009

Página abierta


Hacía mucho que no escribía por aquí.

Eso no quiere decir que no estuviera activo en la red -- aunque ojo, me resisto a aceptar eso de que Facebook killed the Blogging Star, que conste-. Es sólo que por un tiempo, me resistí a volver a este espacio, no tanto por mí, si no por quien me lee. Por ustedes.

Me explico.

La última entrada, que ustedes pueden ver aquí abajo, fechada el 29 de abril, sirvió para que -- mediante Google, claro, donde ustedes ponen mi nombre y el primer resultado es esta página- reapareciera en mi vida un personaje del que ya me había logrado olvidar prácticamente del todo, pero que reincide nuevamente: un cyberstalker, un cyberbully, un ciberabusador del que pensé, me había deshecho de una manera efectiva, pero por lo visto, no del todo.

No voy a decir su nombre (esto es lo que busca, que lo reconozca), pero esta pobre justificación para un ser humano existe y me conoce, no sólo virtualmente, también en persona (sí, uno comete errores, más aún cuando no tenemos noción de que una persona que tratamos socialmente, está afectado de sus facultades mentales de un modo aberrante) y durante varios años buscó -- por razones que sólo él entiende, en su cabeza enfebrecida- hacerme la vida difícil, tanto en el mundo virtual, como en el real.

Finalmente, hace un par de años creí que me había olvidado, que volcaría su desorden obsesivo-compulsivo en acciones más productivas, o que finalmente habría tenido éxito en provocarse una embolia. O algo, cualquier cosa que lo distrajera de ocuparse de mi existencia. Pero como el óxido, el moho o la podredumbre, trata de regresar y lo hizo mediante un mensaje personal al encontrar este blog, mismo que manoseó, como acostumbra hacer con todo lo que le pueda dar "información sobre sus enemigos".

Tras recibir el mensaje, reconozco que me inquietó: "...conque ya no estás en Gijón sino que ya regresó (sic) y está de intruso encajoso en casa de una Bettina. ¿En verdad viviste tanto en Gijón o fue un experimento para probarle al mundo que puedes sostener una mentira tanto tiempo, porque eres el gran escritor?

Fíjate que me dí cuenta de que si eres talentoso, manejador de vidas ajenas, mentiroso y tienes iniciativa, tu evidente fracaso profesional (con todo y los dos libros que ya publicaste) seguramente se debe a que no tienes un buen agente de representación.

Deberías de rogarme a ver si acepto representarte..."

Evidentemente, este sujeto está mal: le falta un tornillo, está pasando aceite, se le fue la cabra al monte, está, literalmente chiflado. Y me preocupó, por un momento ver que este blog es una página abierta, que es fácilmente localizable y que está expuesta a los ojos de cualquiera, hasta a los de los monstruos.

Pero ahora regreso y pienso que a ese fulano yo no le debo nada, y mucho menos, miedo. Así que decidí volver y seguir escribiendo. Y si va a leer, que lea. Y si va a bramar, que brame. Yo no te tengo miedo. Como dije: a tí no te debo nada, pendejo (busca el significado en el diccionario).

Mi gente es mi gente, y no tiene por qué tocarla. Me da asco que siquiera sepa que existen, pero si mi gente (ustedes) son parte de mí, no podría escribir sin tenerlos a ustedes para leer. Así que, si a ustedes no les importa que un patético y mitómano loser sexagenario, recluso entre cuatro paredes y un monitor, con delirios de grandeza, intransigencia y estupidez mezquina, lea lo mismo que escribo para ustedes, perfecto.

Ultimadamente, este blog, no lo escribo pensando en él.

Escribo para mí, y para los que quiero.
Lo demás, es irrelevante.

Volvemos, y por la puerta grande.