Tengo que reconocerle su valor a toda prueba a mi chaparra.
Ni yo hubiera aguantado tanto. -- prácticamente veinte horas (entre ida y vuelta) trepada en un avión y metida en una jaula tan pequeña como ella. Luego, el tren, y pasar semanas lejos de mí que andaba del tingo al tango, mientras ella era consentida a más no poder por sus abuelos y su Tía Bettina.
Pero ahora ya estamos en casa y todo es distinto: lo primero que hizo, fue tomar posesión de su sofá, semblanza de la normalidad abandonada por un mes, y retozar en él. "esta es mi casa," parecía decirme, con sus ojos de capulín bien fijos en los míos. "Esta es mi casa, y no pienso irme de ella."
Audrey es la gran alegría de este -- de otro modo- solitario apartamento en lo alto de la ciudad. Es el termostato de cuatro patitas que calienta mi cama y el despertador sonriente que me levanta en las mañanas, con sus dosis irredentas de amor. ¿Qué sería de mí sin esta chaparra?
No tengo idea, pero créanme que tampoco me gustaría pensarlo.
Lo bueno es que ya estamos en casa y que no pensamos dejarla, al menos por un buen rato. Como a este espacio, que aún siento un poco extraño -- me siento aún demasiado consciente de que escribo en él y de lo que en él escribo- pero espero que poco a poco se pase. Que esto vuelva a ser, si no lo que fue, sí lo que debería ser.


