lunes, 13 de agosto de 2007

Gijón, Holly Golightly


Cuando llegué hace algunos años a esta ciudad marina, la identifiqué como una villa ciclotímica: con verano deslumbrante e invierno de puertas adentro, con sus rituales de los que la gran familia gijonesa participa con dosis similares de entusiasmo y disciplina; pero no fue hasta que me mudé a vivir a ella, movido por esa inquietud que de pronto nos toma a algunos por sorpresa, nos hace quemar naves y lanzarnos a la aventura – y confieso que, a los treinta y algo, estaba ya bastante pasado de edad - fue que encontré otras facetas suyas que desconocía, más allá de los días transcurridos en Semana Negra y Festival de Cine, que me habían acogido en calidad de itinerante, brindándome amistades y un atisbo al engranaje local.

Comencé a notar el cambio en el aire cuando iniciaba el mes. Más gente en la calle y más tarde en la noche. No me extrañó tanto; después de todo, ya sabía que Gijón es una ciudad que se vuelca a las calles en verano al ponerse el sol, ya casi a las diez de la noche. Pero pronto descubrí otros indicios de algo distinto: la plaza mayor con un escenario permanente y carteles taurinos en las ventanas de comercios, al igual que más y más gente en la playa a la que voy casi todas las mañanas a caminar descalzo en la arena, siempre de la escalera 11 a San Pedro y de vuelta.

Es la “Semanona”, me dijeron los amigos locales al preguntar qué ocurría. Diez días de la fiesta de Gijón. Habrá, me dijeron, fuegos artificiales, conciertos gratis y toda la cosa.

Me intrigó el concepto. Verán, yo vengo de una ciudad de 20 millones de habitantes (sí, sé que suena exagerado, pero juro que no fabulo la cifra) y allá, al otro lado del mar, no tenemos cosas que aquí son rito y tradición: ni Carnaval, ni Semana Grande, ni siquiera una cabalgata de Reyes.

En mi megalópolis, lo que se celebra el 12 de diciembre, es la fiesta de la Virgen de Guadalupe, la imagen más icónica que hay en la historia del colectivo de fe mexicano. Es entonces que hay fuegos artificiales – o bien, cohetes, como les llamamos nosotros-, peregrinaciones de todos los puntos de la república mexicana y la Basílica de Guadalupe atestada de fieles. Pero es sólo por un día y en un punto muy concentrado y específico: la Villa de Guadalupe, ubicada en una zona al norte del distrito federal, donde se ubica el cerrito del Tepeyac, donde ostensiblemente tuvo lugar la presunta aparición de la llamada Virgen Morena.

Pero aquí la cosa es muy distinta. La sensación de fiesta es tan palpable, como en aquella Roma Fellinesca creada en Cinecittá, o en los platós donde Kirk Douglas y Cyd Charisse bailaban el “Drácula chachachá” captados por Vincente Minnelli, en “Dos semanas en otra ciudad”.

Como tengo la mala costumbre de pasear solo por ahí – un buen amigo me dijo una vez “Sentir una ciudad, entenderla y amarla, asumir los deberes de ciudadano exige pasearla a menudo, de cabo a rabo, con ojos abiertos, a conciencia” y yo, obediente seguí el consejo al pie de la letra-, me vuelvo parte de este festejo aún si sólo como observante: así veo el grácil paso de las jóvenes turistas rubias que pasean su angelical humanidad por los bares y sidrerías que bordean la plaza del Marqués, mientras alguno que otro vecino local suspira y pide a Dios conserve a las repúblicas checas.

Hay familias con niños pequeños que se amontonan para encontrarse con la ballena que, cual Greta Garbo, apenas y se deja ver con un aire misterioso; sólo le faltaría decir “I want to be left alone” antes de sumergirse; descubro más signos de una semana inusual en las calles: hay alguno que otro paparazzo semioculto cerca de la plaza del Bibio o de Poniente o de algún restaurante de postín, con la intención de hallar tomate: esto significa que hay especimenes de esa raza conocida como “celebridad” que caminan entre nosotros, ya sea mi compatriota Alaska, que desafía al tiempo y la gravedad con frescura singular, o Francisco (hágase hincapié en decir el nombre completo, el apócope es “for friends only”) Rivera Ordóñez – su hermano, por razones de todos conocidas no pudo hacer acto de presencia, algo que seguramente significará un “break”, supongo, para su ex, Blanca Romero, vecina de estas latitudes- o algún ocurrente aspirante a “superstar” del mundo del corazón (que personalmente me pone la piel de gallina y me revuelve el estómago, no sin violencia).

Siempre he pensado que esta ciudad tiene vida propia, más allá de lo evidente y ahora es como una de esas mujeres que sorpresivamente cambian su atuendo del día-con-día, la bata de casa del gris más vulgar y las alpargatas para ir al Lidl, por tacones altos y un exquisito atuendo largo de gala que de algún modo permanece impecable aún a las seis de la mañana; cambia los rulos por un peinado elegante y fuma con larguísima boquilla mientras observa el alba romper, detrás de gafas de sol.

Gijón es esta semana grande tan vivaz y sensacional como Holly Golightly.

Supongo que, cuando se disperse el olor sulfuroso de las bengalas, se despojará del vestido de Givenchy y las perlas, se soltará el pelo en espera del próximo año, volviéndose, acaso resignada, a sus ciclos, con la serenidad de semblante y el ajetreo de “vida cotidiana” que de toda la vida acostumbra.



Texto publicado en La Nueva España de Gijón, el Lunes 13 de Agosto de 2007
Fotos cortesía de David BM/ennegativo

6 comentarios:

ben dijo...

Esas fotos son hermosas... Siempre me han fascinado los fuegos artificiales. Aquí se vive un ambiente de fiesta todos los fines de semana por cuatro o cinco semanas antes del 4 de julio en los festivales que toman el parque más grande del downtown y después en el otoño con otros tantos festivales en la ciudad y pueblos vecinos.

Lo mejor de todo eso, los fuegos artificiales por supuesto. Jejeje.

Un abrazo y disfruta de las fiestas

Anónimo dijo...

Sorpresas te da la vida Miguel!
Hace muucho tiempo te leía en el universal, cuando escribías de tus viajes, tus amigos y Morrisey!!.
Y me identificaba con muchas cosas que publicabas, pero JAMÁS me imaginé que fueras Ernesto Miguel Pulido Alonso!, dado que al personaje antes mencionado tenía unas ganas de darle una tunda!, si por rayar sus libros!!... Qué pequeño mundo Miguel, tengo Muchos libros que fueron de tu propiedad como The Dark Half y The Throat, y antes de deshacerme de ellos decidí averiguar quién era el que rayoneaba los libros con sus iniciales.
Anyway! ya decía yo que teníamos algo en común.
Saludotes.
Luis.

Dushka dijo...

Tengo que visitar Gijon!

Anónimo dijo...

Felicidades por la publicación en Gijón, y que sigan muchas MASSSSSSSSSSS !!!!!!!!!

El del otro lado del Atlántico y que sigue con los otros 19,999,999 del Detritus Federal.

P.

Alejandro Caveda dijo...

Aunque sea repetirme enhorabuena, espero ver más artículos con tu firma en la prensa local y gracias por los parabienes que le haces a nuestra hermosa ciudad :o)

Miguel Cane dijo...

Ben:

My dear, trataré, pero no lo garantizo. Too much people.

Abrazos!!!
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Anónimo Luis:

¡Pues qué gusto saber dónde fueron a dar algunos después de haberlos donado! -- Te contaré que los marcaba porque mis libros tendían a desaparecer.... así que por lo menos así era más difícil que me dieran baje con ellos, en contra de mi voluntad.

¡Conque lector del Universal way back when! Pues espero que sigas siendo lector aquí.

Un abrazo, Luis. Y Bienvenido.
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Dear Dushka:

Sí. Y serán recibidos con los brazos abiertos. ¿Cuándo vienen?

Cariños a Luca.
xxoxoxx
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Frank,

Gracias. Uno hace lo que puede y sin cierta intervención casi divina, no habría sido posible. You know... ;)

Mil abrazos.
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Alex:

Nada qué agradecer. Después de todo, ésta también es y por motu propio, mi ciudad.

Abrazo,