jueves, 5 de octubre de 2006

Dios bendiga a Holly Golightly


Cuenta la leyenda –aunque nadie sabe si esto sea verdad al cien por ciento, como sucede con tantas cosas que tienen que ver con él, que solía enjoyar sus anécdotas como si no hubiera un mañana, fabulador por naturaleza como era - que el ilustre Truman Capote hizo un berrinche espectacular y se salió furibundo y taconeando de la sala de proyección cuando vio la versión fílmica de Desayuno con Diamantes (Breakfast at Tiffany’s) la noche que se estrenó, el 5 de octubre de 1961.

La película, que hoy día es un genuino clásico de culto para varias generaciones, fue dirigida por Blake Edwards, con un guión adaptado de George Axelrod y música de Henry Mancini (incluyendo la inolvidable canción Moon River, que marcó un hito en la historia del cinema y le valió al maestro Mancini el primero de sus tres Oscares), y transforma de manera notable su noveleta tan popular, una aguda observación de la vida neoyorquina en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en una auténtica comedia romántica Hollywood style, protagonizada por las eximias Audrey Hepburn y Patricia Neal y el entonces muy joven y apuesto George Peppard.

Capote estaba emberrinchado porque según él, no sólo se habían atrevido a “simplificar” la trama, sino que también le parecía que la Hepburn no era ideal para el papel de Holly – supuestamente, él quería se había encaprichado con que fuera Marilyn Monroe-... sin embargo, aquí se dio el caso de que el personaje trasciende no sólo al medio, sino inclusive a su autor y se convierte en una figura icónica por mérito propio.

La primera vez que vemos a Holly Golightly (nombre real: Lula Mae Barnes), es desveladísima y muy chic, de pies a cabeza en Givenchy, con espectacular bisutería, asomándose a los legendarios aparadores de la joyería Tiffany & Co., en la esquina de la calle 57 y la 5ª Avenida. Holly “desayuna” un bagel y un vaso de cocoa: ésta es la actitud que da título a la historia y de un pincelazo muestra al personaje de carne y hueso.

Con sus lentes oscuros, larguísima boquilla, joyas “regaladas” y peinado de salón intacto a las seis de la mañana, Holly es la encarnación de la Good-Time girl, la amiguita de los ricos que se rehúsa a recibir diamantes hasta que no haya cumplido cuarenta, ya que antes son de lo más vulgar; la muchachita que escapó de la miseria, la mediocridad y la ignorancia, reinventándose en pleno corazón de Manhattan.

Naturalmente, Audrey Hepburn se convirtió en Holly y no existe ninguna otra forma de imaginársela. Su trabajo es impecable y dota al personaje lo mismo de un carisma radiante que de una extraña fragilidad, que oculta bajo un barniz cuidadosamente aplicado de chic y cinismo.

Es precisamente esto lo que atrae – como llama a la palomilla- a su vecino, Paul Varjak (el güero Peppard), que a su vez es el juguetito de la sexualmente frustrada esposa de un magnate (la incomparable Neal, quien pese a tener sólo cuatro escenas, se las roba con la mano en la cintura) y hace que quede prendado de ella, mientras ella lo que quiere es encontrar a un hombre con abundante billetiza que se case con ella y le garantice un futuro asegurado, no le hace que no lo quiera. Con que le de $50 para ir a “polvearse la nariz” basta.

Podría ser que lo que ofendió la inflada sensibilidad del enfant-terrible de las letras estadounidenses, no fue tanto el que se adaptara su historia original a la floreciente década de los sesenta – de hecho no se perdió nada al hacerlo y esto ayudo a dar mayor impacto a la cinta- sino que el personaje del narrador, ostensiblemente inspirado en él mismo se mostrara aquí como un galán heterosexual idóneo para cambiar el curso de la vida de Holly y retirarla de la aristocrática prostitución (esto nunca se menciona, pero se sobreentiende que Holly es puta, aunque Edwards lo maneja con gran elegancia).

Cierto es que el happy ending (en esa era algo de rigeur) fue impuesto, para elefantino berrinche de Capote por la Paramount Pictures, pero eso es lo de menos: el verdadero valor de la película (y de la narración que le da origen, por supuesto) es darnos a tanta gente, una imagen qué adorar: la espigada chica que fuma y suspira, que cruzará el Moon River con estilo algún día.

Dios te bendiga, Holly Golightly... ¿qué habría sido de nosotros sin ti?

Hoy, toda una vida más tarde y recordando a Holly, a Audrey, a Tru y a Henry Mancini, aquí tienen la versión original de Moon River (una de mis canciones más entrañables y la favorita de mucha, mucha gente), en la voz de su estrella. Descárguenla y disfrútenla.

Ave, everybody!

6 comentarios:

Patricia dijo...

Hola Miguel: imposible imaginar a otra que no fuera Audrey en este papel; Marilyn me resulta demasiado "carnal" para el personaje (pero claro que con el diario de ayer todos opinamos mejor, y Audrey ES Holly). Una chica genuina en el fondo, porque "compra" sus propias fantasías. Que cuida tanto su independencia o sus reglas para la vida, que no le da nombre a su gato...

Cierto, la película es más azucarada; más benévola tal vez con Holly y sin embargo igual a mí me pareció sentir el espíritu de la historia, que leí después de haber visto la película varias veces.

Claro que a mí me gusta que ella vuelva y busque a su gato, que se encuentre consigo misma. También me gustó la novela, por otras razones.

Pero sobre todo me gusta ella, y sí, Moon River es una de mis preferidas también.

Saludos!
Patricia.

Miguel Cane dijo...

Queridísisima Patrifar...

¡Ah! ¡Qué lujo leerte!
(y yo, debiéndote una laaaarga carta)

Prometo ponerme a mano contigo.
Mil besos, mil abrazos y aquí, esperándote.

M, comiéndose un bagel con cocoa.

Faramir dijo...

Hola Patricia (un honor encontrarte acquí), hola Miguel.

Como ven, ya en CV puse lo que pude poner (al rato vomitarán los sapos tragados con bilis, de 3 sólo ha sacado 1)... Pero lo importante, que quizás Patricia no sabe, es que en alguna ocasión Miguel me contó una anécdota personal.

Por eso, en honor a Miguel, a tí, amigo, es que narré el final de la cinta (si, ya se que todos la conocemos). Hay varios reconocimientos hacia tí, Miguel, en ese larguísimo texto que me costó tres días pergeñar y que, para ser síncero no acaba de gustarme... Quizás porque, ambos me conocen, soy más cerebral y frío cuando escribo. Pero, desde que pasa lo que ambos saben, aflora una veta emocional poco conocida, y en este artículo está más a flor de piel que de costumbre.

Si, cuando la ví en la madrugada, se me salieron las de Saint Peter cuando ella lee el telegrama y llora, y de allí pa'l real...

Así que, cuando estaba escribiendo, ya había llegado al final y no quería meter el spolier final (todo el texto ES un spoiler jajajaja)... Escribí como que el final y, de pronto, que me sigo de largo.

Y esa es la última señal honorífica Miguel: poner la letra de Moon River en el final del texto como está -adorable- en el final de la cinta (coño, hasta la empaté con Casablanca y me cae que me sostengo jejejeje). Fue el último guiño con toda estimación.

Los abraza a ambos...

Paco (en un viernes "extraño", de esos que no sabes si quieres olvidar o recordar).

Patricia dijo...

Miguel: lujo leerme nada de nada, ya sabrás que me he hecho "migueladicta" y los textos que salen de tu teclado (ah, qué epocas aquellas en que podría haber dicho "de tu pluma"... hubiera quedado tan bonito, no?) los leo, los rastreo, y si puedo o me atrevo, dejo algún un comentario.

Paco: Voy para CV a ver qué fue lo que escribiste... los sapos y culebras hay que tomarlos como de quien vienen: de sapos y culebras, precisamente.

Un beso a los dos,
Patricia.

Miguel Cane dijo...

Paco y Patricia/Penélope.

¿Yo qué podría decirles?

Estoy muy emocionado, muy conmovido y sobre todo, muy orgulloso, de la proporción tomada por este persoanje en nuestras consciencias...

...y claro, feliz de tenerlos siempre en esta, su casa (aunque sea virtual).

Haciendo votos por que nos veamos pronto:

MC

yorkperry dijo...

bendito google...

Amé tu post, casi tanto como amo a Holly Golightly.

Saludos! =-)