jueves, 28 de febrero de 2008

Female trouble

Joan Crawford, Norma Shearer y Rosalind Russell

There is a name for you, ladies, but it isn't used in high society... outside of a kennel.
Joan Crawford, como Crystal Allen
en Las Mujeres, un film de George Cukor
(1939)


La perrada es un arte muy sutil y aprender a dominarlo toma mucho tiempo.
Hay quienes nunca lo consiguen, aunque así lo crean -- tengo una antigua conocida y ex confidente, que se cree princesa pero tan solo es persona, que por años se ha considerado a sí misma como el epítome de la perrada... pero no.- Hay otros (as) que aprendemos sobre la marcha, como mecanismo de defensa y acabamos por manejarlo con gracia -- como el proverbial abanico de la Marquesa.

Curiosamente, el manual ideal para saber manejar la perrada no está escrito, sino filmado. Me refiero a Las Mujeres, un filme realizado a manos de George Cukor en 1939, para la Metro-Goldwyn-Mayer, con un elenco de primera que incluía a todas las estrellas femeninas del estudio (excepto Greta Garbo, que estaba ocupada con Ninotchka y protagonizaba so-la); encabezado por Norma Shearer, Joan Crawford, Joan Fontaine, la exquisita Paulette Godard y ese prodigio para la comedia que era Rosalind Russell.

Basándose en la exitosa obra teatral de Clare Boothe Luce (a su vez una mujer extraordinaria en muchos campos y co-fundadora del emporio editorial Condé-Nast), la película se podrá sentir un poquito antique para los estándares de hoy (amén de que hay quienes, inexplicablemente, tienen aversión a las películas en blanco y negro o con más de cinco años de existencia), pero pese al paso del tiempo, se mantiene tan fresca y relevante en algunos aspectos como el día de su estreno.

Nuestra ostensible heroína es Mary Haines (Norma Shearer, la diva estrábica que era viuda del genial Irving Thalberg y que en su momento fue el equivalente a lo que Julia Roberts fue en su día), una verdadera santa; generosa, gentil, amorosa, guisa de maravilla, tiene una casa divina en el campo y un apartamento muy chic en Manhattan, se viste de última y no se le va un detalle. Tiene una hija de nueve años llamada Mary (Virginia Weidler) que es una réplica en miniatura de ella y tiene un matrimonio sólido y feliz con el financiero Stephen Haines (a quien nunca vemos. El gimmick de esta película, que además funciona a las mil maravillas, es que nunca se ve a ningún hombre, aunque se haga alusión a ellos constantemente. Después de todo, el slogan publicitario era: 'The Women... is all about men!')... o al menos eso es lo que ella cree.

Cuando su vanidosa, envidiosilla y malora prima/amiga-rival, Sylvia Fowler (la espectacular Roz Russell, que se lleva la película en el bolso de mano) se entera durante una cita con la manicurista que el buen Stephen anda en 'malos pasos' con un zorrón verbenero (en mi pueblo la llamaríamos golfa putona meretriz y piruja) conocida como Crystal Allen, que lo está engatuzando y se lo está trabajando sabrá dios con qué negras, retorcidas y calenturientas intenciones, no pierde el tiempo y con un par de comentarios inocentes (sazonados con el hecho de que el marido en cuestión 'se está quedando hasta tarde a trabajar') manda a Mary a que le 'hagan las uñas en rojo jungla' y de paso la pongan al tanto del chisme caliente.

Mientras esto sucede, la infame Crystal (interpretada con garra por Joan Crawford, que aparece en pantalla derrochando carisma como si no hubiera un mañana), harta de su vida de medio pelo y de la miseria, utiliza su labia (en todas las ascepciones de la palabra) y calculadamente planea su estrategia de dobles (triples y hasta cúadruples) juegos para robarle el marido a Mary y de este modo asegurar su futuro económico y dejar para siempre su trabajo en el mostrador de perfumería de una tienda departamental. Sylvia, nada más por molestingar le da un ligero empujoncito, sin imaginarse que esto tendrá consecuencias para ella a la larga.

El resto de la cinta trata acerca de cómo Mary, acompañada por su amiga, la dulce y sensible Peggy Day (Joan Fontaine, muy jovencita, en sus días antes de convertirse en una prisionera del pasado en Manderley al protagonizar Rebecca de Hitchcock) va a Reno, Nevada, para tramitar un divorcio que le permitirá a la malévola y buscona Crystal casarse con su pelele, er, esposo. Toda vez ahí, traba amistad con la vivaz y sensacional Miriam Aarons (la bellísima Paulette Goddard, en ese entonces mujer de Charlie Chaplin y posteriormente viuda de Erich Maria Remarque) una ex corista de Broadway y a la Baronesa Flora de Lave (Mary Boland), una matrona bien madurita, que pese a una hilera de fracasos matrimoniales no pierde la fé en l'amour, l'amour! Y el champagne, claro.

Es con la ayuda de estas nuevas amigas y gracias a la oportuna intervención de la pequeña Mary, que Mary Haines decide arrojarse a hacer su primera (y única) perrada, como un modo de tratar de recuperar a su ex marido, mientras que la tal Crystal (cuya idea de fidelidad significa no tener a más de un hombre metido en la cama al mismo tiempo) se dedica a gastar alegremente el dinero de su (arrepentido y solo) nuevo marido y a jugar a las camas musicales con otros. El resultado de este encontronazo entre ambas mujeres y sus aliadas y enemigas será divertido, cínico y memorable, con una de las líneas más formidables jamás dichas por la Crawford, con todo estilo: 'Hay un nombre para ustedes, señoras, pero no se usa en sociedad... excepto en las perreras.'

Cukor era un genio para dirigir actrices y esto se advierte en el impecable desarrollo de la película: es una comedia melodramática de excepción, con un ritmo estupendo (si fuera una pieza musical se podría bailar de dar gusto) y actuaciones de primera. Para la época era una superproducción, ostentando sets, vestuario y maquillaje (incluyendo una espectacular secuencia en technicolor de un desfile de modas alucinante). A nivel reparto, la Shearer sale bastante bien librada, si bien su personaje es al principio lacio, lacio y agorzomado, donde le toma casi toda la película sacar las uñas. Por su parte, la Mamita Querida se luce y exuda sex appeal --algo que aún hoy, no todas las patéticas aprendices de zorras saben hacer-. Uno comprende cómo es que alguien querría darse al catre con ella. Pero, para mí, la verdadera estrella es Rosalind Russell, cuya Sylvia es no sólo esa clase de amiga perrucha que todos hemos conocido alguna vez. Tambien es una creación cómica que arranca carcajadas y que utiliza todos los recursos a su alcance, que van desde la mímica hasta el sarcasmo, siendo ella la mejor maestra en el arte de la perrada que arriba mencionaba.

Las Mujeres, si bien no es un filme universalmente conocido como Lo que el viento se llevó (estrenada el mismo año) se las ha ingeniado para dejar huella indeleble en la historia del cinema: es la más obvia inspiración para el ouvre de Pedro Almodóvar (y si le preguntan, les dirá que junto con Eva al desnudo, es su película favorita) y resulta aún hoy totalmente adictiva. Existe un remake (Dios nos guarde) que se estrena este año, con Meg Ryan (como una insípida versión de Mary), Eva Mendes (¡como Crystal! What?) y Annette Bening (como Sylvia) que no se me antoja para nada pero que supongo tendré que ver. Sin embargo, nada le podrá hacer mella a esa gloria del auténtico Hollywood saturada de féminas revoltosas, que se convirtió no sólo en leyenda: también es ejemplo, para saber manejar ese fino arte de la perrada.

3 comentarios:

Irma Page dijo...

Miguel,
Tus 15 minutos de fama fueron 30, melon.

Y ya tengo tu copia en DVD para regocijo onanista.

Y si, no me extraña que te miraran... paree que no, pero el programa este que hago tiene bastante audiencia... lo cual me impide sacar la cabeza e insuktar a la gente desde el coche, como hacia antes.
XD
Irma

hugo dijo...

pos si, se antoja verla. la buscare.

saludos. h

Viviana dijo...

Siempre es un placer leerte Miguelillo.

No conocía esta película. La historia se antoja la verdad.

¡Gracias por compartir!