jueves, 7 de febrero de 2008

Vanessa, Vanessa, Vanessa...

I
Uno de los primeros rostros que pude reconocer de inmediato, desde mi infancia, fue el de Vanessa Redgrave. Aún desde antes de verla actuar, supe que esos enormes ojos azules iban con esa cara y con ese nombre.

Un día, como a los seis o siete años, encontré en una revista una fotografía de ella como Isadora Duncan en la película que filmó en 1968. La imagen era tan hermosa, que la recorté, la conservé por muchos años y cada vez que pienso en Vanessa Redgrave, esa -- esta- es la imagen que tengo en mi mente.


Llegué a Londres el 24 de octubre pasado, para entrevistar durante el día siguiente, al elenco de Expiación, la película basada en la novela de Ian McEwan, que ahora está nominada a un Oscar. Esos días en la ciudad el cielo era gris y extraño y yo estaba muy sensible por haber pasado parte del día revisitando altares abandonados, reencontrándome con fantasmas de mi pasado lejano (y no tan lejano), arrepintiéndome de algunas cosas que hice ahí y de otras que no hice. No obstante, también estaba nervioso; me gustaba la idea de hacer las entrevistas, ver a la prensa extranjera -- algunos conocidos que no sabían que me había mudado-, tomar té gratis en la hospitality suite, pero sobre todo, conocerla a ella.

Esto fue lo que hablamos:

II

La expiación de Vanessa Redgrave

La sola mención de su nombre conjura un aire de reverencia, incluso entre los periodistas o profesionales de cine más inveterados. Es Vanessa Redgrave. Punto. No hay más. Una vez que el nombre se deja oír, siguen imágenes que conforman su existencia y su carrera: su retrato viviente de Isadora Duncan; su “sangre real” de los escenarios, siendo hija de dos pilares del teatro y el cinema británico: Sir Michael Redgrave y Lady Rachel Kempson y hermana de Corin y de la formidable Lynn Redgrave, ambos actores de primera línea, así como madre de dos actrices célebres (Natasha y Joely Richardson, de su matrimonio con el fallecido cineasta Tony Richardson) y un director/guionista (Carlo Nero, nacido de su relación de más de cuatro décadas con el italiano Franco Nero, con quien no se casaría sino hasta el 31 de diciembre de 2006, para asombro de muchos, incluyendo a su familia); su valentía para hablar de tópicos considerados tabú, incluyendo su célebre – e incomprendido- discurso durante la entrega del Oscar en 1978, cuando ganó su primera (y hasta hoy única) estatuilla por su devastador trabajo en Julia, causando controversia al denunciar a “una pequeña banda de pandilleros zionistas (se refería a la Liga Judía de Defensa, organismo calsificado como de ultraderecha, que la atacó por su colaboración con el movimiento independentista Palestino) cuyo comportamiento es un insulto a la estatura de los judíos de todo el mundo, y a su gran y heroica lucha histórica contra el fascismo y opresión.”

Jane Fonda, su co-protagonista en dicho filme, y amiga suya por más de cuarenta años, la describe de esta manera: “hay una cualidad innata en Vanessa que me hace sentir como si ella residiera en un mundo misterioso y secreto que elude al resto de nosotros, los pobres mortales. Su voz parece provenir de un lugar profundo que conoce todo el sufrimiento de la humanidad y todos los secretos que la conforman. Verla trabajar es como mirar a través de capas de cristal, cada una de ellas decorada con imágenes míticas, capa tras capa, hasta que se torna oscuro - pero aún entonces sabes que no has llegado al fondo, que hay algo más, intangible, terrible y maravilloso... El único ejemplo de algo semejante que he experimentado con un actor fue Marlon Brando... Como Vanessa, él siempre parecía estar en otra realidad, alimentándose de algo desconocido, moviéndose con un ritmo interno magnético, inexplicable… y luego, ella hace algo como sonreír, con una benevolencia totalmente terrena, de madre, de mujer, y sus ojos se iluminan y es como un sol, y la quieres y todo el dolor plasmado, la pesadilla de terrores, es sólo algo que queda en tu memoria mientras ella se desmaquilla y te pregunta qué vamos a hacer más tarde.”

Junto con Maggie Smith, Judi Dench y la celestial Julie Christie, Vanessa es una de las soberanas de la escena en Inglaterra. Está desposada con el teatro y es algo desconfiada de los sets cinematográficos. Permanece aún muy activa a los setenta y un años en causas sociales de izquierda – “hay cosas que no cambian, son mis principios”- y es una presencia tan enorme al entrar a la suite de un hotel londinense para hablar de su más reciente filme, que automáticamente impone: mide más de 1.80 de altura, tiene hombros anchos de nadadora (otra cosa que, señala, tampoco cambia –“fumo como un carretero, tengo que compensarlo con algo”-) luce ese rostro inolvidable y aún muy hermoso, sin gota de maquillaje, la cabellera blanca en una larga coleta y saluda con la voz rasposa, extraordinariamente atrayente para una mujer de su aspecto y edad.

Da la mano al saludar y mira directamente. Su presencia hace que las rodillas tiemblen mientras se acomoda en el sofá y se prepara para la primera pegunta. Su actitud con los medios ha cambiado notablemente en la última década. Por años, se rehusó a hacer “trabajo de promoción” y exigía una copia del cuestionario con anterioridad. Es memorable entre el gremio la anécdota de que en una ocasión se levantó en plena entrevista a finales de los 80 y salió de un estudio de la BBC, escandalizada por la “superficialidad y mal gusto” de la primera pregunta que le habían hecho. El fuego se ha aplacado, pero no está extinto. En cuanto escucha algo que capta su interés, florece, se vuelve elocuente y toma el mando. Finalmente, es Vanessa Redgrave.

Se cumplen cincuenta años de su debut teatral y en cine. ¿Cómo siente el trayecto? ¿Ha llegado a donde imaginaba?

Me percaté que eran cincuenta hace poco, en casa, con Lynn. Encontró un programa de mi primera obra y me lo dio. Me quedé de una pieza. ¡Cincuenta años! ¿Te das cuenta? En parte no lo siento para nada. Quiero decir, algunas cosas no cambian. Mis principios, mis compromisos… y hay otras cosas que nunca hubiera creído que vería, en todos los aspectos. Incluso en mi trabajo. Y en mi persona. He llegado a un punto en mi vida en que alguna gente entiende lo que he tratado de hacer, me encuentro con que hay algunos que han logrado entender mi causa y hay quien se alegra de que yo tratara de hacer lo que traté de hacer. Y realmente me siento muy humilde al respecto ahora. Fui orgullosa y tozuda. Pero aprendo lecciones. Ahora siento que debo seguir intentándolo... pienso que cualquier ciudadano puede entender lo que digo. Que tal vez tú me entenderás. Todo lo que quiero es que tú tengas la oportunidad de alzar tu voz para hablar claro. Eso es lo que yo hago, lo que he aprendido en estos cincuenta años… pero también siento que aprendo cada día. Ha sido un largo viaje.


De todo su impresionante cuerpo de trabajo, ¿con qué se quedaría, si pudiera elegir?

“Oh, no podría elegir. A veces lo pienso, aunque me siento díscola al hacerlo, porque todo – hasta lo más insustancial que he tenido que hacer, las cosas que he hecho para tener dinero rápido por alguna u otra razón-, todo, representa algo: un momento, un sitio, una experiencia, un compañero. Podría decirte que me quedaría con todo, por lugar común que suene. Las películas con Tony (Richardson, su primer marido), las obras en Stratford-on-Avon cuando era jovencita y hacíamos Shakespeare en verano. Julia, por supuesto, BlowupIsadora… Karel Reisz era un genio de director y me estremece que hoy casi no se le recuerde o se le respete como debería ser. Tantas películas que recuerdo… ¡Hasta Camelot! La volví a ver hace poco, sabes, con mis nietas y no daban crédito: “Nessa, ¡cantas!” sí, dije. ¡Y cómo lamento no haber aceptado que me doblaran! (se ríe) En la juventud una hace cosas muy soberbias. Tiene arrebatos. Los míos se imprimieron en todos los periódicos. Tengo cosas que lamento, pero no me arrepiento de las malas películas – y, por favor, hay que admitir que Camelot no es exactamente lo que esperábamos que fuera- ni de las controversias. Lo hice porque quise y sirvió para algo, no fue desperdicio.


¿Entonces usted se arrepiente de algo...?

Claro. Como todo el mundo. Seguro que tú, aún tan joven, tienes arrepentimientos también. Son inevitables. Ese es el tema de esta película, después de todo, ¿no? (Sonríe, entorna los ojos) Me arrepiento, de no haber sido una buena madre cuando mis hijas estaban creciendo y me necesitaban más cerca de ellas. Estaba muy comprometida con muchas causas y a veces eso te hace perder de perspectiva ciertas cosas. Yo amo profundamente a mis hijos, a los tres. Pero cuando Natasha y Joely estaban creciendo, dependí de otros para muchos momentos en los que debí estar. El precio es alto y a veces cuesta trabajo, mucho trabajo, poder enmendar ciertos errores. Por fortuna, mis hijas son mujeres generosas, espléndidas hijas y madres. Y lo fueron desde niñas. Algunas veces, son los hijos quienes nos enseñan. Y me arrepiento, como dije. Pero creo que el daño que pude haber hecho, ya está sanado. Toma tiempo.

Eso es lo que busca su personaje, precisamente, en Expiación, ¿no?: reparar un daño.

Sí, es el punto focal. Mi personaje incurre en su infancia – cuando lo interpreta Saoirse Ronan- en un grave error, que tiene largas consecuencias, para todos en su entorno. En su adolescencia, cuando Briony es interpretada por Romola Garai, intenta expiar su culpa, pero no es hasta que llega a esta edad, mi edad, que su intento trasciende. Lo dicho, toma tiempo hacer la paz con el mundo que nos rodea, con los nuestros, con una misma. Ese es el tema principal de la película, de su historia, de la novela. Y también lo es, en nuestras vidas: la expiación es algo que siempre buscamos, aún en la negación.


¿Cómo fue para usted acercarse a Expiación?

La novela me pareció maravillosa. Era el primer libro de Ian McEwan que leía. Me pareció increíble como literatura. Me conmovió, me fascinó. Estaba segura de que harían una película basada en ella, pero no estaba segura de si habría un papel para mí en ella. ¿Grace Turner, la madre del chico? No me atrevía a pensar en Briony adulta. Pensé que era demasiada vanidad. Luego, me llegaron rumores de que podría haber un papel… volví a leer la novela y me di de golpes contra la pared al ver lo buena que era y por haber sido tan rematadamente estúpida como para no haber descubierto antes a Ian McEwan y su magnífica, magnífica obra. Es un libro buenísimo, muy difícil de llevar a la pantalla, pero el guión de Christopher Hampton es extraordinario. Finalmente, tuve mi primera reunión con Joe Wright, el director. Me impresionó que fuera tan joven, tan vibrante, tan seguro de sí. Nos vimos en mi casa, para ver si yo reunía todos los requisitos para encarnar a la versión adulta de Briony. En todo caso, la conclusión de nuestra maravillosa conversación en la que escuchamos, hablamos, preguntamos, fue que si alguien podía hacer la película, esos eran Hampton y Wright. Dos días más tarde me llamaron y empezó la búsqueda por las actrices que me interpretarían en la infancia y juventud. Fue una aventura fantástica y fue algo que hicimos paso a paso, como equipo.


¿Resultó complicado a nivel técnico interpretar un papel tan complejo en una intervención tan breve? Son sólo siete minutos pero resultan cruciales…

Sí lo fue. ¡Vaya que lo fue! A nivel técnico recibí mucha ayuda de Joe Wright, del equipo de maquillaje, de peluquería, vestuario, que tenían que mantener un aire de parecido entre nosotras, yendo de 1935 a 1940 y a 1999… tomamos las tres clases con un foniatra para tener el mismo timbre, la misma dicción. Fue desafiante hacerlo, para un tiempo, como dices, tan breve… Pero, ¿sabes? Hay otro aspecto quizá tan importante, o más, incluso. Me refiero al aspecto espiritual de Briony. Aparezco en el epílogo, y en ese momento en que mi personaje aparece y cuenta toda la verdad… Es su última oportunidad para contar lo que sucedió e intentar arreglar todo lo que hizo mal, movida en un arrebato de inocencia y celos y la insensatez de la infancia cuando toca a su fin y creemos que sabemos todo, pero sólo somos niños y no tenemos idea de lo que es el mundo o la vida o el futuro y cómo lo que hacemos lo afecta. En ese momento de revelación, cuando la Briony vieja – sí, vieja, no me mires así. Soy una señora mayor y el personaje es una señora aún mayor que yo- por fin se expía, se libera de esa cuita tan pesada, yo, como intérprete debía sentirme en la piel de Saoirse. Una versión joven de mí misma, la Vanessa niña que fui, mirando a mis padres en el teatro, soñando con Rosalind y Julieta y Ofelia y Viola y Cordelia, con estrellas en los ojos. La Vanessa que ya sabía que iba a dedicarse a esto, sólo que estaría metida dentro de su piel, para ser ambas la Briony Tallis niña al mismo tiempo asustada y enfurecida. Cuando rodamos, me sentí en una comunión total a nivel espiritual con ella y con mi infancia y los sueños que tenía. Fue catártico. Me ayudó mucho. Fue quizá, uno de mis mejores momentos con un monólogo, aún si era tan breve. Sentí vida. Y eso es este oficio, ya lo ves. Imitar la vida tan bien, que tú en la butaca, la sientas genuina, sin haberte mentido.

III

Mientras ella habla, yo la observo.
Voy a confesarles un secreto de mi oficio -- algo que casi nunca hago-: es rara la ocasión en que preparo un cuestionario antes. Sólo lo hago cuando se trata de una entrevista que me importa especialmente. Lo he hecho muy pocas veces. Procuro que la entrevista sea espontánea, que tome su propio camino. Siempre soy respetuoso con mi entrevistado -- respeto su inteligencia y su privacidad.

Aquí no supe cómo prepararlo más allá de lo obvio. Mientras esperaba que nos pasaran a la suite donde iban a ser las entrevistas, pasé por mi cabeza todas las preguntas que se me ocurrían. No quería que me pensara un estúpido, no quería hacerle preguntas cliché pero tampoco quería tocar temas volátiles (si le habla uno de política, la mujer se incendia). Así que empiezo a tocar de oído, mientras la veo, sus ojos azules puestos en mí. ¿Qué han visto esos ojos antes? ¿Qué han retenido y luego transmitido?

Oigo mi voz temblorosa hablar poco, mientras ella responde, se extiende, se sonríe, enciende un cigarrillo, luego lo apaga y enciende otro. Agita una mano. Recuerda, se conmueve, se remueve, se dirige a mí y luego pareciera que a sí misma. Y yo sólo la observo. Son quince minutos que pasan de pronto y que al mismo tiempo, parecen una hora, un día entero.

Y antes que me de cuenta, terminamos.
Digo "muchas gracias, Miss Redgrave" y ella (Ella, ella, ella...) me sonríe (¡me sonríe dulcemente!), me estrecha la mano, se despide con gentileza, me pregunta si volveré a México. Cuando le digo que vivo en España, me dice que le gusta España. Dudo en besar su mano. No lo hago.

No suelo tomarme fotografías ni pedir autógrafos. Me parece poco profesional. Las únicas firmas que pido y tengo, son de amigos escritores en sus libros (Peter, una que me quiere bien, María Luisa -- que ya no está- y otros amigos a cuya obra y persona tengo una profunda devoción). Claro, tengo la famosa foto con Kidman, y una con Liv Ullmann, pero me da pudor hacerlo de nuevo. Y más con ella. La única foto que tengo de esa tarde, es una que toma una de las asistentes de relaciones públicas como un favor para mí, mientras Vanessa habla.

Me gusta la foto.
Salgo de la suite, mientras otro periodista toma mi lugar (tuve suerte, fui el primero de la tarde). La chica de relaciones públicas me devuelve la cámara, me sonríe. Le pregunto dónde está el servicio y me encierro ahí por unos minutos a llorar.

No lloro de tristeza -- no realmente- sino que lloro de emoción. Me siento mareado mientras lo hago; me tiemblan, como si estuviera desamparado, las piernas, las manos. Lloro y lloro en privado. Luego me lavo la cara, me despido del equipo, recojo mi press-kit y salgo hacia las calles del distrito de Mayfair, para luego caminar hasta mi hotel. Mientras lo hago, en mi cabeza hay un niño que contempla una imagen a blanco y negro de una mujer a punto de comenzar a bailar, y pienso en todas las veces que he visto su rostro, que he oído su voz.

Me habló. Le hablé.

Y mientras avanzo y el cielo de Londres oscurece, comienzo a recordarla.

17 comentarios:

Anónimo dijo...

Tu post me conmovió mucho mucho.
Gracias

Anónimo dijo...

Felicidades Miguel,,,

Una experiencia y un texto que ya forman una trinidad emocional y fílmica con Ullmann y Kidman.

Cierto, de lo mejor que nos has compartido a todos nosotros para leer.

Un abrazo.

,,,,,

kackerbe dijo...

Breath taking!
Wonderful wonderful!

much love!

~kate


rare is the man or woman that has the courage to feel the truth of the moment.

una que te quiere bien dijo...

Querido Miguel,

cuando leí por primera vez tus entrevistas me preguntaba, ¿cómo hace para hablar con estos semidioses? ¿Cómo se les acerca?

Me parece enternecedor que te temblaran las piernas ante Vanessa. A mi también me habrían temblado, estoy segura de ello. Con ella o con Harrison Ford o con Gary Cooper (soñar no cuesta, ¿verdad?).

Qué noble corazón el tuyo y no lo digo solamente por lo evidente en lo escrito. Transmitir emociones mientras escribes, emociones como estas, es un don.

Y lo usas con maestría.

Te felicito y te admiro y te mando desde la nieve, muchos besos.

Ya falta cada vez menos, como cada año, querido.

Y por cierto, gracias por dos cosas: la mención con disfraz terrible y todo(muy agradecida)y las variaciones Goldberg y el concierto para mandolinas de Vivaldi. Ha sido delicioso leer esto con tan selecta compañía.

Besos.

Viviana dijo...

¡Qué privilegio amigo!

Admiro mucho también a Vanessa Redgrave.

Es impresionante el parecido que tiene en esta foto con su hija Natasha.

Abrazos y muchos besos.

vanegra dijo...

Todo me conmovió muchísimo, la novela, la película y la actriz, y tu entrevista, ¡wow! ¡Impresionante!
Felicidades¡
Vanessa Hernández

Emilio dijo...

Cane,

Maravillosas palabras (especialmente después de tu comentario más bien desconsolador en mi blog... muy justo). Yo tampoco entiendo como puede uno hablar con alguien como ella, cada vez que entró en tu blog me siento algo ignorante del mundo del cine, pero sí vi Blow Up y ella está espectacular, tan bella como en la fotografía que has posteado. Y parece encantadora, o al menos esa la idea la queda a uno al leer lo que has escrito.
Un abrazo

Dushka dijo...

Acabo de ver la pelicula "Evening" asi que tu post me cayo como anillo al dedo. Gracias!

Anónimo dijo...

Gracias Miguel. Se me cuajaron los ojos.

VERÓNICA MAZA dijo...

Siempre que veo a Vanessa Redgrave en una peli me acuerdo de ti. Tu post me encanto. Besos, mi querido daaaarling.

Miguel Barrero dijo...

Admiro tus entrevistas por lo bien hechas que están. Las envidio por el interés de los entrevistados.

A lo más que llegué yo fue a entrevistar a Arturo Fernández.

Ay...

Capitan Frio dijo...

Miguel:

Una vez más demuestras que no tienes madre, eres extraordinario, decir que me conmueves es poco, que te admiro, es menos aún.

Estar frente a una diosa y salir con tu habitual modestia, con tu fría cordura... yo no podría haber... vamos! No podría haber entrado a ese lugar.

EXTRAORDINARIO!!!

Qué tan lejos llegarás?

Y es sólo un principio...

Anónimo dijo...

Pues yo no le veo nada de extraordinario ni de magistral. Es una entrevista cutre con mucha sensiblería anodina y protagonismo de su parte, en la que desperdicia a una actriz que vale, le pudo hacer preguntas más interesantes.

Cuquita la Pistolera dijo...

Qué maravilla de crónica, me encantó. Me gustó mucho tu acercamiento en la entrevista. Y habrá que ver la película...
Un abrazo

Unicornio dijo...

Hola, Miguel:

Lo extraordinario es vivir. Y lo magistral es vivir de tal forma que consigas cumplir algún sueño, por "anodino" que este sea. Por lo menos, compartes esos sueños y emociones con el mundo, cuando la mayoría no sólo no sería capaz de hacerlo, sino ni siquiera de pensarlo.

¿Qué habría hecho yo si llego a platicar con Richard Feynman? (Sí, aquél físico que dijo que "la Física era como el Sexo: por supuesto que tiene un uso práctico, PERO NO ES POR ESO QUE LO HACEMOS...", jajaja): supongo que 10 minutos se hubieran dilatado, más allá de la velocidad de la luz, a 10 horas de placer intelectual. Y, ¿si hubiera podido invitar al gran Emil Zátopek a mi casa, en su momento de desgracia? Si pudiera conversar de música con el Maestro Ennio Morricone, ¿qué le podría decir: me atrevería a pedirle una partitura o un disco con un autógrafo? ¿Me echaría una "cascarita" de fútbol con Pelé? ¿Podría echarme un "palomazo" a capella y por pura diversión con Sarah Brightman, digamos, el "Think of me" del "Fantasma de la Ópera", o un duet para el Nessun Dorma?...

... en pocas palabras (y antes que me califiquen también de anodino y aparte, protagónico (como si con el cuerno espiralado en la frente no llamara la atención, jajaja), lo que quiero decir es que cada Hombre (y Mujer) tiene derecho a emocionarse, enojarse o dejar correr algo del sudor de los ojos (¡también se cansan, caray!). Pero dudamos en compartirlo.

De modo que, gracias, Don Migue, por compartirlo con nos.

Atte.

el sensiblero Jamelgo con Cuerno.

P.D. Y gracias por el toque de Vivaldi de fondo musical. ¿Habrás oído el Concierto para mandolinas, teorbe, salmoé, violin en tromba marina y orquesta? A ver qué te parece. ¡Buen día!

Patricia dijo...

Gracias, Miguel, por la foto (qué hermosa Señora sigue siendo!) y por compartir tu experiencia.

Me alegra saber que hay sueños que se hacen realidad, y más aún, saber que todavía te emocionás tanto como contaste,a pesar de tantos años de oficio.

Besos mil.
Patricia

Senses & Nonsenses dijo...

Un trabajo muy emotivo...
a mí tb me fascinaba esa fotografía, que tb me acompañó mucho tiempo. yo la había descubierto en Julia, pero en esa foto está maravillosa.
sólo por Julia e Isadora, Vanessa ya ocupa un lugar en mis altares cinéfilos.

un abrazo.