domingo, 21 de enero de 2007

Okapi


Debo confesar que, de un tiempo a esta parte, no duermo solo.
¿Cómo sucedió? Pues de la manera habitual, no te das cuenta.
Cuando acordé, ya estaba compartiendo el lecho -- o bien, estaba teniendo mis sueños velados por el personaje que aparece en la foto de abajo.


Es un Okapi.

Y ahora ya puedo oírlos, porque sepan que yo pensé lo mismo. "No, no. ¡Este Miguel!... No podía ser un simple osito de felpa, no (que ya de por sí, a estas edades sería un accesorio extrañísimo). Tenía que ser algo excéntrico y estrambótico, como un Ornitorrinco, un Marsupilami o un Okapi."

Pues eso. Tengo un Okapi.

Para quienes no lo saben (me pongo toga y birrete) el Okapi (Okapia johnstoni) es el animal que se considera el pariente vivo más próximo a la jirafa (que me encantan). Esto es, se trata de un rumiante herbívoro ungulado de hábitos más bien nocturnos y que vive en las zonas selváticas de Congo -- más correctamente entre los rios Uelle, Ituri y las selvas de Aruwimi- [¡gracias, Wikipedia!] El animalito es parecido a la jirafa, aunque su cuello es corto y tiene pelaje color chocolate en todo el cuerpo, salvo en patas y grupa, donde es a rayas blancas y negras, como si fuera el de una cebra. Se le consideraba un monstruo mitológico en la época colonial, hasta que fue descubierto por Harry H. Johnston en 1901.

Éste, en particular (que aún no tiene nombre, se aceptan sugerencias del mismo) literalmente se me pegó en el Zoo de San Diego. Yo había comprado un león de peluche para Mónica, mi hermana, a manera de resarcirla de uno que había ella misma comprado y perdido en el mismo sitio catorce años atrás, cuando de pronto, llamó mi atención el Okapi, solitario en un mar de Pandas, Leopardos, Jirafas y Tigres.

Me sorprendí acercándome.

Es raro encontrar que un objeto inanimado (y más aún, un juguete relleno) tenga expresión inteligente; pero eso fue exactamente lo que me pareció que tenía éste juguete. Parecía decirme "Llévame, llévame contigo".

Y eso mismo hice.

Al principio, lo coloqué junto con sus primas jirafas en una estantería dedicada a eso (¿qué demontres voy a andar haciendo yo con un peluche a estas alturas del poema?)... sin embargo, como que no entonaba del todo con las viejas compañeras de mi irrecuperable.

Entonces una noche, me descubrí con él sobre el regazo, mientras me desvelaba viendo una película en la TV. Al apagar la luz, lo acomodé sobre un almohadón contra la cabecera y desde ese momento y hasta ahora, ahí duerme. Vela mis sueños y me hace compañía.

A veces, ¿saben? Me sorprendo volviendo a un hábito que creía roto desde hace casi treinta años: le hablo. Le hago preguntas retóricas y sin respuesta, y su serenidad, con ese morro moreno y afilado que parece dirgirse a mí, mientras clava sus ojillos de acrílico en los míos, me da una cierta tranquilidad.

Creo que lo disfruto como compañero. Y me sorprende, reitero, que yo, siendo una persona dizque sensata, presuntamente centrada y al cuarto para los treinta y cinco, me encuentre de pronto literalmente encantado de tener conmigo un hermoso Okapi que me cuida mientras duermo.

4 comentarios:

Bohemia dijo...

No conocía a esta especie, quizás lo había oído porque el nombre si me suena...Debe ser bonityo dormir así de bien acompañado...

Anónimo dijo...

Awwwww! :D

Ben

Miguel Cane dijo...

¡Hola Bohemia!
(Bienvenida)

Sí, ¿qué puedo decirte?
De hecho lo es: como que he logrado evitar sueños angustiosos desde que éste amiguín se percha sobre mis almohadas... y si tomamos en cuenta su exotismo... ni hablar: ¡uno que es exótico!

Un beso y gracias!

Miguel Cane dijo...

Dear Ben,

Sí, I know.

Awwwwwwwww :$

Pero bueno, hábitos raros que tiene la gente.

Un abrazo hasta Columbus.