sábado, 5 de enero de 2008

Oro, Incienso y Mirra

Los Reyes y yo nunca nos llevamos del todo bien.
Es decir, me gustaba (desde que pude adoptar ese rol) más poder dar, que recibir.

Amén de que esos Reyes conmigo la tenían siempre muy difícil. En vida de mi abuelo Miguel, preparábamos juntos las famosas "cartitas" y él siempre supo qué era exactamente lo que yo quería (¡Una jirafa de verdad! ¡Siempre pedía una jirafa de verdad! Si mi pobre viejo hubiera podido, me hubiera regalado un animalito bebé).

Al morir él, ya no recibí lo que quería, si no lo que 'necesitaba' o presuntamente 'tenía que' gustarme por ser niño (léase: cosas de construcción, autopistas, un juego de química, coches de control, una pera de boxeo, cosas bien divertidas que aprovecharon todos mis primos, que gozaban como locos los juguetes que yo recibía, donde yo ni siquiera los sacaba de sus empaques --¿como para qué?). Amén de que era una especie de pago a mi silenciosa complicidad -- yo ya sabía la terrible y temible verdad, pero mi coláctea menor no, y luego, aún cuando supo siguió fingiendo demencia hasta bien entrados su añitos de púber, claro, es (hasta hoy) muy lista.

Para entonces yo ya no disfrutaba los Reyes.
No había libros ("porque tienes muchos") ni nada que me hiciera realmente ilusión... pero tampoco podía pasar desapercibido, que con la otra que sí creía.

En fin, pasé muchas y muchas mañanas horribles de 6 de enero, cargadas de desencanto, de reproches, de reclamos ("¿por qué no eres como los demás y te conformas? ¡No he conocido a nadie más inconforme e insatisfecho que tú, criatura!": cortesía de my Harsh Mistress) y lágrimas (agh) y culpabilidad por "no saber apreciar lo que se me daba", viéndome a mí mismo como el peor de los hijos ingratos, tanto así como para amargarme la existencia, por lo que hoy que mejor después de mirarlas de pasadita, las mando derechito a la caja del despejo. Ya no pueden tocarme ahora.

Lo bueno vino, cuando yo ya fuí económicamente solvente y yo me convertí en Rey Mago. Es que ese oficio sí me gusta, matarili-rili-rón.

Cuando yo ya estuve en mis veintes, aunque seguía perseguido por el horroroso mantra de "¿qué te vamos a regalar? ¡Dinnos que quieres!" (nada me da más ansia que tener que pedir cosas para mí. Aprendí a no ser pedigüeño y a procurarme lo mío desde muy joven. A mí me ilusiona ser sorprendido), me dediqué a comprar mis propios regalos de Reyes para mis padres y para su perla legítima y claro, para mi Harsh Mistress. Y no lo hacía mal. O al menos creo que no lo hacía mal. De hecho, me hacía más ilusión el hecho de anticipar su sorpresa que la reacción misma -- mi papá jamás ha sido ni será partcularmente demostrativo, María era sumamente educada y daba las gracias muy distraídamente, la princesa del hogar había sido criada para saber que se merecía todo cuanto recibiera, por lo que al hacer lo propio, aunque fuera sincera no resultó nunca del todo convincente y la que de verdad se sorprendía y a quien era un deleite ver abrir sus regalos era mi mamá.

De hecho, creo que fue nominalmente por ella, que seguí haciéndolo por tantos años (de otro modo, y cuidado, que no es por falta de cariño que lo digo, habría cesado y desistido a la primera). Nos escabullíamos mis padres y yo -- haciendo pantomima para nadie- los días cinco por la noche, a ver a la gente hacer las últimas compras, mientras comíamos algo en un merendero y veíamos el furor clandestino. Y tal vez yo soñaba con esa elusiva jirafa de verdad, a la que buscaba aún inconscientemente.

Creo que los últimos años lo pasábamos bien, aunque yo prefería convertirme en Rey Mago (más mago que rey, claro) y colocar cerritos de Oro, Incienso y Mirra, al pie del árbol, bajo el famoso zapato que se desvelaba esperando.

Este año, yo soy mi propio Rey solitario, claro. (Y de hecho, hace meses que tengo todo).
No pierdo las costumbres que me llenan de alborozo, ir de puntillas y dejar algo que arranque una sonrisa. También veré mi primera cabalgata de Reyes, supongo, y luego tal vez me asome al filo de la medianoche a las calles a ver a los pobres y ajetreados Reyes clandestinos que corren de acá para allá, con sus últimos grandes legados bajo el brazo, para ver sonreír a un niño. Y estoy seguro de que muchos niños serán felices.

Y mañana supongo que me levantaré tarde, al fin bendito domingo.

8 comentarios:

Sebastiana dijo...

Yo he llegado a la conclusión, en estos últimos años, de que Reyes debe ser mi fiesta favorita del año. Cuando me enteré de la verdáaaaa, no quise creerlo (vecina chismosa) y acosé a mi madre con preguntas hasta que tuvo que confirmarme la ilógica noticia. Era más probable que existieran los reyes a que los papás compraran cosas a escondidas, y luego me pregunto cómo es que soy tan gullible? En fin. Mis padres y abuelos continúan la tradición y a pesar de los años, yo sigo despertando a las 5 de la mañana, gracias a mi hermana, que no puede no despertarme, a ver las sorpresas .

Anónimo dijo...

Miguelito, espero que lleguen los reyes a tu casa para mi. te amo. tu fan numero 1. cp.

Anónimo dijo...

ya falta menos para ver mis regalitos. ¿Manolos? je, je, je.
B7

Baltasar dijo...

Es un artículo muy bonito. Enhorabuena. Espero que esta noche alguien te sorprenda :-)

Miguel Barrero dijo...

Es verdad que se te da bien hacer de rey mago. Pocos regalos tan sugestivos como "Los tres caballeros" (aaaaaaa Baía íaaaaa). De todos modos, a mí sí me gusta la noche de reyes. De todas las entrañables fechas navideñas, es la que mejores recuerdos que trae a la memoria. Y vale la pena ver las caras de los enanos mientras pasa la cabalgata.

Nos vemos, cuate.

Viviana dijo...

Los reyes nunca fueron un gran evento en mi casa. Normalmente nos traían ropa o cosas totalmente aburridas como calzones y calcetines...y es exactamente lo que recibirán mañana los niños de esta casa. Eso si, de Barbie y de power rangers, juju.

Santa Claus era otra historia...

Besitos

Rax dijo...

-Ya sabes, ¿no?-me preguntó mi mamá, así, directo. No dijo "ya sabes lo de los reyes, que en realidad somos nosotros", pero era más que obvio. Yo tenía unos once o doce años.
Tuve que dejar de hacerme güey, ni modo.
-Sí, ya sé.
Nos quedamos calladas. Mi pregunta no formulada era "y qué, ahora que ya sabes que ya sé, ¿ya no me van a traer regalos los reyes?". Ella sabía que ésa era la pregunta. De hecho, lo que me quería decir era que la ansiada barbie aeróbica que había pedido ese año estaba agotada en todas las tiendas. Así que quería saber cuál era la opción b.
-Pues no sé -confesé
-Pues vamos a que escojas, ¿no?
Y la noche del cinco de enero nos fuimos a la juguetería Ara, mero enfrente del Templo Mayor. La fila era larguísima. Nos dieron un turno. Cuando nos tocó llegar a la caja, nos enteramos que un cargamento extra de mattel, super de emergencia, acababa de llegar.
Nos tocó el turno. pedí la barbie aeróbica. ¡La tenían! Regresamos a la casa y la pusimos en el zapato.
Al otro día, hice la pantomima para mi hermanito, que también sabía, pero que hacía la pantomima de que no.
Creo que fue mi mejor noche de reyes :)

(Un abrazo y un beso. ¿Cómo te fue de vuelta?)

Patricia dijo...

Ay, qué cosa con los Reyes... En mi familia mientras fuimos niños teníamos regalo en Navidad y en Reyes. Y durante mucho tiempo a pesar de saber sí lo disfrutaba, porque era un día donde íbamos a la casa de mi tía y nos juntábamos todos los primos a ver los regalos que nos habían dejado en la casa de los demás tíos. Era de lo más lindo. Luego nos fueron "jubilando" por edad, claro, y no nos reunimos más para esa fecha.

Pero igual, mi historia con los Reyes había dejado de ser buena mucho antes. En general nos encontraba la fecha veraneando en una casita que tenía mi familia en el balneario "Neptunia". Ahí, con gestos dignos de un mal libro de psicología infantil, una vez los Queridos Reyes me dejaron una nota que decía que ese año no tenía regalos porque no me había portado bien. Aún hoy trato de saber qué cosa tan horrenda habría hecho. Pero ALGO habrá sido ¿no?

Después, otro año en que yo había pedido una bici, regalo tradicional por acá, resultó que la bici era cara. Igual me la compraron... no sin antes, consultando otra vez el anti manual de puericultura, se les ocurrió a mis padres decirme "LA verdad". ¿Para qué?

¡Para que yo valorara el sacrificio que habían hecho para comprármela!!!! :-S

Conclusión, pese a que me encanta andar en bicicleta hasta hoy, esa bici no la pude disfrutar tanto...

Qué desastre... Ahora, por suerte, me puedo reír de todo eso. Pero igual, es una fecha de la cual me hago la distraída olímpicamente. Ahora los regalos son en Navidad, nomás.

Besos
P.