martes, 8 de abril de 2008

Música de playa

La marea está muy, muy baja y me decido a caminar un rato por la playa.

Es medianoche y no hay un alma, ni en el muro, ni en la arena.

Es muy raro, cómo la arena se compacta en los lugares donde antes la ocultaba el mar. Cómo aparecen, en ella, algunas piedras semiocultas. Esto es la bajamar.

Veo cómo las huellas que dejo sobre la arena hacen un rastro irregular. Me inclino a recoger algunas de esas piedras exhumadas por el agua y me las meto, aún arenosas, en el bolsillo. Me gusta la playa de noche. Así como la veo ahora.

Pienso en la bajamar y en la música de playa.

Hace algún tiempo, cuando me iba a ir a Egipto -- unos días antes, lo decidí aquí mismo, en Gijón, era Semana Negra- fui a cenar con Jack y la Señora Duquesa en un restaurante que no conocía (y que ahora, sutil ironía, queda exactamente a la vuelta de mi casa, en los bajos del bloque de apartamentos donde vivo) y después de cenar, bajamos a caminar un poco por la playa, los tres.

Esa noche, la marea estaba tan baja como hoy y la arena conformaba una sabana compacta donde empezamos a andar, yo por delante, tratando de ubicar de dónde venía una música que se oía claramente hasta el muro. Mis compañeros se quedaron más cerca de las escaleras que descienden a la playa y yo primero caminé y luego corrí hasta encontrar que era un pequeño combo de jazz que tocaba algo que podía ser de Count Basie o Thelonious Monk (no lo sé. Igual que nunca aprendí a jugar ajedrez, tampoco le tomé gusto al jazz y no sé distinguirlo, lo siento).

Recuerdo que me quedé muy quieto, oyendo la música de playa. Luego volví corriendo a donde estaban mis amigos, como quien ha encontrado un tesoro, sorprendido, fascinado (en esa época, mi ciudad me sorprendía a cada giro. Hoy lo sigue haciendo).

Esta noche, mientras yo caminaba desde San Pedro sobre la arena compacta, recogiendo piedras, recordé la música de playa. Abrí mis oídos, pero no había combos o cuartetos, o un saxofonista tenor que tocara. Pero había música: el murmurar del agua, aún desde lejos.

Y la bajamar me recordó inevitablemente también el que es uno de mis poemas favoritos, palabras ajenas que tras haberlas leído por primera vez (y con muchos encores), y como años antes ocurriera con Daddy (Plath) o The More Loving One (Auden) o The Lady of Shallott (Tennyson) o La Paloma (Alberti) se instalaron en este inmenso y caótico archivo que es mi cabeza, para ser recitadas de repente, no de memoria, sino como dicen los anglos: by heart -- siempre me gustó más esa expresión al referirse a algo que puedes recitar, le resta lo mecánico y le da el sentimiento que amerita.

Me detuve a mitad de la playa, con piedras en los bolsillos (Ay, ay, Virginia. Pero yo no) y empecé, de repente, con el corazón y la cabeza al unísono, como hacía tanto tiempo atrás, a recitar las estrofas de Bajamar en voz alta.

Este es el cesto de
las piedras exhumadas.

Estos son los objetos
sin perfil y sin nombre.

Estos peces creían que el mar era eterno
pero el mar los ha expulsado.

Este rostro es el tuyo en espejos trizados,
pequeñas marismas sobre el limo.

Este es el territorio
que el agua ha conquistado a la certeza,

y esta sórdida vendimia es la memoria.


Me llené los pulmones de noche, al oír mi voz cantando. Me di cuenta de que en ese instante (no maravilloso sino irrepetible, Joseph Brodsky dixit, una noche de invierno en Yalta) era feliz. La única alma en San Lorenzo bajo las nubes y repetí mi canto, ahora alegre.

Sí, esta sórdida vendimia es la memoria. Mi memoria no es otra cosa si no eso mismo. Y regresa a mí todo como el agua que vuelve en espuma contra el rompeolas. Me sentí profundamente agradecido por todos los privilegios recibidos y seguí caminando despacito en la arena, mirando mis huellas y riéndome, riéndome.

Y mi risa, descubrí, era esa música de playa.

2 comentarios:

g. neidisch dijo...

Me gusta andar descalzo en la playa y sentir las caricias a veces desgarradoras de la arena en mis talones.
Me gusta quedarme de pie sobre la arena y sentir que una hola entierra levemente mis pies.
Me gusta el Mar Cantábrico, me recuerda al Mar Báltico. Ya ves, después de tantos años entre el Caribe y el Golfo de México.

Viviana dijo...

Qué hermoso Miguel.

Esa playa, esa música. Tú musica. Sigue haciéndola.

El poema es bellísimo, con razón es uno de tus favoritos.

Un besito amiguito.