miércoles, 6 de junio de 2007

Joan, John y yo: venir al luto

Esta entrega tiene muchos inicios:

Comienza ayer en el Café Gregorio, a unos pasos de mi casa, donde me siento a leer The Year of Magical Thinking, de Joan Didion, cuando lo acabo de comprar en la librería inglesa de la Calle Ezcurdia. Es el segundo libro que he comprado desde que me mudé (el otro es Suite Parisina, de Irène Nemirovsky, pero de ese libro magistral me ocuparé otro día).

Comienza el 30 de diciembre de 2003 en el salón del apartamento de Joan Didion y John Gregory Dunne en Manhattan, unos minutos antes que ella llame al 911 y diga "vengan ya".

Comienza la mañana en que mi abuela María murió.

Comienza, siempre comienza.

No sé dónde termina.

O si termina.

I

He leído a Joan Didion por años.

De hecho, y ahora les estoy revelando uno de mis secretos del oficio de escribano, la he imitado en alguna ocasión (Ojo, he dicho imitado, no plagiado, que conste). Pero sí, como a otros escritores que he admirado, busco la manera de ver cómo funcionan sus mecanismos, de aplicarlos a mi propia manera de aproximarme, de descubrir cómo opera la magia de verdad -- recuerden, lo mío es sólo prestidigitación- y cómo se aplica a las palabras. Así antes y después de Didion he buscado imitar a veces a Ira Levin o a Peter Straub, a Julio Cortázar o a Roberto Bolaño, o a Anne Sexton o a Auden. Sólo un poco, un ver si puedo encontrar el mismo sendero.

Descubrí a Joan Didion, porque Bret Easton Ellis la adoraba (y la imitaba) y yo a él lo adoraba en mi pálida y temblorosa juventud. Así leí Play it as it lays -- yo confieso: me costó mucho poder entrar a esa novela- y luego The White Album (una colección de ensayos sobre la vida en California a fines de los 60) y A Book of Common Prayer, que es, en mi opinión, una de las grandes obras casi desconocidas de la literatura del siglo XX.

Joan (y aquí, la familiaridad que se obtiene, quizá, en base al haberla leído tanto) posee un estilo muy único, muy desapasionado, de narrar. Siempre fiel a los detalles, a lo que observa. Es una cronista excepcional, más que una narradora imaginativa. Es una narradora que nos describe las cosas tan fielmente que estamos ahí con sus personajes creados, o bien, con ella misma. Olemos, tocamos. Sabe conjurarlo todo y hacerlo real. No todo mundo puede, al menos no como ella (del mismo modo en que nadie escribe diálogos como Joyce Carol Oates, o nadie puede volver verosímil lo impensable como Levin y Cortázar, o nadie puede crear mundos perfectos de horror y pathos como Bolaño). Me gusta leerla. Lo hago siempre que puedo.

Cuando entro al Gregorio con el libro recién comprado (he estado pensándolo por varias semanas, desde que lo vi), ya sé de qué trata. Siendo lector asiduo de su autora, su vida y los acontecimientos que rodean su obra, no me son indiferentes. Ya había leído sobre lo que da pie al ensayo narrativo que se compila en el libro (editado en español como El año del pensamiento mágico), de hecho, sabía más cosas que se sucedieron después.

Cuando empiezo a llorar, sin poder evitarlo y busco con pánico algo que pare las lágrimas antes de que alguien más las note, estoy sorprendido. Ya sabía a lo que venía al abrir el libro, pero no pensaba que fuera a dolerme. A sentir esto. A que se sintiera así, de nuevo.


Ellos son Joan y su marido, John Gregory Dunne, en 1967.

Juntos escribieron varios guiones cinematográficos (quizá uno de los más célebres sea The Panic on Needle Park). Joan es una periodista de opinión muy reconocida. John era un novelista de renombre.

Era.

El libro comienza precisamente con el instante en que su matrimonio de casi cuarenta años se disuelve de repente, la noche del 30 de diciembre de 2003, en el salón del apartamento en que habían vivido por los últimos quince años. Joan le había servido la cena. Venían de visitar el hospital Beth Israel -- que hoy ya no existe- donde su hija de 38 años de edad, Quintana Roo Dunne (siempre me ha parecido pintoresco que la gente sofisticada le ponga a sus hijos algún nombre avant garde y créanme, este caso me parecía la neta), que se encontraba en coma, tras sufrir una neumonía fulminante y una fuerte infección. Mientras cenaban, John se derrumbó sobre su plato de pasta y cayó al suelo. Cuando lo bajaron de la ambulancia, ya estaba muerto.

Así, Joan comienza una exploración de su propio proceso de luto, de pérdida, de duelo.

Es por turnos exasperante y enternecedor ver a una mujer de setenta años, con "mundo", de pronto encontrarse asustada como una niña, cómo da los primeros pasos a tientos, a trompicones, hacia lo que ahora deberá entender como realidad. Y su experiencia la comparte sin afectaciones, sin aires de grandilocuencia, sin los atavismos de tragedia que la hacen paradigma porque "le sucedió a ella". No. La historia de Joan y John, en el momento de la muerte de él, es la historia de cualquiera y por eso me duele, porque la conozco. Porque ya estuve ahí. Porque un día volveré, aún si no quiero. Aún si no lo espero.

II

Vean a la joven familia: ellos son Joan y John en 1970, con Quintana. Es la pequeña que come la paleta helada cubierta de chocolate. tendrá cuatro años, poco más.

Quintana Roo Dunne también está muerta. Murió el 26 de agosto de 2005, a consecuencia de una pancreatitis devastadora y sorpresiva, que la fulminó en cosa de semanas. Irónicamente, esto es poco antes que aparezca en librerías el libro de su madre sobre el duelo. Yo sé que la hija también ha muerto, antes de comenzar mi lectura, después de pedir en el Gregorio, una taza de té. Lo sé, y sé que Joan se rehusó a escribir un apéndice acerca de esto. El luto por su hija lo llevó en privado.

Pero igual, no puedo evitar que se me llenen los ojos de lágrimas. Cuando muere tu esposo, eres una viuda. Cuando mueren tus padres, eres un huérfano. ¿Qué eres cuando mueren tus hijos? Leo con cuidado cada frase, me asomo a cada habitación. Termino el té, pago y me voy. Pero igual ya me he ido desde antes. Estoy pensando en algo más.

III

Lo que voy a contar ahora, lo saben sólo un puñado de personas, que lo vieron -- o bien, lo percibieron- a retazos. Por episodios. Estuvieron ahí, pero no lo vieron todo. Juan Carlos, Jack, fue el primero que supo porque le escribí. Carolina, porque la llamé. Hanna, porque corrió a estar ahí. Paco Peña igual. Pero lo que voy a contar, lo saben, lo intuyen, quizá se los he contado a ellos, pero no lo sabe nadie más.

El día que mi abuela María murió, yo fui la persona más práctica en el sepelio. Hanna, Caro y Paco, que estuvieron ahí, lo recuerdan. Ni una lágrima. Yo arreglé las flores, colgué un retrato suyo -- un apunte a lápiz tomado de una fotografía del año en que se casó- en la pared de la capilla, dispuse el cuaderno de visitas para los que quisieran escribir algo. Fui un buen hijo y no di problemas; recibía a la gente a la puerta, atendía el teléfono si sonaba.

Acaso me rompí un poco más por el medio virtual, pero no recuerdo. Ya no está en mí saberlo, como corresponsal; ha pasado el tiempo y esa es una de las cartas que no volveré a leer. No me deshice de ella, la conservo, como todas las demás, pero no voy a volver a ella.

Pero igual, lo que diga es lo que recuerdo. Encontrarme de pronto con Joan y su experiencia, me remite de inmediato a esto, a lo que nadie más vio.

Subí a mi habitación. Cerré la puerta, cerré las ventanas. Y comencé a gritar. No a llorar, sino a gritar, a gritar, un aullido prolongado, lo recuerdo ululante y desolado. Nunca pensé que tendría dentro de mí un sonido semejante. Eso es lo que recuerdo. Gritar de pie, primero, y luego de rodillas y luego de cara con el suelo. Gritar, gritar, gritar hasta que la garganta se quiebra y los pulmones arden. Gritar. Eso fue lo que hice. Gritar cuando nadie me viera y nadie me oyera y no sé por qué les cuento esto ahora si ya no tiene caso, pero igual, es lo mismo: la muerte se manifiesta así, y no te queda nada más que hacer antes de que llegue el lunes y tengas que bañarte y vestirte y salir a trabajar. Pero hay un momento que es únicamente tuyo, para soltar la amarra, para que pasen por tu cabeza todos los momentos; los instantes crueles, los desconcertantes gestos de ternura, las instantáneas de la infancia, los últimos momentos de indefensión, la pérdida irreparable instalándose a vivir en tu existencia.

Irreparable.

Siempre me ha asustado el peso, la textura, la dimensión de esa palabra. Irreparable: sin remedio posible. Sin compostura. Y me estremezco al pensar en lo irreparable. ¿Existe aparte de la muerte, lo irreparable? (sí, por supuesto, dice una voz en mi interior. Lo sabes) Mis amigos estuvieron ahí para abrazarme; Jack, el noble león, con poesía y consolación desde este norte, la insuperable Carolina en vivo, compartiendo mi cama esa noche para que no me quedara solo, Paco Peña estuvo ahí hasta cerrar la capilla, Maricarmen Taibo llegó con gladiolos blancos y puso su mano en mi mejilla; Hanna y Gustavo, su esposo, su compañero, me llevaron a comer algo -- tienes que comer algo-; ahí está mi compadre Alejandro, con quien tanto había hablado de la muerte y de esa muerte. A todos les agradeceré siempre y los quiero entrañablemente por eso y más que eso.

Pero igual, cuando me quebré por completo, lo hice a solas.

Termino el libro. Lo contemplo. Pienso que Joan Didion es mucho más valiente que yo, por supuesto. Pero le agradezco que compartiera su luto conmigo. El sabor del mío entonces, aunque han pasado ya tantos días y tantas noches, no deja de ser terriblemente amargo, es un poquito más tolerable.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Miguel.

Entiendo.

En mi caso aun no puedo.

Te mando un abrazo hermano.

F.

Dushka dijo...

Miguel, no se si sepas pero Luca tuvo un infarto a principios del 2006. Poco tiempo despues lei el libro al que haces referencia. Definitivamente existe lo irreparable, pero siempre da origen a algo nuevo. En palabras de Leonard Cohen - There is a crack in everything. That's how the light gets in.

Miguel Cane dijo...

Frank,
Sí, sé que tú me entiendes. Aún si lo mío ni en un millón de años se parecería a lo tuyo.

Pero lo importante, es qe aquí estamos. Y no es poca cosa. Hay que continuar, por ellos. Por nosotros también.

Muchos abrazos.

M

Miguel Cane dijo...

Dear Dushka,

Sí, Carol me contó sobre el asunto de Luca. Y me estremecí al saberlo, aún si sólo lo conozco de "hello" (en la exposición de Carol).

Y qué sorpresa que hayamos leído el mismo libro, entonces. Lo que me impacta (y comparto con ella) es la noción del "Everything can change in the ordinary moment".

Te doy la razón: lo irreparable existe, pero es del debris que surge algo. Siempre hay otros senderos que se van abriendo.

Gracias por recordarme a Cohen. Siempre hay otra clase de luz.

Muchos, muchos besos, y mi cariño para los dos.

(Ya empecé a escribir tu cuento)

Patricia dijo...

Miguel...
Recuerdo ese momento, Paco me avisó. Recuerdo haber enviado uno de esos mails que me suenan vacíos, insuficientes... porque yo ya estuve ahí, y sé que nada es suficiente.

Creo que sabés que tuve yo también abuelos de esos que iluminan nuestra vida. Eran en mi caso mis abuelos maternos. Mi abuela vivió hasta mis 35 años, lo cual ya era en sí mismo un regalo... falleció con 95 y sólo sus últimos 15 días estuvo "fuera" de este mundo.

Me impresiona, querido Miguel, que entre las cosas que siento que me identifican contigo, esté esta también (por ejemplo, mi abuela también se llamaba María). Siempre creí que el día que mi abuela muriera, yo iba a caer muerta a su lado en ese instante mismo. Obviamente, no fue así.

Esa noche, te juro, Javier nunca me había visto así, no sabía qué hacer conmigo. Cuando llegué a su casa tuve mi momento con ella, y en su velatorio fui como tú: práctica, tranquila... Pero la noche del sepelio, empecé a llorar a gritos como no recuerdo haberlo hecho nunca antes ni después. Y lo que decía era, como una niña: "quiero a Mamí" (así le decíamos con mi hermano).

Me gustaría leer ese libro, aún tantos años después (este son 7). En estos 7 años me ha sucedido anto... ustedes, allí me han sucedido también.

En fin, siempre hay otra clase de luz, es cierto. Y uno sigue por ellos, claro que sí.

Miles de besos.
P.

Viviana dijo...

Miguel:

Yo creo que el dolor es algo que se adapta. Con el tiempo se hace chiquito, pero está siempre presente. Las fechas, los pequeños detalles, los olores...en fin, los recuerdos, lo que no unió a la persona que ya no está lo disparan y actualizan todo el tiempo.

Conozco esa sensación que te aplasta, que no te deja respirar. Y de repente, entra la luz de la que habla Dushka. Tomas tu primera bocanada de aire, como si estuvieras naciendo nuevamente... en un sentido lo estás haciendo. Y continuas. No queda de otra.

Te mando un beso.

Viviana

Lilián dijo...

Miguel:
Hermoso lo que escribes, aunque doloroso.

Compruebo lo que pienso sobre lo que escribes y, particularmente, sobre tu blog.

Al respecto, para linquearte, escribí algunas opiniones en el mío...

Saludos.

Mariluz Barrera González dijo...

Asì es Miguel, el significado de Irreparable lo aprendí el día que murió mi padre. Y efectivamente, el dolor nunca desaparece, se transforma tomando el color y la forma de muchos matices, pero ahí está, se queda para siempre. Muchos dicen que no lo he superado, y están en lo cierto, una pérdida no se supera, se vive, y se vive mientras vivas por que el siempre estará aquí conmigo.

Hay un post en EXPEDIENTE, que titulé TODO TIENE SU TIEMPO, donde describo de forma muy profunda lo que significó el perder a mi padre.

Te mando un beso grande, grande, grande, grande, grande.

Me encanta que pasen algunos días y después regresar a leerte, por que es como leer el libro de tu vida.

Senses & Nonsenses dijo...

genial, sólo pudo decir eso, genial

Miriam June dijo...

Te quiero Miguel,lamento tanto haberme perdido de ti todos estos años ,tu texto me conmueve y me deja pensando tantas cosas ..dentro de la tristeza y desgarro , es una de las cosas mas hermosas que he leido.