viernes, 9 de noviembre de 2007

Un día cualquiera

Esto que voy a relatarles, es algo que ocurrió hace poco más de un año, pero que no he podido olvidar del todo; ustedes saben, de esas cosas que regresan de pronto para recordarte algo.

Fue un domingo, día en que habitualmente salía a comer a un restaurante con mi familia. Teníamos nuestros lugares favoritos, algunos en el centro de la ciudad, otros en la periferia y la simpleza del ritual ahora que vivo solo me parece mucho más entrañable de lo que me parecía en momentos como el de ese domingo de septiembre.

Llegamos al restaurante, uno al que íbamos con cierta frecuencia. Mientras esperábamos a que nos sentaran, llegó otra familia a hacer antesala; padre, madre, dos hijos adolescentes, o más bien, adultos jóvenes. Quizá si yo no hubiera estado de pie mirando hacia la puerta del restaurante mientras hablaba con mi madre, no hubiera ocurrido nada.

Pero todos sabemos que para nuestra desgracia, el hubiera no existe.

Primero entraron los padres y en seguida, los hijos.

El muchacho traía una camiseta roja.

Con una swástika enorme al centro.

Ya no me acuerdo de qué hablaba yo con mi mamá, pero en ese instante, la conversación se descarriló como algunas veces sucede cuando estoy por ahí hablando con amigos y pasa una chica que está buenísima; simplemente lo que digo o lo que oyen, deja de existir y sólo tienen ojos para el pecho de la chica, o en mi caso, yo sólo tuve ojos para lo que había en el pecho del chico.

De hecho, primero tuve un momentáneo brote de horror, tan fuerte que Mónica, mi hermana, que estaba sentada a mi lado, tuvo que extender el brazo para cogerme porque me estremecí. Lo único que dije fue, "¿cómo se atreve?" en voz alta.

Lo dije lo suficientemente alto como para que me oyeran los padres, y como para que el chico me mirara y, encima, sonriera con esa sonrisa comemierda que parece decir "soy un idiota-imbécil y me encanta".

Mi hermana, que bien me conoce, me tomó las manos y trató de hacerme volverme hacia ella, para que no lo mirara más. Pero la madre ya me había oído y tuvo la pobre infeliz desventurada idea de decir en voz alta con aire de ñora ofendida: "este es un país libre."

Ya saben. Yo no me mordí la lengua.

"Precisamente, señora. Pero su hijo ofende."

El chico: "¿Qué? ¿Yo qué?"

Mi madre (tratando de ser conciliadora): "Ya, no hagas caso, que se ponga lo que quiera..." [mi padre comienza entonces a perder la paciencia, el gesto en su cara lo reconozco muy bien, se traduce como "ya vas a empezar con tus cosas..."]

Y lo siento, pensé, ya empecé.

"Lo que su hijo hace es ofensivo. Es alardear un crimen monstruoso."

"¿Y ustedes son judíos o qué?" pregunta airadamente la madre pendeja-pero-temeraria del hijo idiota-imbécil.

"¿Y ustedes? ¿Son humanos o qué?" contesto yo, con mi más dulce voz.

Entonces, mi madre aviva las flamas sin proponérselo, cuando me llama por mis dos nombres, cosa que me revienta, puesto que ya no tengo nueve años. Comienzo a apretar los puños. El macaco, de no más de dieciocho años (pero suficientemente huevoncito como para saber que lo que ha hecho no es ninguna gracia) se ríe en mi cara y estoy a dos segundos de tirarle un chingadazo.

"Seguro no sabe, no lo peles," dice Mónica. Mi padre no habla.

"¿Que no sabe? ¡TODO EL MUNDO SABE -- ya estoy alzando la voz para ese momento- LO QUE ES UNA INSIGNIA NAZI!"

La hostess del restaurante nos mira con estupor. Mi madre pone su cara de "yo sólo queria un fin de semana tranquilo. No lo arruines."

La madre del niño idiota-imbécil dice alguna pendejada que no alcanzo a oír porque el padre interrumpe para decir "¿son judíos o qué, qué les importa?"

La hermana al idiota-imbécil: "¿Ya ves? Te dije. Eres un idiota, güey."

El otro mira su camiseta como si de veras no alcanzara a comprender qué significa la swástika en su pecho. La hostess dice "su mesa..." y mi padre dice "Nos vamos."

Lo miro. Está enojado, pero me desconcierta ver que quizá esta vez no es conmigo.

Mi madre "Pero..." y yo "Es por principio, mamá."

Salimos del restaurante y dejamos al cuarteto más bien frío.

Me detengo un momento y regreso a la puerta del restaurante, le suelto a la familia un disparo más. "No soy judío, señora. Pero no hace falta, para comprender que su hijo está insultando a mucha gente. Se llama genocidio, señora." y al chico "Eres un pendejo."

No me siguen. Sólo se limitan a actuar ofendidos, aunque la hermana me sostiene la mirada. Parece avergonzada por esto y me apena un poquito. Salgo de ahí y mientras vamos a buscar otro lugar para comer, le explico a Mónica que no se puede ir por la vida luciendo swástikas como medallas. Me sorprende que la posición cínica la adopte ella, que se supone es la dulce y sensible de la casa: "Pero si es sólo un trapo."

"Eso pensaban en Alemania. Que sólo eran unos payasos."

Perdí el apetito por el resto del día.

Tal vez es cierto y y soy un baboso que hace borrascas en vasos con agua.

Pero lo siento, esa vez me alteró.

Antes, en otras ocasiones había callado donde no debía, por condescendencia.

Tal vez estoy llegando a un punto en el que ya no se puede.

Estaré contra el fascismo siempre.

14 comentarios:

Ben dijo...

Vaya episodio. La estupidéz de la gente me dejó de sorprender mucho tiempo atrás. Este episodio demuestra que la memoria y el sentido común de nuestra especie no son más que un mal chiste.

Abrazos my dear.

Juan Jose Colin dijo...

Bien por ti Miguel!

Nunca dejes de expresar lo que sientes. Te aplaudo por lo que hiciste. Pusiste tu granito de arena para realizar un cambio.

Un abrazo!

Sebastiana dijo...

Yo tengo opiniones enconradas sobre este tipo de situaciones, ya sabes, saber dónde, en el rechazo y la reprobación, están o se construyen los límites a lo que uno mismo rechaza y rebrueba. Lo malo de que las cosas funcionen en círculo es caer o en la misma posición del que ofende o en la completa permisividad. Yo creo que debe haber algo en medio, aunque todavía no llego hasta allá, ni sé cómo funciona...



A m

Cachito dijo...

¡Bien, Miguel! Si llego a estar contigo, quizás habríamos llegado a peores.

P.S. Soy Ayla.

Anónimo dijo...

Miguel.

Esta frase de Lincoln se aplica perfecto al hijo, a la señora y otros portadores...

Cuando escucho a alguien que argumenta a favor de la esclavitud, siento un fuerte impulso de que la pruebe él personalmente.

Abraham Lincoln


Sin profundizar en que la pregunta ¿Son judíos o qué? es igualmente discriminatoria...

Me pregunto si esa gente irresponsable opinaría lo mismo si su única opción de libertad en esta vida fuera salir por las chimeneas.

En fin, parece que la estupidez humana no tuviera remedio.

F.

P.D. ¡Gusto de ver a Ayla acá! Bienvenida.

Champy dijo...

La ignorancia es más compleja de lo que creemos compalle.... Y el conicimiento es nulo si se carece de principios.

Tu hiciste lo que te nació, ni lo meditaste, te defendiste como mecanismo, defendiste al género humano.

Alabo tu actitud.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Bien por ti Miguel.

Fijate que en mi familia y cercanos pasa algo parecido... cuando me quejo de algo que pienso que no es justo veo su mirada tratando de hacer que me calle. Eso me enerva como no tienes idea.

Y si, lo peor del pendejete ese que traia la playera es que ni siquiera comprendia (porque si sabe) el alcance de lo que eso y otros simbolos (no nos hagamos hay mas) significan.

Saludos.
Toño.

CRISTINA dijo...

PUes creo que fuiste muy valiente.
A mí siempre me han enseñado a no provocar discusiones, a exponer todo ordenada y pacíficamente sin molestar a nadie. Y así intento hacerlo, pero a veces estoy cansada de ser respetuosa con gente que lo que predica es la falta de respeto. Me canso de dejar que se expresen aquellos que si pudieran, a mí, me callarían la boca de un puñetazo.

Hiciste muy bien en hablar. Por lo menos, les amargaste un poquito la comida.

Cuquita la Pistolera dijo...

Bravo Miguel. No podías hacer menos. Nadie debería hacer menos. Yo también me he topado con sujetos de esa calaña y he actuado de forma similar. Lo vergonzoso es que la gente no diga nada.

En una tienda me encontré a uno que portaba una camiseta con un signo de un hombre que le ponía un revólver en la cabeza a una mujer. Lo hice salir de la tienda avergonzado junto a sus padres, grité lo más alto que pude. No importa si una es mujer, judío, negro, etc, somos todos iguales, somos todos judíos, mujeres, negros, etc.

Muchos besos
Excelente post

luz de luna dijo...

Bravo!!!
Y que conste en acta que lo hago de pie!
Desafortunadamente este tipo de escuincles "come mierda" puluan por donde quiera, parece que a ultimas fechas la idiotez se pega en estos estupidines que piensan que solo por ir a la contraria y encontrar valor en lo que no lo hay ya descubierto el "hilo negro" de las cosas y son todos unos "trangresores". O sea. no les dieron cerebro?
Que pena por los papas, porque con esas actitudes racistas, que se podia esperar del imbecilito en cuestion?

luz de luna dijo...

Ya no tenemos musiquita? Y 'ora a que blog me voy a maquillar en las mañanas?

PB dijo...

Dice Sabina:
"por decir lo que pienso,
sin pensar lo que digo,
Más de un beso me dieron
y más de un bofetón"
¡fuerza Cane!

Tú dices
"Estaré contra el fascismo siempre."

En eso estoy contigo

Jimena dijo...

El colmo es la mamá from hell. Si el escuincle puede salir a la calle con eso puesto debería estar preparado para defenderse solito (no es como si las personas se lo fueran a tomar bien). "pero que mi mamá me defienda" be a man escuincle!!!!

(Mátalos, mátalos, no se vayan a reproducir)

Anónimo dijo...

Hola Miguel,
yo ando leyendo blogs, porque quiero hacer un trabajo sobre ellos, asi que mi intención era mantenerme un poco al margen de los comentarios, pero esto post me llegó muy profundo (y ahora entiendo algunas cosas para mi trabajo)y veo que hay cosas que no podemos dejar pasar, es indignante que pensemos que los adolescentes no saben lo que significan las cosas, no piensan, pobrecitos están en conflicto, todos vivimos en conflicto a la edad que tengamos y es indignante que los padres no sepan poner en los hijos un grano de humanidad, de humildad y de respeto por los otros.
me ha encantado tu blog
Caro