sábado, 31 de mayo de 2008

Carta de un diletante a un histrión (parte II)

Querido Alejandro M. Calva:

Así que a esto hemos llegado; a decirle adiós a tus treintas. Y a casi veinte años -- será en el 2009- de conocernos, de que nos preguntaran por primera vez si somos parientes (yo siempre digo que sí) y de Así que pasen cinco años, de "¿Y yo? ¿Y yo? ¿Es que no tengo derecho a descansar? Esta noche hay un eclipse de luna. Ya no podré mirarlo desde la terraza. En cuanto paso una irritación se me sube la sangre a los ojos y no veo. ¿Qué hacemos con este hombre? ".

¿Quién nos viera ahora, Calva? -- Ya eres famoso. Por fin sucedió. Sabíamos que iba a ocurrir, pero ya no es como antes, cuando eras un placer adquirido, un secreto entre círculos, nuestro héroe del bachillerato de artes. Ahora sí, ya sucedió. Ya tienes el reconocimiento de las masas --¡tú, el líder del escuadrón I.Q.!- y el trabajo incansable de tantos años --¡ese pinche gato G.C. Miaaaaaaauuu!- ha rendido fruto.

Y puedo decirte que me siento profundamente orgulloso y satisfecho. ¡Mira hasta dónde has llegado! Y creo que es afortunado que este momento de reconocimiento sea coincidental no sólo con tu cumpleaños (a propos de nada, felicidades, manito), si no con este momento tuyo en tu vida: una madurez a la que también te hemos ido viendo llegar. Creo que es lo mejor de todo, que sea hoy, que puedes compartirlo con Ana (que es no sólo testigo, si no también partícipe) y con las gemelas, que ahora son todos ustedes un clan unido, que han establecido una dinámica exitosa.

Te veo desde lejos y me da mucha emoción. Te hiciste adulto; no que cuando te conocí en el '89 no fueras nominalmente un adulto -- eras el mayor de todos nosotros, nuestro Good Guru, nuestro Alexander Superstar... sé que mucha gente que estuvo en el Frida con nosotros, aún lo piensa- ahora eres un hombre de verdad. Te costó mucho trabajo y un camino largo (me consta) y tuviste que interpretar a muchos otros hombres, reales e imaginarios, para encontrar esa voz tuya que ya existía y que ahora todos podemos oír.

Así es que yo te celebro, Alma Caval. No sólo por tu arribo a la década maravillosa que te espera, no sólo por la familia que tienes, los amigos que has cultivado como un jardinero, todos estos años; no sólo por los triunfos que te mereces y has logrado (y los que vendrán). Te celebro por lo dicho, por ser ahora sí, de todas todas, un hombre de verdad.

Aunque la M. sea de María.

Mil abrazos, mil cariños (a los 4), y desde este Finisterre, estaré tomándome una a tu salud.
(o varias)

miércoles, 28 de mayo de 2008

El cuadro

Me gusta mucho este cuadro que ven.

No soy crítico de arte -- al menos no de artes plásticas. Será que mi percepción se aplica más a imágenes en pantallas-, no sé si es un trabajo magistral, si sacude las entretelas, si es una propuesta interesante. No sé nada de eso, pero sí sé que me gusta.

Supongo que influye el hecho de que recuerdo cuando ese cuadro se pintó. Yo fui testigo.
Probablemente, es una de las primeras cosas que recuerdo.

Recuerdo a mi abuelo Miguel haciendo bocetos, con lápiz y papel, antes de pintar el cuadro. Lo recuerdo de pie en su caballete, cerca de una ventana, trabajando con luz natural.

Éste es el último cuadro que mi abuelo pintó. No fueron muchos, y me temo que éste es el último que sobrevive. No sé cuál fue su inspiración -- me doy cuenta de que realmente nunca tuve una conversación significativa con él, pero eso es natural, yo era muy pequeño.

Lo que sí recuerdo, es para quién lo pintó y por qué.

Verán, en 1978, hace treinta años, mis padres me hicieron un estudio fotográfico, del cuál la pieza central era un retrato mío, en tamaño poster. Mi madre lo tenía y a mi abuelo le gustaba. No era como si no tuviera fotos mías (me tomó muchísimas. Tantas, que no hay una de él conmigo, que es algo por lo que yo mataría hoy); pero esa le hacía gracia, supongo que por que (como yo la recuerdo) era una de las raras fotos de mi infancia en las que sonrío. No era un niño muy propenso a las sonrisas, saben.

Cuando mi abuelo terminó el cuadro, era cumpleaños de mi madre. 28 de mayo. Le dijo que le regalaría el cuadro, con una condición. Una nada más. Y esa condición era que, a cambio, le diera mi retrato grande para colgar en su pared. Mi madre se moría de la risa y accedió. La anécdota es muy famosa en mi casa, o bien, en mi familia.

Mi retrato ya no existe. Después de la muerte de mi abuelo, se quedó en la casa de Cuernavaca, donde fue comido por el abandono; la humedad, la soledad que habitó por años esa casa de retiro, que sigue siendo una especie de Gólgota para nosotros. Pero el cuadro, éste que ven, figurativo de técnica muy humilde, permaneció con nosotros. Toda mi infancia, mi pálida y temblorosa juventud, y ahora, en mi exilio.

Lo veo y me gusta. Me recuerda a mi abuelo. Hace que lo sienta cerca de mí.
Hoy son treinta años de que pasó de familia a familia. Mi madre me lo dió en mi última visita a México. Ahora se quedará conmigo. Como el recuerdo de verlo ser pintado, quizá sin mucho arte, pero sí con mucho amor.

Y por supuesto, recuerdo.
Feliz cumpleaños, mamá.

lunes, 26 de mayo de 2008

Sssh...

Por fin se quedó dormida.

Todo el camino de la casa en que nació (a la vuelta de la librería Paradiso) hasta aquí, fue un constante lloriqueo, porque, de repente, le faltaban sus hermanitos.

Esperándola ya estaban sus nuevos amiguitos, el pato, el cerdito de látex (fue amor a primera vista), la pelota y la mantita.

Jugamos en el piso, corrió por todas partes, hizo pis y caquita. Tendré que enseñarle dónde hacer, con paciencia y mano firme.

Lleva dormida cosa de una hora o así. No sé cómo va a ser su primera noche.
Estoy nervioso, y muy contento. Voy a tener que acostumbrarla a mis rutinas y también, voy a tener que enseñarla a hacer cosas. Poco a poco.

Por lo pronto, me quedo en silencio, mirándola dormir.

sábado, 24 de mayo de 2008

Divinos Rostros

video

Muy generosamente, mi amiga Ángela me hizo llegar este espléndido video, que me hizo el día.

Por favor observen las transiciones y sientan las emociones. La música es el "Preludio" de la primera Suite para Cello de J.S. Bach.

Veamos a cuantos de estos divinos rostros reconocen... y sobre todo, qué les recuerdan.

(Sí, éste es un ejercicio para la memoria sensorial)

Y aquí, la lista completa:

º Mary Pickford
º Lillian Gish
º Gloria Swanson
º Marlene Dietrich
º Norma Shearer
º Claudette Colbert
º Jean Harlow
º Katharine Hepburn
º Carole Lombard
º Bette Davis
º Greta Garbo
º Barbara Stanwyck
º Vivien Leigh
º Greer Garson
º Jennifer Jones
º Rita Hayworth
º Gene Tierney
º Olivia de Havilland
º Ingrid Bergman
º Joan Crawford
º Ginger Rogers
º Margaret Sullivan
º Deborah Kerr
º Judy Garland
º Anne Baxter
º Lauren Bacall
º Susan Hayward
º Ava Gardner
º Marilyn Monroe
º Grace Kelly
º Lana Turner
º Elizabeth Taylor
º Kim Novak
º Audrey Hepburn
º Dorothy Dandridge
º Shirley McLaine
º Natalie Wood
º Gina Lollobrigida
º Janet Leigh
º Brigitte Bardot
º Sophia Loren
º Ann-Margret
º Julie Andrews
º Raquel Welch
º Tuesday Weld
º Jane Fonda
º Julie Christie
º Faye Dunaway
º Catherine Deneuve
º Jacqueline Bisset
º Candice Bergen
º Isabella Rossellini
º Diane Keaton
º Goldie Hawn
º Meryl Streep
º Susan Sarandon
º Jessica Lange
º Michelle Pfeiffer
º Sigourney Weaver
º Kathleen Turner
º Holly Hunter
º Jodie Foster
º Angela Basset
º Demi Moore
º Sharon Stone
º Meg Ryan
º Julia Roberts
º Salma Hayek
º Sandra Bullock
º Julianne Moore
º Diane Lane
º Nicole Kidman
º Catherine Zeta-Jones
º Angelina Jolie
º Charlize Theron
º Reese Whiterspoon
º Halle Berry

El premio corresponde entonces a Patricia/Penélope (al Sur del Sur), que adivinó el mayor número, aún cuando nuesta runner-up, Viviana, encontró a algunas de las más difíciles.

Y no, no todas ganaron Oscares... aunque casi todas estuvieron nominadas.

Pronto me pongo en contacto para ver lo de sus premios.

Y ahora cuéntenme, ¿qué les recordó?

viernes, 23 de mayo de 2008

Próximamente: Audrey

A partir del lunes 26, soy padre de una pequeña niña (metafóricamente).

Ese día por la tarde, me entregan a Audrey, mi perrita dachshund, que nació el 11 de abril (una semana antes que mi sobrino, Rafelín). Así pues, mis padres son abuelos por partida doble el mismo año.

Audrey -- pronunciado Ódri-, obviamente toma su nombre de Audrey Hepburn, una de mis actrices favoritas. Me han preguntado, ¿y por qué no Holly (por Holly Golightly, su célebre personaje en Breakfast at Tiffany's)?

Debo confesar que el nombre "Holly" nunca me ha gustado mucho... y además, en la familia ya hay una Honey, que suena muy parecido, una cocker spaniel que es propiedad de mi hermana, la madre de Rafelín. Yo quería un nombre sencillo, de dos sílabas máximo y algo que tuviera significado. Susi, del 4.70, fue quien lo sugirió un día, incluso antes de que Audrey fuera concebida, cuando pregunté "¿qué nombre le pondría a una perrita si tuviera una, claro?" y luego de ver un cuadro de Audrey Hepburn que tengo colgando en el hall del departamento, me dijo: "¡Pues Audrey, claro!" y Audrey fue, aún antes de existir.

Estoy muy contento (y algo nervioso, como es natural). Los perros hacen una enorme compañía cuando vives solo... pero también son una enorme responsabilidad: Audrey no es un juguete.

En cuanto esté aquí conmigo, les reporto más sobre sus aventuras y desventuras.


miércoles, 21 de mayo de 2008

Facebook... ¿o Fascistbook?

¿Tienes Facebook? pregunta.

Yo ya no.

Desde septiembre, cuando alguien -- ahora mismo no puedo recordar quién- me invitó, fui usuario habitual (en algunos momentos, podría decir adicto y no faltaría a la verdad) de esta página que es una plataforma web de redes sociales.

Facebook fue creado originalmente por y para estudiantes de Harvard pero ha sido abierto a cualquier persona que tenga una cuenta de correo electrónico. Los usuarios así, ostensiblemente pueden participar en una o más redes sociales, en relación con su situación académica, su lugar de trabajo, región geográfica, intereses comunes, amistades, familia, etc, etc.

Como tiene un diseño más dinámico que el Hi5 o el MySpace de MSN, en los últimos meses ha recibido mucha atención en los medios de comunicación y la blogósfera al convertirse en una plataforma de más de 50 millones de usuarios, sobre la que terceros pueden desarrollar aplicaciones y hacer negocio a partir de la misma red social. A pesar de ello, existe la preocupación acerca de su posible modelo de negocio, dado que los resultados en publicidad se han revelado como muy pobres.

En fin, no voy a hablar de eso mismo, si no de mi desagradable experiencia. En los meses transcurridos, logré (ahora no sé por qué) establecer un perfil según yo "respetable", con un manejo responsable de las aplicaciones selectas que había descargado (me gustaba mucho el Super Poke, que te permitía hacerle guiños a tus amigos, desde lo más tierno hasta lo más estrambótico) y reencontrándome e interactuando con más de 100 amigos, familiares y conocidos, a muchos de los cuales no tenía otra forma de contactar mas que ahí, siendo que ahora vivo la vida de iii (inmigrante ilegal ilustrado) o bien expat.

Pensé que tener Facebook era una manera más o menos práctica de estar en contacto con la gente que nunca veo y que estimo, y claro, un modo divertido de aproximarse. Descubrí la aplicación Visual Bookshelf, que te permite reproducir tu biblioteca y estaba encantado... ¡mis libros y los de mis amigos figuraban en su catálogo! ¡Genial!

Pero no hay luna de miel eterna, ¿verdad? Y ayer en la tarde descubrí, para mi desconcierto primero, y después profundo encabronamiento, que Facebook me había expulsado. Traté de incorporarme a mi perfil con mi cuenta de correo y password y sólo aparecía este mensaje:

"Su cuenta ha sido desactivada por un administrador. Si usted tiene alguna consulta o reclamo, por favor visite nuestro sitio de Atención al Usuario Aqui."

Acudí a donde se me indicaba y luego de buscar y buscar, me encontré con que tenía que mandar un e-mail a cierta cuenta -- como un trámite burocrático- para recibir "expedita ayuda". Seguí instrucciones y recibí un correo-robot (¡con razón me dan miedo los malditos robots!) que me decía que mi queja había sido recibida. Que para mayor referencia, leyera los términos de uso.

Y yo, tan bienmandado como soy, los leí. Pero no encontré ninguna explicación. Ni una. Y por supuesto, mi correo debe estar flotando en el limbo de las quejas, con millares de otros correos que gritan "ay, ay, ay".

Así pues, he decidido que a estas alturas del poema, NO me vuelvo a inscribir a Facebook, al ver que mi cuenta anterior no es restaurada, y que fue suspendida sin previo aviso, arbitrariamente y de modo totalmente impersonal/irracional. Volveré, acaso, si me restauran la cuenta -- qué difícil sería recontactar con todo el mundo, volver a encontrar mis aplicaciones, mis páginas de fan, y sobre todo, menuda rabia haber perdido mis mensajes en "The Wall", porque algunos me emocionaron mucho.

Esta actitud me molesta. Me parece censora, fascista y arbitraria, como ya dije. Y no tengo por qué tolerar ese trato. De modo que una vez más, para contactarme, ya saben que pueden hacerlo en esta página -- que al menos hasta hoy todavía es MIA y yo hago lo que me da mi regalada gana con ella- y si tienen Facebook y no les importa arriesgarse a que les den cran con su cuenta de la noche a la mañana y sin previo aviso, hagan saber que Facebook cancela cuentas a lo puritito loco, quizá en purgas al azar (50 millones es un CHINGO de gente, después de todo), pero lo cierto es que sin explicación el golpe cae en la punta del hígado.

Y ya dije. Estoy encabronado. ¡Y me vale madres!

(Lástima, tan bonito que había estado el día...)

UPDATE:

Pues resulta ser que "me perdonan la vida" y las razones para mi "desaparición" son intencionalmente vagas (es decir, nadie sabe, nadie supo). Pero en fin, ya estoy otra vez ahí.

A ver por cuánto...

lunes, 19 de mayo de 2008

Con Beth en la oscuridad...

Estoy sentado con la luz apagada, escuchando a Portishead.

Hace muchos años que no había disco nuevo de esta banda inglesa, padres del Trip-Hop, encabezada por la misteriosa Beth Gibbons, una mujer de belleza frágil y voz adolorida, que desde la primera vez que la oí --¡hace catorce años!- exclamar aquellos versos: Nobody Loves Me/It's True/(Not like you do), se ha convertido en una referencia constante en mi vida.

El Dummy, primer álbum del grupo, llegó a mi vida en algún momento de 1994 -- un año de terror, de desorientación, al menos así es como yo lo recuerdo: como una especie de alucinación, de malviaje- de manera casi fortuita: estaba yo en una tienda de discos (en la época en la que todavía compraba discos, algo que hace unos ocho años dejé de hacer) curioseando, cuando oí unos primeros acordes como de música de película de espías de los años 60. "Es John Barry," me dije, sin prestar más atención, hasta que oí el alarido desgarrador de Beth, exclamando que nadie la quiere, es verdad (no como él). Nobody loves me. La frase se deslizó por mi lengua y corrí al mostrador a preguntar, ¿quién canta eso? ¿Qué es?

Así fue como adquirí, por la suma de 171 pesos (el equivalente ahora a 10 €, aprox.) uno de los discos que me vinieron a transformar en los '90 -- otros serían el Little Earthquakes y To Venus and Back de Tori Amos, el Dèbut de Björk y el Viva Hate de Morrissey, que si bien no es de esa década, lo vine a escuchar más o menos por ese año- y lo escuché por primera vez a oscuras, en casa: desde los primeros, extraños acordes de Mysterons (que muchos años después se colaría en la textura de mi novela El Corazón Caníbal), hasta la hermosa melancolía de It's a fire (una de mis canciones favoritas) y el innuendo erótico y cruel de Glory Box (que después sería utilizada hasta el cansancio para ambientar decenas de escenas de seducción en cine y TV).

En 1998, Portishead lanzó su segundo disco homónimo y ese lo compré el día que apareció en estantes, importado y carísimo. Pero maravilloso. Recuerdo haberme conmovido hasta las lágrimas con Undenied (una de las más desoladoras canciones de amor que jamás haya oído) y tarareaba los primeros versos de Half-Day Closing (In the days, the golden days/When everybody knew what they wanted/It ain't here today...) hasta en la ducha. A esto seguiría un álbum en vivo, grabado en el Roseland Ballroom de Nueva York y después, un prolongado silencio.

En 2003 Beth grabó un proyecto como solista, pero no era lo mismo, si bien la calidad era tan alta como en el grupo. Pero faltaba algo. Surgieron imitaciones, propuestas similares pero no exactamente con el mismo toque. Era como una sequía, con el oído rogando por lluvia de Monsón.

El rumor surgió a fines del año pasado. Portishead se reúne. Viene disco nuevo.
Jack estaba emocionado, tan así que fue a ordenar su copia anticipada a la pequeña tienda de discos (una de las pocas aquí que ha sobrevivido al embate de El Corte Inglés y el comercio por Internet) frente a la Plazuela de San Miguel. "Portishead saca disco nuevo," me dijo como un entusiasta de preparatoria, durante una cena. Le dije que sí, estaba al tanto. Me reservaba mi opinión hasta oírlo. Aunque es un sonido que me fascina y me captura, lo hace muy despacio; necesito escucharlo a solas, en penumbras, como la primera vez que oí el Dummy hace tantos años -- y que, por cierto, sigue reapareciéndose en distintos momentos de mi vida, incluyendo una fiesta que devino en pesadilla en casa de antiguos amigos del Frida y también hace pocos años, la primera vez que, nervioso y un tanto abrumado por la novedad, fui convidado a la mesa del propio Jack, que para acompañar la cena preparada por él mismo, abrió con Mysterons-.

Así pues, me hago del Third y apago las luces para escuchar.
Pronto, Beth aparece en medio de las sombras, perfecta, prístina, con las manos firmes en torno al micrófono: un arrullo lúgubre, extasiado, emaciado. Uno supone que así canta Edith Piaf en algún cabaret de los infiernos.

Para mí, la mejor canción del disco es The Rip, un tema dulce y lacónico, completamente distinto a lo aparecido en los otros discos. Ya no es exactamente el trip-hop de antaño: ahora hay matices acústicos, el sampling de otros ámbitos es menos virulento, sólo aparece como un toque, un guiño de complicidad para decir "sí, sí, somos nosotros. Suena distinto, pero somos nosotros."

Soy desconfiado cuando una banda retorna al estudio de grabación después de una ausencia prolongada. Puede decepcionarme; ya me ocurrió con Eurythmics, cuyo disco Peace me pareció una falla monumental. Pero en este caso no hay motivo de desencanto, si bien la efectista Machine Gun y Silence son dos temas que se antojan puestos a fuerza, poco probables ahora. Hay una evolución que se advierte. Los integrantes han madurado; se inclinan por otras venas, por otras vías. Son vampiros aún, pero ya no se alimentan de sangre; acaso se alimentan de nuestras psiquis. El Third de Portishead es un disco espléndido, menos oscuro y críptico que los anteriores, pero aún pleno de esa mística de grisalla sesentera que tan bien les funcionara y ahora es su rúbrica. Es como un espejo retorcido de 1966, un yeyé tétrico y fúnebre, pero a la vez elegante y pulido como una joya.

La voz de Beth no cambia; es un lamento amoroso que acaricia con una mano y con la otra latiguea. Tiene su sello particular perfectamente establecido, como lo hicieran a su vez Kate Bush o Sinéad O'Connor o la mismísima, divina, Elizabeth Fraser. Basta con oírla para identificarla de inmediato, saber que es ella.

Estoy con la luz apagada y escucho el disco una vez y otra. Dejo que se extienda sobre mi piel, sobre paisajes imaginarios. Una espira de humo que se iergue y señala el camino hacia un cielo frío.

jueves, 15 de mayo de 2008

De entre los muertos: Vértigo cumple 50

La obra maestra de Alfred Hitchcock, considerada una de las mejores películas jamás filmadas, llega al medio siglo de vida tan relevante y hermosa hoy como en su estreno en Mayo de 1958.

Es evidente, sólo con visitarla por primera vez, que la ciudad de San Francisco, California, tiene un aire de misterio, capaz de instigar en cualquier persona la sensación de hallarse en otro mundo, quizás uno secreto y obsesivo que todos escondemos dentro de nuestra apariencia ordinaria. Alfred Hitchcock, el legendario cineasta de origen británico, ciertamente se enamoró de ella y la convirtió no sólo en escenario, si no en un personaje más de su célebre cinta considerada su obra maestra, Vértigo.

Al enfocar una de las orillas del Puente de San Francisco, al amanecer, se observa que la niebla ha devorado el otro extremo del puente, pero, misteriosamente, el extremo más cerca del espectador se muestra agónico y tentador. Es allí donde Jimmy Stewart salta a las frías aguas de la bahía para salvar a Kim Novak, dando pie a una historia de amor estremecedora e inolvidable.

Si bien en la época en que fue estrenada, no alcanzó el éxito deseado (Hitchcock lo atribuyó a la falta de química entre Stewart y Novak y desde entonces ya no volvió a llamarlo), al cabo de cinco décadas se ha convertido en una auténtica joya de la cinematografía que, a mediados de los 90 y gracias a la dedicación de Robert A. Harris y James C. Katz, con un millón de dóalres de la Universal como presupuesto, se hubiera perdido irremediablemente.

Ellos fueron los encargados, con un trabajo monumental, de restaurar los elementos del film, tanto la imagen como el sonido, que mostraban una verdadera necesidad de conservación y corrían el riesgo de perderse para siempre.

Hitchcock, en cada uno de sus rodajes, era implacable en lo referente al orden y a la planeación de las escenas. Cada detalle para él era vital e importante; el distraerse hasta por un segundo puede resultar en perderse de una clave importantísima para la trama. De esto estaba muy consciente y por lo mismo, Vértigo atrapa desde la inolvidable secuencia de créditos con el motivo de espirales creado por Saul Bass y la obsesiva partitura circular de Bernard Herrmann que sirven para establecer el tema y tono.

Así, tomando como base un argumento de los franceses Pierre Boileau y Thomas Narcejac (autores también de Les Diaboliques, que fuera llevada al cine por H. G. Clouzot y era una cinta que Hitchcock había admirado mucho), nos presenta la historia de John ‘Scottie’ Ferguson (Stewart), un ex policía retirado por padecer fobia a las alturas, que lo hizo dejar morir en acción a un compañero. Un viejo conocido (Tom Helmore) dedicado a la industria naviera, lo contrata para que vigile a su esposa, la elegante y aristocrática Madeleine Elster, (la Novak, exquisita e inexpresiva) quien, aparentemente, está perturbada de sus facultades mentales y ha intentado suicidarse. Al principio, Scottie, hombre cáustico, cuya única confidente es la diseñadora de vestuario Midge (Barbara Bel Geddes) con quien sostiene una relación asexuada de amor no correspondido que disfrazan de amistad para hacerla pasable, acepta la propuesta y comienza a seguirla de lejos por las calles de San Francisco.

Eventualmente, Madeleine, que aparentemente está obsesionada con una mujer que murió en circunstancias misteriosas años antes, llega a tirarse desde el puente a la bahía y Scottie logra salvarla de ahogarse. No obstante, no contaba con enamorarse de ella. Las cosas se complican cuando ella se arroja de la torre de una iglesia (el vértigo le impide salvarla). Con profundo sentimiento de culpa, cae en una honda depresión hasta que, ya restablecido, encuentra una mujer extremadamente parecida (como una doble) a Madeleine, llamada Judy – la Novak, de nuevo-. Se aproxima a ella y busca modificarle algunos detalles para reconstruir en ella a su amada muerta. Mientras tanto, la verdad (Hitchcock apenas suministra información al público, dejando a Scottie sin saberlo) se va extendiendo de manera oscura y perniciosa, para arrasar con los nervios del espectador.

Esta es una película que explora los límites y busca borrar la línea que separa lo real de lo imaginario, surcando (y negando) el universo cotidiano mediante la introducción de un acontecimiento extraordinario (el aparente retorno que hace Madeleine de entre los muertos) con consecuencias devastadoras. Así entonces, Vértigo es una obra metafórica en muchos sentidos -- el vértigo, la caída, el árbol milenario, el río y el mar, la mujer, el amor, la impotencia, la muerte y el deseo de morir, el miedo a la muerte del deseo, el mito del amor perfecto y eterno...- con la que Hitchcock alcanza la cumbre del arte clásico de narrar mediante imágenes y, en un mismo gesto, la supera afirmando la supremacía de la construcción sobre el realismo y la verosimilitud. Su influencia ha perdurado por años y ha tocado a los más diversos cineastas de tres generaciones.

A mediados de los años 60, sin que aún se conozca la razón específica de su acción, Hitchcock resolvió retirar de circulación a Vértigo y otras de sus películas. Pasaron veinte años sin que se pudiera ver o volver a evaluar su película hasta que, después de su fallecimiento ocurrido en 1980, su única hija, Patricia, quiso ponerlo nuevamente en circulación en 1984, a través de la distribución mundial en conjunto con Universal Pictures de un "Paquete Hitchcock" compuesto por Vértigo, La ventana indiscreta (1954), La soga (1948), El tercer tiro (1955) y El hombre que sabía demasiado (1956). El lanzamiento de estas películas atrajo la alerta del estudio para restaurar la cinta a un negativo de 70 mm con un sonido restaurado. El trabajo fue una faena titánica, pero el resultado ha sido espléndido, resistiendo aún el paso del tiempo (la versión restaurada se reestrenó en cines por breve temporada en 1997-98) para continuar obsesionando al público de nuevas generaciones.

Hitchcok ciertamente estaría orgulloso. Ésta era una de sus cintas preferidas y es su carta de amor a una ciudad que siempre halló fascinante. Que hoy en día siga siendo una leyenda que ha trascendido al tiempo, es prueba del genio diabólico que la concibió.

martes, 13 de mayo de 2008

Daphne

Desde que recuerdo -- y esto, como he escrito antes por aquí, significa hace mucho tiempo-, el nombre de Daphne du Maurier ha estado presente en mi vida como lector y (posteriormente) narrador.

Supongo que la primera vez que vi un libro suyo fue una edición de Rebecca que tenía mi abuela María en casa. La imagen de una casa en llamas -- la famosa Manderley, que con el tiempo se convertiría en parte de mi Olimpo particular, al tomarla como referencia partiendo de la primera línea de la novela, la memorable frase 'Anoche soñé que volvía a Manderley'- y una joven mujer apartándose de ella, me resultó fascinante, aún cuando todavía no sabía leer. No sé qué fue de ese libro (muchos de los libros de mi niñez se han perdido con los años) pero lo que sí recuerdo, es que busqué recrearlo a mi manera por muchos años en mis dibujos de niño y quizá lo más parecido a esa ilustración que recuerdo, sea este grabado creado por la artista gráfica Alison Lang para la cubierta de un libro de Justine Picardie sobre Daphne.

El haberlo visto me hizo recordar ese afecto antiguo (pero siempre presente de un modo u otro) por la du Maurier y su obra. Hoy, Daphne du Maurier cumpliría 101 años y dentro de unos pocos meses se celebran los 70 años de la primera aparición de ese libro, que posiblemente sea todavía su novela más famosa, tanto, que sigue influyendo en autores del siglo XXI, adeptos entre los que yo me cuento sin dudar siquiera.

La obra de Daphne du Maurier -- nacida en Londres, en el seno de una familia artística y literaria el 13 de Mayo de 1907- siempre ha causado polémica entre los dedicados a la literatura. Los hay quienes se apresuran a descalificarla como una 'escritora menor', esto debido a su éxito popular y su 'falta de valor literario' en sus novelas y cuentos. Habemos otros que la defendemos y que incluso, le tenemos cariño a sus libros.

Parte de ese cariño proviene, estoy seguro, de una compilación de sus relatos de terror, Classics of the Macabre, que leí en español como Clásicos del Terror a los 12 o 13 años, en un volumen ilustrado por Michael Foreman. El libro fue un regalo de mis tíos Cristina y Mateo, no recuerdo bien si en un cumpleaños o en Navidad o simplemente porque sí, pero lo que sí recuerdo es haberlo disfrutado enormemente.

Fue en ese libro que por primera vez leí No mires ahora, el electrizante relato sobre la visita del matrimonio compuesto por John y Laura Baxter a Venecia que sirvió como base para Don't Look Now, una de mis películas favoritas, dirigida por Nicolas Roeg y protagonizada por Julie Christie y Donald Sutherland [de ella ya he hablado extensamente con anterioridad, también]. Asimismo, fue en ese libro que leí el relato original que dio origen a Los Pájaros, de Alfred Hitchcock (en realidad no se parecen en casi nada, pero son joyas por mérito propio ambos), así como Los lentes azules, una inquietante pesadilla post-operatoria en la que una mujer casada descubre la verdadera naturaleza de quienes la rodean al abrir los ojos después de una intervención, como si fuera la primera vez.

De hecho, ahora que me acuerdo, ese mentado librito es protagonista de su propio episodio en este anecdotario de una vida inútil pero divertida; hace algunos años, con la intención de compartir la experiencia placentera como pionero lector, fui y le regalé este volumen (traducido al castellano) a un amigo mío, quien, pobre, antes de poderlo leer fue víctima de los amantes de lo ajeno. El entuerto se deshizo, felizmente, algunos meses después cuando resurgió otro ejemplar del mismo (como sólo hubo una edición española, resulta tristemente escaso hoy en día) en una librería de la ciudad donde, precisamente, mi amigo había hecho sus estudios universitarios. Convertido en Detective Salvaje y en complicidad con el espléndido librero (otros que resultan escasos ya) se lo hice llegar por correo, en una operación triangulada desde el otro lado del mar -- entonces yo vivía en México todavía- y desde el otro lado de este país. Me cuentan (yo no fui testigo) que aquél se sorprendió ante la aparición del paquete de correo con matasello de su antigua ciudad universitaria y con el contenido del mismo, que no esperaba, ni imaginaba (creo).

Fue como de cuento de la du Maurier, uno supone. Después de todo, esas son las situaciones que ella solía manejar en sus historias: lo inesperado en la textura de lo cotidiano de manera inescapable, presentado con un lenguaje directo, claro, desprovisto de galimatías en rosa y con desenlaces ambiguos, algunas veces desoladores, pero siempre abiertos a innumerables interpretaciones.

Daphne escribía en Menabilly, una residencia en Cornwall, alejada de todos los mirones del mundo. Era una escritora semi reclusa, muy apegada a su familia -- tuvo tres hijos: Tessa, Flavia y Christopher Browning, fruto de su matrimonio con Sir Frederick Browning, quien fuera un militar destacado y posteriormente, contralor de la familia real- y a su territorio. Pero el que no abandonara casi nunca su residencia y su escritorio, no quiere decir que no tuviera un rico mundo interior y una mente profundamente fértil, capaz de urdir misterios extraordinarios (es difícil concebir de qué manera se las ingeniaba para elaborar tramas tan complejas, con mecanismos sorpresivos muy eficaces en función muchas veces de una última y devastadora frase final, prescindiendo del repelente happy ending que era la norma en su época) y crear personajes inolvidables.

Aprendí a querer a Daphne du Maurier a la buena. A base de leerla, de admirar su trabajo como creadora, de la inmensa accesibilidad y elegancia de su obra y también de asomarme en su momento, a la rica textura de sus misterios como persona (fue Peter Straub quien, años más tarde, me puso en el camino una magnífica y adictiva biografía sobre ella escrita por Margaret Forster), sus angustias secretas a manera de contrapeso a las atmósferas perturbadoras de sus relatos.

Lady Daphne murió el 19 de abril de 1989 en Cornwall. Cuando supe de su muerte, me sorprendí al realmente sentir algo (yo era muy joven y estaba en mi etapa de leer cuanto relato de 'horror' llegaba a mis manos sin discriminar, etapa de la que si bien no me arrepiento, sí siento un cierto pudor) y desde entonces -- ese fue el año en que comencé a escribir formalmente y a publicar relatos en la gaceta escolar, algunos de los cuales le debían alguna cosa- fue una presencia en mi cabeza.

Ahora que escribo de nuevo y algo nuevo, Daphne regresa a mí. Está bien presente, más clara, más definida, apartándose de las brumas. Releer Rebecca para un reportaje por su aniversario me ha reencontrado con ella. Es un tótem bueno, un afecto que he compartido con algunos colegas y amigos selectos como flor secreta, casi una seña de identificación subreptcia y al mismo tiempo, es mucho más.

Ella es un sendero que se abre ante mí, que serpentea entre los árboles para llevarme a una casa en llamas en medio del bosque, de la cual una joven mujer sin nombre propio (la segunda Mrs. DeWinter) se aparta, o acaso la contempla arder.

Anoche soñé que volvía a Manderley. Daphne du Maurier me guió hasta ahí.

Lo que yo haga ahora, es cosa mía.

lunes, 12 de mayo de 2008

Postal desde Promenadia

Que no los engañe la imagen inocente que ilustra la cubierta de la nueva novela de Ricardo Menéndez Salmón, Derrumbe (Seix Barral, Barcelona, 2008).

Debajo de esta visión dulce y enternecedora de una niña que juega ante piedras exhumadas por una bajamar, se oculta, como sierpe, a manera de epígrafe, una frase -- una cita- de Dostoievski: El terror es la maldición del hombre. Esta es la llave, que al dar vuelta al cerrojo, revela una novela oscura y prístina (sin que sea oximorón); afilada cual estilete, obligadamente letal cuando rasga el corazón o alguna otra arteria, suscitando una hemorragia.

Menéndez Salmón (1971), enfant terrible/child prodigy literario oriundo de este finisterre, ha publicado hasta la fecha seis novelas (entre ellas Los arrebatados, La noche feroz y más recientemente el best-seller sorpresa que fuera La ofensa, misma que causó furor entre la crítica, catapultándolo al reconocimiento internacional y que además, trascenderá a la pantalla de plata en Italia próximamente) y tres libros de relatos (el más reciente, un artefacto explosivo titulado Gritar) y se ha ganado en el campo de batalla las medallas que se cuida de no ostentar y que, no obstante, se ciñen a una obra sólida y una voz personal que de manera subersiva y a la vez consistente, ha logrado hacerse oír, o bien, leer.

En las vertiginosas 190 páginas de Derrumbe, Menéndez Salmón transubstancia con maestría esta ciudad junto al mar en su territorio inventado, Promenadia, lo que devendría su propio Arkham con aires europeos, su Macondo de luz extraña. Ahí, un grupo de personajes que conforma un microcosmos de la sociedad local en sus muy diversos estratos y generaciones, se verá confrontado con varias manifestaciones del terror: desde el encarnado por un asesino en serie que deja un rastro de sangre, miembros mutilados y zapatos impares, hasta la inquietud de un policía llamado Manila, cuya amante esposa está encinta con su segundo hijo, y cuya primogénita es el objeto lo mismo de su adoración que de sus miedos más intrínsecos.

La novela se desdobla, a manera de una navaja, y cuando el lector se percata de lo que está sucediendo, es demasiado tarde para volver atrás; la sensación acaso es similar a la que experimentamos tantos ante la televisión al percatarnos de que lo que estaba ocurriendo en el bajo Manhattan el 11/9 no era el efecto especial del rodaje de una cinta de acción, si no la irrupción del terror en la esencia de la vida misma. No se pueden despegar los ojos de lo que ocurre, quedándose las huellas del lenguaje exquisitamente usado por el autor, de manera indeleble en retinas y memoria sensorial.

¿Es Derrumbe una novela de horror? Por supuesto.

Pero es mucho más que eso; al igual que las otras obras de Menéndez Salmón, es imposible de clasificar en un solo género o tendencia. Hay tantos matices en su trama, desarrollo y ejecución, que no se puede poner el dedo en una sola llaga. Lo cierto es que brilla como un portento y estremece como un fenómeno. Esto es el propósito, claramente, del autor: su reflexión sobre los banales orígenes del mal opuestos a sus devastadoras consecuencias, es atmosférica y genuina, tanto como si de Cumbres Borrascosas se tratara. De hecho, no existe tanta distancia entre la pálida y temblorosa Emily Brontë y este agente provocador, aún con casi dos siglos de distancia entre uno y otro.

"El fantasma de Bolaño se cierne sobre todos nosotros," me dijo uno de mis más leales adláteres al enterarme de la inminencia del libro, poco antes de que se posara en mis manos y me mantuviera despierto hasta las tantas para dejarme al final tirado sin poder sostenerme a la vera del camino, con ojos desorbitados, enrojecidos de desvelo, de llanto y sí, por supuesto, de terror.

Coincido. Bolaño -- esa vena sangrante de la que tantos hemos bebido, como lo he revelado antes aquí- se manifiesta en esta obra, pero también lo hacen otras voces como la de Ian McEwan, la de Joyce Carol Oates, la del mismo Faulkner en su Santuario. No lo sé de cierto, sólo lo supongo. Aunque seamos vecinos de la misma ciudad (esa Promenadia inquietante que zozobra al borde del caos), ni nos conocemos ni hemos sido socialmente alternantes, menos aún amigos. Como lector, desconozco las filias y las fobias del narrador, aún si reconozco entre líneas una cultura y un legado común que se refleja en este espejo distorsionado y lo contemplo al releer algunas de las frases que cautivan. Quisiera no estar maniatado y poder hablarles más a fondo de la trama, sus implacables y muy complejos mecanismos, de sus sorpresas monstruosas, pero siendo éste un libro aún muy joven ante el mundo, apenas con una semana de vida y con toda la posibilidad de tocar aún a más lectores que la mismísima Ofensa, hacerlo sería arruinar algo que el lector debe descubrir por sí mismo en una lectura importante, satisfactoria, despiadada.

Valga la advertencia: sean bienvenidos a Promenadia y abandonen toda esperanza al entrar aquí.
Tendrán una estancia infernal.

Pero ustedes sabían a lo que venían.

martes, 6 de mayo de 2008

65

Mi papá cumple 65 años hoy.

Cuando se lo dije a mi amigo Jack el domingo que nos vimos, me dijo "¡Dios, qué joven es!" -- y me di cuenta de que es verdad.

Aunque mi padre tiene ya la edad que mi abuelo tenía cuando yo cumplí un año (esto es, se convirtió en abuelo a la misma edad que tenía su padre cuando nací yo), para los estándares de hoy, es un hombre joven.

Esta vez que estuve en México no pude verlo mucho, porque él tenía que trabajar y yo también, así que estuvimos en ciudades separadas. Pero eso está bien. He aprendido a respetar a mi padre y a quererlo. No que no lo respetara antes, o mucho menos, que no lo quisiera. Es sólo que en esta etapa de nuestras vidas la relación es mejor. Él también ha tenido que aprender a respetarme y a quererme (y sé que a él le costó más trabajo).

Así que hoy mi papá ingresa, oficialmente a lo que algunos llaman los "Golden Years". Y yo no estoy ahí para felicitarlo. Ciertamente estaré en contacto, de eso no hay duda. Pero me gustaría poder estar ahí.

Estas son las concesiones que he tenido que hacer para vivir mi vida, y eso es lo que estoy haciendo. Escribo sin parar en este ático de una ciudad de provincias en España. Estoy cerca del mar y de los amigos que tengo. Esta es la semana del Salón del Libro y me va a traer, como el año pasado, bastante movido.

Pero aún, por muy lejos que esté, no me olvido de los míos.
Y de tí, Papá.

Feliz Cumpleaños.

domingo, 4 de mayo de 2008

Mi madre es abuela

Hoy en España es día de la madre.

La mía está en México. Ahora funge de abuela. ¡Está encantada!

Y con sonrisas como ésta, es perfectamente entendible.

¡Felicitaciones a todas!

viernes, 2 de mayo de 2008

Un año en este Finisterre

Ya estoy de vuelta en mi casa.

Hoy se cumple un año -- exactamente a la fecha- de que dormí por primera vez (nervioso, asustado, fascinado) en este apartamento.

Es sorprendente qué tan rápido pasa el tiempo.

¡Estoy feliz! ¡Esta es MI VIDA!

(Y la estoy viviendo tan bien como sea posible)

Gracias a todos por su paciencia. Después que me recupere de estas veinticuatro horas de viaje contínuo, me reconecto con el mundo. Por mientras, reciban el trasunto electrónico de mi más afectuoso abrazo.

Daphne du Maurier decía que no se podía volver a Manderley.
Pero yo lo logré.

jueves, 1 de mayo de 2008

Como ave al vuelo

Si me fuera de aquí mañana,
¿me recordarías?


Tengo que partir ahora,
hay muchos sitios que debo ver.


Si estuviera aquí contigo, nada sería igual.
Porque soy un pájaro libre y no me podrás cambiar.


Dios sabe que no puedo cambiar.


Adiós, adiós, ha sido muy bonito,
pero no puedo cambiar.


Dios sabe que no tengo la culpa,
que no me puedo quedar.


Ahora soy un pájaro libre,
Y no puedo cambiar.


¿Volarás alto, pájaro libre?


¿Volarás?
***
Estos son los bellos hastaprontos.

Próxima parada: Finisterre.