martes, 6 de marzo de 2007

Generación 2666


Hay libros que, literalmente, cambian vidas.

Y esta transformación, esta transubstanciación, sucede sin que te lo esperes, sin que te lo imagines. Puedes estar, como dijera Auden, paseando al azar, matando tiempo entre las mesas de novedades, estar (y ahora es Doris Lessing quien viene a mi mente) completamente eximido del estado de alerta, cuando estalla la bomba.

O quizá no; el estallido y la captura no suceden en la librería (aunque ya ha comenzado el secuestro, cuando coges el libro y miras la solapa o la contraportada, o si tienes mucha suerte y no está envuelto en papel celofán, lees las primeras frases, los epígrafes o la dedicatoria y comienzas a perderte, mientras te acercas a pagar). Ocurren en la comodidad e intimidad de tu casa; o mientras vas por la calle, despojas de sus ataduras al libro y tratas de asomarte a su interior.

Así sucede a veces. Lo cierto, es que resulta inevitable; especialmente con ciertos libros.

Con 2666, de Roberto Bolaño [y ojo, si vuelvo a oír otro chiste pendejo acerca de Chespirito soy capaz de empezar a abollar culos y coccis a patadas] fue así, es así.

Se trata de esos libros que, como una mujer hermosa o una criatura de fealdad indescriptible, son inescapables a la mirada; y cómo no, si sus dimensiones así lo indican: es un volumen (en pasta blanda) de 1100 páginas, con una cubierta inquietante y a la vez tan plana, que puede describirse en tres frases -- aún si no es posible encapsular lo que representa esa imagen tan extraña que la ilustra.


El libro (y su autor) llegaron a mí de un modo azaroso, casi como de novela de Paul Auster. Era el otoño de 2004, cuando mi amistad principalmente e-epistolar con Juan Carlos aún era muy joven, que éste me dejó, a manera de críptica post data, el numeral que da título a la obra. Al principio, no entendí absolutamente para nada a qué se refería, hasta un par de días después, cuando fui a El Péndulo y ahí, en la mesa de novedades, prácticamente el libro me gritó a la cara.

2666.

Fue como si de repente algo hiciera click y todo hiciera sentido; tomé el ejemplar como quien se está robando la última galleta del jarro y corrí a la caja, justo antes de que alguien más -- que lo quería- pudiera tomarlo. Pagué, desfalcándome por el resto de la quincena (sí, el libro es un placer adquirido y como tal, es algo más costoso que lo habitual) y salí con la curiosidad que otorga un misterio revelado de pronto.

Admito que tal vez de no haber sido por mi amigo y su éxtasis, yo no habría sabido qué ocurría [aunque es posible que igual, posteriormente me hubiera acercado al libro, como dije, sus dimensiones lo hacen muy llamativo] mientras comenzaba a leer, y es por lo mismo que la --igualmente contagiada de emoción- primera reseña periodística que escribí (en diciembre de ese año, para el suplemento editado por Irene Selser en Milenio, bajo el título 2666: Misterios Gozosos y Dolorosos) está dedicada a él, igual que el presente texto. O bien, lo parafraseo: "No fue una revelación, sino una verdadera epifanía" (Lo sé, lo sé, espolio, espolio).

Sin embargo, y más allá del trasfondo emotivo que para mí tuvo/tiene/tendrá esa primera lectura del libro, no dejo de encontrar en él un trabajo que efectivamente, cambió mi vida literaria, de un modo que pocos libros habían logrado anteriormente (acaso la novelita neoyorquina de Levin en mi infancia o A Sangre Fría en mis años de púber). Ésta era una narración monumental y ambiciosa, un templo de sangre y mierda y oro y música y ruido y horror y dulzura y desierto y bosques, que se abría ante mí, como lo hiciera ante una enorme falange de lectores, que nos descubrimos maravillados, de hinojos ante las pruebas ontológicas de la existencia de una voz que (cuando la descubrimos), ya nos había dejado.


Me habría gustado conocer a Bolaño.

O tal vez no.

Casi mejor que no, ahora que lo pienso.
Conozco (de hecho, colaboro) con quienes lo conocieron hace siglos, en algunas redacciones de periódicos mexicanos que ya no existen o que han mutado hasta ser irreconocibles. Me han hablado de ese personaje tan extraño, capaz de la mayor generosidad o retruécano, que en 1980 u 81, o así, hizo llorar en público a Carmen Boullosa -- en compañía de sus infrarealistas- y cuyos gustos y filias iban por los derroteros más insospechados.

Puedo afirmar, sin empacho, que como escritor, no había encontrado lo que puedo llamar "mi generación". Por mucho tiempo me alarmó no encontrar otros escritores de mi edad y que, los habidos, se hallasen atados a la colita del llamado Crack.

Para empezar, debo decir sin temor a ofender, que, fuera de la obra de Nacho Padilla y Pedro Ángel Palou, a quienes admiro como narradores y aprecio como bonhommes, no tolero al resto de los firmantes del manifiesto crack (que diez años después ya está más tieso que la mismísima onda, que avivó la llama narativa en los sesenta y no ha tenido paralelo, aunque digan lo contrario). Eloy Urroz no me gusta por su densidad y a Jorge Volpi, literalmente (y sé que no soy el único), lo abomino cordialmente; mi dedo se extiende para señalar que el emperador camina sin ropas. Quizá hacerlo sea un signo innegable de mi zafiedad, lo mismo que es también consecuencia de su pedantería ostentosa y como su obra, pesada cual collar de papayas.

Le profeso cariño a la obra de Eve Gil (a la que además tengo gran afecto personal), Vicente Herrasti y Álvaro Enrigue (que logró extricarse de modo tajante pero eficaz y muy polite, de sus coétaneos) y José Ramón Ruisánchez me divertía algo, pero no pertenezco tampoco, siento, a su generación... aunque puede ser que Eve y yo tengamos más en común, gracias a lo que da título a esta idea.

El descubrir 2666 y posteriormente, Los detectives salvajes [lo sé, lo sé, comencé al revés] fue como decir de aquí soy. Encontrar la voz que le hablaba a mi generación; que había trascendido a su microrevolución setentera/ochentera anti-Paz en México, para hallar en Barcelona, un retrato distorsionado de lo que había dejado atrás: un lirismo narrativo muy descriptivo, cercano al nihilismo, como al melodrama gótico más emparentado Cumbres Borrascosas y Drácula, o incluso, tomado de la mano con Kafka y Flannery O'Connor (hay pasajes de Los detectives... que de inmediato me regresaron a Un hombre bueno es difícil de encontrar). La atmósfera angustiosa y de pérdida desolada de 2666 se manifiesta tan llena de posibilidades para el lector (o bien, el autor que también es lector), que resulta inevitable la identificación, el hechizo, la ronda en torno a una fogata donde se consume y achicharra la convención novelística que nos ceñía como latinoamericanos e hispanohablantes o al boom y el menester del realismo mágico, o a las poses cosmopolitas pero hoy avejentadas y con notable y feo lifting de aquél grande que era Fuentes. De sus cenizas como Fénix, chisporrotea lo que llama en su ficción, realvisceralismo, así de golpe, como un mazaso en el cráneo: huella imborrable.

Acaso Bolaño está más cerca de Cortázar -- esa fina ambiguedad entre lo bestial y horripilante y lo sosegadamente ordinario- que de Vargas Llosa o de otros autores españoles, como Javier Marías o del propio noble portugués Saramago (que no, ni era pintora ni tampoco era señora, me consta). Es en sí, una voz original y reveladora; no necesariamente un insurgente, sino un creador de historias, un hilvanador de perlas ennegrecidas o ensangrentadas.

Sé que Rodrigo Fresán tal vez piensa como yo (sus Vidas de Santos son fehaciente testimonio) donde otras voces como Vila Matas o Javier Calvo se inclinan a seguir la misma Flauta para dejar Hamelin.

Sería harto pretencioso (exquisita y afectadamente Volpiano) de mi parte, decir que hago lo mismo. No, no, señor. Yo no soy nadie. Apenas acabo de salir del huevo, aún tengo trozos de cascarón pegados a la pelusa. Pero quizá un día pueda decir que puedo. Lo cierto es que es por Bolaño, que me redescubro y recupero realmente la fe en mi narrativa; la prueba de esto fue que de inmediato, apenas escribir esa reseña y arrastrarme por el desierto de Santa Teresa, me sentí lleno de vigor, armado, libre.

Hay dos novelas y un puñado de cuentos (o bien, una novela y otra-en-proceso) que vibraron como con defibrilación. Leerlo me hizo sentir vivo (y no sólo a mí: lo he visto tocar a otros muchos, amigos del corazón y aún conocidos hostiles): es increíble que muerto sea la voz de una generación que no conoció y a la que, de vivir, ciertamente y con esa modestia underground tan suya, hubiera señalado como no suya.

Pero, y esto es una verdad como ese templo que describí y que es esa novela (y Los detectives, naturalmente), los Archimboldianos somos legión.

Y me siento muy honrado de ser uno de ellos.

Gracias por abrir las rejas a este jardin de delicias terrenas y horrores arcanos.

2 comentarios:

Carmen dijo...

Bolaño no me hizo jamás llorar, ni en público ni en privado. ¿De dónde salió eso que alguien me acaba de citar -y he confirmado aquí-?
Saludos,
C.B.

Miguel Cane dijo...

Estimada Carmen,

La anécdota a la que me refiero (y quizá debí señalar como 'presuntamente' y/o 'de aiditu', dado que efectivamente, sólo repito lo escuchado)me fue relatada por dos personas distintas, en 2003 y 2005, aludiendo al (ostensible, presunto) hecho de que los 'infras', encabezados por RB, podrían haber interrumpido un recital de poesía suyo abruptamente.

Si la anécdota falta a la verdad, y yo la ofendo (sin intención) en este texto, hágamelo saber y se hará la corrección pertinente. Faltaba más.

Un cordial saludo desde (de todos los lugares del mundo) Gijón.

MC