domingo, 1 de julio de 2007

Nina en éxtasis


La encontré hace unos meses en pleno super y me sorprendió no tanto el hecho de verla, comprobar su aún existenciam sino el poder verla tal y como es ahora: Nina, ama de casa, madre de familia, esposa convencional.

¿Dónde quedó la bête noire del haute couture que desafiaba las reglas al ir ataviada con el último alarido de la moda londinense, como si se tratara de un legítimo Pet Shop Boy? Nada queda ya de aquella chica quien, a los dieciséis años quedó huérfana de padre -- en una comida familiar le contaron un chsite tan bueno, que se rió hasta que se le reventó un aneurisma en el cerebro y ahí quedó- no se dejó intimidar por la pobreza o el hecho de que su madre se sumiera en un marasmo que la llevó de elitista señora ricacha a drogadicta socialmente aceptable gracias a la farmacopeia que el médico le sorrajó. Otra chica habría sucumbido a la desesperación, pero no Nina.

Al ver que su madre era incapaz de sacar un centavo del banco sin la ayuda de una pastilla, aquella decidió que no sufriría por cincuenta pinches pesos a la semana para ir a la escuela y comprar algo qué llevarse a la boca y que mejor en todo caso se procuraría sus propios ingresos.

Ahora, haber nacido en proverbiales sábanas de seda hizo de Nina una auténtica inútil. Hablaba inglés y francés con fluidez, pero no estaba capacitada -- y menos a esa edad- para alguna clase de trabajo. Sin embargo, era perspicaz y comenzó a sustraer cajas de Valium y Diazepam de la abundante colección de su madre y a mercar con las pastas en la escuela, entre incautos vírgenes del vicio y otros conocidos por su exotismo.

Así, pronto fue secreto del conocimiento general, que esa chava de lentes de firma y cara de "cosas peores puede haber" era nuestra propia versión de Caro Quintero.

Algunas aventuras suyas son leyenda en nuestra generación: Un día en 1991, Nina vendió pastillas a una niña X llamada Araceli, alias La Puerca Frita y al día siguiente, ésta llegó llorando a reclamarle: "Buuuuu... ¡eres una pendejaaaa! ¡ayer por tu culpa llegué a mi casa bien pacheca y mi novio (el tipo en cuestión, un tal José Luis, era un peponazo como de 300 kg) me cogió!" La otra no paraba de llorar por haber perdido su virginidad estando elevada e hinchada como globo de Cantolla. Nina la tranquilizó dándole otra dosis gratis de Lexotán y a manera de pilón añadió una caja de anticonceptivos, que podrían ayudar a mejorarle el cutis.

Un año después, ya para terminar el bachillerato, fuimos toda la generación unos días a Acapulco. Para entonces, Nina andaba con Pedro, un buena bestia que era mayor que nosotros. Para financiar las excursiones discotequeras, ella menudeaba con parque que le voló a su mamá y pastas que le donó la comunidad (Dios mío, todos pensarán que éramos una runfla de drogadictos empedernidos y perdidos, pero juro que no, sólo estábamos lo suficientemente perturbados emocionalmente como para que nos recetaran alguna pastilla antidepresiva).

En una de esas, Nina hizo trato con unos turistas ingleses que también estaban en el mismo hotel y cambió algo de Xanax y Halcyon por tabletas de Éxtasis.

Ojo, aquí debo confesar que a mí me da mucho miedo la droga sintética. No soy moralista, cada quien su vida, pero mejor fumar Grifa, que treparte al camello, porque luego no sólo te estupidizas sino que también te esclavizas.


Total, Nina invitó al grupo a su cuarto y repartió el E con botellitas de agua. Ahí descubrí que poco hay más feo en esta vida, que ser el único sobrio en una pieza atestada de gente en éxtasis, así que me aburría como ostra mirándolos, hasta que me dije "no necesito esto" y me fui a mi habitación, que era la de junto, dejándolos con su orgifiesta a go-gó.

Como a los veinte minutos, entró a mi habitación Pedro, el novio, y no se durmió, sino que literalmente se desmayó en el piso, después de decir un par de burradas. Lo miré ahí tirado y me dije "¿y 'ora? ¿Qué hago?" Como pude, lo cargué y lo puse en la cama gemela. Luego, me volví a mi cama y estuve leyendo a Cortázar hasta la madrugada, cuando por el balcón entró Nina, miró a su badulaque ahí tirado roncando y luego me miró con ojos desenfocados.

A la mañana siguiente, todos estaban con caras fatales... y ninguno de los dos me hablaba, mientras que yo oía en mi cabeza el eco: "¡Buuu! ¡Eres una pendejaaa! ¡Ayer por tu culpa llegué a mi casa bien pacheca y mi novio me cogió!". El regreso a México, en avión, fue por decir lo menos, oneroso. Como ya habíamos terminado las clases, no la volví a ver en casi quince años.

El reencuentro en el super fue casual aunque, en retrospección, medio escalofriante.

Pensar que dos ex-cómplices tan unidos como lo fuimos (las veces que me invitó a comer en restaurantes con las ganancias de su carrera como narcotraficante amateur) ahora sólo nos dijéramos "¿Cómo estás?" "Bien, ¿y tú?" me asusta.

Llevaba consigo a dos niños pequeños. Le dije, "¿Son tuyos?" y asintió. "Me casé con Pedro," dijo cortante y luego nos dijimos "adiós, adiós".

Nina en éxtasis era temeraria y mordaz, siempre bordeando los límites de la ley, con su bolsita llena de pastillas. Ésta es solamente una ñora de suburbio residencial, chic, pero deprimida.

No creo que la vuelva a ver nunca más.

1 comentario:

Erendira Rico dijo...

Orale, que denso! me recordo a mis patoaventuras de la secu cuando los maestros nos decian que teniamos vocacion de delincuentes juveniles, aunque no traficabamos con Valium ni nada por el estilo, solo rescatabamos los articulos confiscados de la oficina de prefecto...les bajabamos el aire a las llantas de los profes, explorabamos nuestro lado piromaniaco en el laboratorio de Quimica...mejor no le sigo.