martes, 31 de octubre de 2006

Halloween: íntimo terror

Hoy que es víspera de todos los santos, les contaré sobre el primer instante de mi vida en que experimenté el terror.

Para darles una idea de cómo fue, hay que volver a la infancia; ese territorio que a veces pensamos es más maravilloso de lo que realmente fue, visto a través de la lupa de la nostalgia, que no sólo magnifica lo enternecedeor, sino también las experiencias brutales y viscerales como ésta.

Los ocho o nueve años es la edad en que descubrimos el terror en un concepto más adulto… y como es algo que pertenece a territorio vedado, pues más atractivo todavía.

Son los años 80, década célebre por el espectacular auge del mal gusto materialista e iconoclasta, que exigía siempre algo más nuevo, más deslumbrante: como dijera Manolito el de Mafalda: “¡Más, más, más!”… la década prodigiosa que ayudó a formar a chicos como yo.

Volviendo al relato: era noche de brujas de 1982.

De por sí, el país pasaba una época tenebrosa (el espectro de la crisis económica nos había aplastado) y el tan sobado ja-lo-guín, era un pretexto para la pachanga.

Es así, que mis padres fueron invitados a una fiesta de adultos y tuvieron a bien, inocentes, dejarme al cuidado de los hijos adolescentes del set de amigos que tenían (los mayores no tenían ni dieciséis años), punta de irresponsables incapaces de hacerse cargo de un niño de mi edad. Pensaron que con un refrigerio listo y una máquina Betamax conectada a la TV bastaría para que no dieran la lata.

“Ahí ven una película y se entretienen”.
Claro.
Quizá Bambi habría sido mejor.


No sé quien trajo de su casa un videocasette con Halloween de John Carpenter, que es, aún hoy una de las cosas más angustiantes que haya visto.

Era la época antes del DVD y los videoclubes en cadena.

Para ver una película para adultos (por suerte no encontraron una copia de Debbi Does Dallas que mis papás tenían bajo llave en un cajón) alguien debía tenerla en casa y prestarla.
Nuestra clandestina expedición nos llevó al ficticio suburbio residencial de Haddonfield, a conocer a Laura Strode (Jamie Lee Curtis, quien, sutil ironía, es hija de la difunta Janet Leigh), niñera virginal y ordinaria y a sus amigas Annie y Lynda, todas ellas núbiles niñeras de clase media y buena pierna.

La inocente Miss Strode ignora, por supuesto, que terminará la larga noche como si le hubieran hecho champucito con un tomajauk.


Aquí el Coco, más conocido por el apelativo de Michael Myers, es un peponazo con fantasmal máscara blanca y afilado cuchillo cebollero, que es anunciado por muy efectiva música compuesta por el propio Carpenter.

Todos los jóvenes que "me cuidaban" mientras veían la peli, seguro que la pasaron muy bien, supongo, porque gozaban cuando alguna núbil jovencita era convertida en pita fajita; aunque yo estaba paralizado frente a la pantalla.

Ese era un vecindario como el mío.
Una casa como la mía.
Las víctimas destripadas y torturadas eran como mis primas las grandes, que a veces me cuidaban.
Esto podría ocurrir de verdad.

Al final de la truculenta velada, yo estaba seguro de que Michael Myers estaba escondido en algún rincón de la casa y que en un descuido, iba a tasajearnos.
Lo peor vino cuando mis padres pusieron el proverbial grito en el cielo al encontrarse con que el engorro (léase, yo) se rehusaba a apagar la luz para dormir.


Así es como por primera vez experimentamos no el miedo, sino el terror.

Y lo más extraño es que nos gusta; volvemos una y otra vez a ese páramo sombrío a someternos al escalofrío, antes de volver a casa y seguir nuestras vidas a plena luz del día, haciendo un magnífico trabajo de ignorar las sombras que crecen en los rincones…

lunes, 30 de octubre de 2006

Cannon Beach



Esto es Cannon Beach, en la costa norte de Oregon.

No es una playa común. Aquí hace frío y hay tantas gaviotas como en una película de Alfred Hitchcock...

... sin embargo, es uno de los sitios más entusiasmantes que me he encontrado en este constante vagabundear por el mundo.

Me encontré con una cara del pacífico que no conocía y me descubrí de pronto liberándome de un talegón de equipaje extra que había estado acumulando en los últimos años. Así que de pronto, me embistió una oleada de algo que no había experimentado tan plenamente en mucho tiempo.

Para testificar ese brote de elación, Maru Moreno -- amistad nuevecita, recién descubierta- me pidió hacerme una mini sesión fotográfica (aunque yo no me siento muy fotogénico, algo que se me quitó hace veinte años) y aquí están los resultados.


De perfil


Mirando al oeste

Detrás de mí está Haystack Rock, la tercera formación rocosa más grande del mundo




Lo increíble: ¡Cane sonríe!


y aún más insólito: ¡ríe!


¡A carcajadas!


Libre.
Libre de verdad. Sin cuitas ni tristeza alguna, sin la carne cansada.
Sin decepción, ni odios, sin miedo ni corazones rotos.

¡Qué vida ésta!
(¿cómo será la otra?)
¡Qué júbilo!


Hay vida en Cannon Beach.
Todo es cuestión de encontrarla.
Cambios, cambios.

¡Ave, everybody!

domingo, 29 de octubre de 2006

Oscuro es el Abismo


Para Susan y Peter Straub


Es viernes santo, la mañana con cielos amortajados en gris.

Es el cuarto día en su itinerario por Europa occidental.
Laura y Ricardo son llevados por una representante de la embajada de su país a una visita informal a lo que originalmente fue un refugio antiaéreo construido bajo la plaza del parlamento, que se convertirá en museo pronto.

- Es sorprendente,- dice la mujer - hay que verlo para creerlo.

Su nombre es Alma.
Es joven y muy bella de rostro, tiene sonrisa rápida, segura de sí; nominalmente es compatriota de ambos, aunque ha vivido en esta capital tanto tiempo -- más de veinticinco años- que su acento se ha vuelto neutral. Cuenta que puede hablar una variedad de idiomas -- Francés, Italiano, Alemán, un poco de Pakistaní -, más o menos con fluidez. “Me crié en el servicio exterior,” les dijo la noche anterior, cuando la conocieron durante una cena ofrecida por el embajador.

-¿Tu familia?- preguntó Laura, sintiéndose demasiado expuesta en su preñez, sobre la que casi todos los presentes habían comentado, con las mismas sonrisas que había recibido en otras fiestas y reuniones.

- Mi padre era cónsul. Ahora está retirado.
-¿Y tu mamá, Alma?

Laura encuentra los ojos azules de la otra en el espejo retrovisor, en tanto aparca en una calle estrecha por donde no pasan peatones. Su pregunta quedó en el aire por un momento, sin respuesta, previo a que Alma diera un sorbo a su copa, sin mirarla: – Mi madre murió cuando yo era niña.

Alma explica que el refugio solía ser secreto durante la guerra; la entrada es por una puerta de metal casi escondida, ennegrecida por el tiempo. Del bolsillo de su abrigo, saca una llave de aspecto ordinario que introduce al cerrojo, sin ceremonia. La puerta luce vieja y pesada.

-¿Tienen muchos acceso a este lugar?- pregunta él.
- No. No era un refugio para el público general.
-¿Para quiénes, entonces?
- Ah... oficiales del parlamento, personal diplomático. El primer ministro tiene su propio refugio, como la familia real…
-¿Y los demás?- pregunta Laura -¿Qué pasa con ellos? ¿A dónde van?

Alma vacila un instante, se toca el cabello (supone que si fuera hombre, se rascaría la cabeza). El cerrojo es de combinación y se concentra en abrir. - Mejor será respiren hondo antes. El aire adentro no es fresco. Casi nunca entra nadie aquí.

Toda vez que se abre la puerta, añade - Hay otros refugios, Laura. Se construyeron varios durante la guerra, más grandes. Para más gente. Ahora muchos ya no existen.
Levanta un interruptor de luces fluorescentes; lo que pueden ver del interior, son paredes de concreto, una escalera que desciende y un descansillo, para luego seguir. El aire es frío, con penetrante olor a humedad, rastros de cañería. Laura siente, para su sorpresa, los comienzos una arcada, pero se controla lo más rápido que puede. Al verla, Ricardo ríe como si fuera un chiste verla así; mi vida, le dice.

- No pasa nada,- dice Alma, al cerrar - algunas personas tienen reacciones peculiares al venir. Pero no hay nada que sea peligroso. Estar aquí es totalmente seguro.

Laura intenta imaginar el lugar como una especie de bodega, un sótano.

La voz de Alma hace ecos en el techo; sus tacones también.
Al descender más, el aire se va enrareciendo y Ricardo ofrece a Laura su pañuelo.

En el rellano hay un cartel, posiblemente data de sesenta años atrás, que da indicaciones. Alma lee en voz alta – qué hacer, qué no hacer, qué esperar y cómo: hay un maniquí exhibido ahí junto. Es de tamaño natural, luce toda la indumentaria y parafernalia de defensa en caso de ataque aéreo: overol, botas, máscara de gas y guantes. Laura mira a la efigie, espera que se mueva, le hable.

Hubo un tiempo en que la gente salía a la calle en esta ciudad con máscaras de gas y sin saber si volvería a casa. Imagina el terror implícito en las esposas despidiéndose a la puerta del marido cada mañana en esos tiempos extraños, tan ajenos como de repente inmediatos.

Un beso y tu máscara.

Laura mira al hombre sin ojos ahí de pie. Quizás por estar tan bien preparado para un desastre, con todo y máscara, le atribuye poderes que ella no posee.
Recuerda cuando era aún muy niña y acompañaba a su madre de compras; solía sentir que los maniquíes como éste, hombres de expresión pétrea, mujeres de rostro pintado, la observaban a cada paso, sigilosamente; les tenía pavor.

Un íntimo terror secreto.

Por aquí, por favor y juntos van tras Alma, que da una breve historia del refugio, cuya transición en parte está siendo financiada por inversionistas extranjeros – aquí es donde Ricardo juega una parte y de donde surgió su interés-, les habla del legendario primer ministro (ahora ya muerto) que lo hizo construir; les muestra los oscuros túneles que conducen al sótano del palacio parlamentario y otros refugios --más grande y resguardados, aún funcionales hoy en día-, uno de los cuáles se ubicaría bajo las habitaciones de la reina.

En cada uno hay espacio para almacenar provisiones y medicinas; una enfermería, centros de comunicaciones actualizados con tecnología de punta. Pero éste parece detenido en el tiempo. Es una reliquia, explica su guía, mientras Ricardo asiente y Laura sólo se limita a observar, cada vez más aislada mientras estos dos se acercan, juegan una especie de ping pong verbal sin lugar para más.

Alma entreabre la puerta de una cámara (una de varias) y los invita a asomarse. Apenas lo hace, Laura huele algo rancio, como si una cañería estuviera destapada.

De aquí venía la peste y eso la hace sentir más náuseas, que finalmente, igual que su estado, la vencen y ahí mismo, en un lavabo, sintiéndose profundamente humillada, deja el gusto amargo del jugo de toronja que fue lo único que le apeteció en el hotel; Alma mira hacia otra parte y Ricardo también, mientras ella se limpia los labios con el pañuelo y advierte que esto se asemeja a una celda que espera a su, o sus, prisioneros.

- No es un hotel de lujo, pero sí es mejor que la otra opción.
-¿Cuál es?- pregunta Laura detrás del pañuelo.

Ricardo interrumpe, hace preguntas a Alma y secretamente, Laura se siente agradecida por la distracción, que no hubiera respuesta a lo que se imaginó de repente, lluvia de fuego y azufre, ella contemplándolo todo como la mujer de Lot, vuelta una estatua de sal. No, no. Déjalo así. Pasa una mano por su vientre que ha crecido (siete meses pronto) y va tras ellos, aunque decide ya no seguirles el paso.

Piensa en cómo sus sentidos parecieron agudizarse nada más cerrarse esa puerta a nivel de la calle.

Estamos rodeados de tierra.
Esto en realidad es una tumba y estamos enterrados vivos.



Han pasado ya casi seis días desde que salieron y faltan diez para regresar.

La visita es algo que no requiere más que media hora de su tiempo -- una minúscula parte de su itinerario-, presuntamente para observar proyectos y posibilidades de negocios, encontrar inversionistas. Algo inesperado, Laura. Nunca se sabe.

El lugar es en su sentido más básico, una estructura física; un experimento arquitectónico sin belleza, gracia ni tradición: un cinerario paraje oculto bajo una ciudad serena y fría; podría describirla como una anciana elegante que mantiene su cabeza conspicuamente erguida.

Hay muchas maneras de interpretarlo más allá de un contexto meramente político o social. Es mucho más que un vestigio de la guerra antigua. Hoy hay otras guerras y cada vez más cercanas.

O acaso es algo más. Laura piensa en una pirámide egipcia o maya, una ciudad para los muertos; es como un sofisticado monumento fúnebre, en este caso hundido en la tierra, dirigido boca abajo hacia la vida eterna, quizá a los avernos. En el peor de los escenarios, sería la antesala de un cadalso.

- No es un monumento a los muertos,- señala Alma, al oírla expresar su idea. - Es más bien un templo de la vida. Un monumento de, y para, los sobrevivientes.

Conforme sigue el paseo por este museo negro, Laura se rezaga más, escucha desde lejos las dudas de su marido y las respuestas precisas de Alma, que parece coquetearle de un modo ambiguo, desinteresado, aunque seguramente es la técnica que aplica con cualquier hombre. Laura finge que no le importa; ociosa, hace girar su anillo de casada con el pulgar, mientras pretende ignorar (aunque no sea verdad) el frío de los corredores y el que sus dedos, sus manos, toda ella, tiembla.

Se detiene a ver de cerca otro maniquí expuesto, detrás de un cristal. Éste representa a un niño pequeño; su indumentaria es idéntica a la de los otros, sólo que a escala. Detrás de la máscara intuye un rostro sin expresión. De pronto, el predicamento de este niño sintético, su sacrificio inminente, la asalta como algo a la par desgarrador y humillante. Dentro de ella, lo que será su hijo o hija – se ha rehusado a que le digan en los ultrasonidos, aún si Ricardo sí quiere saberlo- duerme, ajeno al vuelco de angustia inexplicable en su pecho.

Maldita la hora en que a Ricardo se le ocurrió pedirle acompañarlo. Entiende que es una buena oportunidad para él ahora, para ser visto y aprender cómo debe actuar cuando le toque desempeñarse en cualquiera de estos países. Todo lo demás es pretexto: entrevistas, reportes y cortesías. Sabe que no hay un objetivo concreto para que ella esté ahí, pero todo mundo condesciende con ella y es gentil: la esposa embarazada, tan jóvenes ambos. Soy como un accesorio, pensó en una de las primeras noches, con el horario invertido, pero sin atreverse a interrumpir su sueño.

De hecho, desde que están en este continente no hablan de ello, ni de alguna otra cosa. Todas las conversaciones que ha intentado sostener con él desde que empezó el viaje no llegan a ninguna parte. De hecho, Laura ignora si esta creciente mortificación es causada por alguna incompatibilidad con él, o por las intenciones que tenga para un futuro en el que lo mismo ella podría figurar o no; también podría ser causada por sentirse tan cansada conforme pasan los meses, o consecuencia del shock provocado por visitar demasiados países en poco tiempo. A Laura viajar la desorienta, la desgasta, y con Ricardo, pese a que no hubo formalmente una luna de miel, habrá muchos viajes y casas en otros países.

Tendrá que adaptarse; aunque ahora se siente extenuada. Sus amigas en casa abiertamente han expresado envidia por su posición: Ricardo no sólo es bien parecido, tiene futuro, es “buen partido” (cuando lo ha oído decir no sabe si reírse, no podrá ser en serio, ¿o sí?); su madre por otra parte, no se cansa de hablar de lo orgullosa que se siente. Voy a ser abuela.
Ricardo le dijo, apenas llegaron a su primera ciudad, mientras cenaban en el restaurante del hotel con vistas al río y los petit bateaux colmados de paseantes, que el mundo se divide en viajeros y turistas; mientras bebía su segunda copa de vino, señaló que los primeros son admirables, donde los segundos, objetos de escarnio.

Laura no requiere mucha imaginación para saber a cuál categoría pertenece (según él). Es la peor turista del mundo.

De repente las luces fluorescentes sobre sus cabezas crujen y se apagan.
Alma maldice en voz alta y Laura empieza a sudar pese a la baja temperatura. Su voz, no obstante, suena tranquila al decir a Ricardo que viene justo atrás de ellos. Él le tiende las manos para que lo alcance. Al quedar a oscuras, los tres estaban casi de vuelta al pie de la escalera, ya a punto de salir.

Alma dice que todo está bien, no hay peligro... seguro es una falla temporal de energía.
No hay ningún peligro y no deben temer.

Pasa la oleada de desconcierto y Laura encuentra en la oscuridad la mano ansiosa de su marido. Espera que tomarla la haga sentir más segura que las palabras de Alma acerca de que es imposible estar en una situación de riesgo. No habrá problema en subir la escalera a pie, en la oscuridad. No sucede así, él también tiembla.

- Que no cunda el pánico,- dice Alma aunque su voz ahora suena aguda y entrecortada.

Va antes que ellos por la escalera, repite instrucciones inútiles, reitera que no hay peligro, es imposible que estén atrapados. Laura la oye y piensa que si Alma no está llorando, poco le falta y esto la hace reír, primero a ella y luego a Ricardo, como un par de niños también. Se ríen de Alma, tan exquisita y compuesta a plena luz y tan espantada ahora. No es su intención ser crueles, pero cómo evitarlo.

-¿Estás bien?- le pregunta él - Tienes las manos heladas.
Los escalones parecen más espaciados ahora. Cuando llegan a un rellano, respiran como si hubieran escalado una montaña. Laura deja de reír y sube con los dedos firmes ahora en torno al barandal, siente sus venas palpitar por todo el cuerpo. Dentro de sí surge la confirmación de sus sospechas anteriores.

Están muertos y enterrados, el incidente pasará a la historia, más como una anécdota macabra que como algo trascendente, digno de ser tomado en serio. Estatua de sal. Cuando nunca aparezcan, serán leyenda.

No quiero morir, murmura una voz, ¿voy a morir?

Los tres son adultos, responsables, centrados. La situación no es más que -- como no deja de señalar Alma- algo sin importancia. No hay peligro de sofocarse, dice ella y luego guarda silencio. No sabe qué más decir, ha externado su propio pánico entre las sombras. Laura no puede realmente prestarle atención. Con una mano se protege el vientre mientras suben otros cuantos escalones y oye una voz diminuta que aparece en su cabeza.

Si otros mueren, ¿me salvaré yo? ¿Estamos muertos? ¿O algo peor…?

Ella y Ricardo (que ahora no suelta sus manos, respira más aprisa, acaso tiembla), están en penumbra, esperan mientras oyen a Alma -- asustada, solloza como niña que de repente se ha perdido, sin saber a dónde ir - buscar a tientas un cerrojo ahora invisible.

viernes, 27 de octubre de 2006

Postal del Overlook

Cuando me dijeron "vas a conocer el hotel de El Resplandor" no lo creía... luego, cuando me percaté de que era verdad, me emocioné tanto que parecía un niño pequeño, que va a encontrarse con el santo grial.

Debo admitir que ésa no es mi película favorita de Kubrick, pero me gusta y me estremece y nunca pensé que en este viaje por Oregon (el gran noroeste estadounidense) me llevaría, literalmente, a las puertas del Overlook Hotel.

En realidad, el Overlook se llama The Timberline Lodge y es un sitio histórico que se ubica en las faldas de Mount Hood, lo que lo hace un paraíso para esquiadores -- de hecho, en lugar del amenazador laberinto de arbustos, lo que tiene es una impresionante estación de esquí, con funicular y toda la cosa.

Como visitamos en otoño, obviamente no se ve así, pero en diciembre está en plena operación y se ve exactamente como en la foto: sólo falta Jack Torrance corriendo por ahí con un hacha en la mano.


Aunque los exteriores sí se rodaron en Oregon, los interiores se filmaron en Londres. Sin embargo, y siendo obsesivo como saben, no resistí la tentación de ir a buscar la habitación "maldita" (217) y la encontré. Le tomé una foto, pero no me dejaron entrar a tomar fotos adentro... ¿será que habría alguna chica dándose un largo baño de tina?

Como sea, los corredores sí son largos y a veces sinuosos y la luz es extraña aquí... y por supuesto, el que mientras vagaba por ahí no dejara de tararear el Dies Irae de la Sinfonía Fantástica de Berlioz, ayudó a que me empezara a asustar... y a que me rehusara terminantemente a usar el ascensor...

Este es el lobby superior, aunque naturalmente, no es el sitio donde Jack escribía "No por mucho madrugar amanece más temprano", podría haberlo sido: desde aquí se puede ver la montaña y el cielo sin nubes, mientras uno se acurruca ante el fuego para leer historias de fantasmas.

El Timberline es famoso por su cocina -- y me consta, es deliciosa- y por su atmósfera, misma que la película ayudó a estimular. En Navidad, se coloca un árbol que llega al techo y hay, me entero, que reservar con mucha antelación. ¡Qué diferencia, después de pensar en los Torrance encerrados ahí todo el invierno/infierno!

De hecho, paseándome por los exteriores, descubrí la ventana por la que Danny Torrance salió corriendo. La pueden ver, en el segundo piso, con la pared de piedra. Supongo que es la ventana del baño en que Wendy grita para siempre, mientras aquél rompe la puerta y grita: "HEEEEERE'S JOHNNY!!"


Este viaje a Oregon ha resultado en una serie de sorpresas y descubrimientos y el Timberline/Overlook es apenas el primero de ellos...

...y fue como una pesadilla vuelta realidad el poder cruzar la puerta del Overlook, después de recorrer el impresionante y serpenteante camino boscoso que bordea el Río Columbia, para encontrar que sí, esos sitios que brotan del cine para mesmerizarnos, también son una realidad... aún sin gemelitas siniestras invitándome a jugar para siempre o un hombre vestido de oso comiéndose a un aristócrata mientras hay una fiesta de gala en el Golden Room.

Qué sorprendente decirlo...

...¡estuve en el Overlook!

Ojalá estuvieras aquí.

Mamá cumple 90 años



Si mi mamá -- esto es, mi abuela María- viviera aún, hoy habría cumplido 90 años.

La foto de arriba, es de 1939, el año en que se casó. Tenía 22 años aún (la foto es de Marzo de ese año) y la foto de abajo, es la última que tengo de ella: es del año nuevo anterior a su muerte. A su lado, está Mónica. Me sorprende el parecido entre ambas, sobre todo porque antes no se me había hecho aparente.

La he estado pensando hoy todo el día.

A veces, en casa, pienso que voy a abrir la puerta y estará en su sillón, con la tele prendida.

Y puedo oírla aún; lo que es más, aún puedo usar algunas de sus frases. La idea de acercarse a los 90 no lehacía mucha gracia, aún si no le molestaba la idea de envejecer... era sólo que se mostraba escéptica ante la idea de si el mundo que había conocido, envejecería con ella.

Sobre el año 2000 decía, "ya lo veré, en silla de ruedas, hecha una viejita"... y de hecho así fue... pero estoy seguro de que disfrutó la maravilla del descubrimiento en plenitud.

Mucho de quien soy, que ustedes han visto o acaso adivinan, se lo debo a ella.

Y hoy, aunque esté lejos, yo te celebro, mamá.

miércoles, 25 de octubre de 2006

Chau, Rafa

Le decía Maestro.

Nos vimos todavía en Gijón, donde llegó a presentar el libro de La Mara, hace un año. Lo vi cansado, pero aún entero. Hablamos bastante, caminamos un rato por El Muro y aún pese a sus exhortos para que dejara de hacerlo, le hablaba de "usted".

Ni cinco años en su taller (cada martes, cada martes) pudieron cambiar el hábito.
Hoy me entero por Gilda de su deceso.

No me sorprende -- ya sabía yo que estaba enfermo- pero sí me sacude un poco. Uno no espera que suceda así, de pronto, sin aviso.

Me hizo recordar la noticia esos martes; los cuentos y relatos trabajados, trabajados y vueltos a trabajar. La anticipación por oír su comentario al leer un texto. De hecho, fue con él que aprendí a leer un texto en voz alta. A encontrar el timbre de la historia. Había, aseguraba, muchos textos que se escribían exclusivamente para leerse en voz alta.

También nos enseñó, con mucha mano izquierda y un tacto muy sutil, a encontrar la malicia literaria, a narrar lo cotidiano sin las trampas de lo banal.

Algunas veces, nos tomaba a los tallerandos como conejillos de indias para deslumbrarnos con su talento. No era de ninguna manera perfecto, pero era un buen narrador y más que ello, un excelente prestidigitador y un orfebre de la narrativa breve. Era, literalmente, El Rayo Macoy.

Mis primeros textos en su mesa se volvieron despojos, pero de esos despojos surgió una lección de humildad para buscar oficio -- algo que se afinaría con otros años, en otras mesas de taller, pero con el precedente.

También le debo, indirectamente, una vida social que floreció en esos martes y que aún tiene vestigios vivos.

Se lo pude agradecer eso en Gijón, donde nos despedimos con gusto el día que él marchó. Nos dimos un abrazo y le dije "Hasta pronto, maestro."

No sé si habrá pronto. Pero sé que cuando nos veamos de nuevo, ahora sí voy a hablarle de tú.

Por lo pronto, no es despedida sensiblera (que siempre señaló, era lo peor al narrar(nos) la vida). Es nada más un agitar la mano.

Chau, Rafa.

martes, 24 de octubre de 2006

Mi nueva obsesión




Hay algo que, por más que lo he intentado, no puedo sacarme de la cabeza... (mi nueva cabeza)

...camino por ahí, con la cabeza (literalmente) envuelta en plástico, mientras corría Via del Corso arriba y Vía del Corso abajo, yendo de una función a otra, gritando a voz en cuello



Pueden hacer click para oírla y reírse (de mí o conmigo) un rato, mientras yo, con mi nueva cabeza corro por la sabana-
sabana.

Pero sí.

Yo soy una jirafa igual que todas.

(y aquí Jack, el gran león del norte, podría entender y señalar el referente/origen del simbolismo de la imagen, pero hoy voy a la carrera y no puedo explicarla ni creo que lo haga él, ergo... tal vez sea un misterio sin resolver)

Cariños a lo salvaje, everybody!

lunes, 23 de octubre de 2006

Tornavuelta

Han sido muchas horas lejos... y más pesadas que las del vuelo de vuelta no creo posibles.

Y sólo vengo, a recoger maletas para emprender otro viaje, ahora más cercano.
Sin embargo, siento que he emprendido un viaje muy distinto: algo sucede, que estoy cambiando.

No sé qué pasa.
Pero es algo que ha sido gradual y ahora es más patente.


Sin embargo, aunque cambie: aquí estoy.

martes, 17 de octubre de 2006

Monstres Sacrés





Escenas, rostros, figuras, momentos.

Cinefilia.


Un click agranda la imagen.


Vean cuántos reconocen y diviértanse.

Cuéntenme qué recordaron.


Lejano pero no ausente, los leo.


domingo, 15 de octubre de 2006

Viéndote sin mí

para Christian Meier Zender

Sabe que la razón para que él se encuentre en esta ciudad es ella, el amor que dice tenerle cuando están juntos en la cama, del que habló al anunciar frente a todos sus amigos que iba a seguirla a otro país.

Sin embargo esta tarde al cruzarse, en medio de una multitud que corre en la calle, bajo el cielo que oscurece, él parece no reconocerla; ella lo mira venir desde lejos, levanta la mano para que la vea – es pequeña entre tanta gente; tiene que ponerse en puntillas para besarlo - y él avanza, el mismo cabello muy corto y oscuro, aprieta los labios, esa boca que ella conoce, ha tocado con sus dedos cada uno de sus contornos y una cicatriz casi imperceptible en el borde; ve que lleva el reloj regalo suyo en la muñeca.

No la ve aún, hay una distancia de tres metros entre ellos al cruce, ella en la acera, él acercándose con su portafolio y el saco sobre un hombro. Extiende su mano para tocarlo en el brazo, ¿a dónde vas, dónde has estado? La ve entonces y ella siente, sabe al mirarse en los ojos de él sólo por un segundo, menos quizá, como lo ha hecho antes al despertarse a su lado y buscar sus labios para besarlo, que él no la reconoce, entonces lo deja ir entre tanta gente, sin volver la vista atrás, sin que regrese aprisa, apenado tal vez, chiquita, mi vida, perdón, no te...

Alejándose, poco a poco se da cuenta de que se siente herida. Siempre le pasa, su madre lo comentó un día que desayunaron juntas después de no verse en mucho tiempo; algo que ella le dijo de repente la hizo crisparse, bajar su taza de golpe contra el plato. En ese momento su madre encendió un cigarro, luego tocándose el cabello: Ay, hija mía, siempre te ofendes por cosas superficiales, quemas tu pólvora en infiernitos.

Saborea el disgusto hecho un caramelo que muy despacio va desbaratándose en su lengua mientras baja los escalones hacia el metro; de pie en la plataforma mira a la gente con sus periódicos y audífonos, ninguno la reconoce o le sonríe, pero eso está bien, ninguna de estas personas se consiguió un trabajo aquí para seguirla, ninguno duerme con ella en las noches.


Estaba distraído y no me vio, eso es todo.

Comienza a reírse quedamente de sí misma en pleno vagón, le importa poco si es que la miran. No sería ésta la primera vez que él hace algo así; recuerda cómo una vez, poco
después de mudarse aquí, iban de la mano por la calle y él casi cae por una coladera abierta; si ella no lo toma del codo, se hubiera ido, con todo y su metro ochenta derecho al drenaje.

Después, en el restaurante con los amigos que los esperaban: perdón que lleguemos tarde, es que él, no lo van a creer, pero casi se mata ahorita en la calle. Se rieron entonces, pero ella aún ahora tiene presente el pánico, el horror, en el rostro de él y en su propio pecho ante la posible caída. Lo de ahora es casi igual, irán a otro restaurante, otra pareja de amigos, colegas de él o vecinos, expatriados como ellos tal vez, estarán acompañándolos, y ella lo verá de reojo antes de tomar su mano, una vela al centro de la mesa iluminando sus perfiles.

Un día nos cruzamos en la calle y este hombre, no lo van a creer, no me reconoció.

Deja la estación y sube hacia el sol que se pone, el cielo enrojecido. Cruza, mira al edificio antiguo donde rentan en un décimo piso. ¿Qué hay de él que yo no sepa, no conozca, no me haya dicho, me haya --¿se atrevería?- ocultado o mentido? En realidad ella de él sólo sabe lo que él quiere que ella conozca de él, es una posición privilegiada. La espanta de pronto pensar que desde la primera salida él sabe tanto sobre ella, y también que desde ahí abajo en la calle, viendo hacia arriba hasta casi marearse, no puede encontrar su ventana.

¿En qué pensaba? ¿Por qué no me vio? Estas ideas se disputan su atención, la intrigan, mientras espera a que él regrese, abra la puerta, la bese. Se pasa una mano por el cabello, el espejo del hall no puede contestarle, sólo imita sus gestos de ansiedad. Piensa en él, sólo en él, todo lo demás en este día y los otros se vuelve del todo irrelevante. Sólo importa él. Camina sobre las duelas, ahora descalza.

Reconstruye la otra noche en su mente, cada ángulo de ese segundo. Si no hubiera tomado su codo en ese momento, imagina sangre en el concreto, una exclamación mientras él se hunde, no podrán recuperarlo, lo sentimos; un paramédico mira, apenado, al suelo – lo ve perfectamente, como si lo recordara sólo con cerrar los ojos- perdimos el cuerpo, no hay nada que podamos hacer... yo te salvé y ahora no me ves. Soy yo. Somos pareja tú y yo, me quieres. O dices que me quieres. ¿Qué sabe de él?

Trata de recordar cómo se conocieron. Sabe desde el principio que hay una mujer en otra parte, todavía su esposa, antes la amó, o eso cree ella, ahora sólo es algo que no mencionan. Haz de cuenta que no existe; nunca la ha visto. ¿Sabe ella de mí? No ha preguntado, a veces duda en hacerlo, acostados lado a lado, los dedos de él sobre su muslo. ¿Sabe ella que yo existo?

Da otra vuelta, mira los libros que han comprado juntos; las plantas. O qué, ¿yo no existo? ¿Sólo existo cuando me ves? Se recuesta en el sofá, mira la puerta, trata de forzarla a abrirse para que él entre, la bese, se rían.

Oye, hoy te vi, casi te toqué y tú ni me... está enojada, no puede evitarlo. Tiene que decírselo cuando regrese, entre por esa puerta con la corbata floja. Oye. Me lastimaste. Eres torpe. Y le dirá que la ama, que lo perdone, no te vi, te lo juro, no te... ¿me perdonas? La besará entonces y hasta que se disculpe ella le hará el amor, pero no antes.

Una llave da vuelta en el cerrojo.

¿Va hacia la puerta o mejor espera a que él se acerque y quiera tocarla?

Cruzada de brazos, permanece frente a la ventana, mira la ciudad adornarse para la oscuridad inminente.

Ésta será una anécdota para ser contada otro día, cuando ya no le duela; los amigos al otro lado de la mesa seguro la verán con curiosidad al decirles, ¿saben lo que me pasó una vez con él? ¿No? Apretará su mano, sus perfiles iluminados por la vela. Un día nos cruzamos en la calle y éste, no lo van a creer, no me reconoció. Reirán entonces, hasta él, y luego, entre risas: No, no, lo que pasó y ya se lo dije a ella muchas veces es que... tiene que explicarle. No puede quedarse así.

Él entra, va directo a la cocina, enciende la luz. Carajo, lo oye abrir la ventila sobre el fregadero. Gruñe, se quita la corbata, prende luces.

Ella lo sigue hacia el cuarto; oye, hoy te vi, casi te toqué y tú ni me... él abre ventanas y se deja caer en la cama, ella lo ve acurrucarse, juntar sus rodillas. ¿Llora? Nunca lo ha visto llorar antes. ¿Por qué? Si está aquí es porque la ama. Se lo dijo antes, hace tiempo, cuánto, ya no puede acordarse. Háblame. Él cierra los ojos, cubre su cara con las manos; sopla el viento por la ventana, frío, ya viene el otoño. ¿Qué tienes?, ¿no me oyes? Aquí estoy.

Mírame.

sábado, 14 de octubre de 2006

Héroes: La verdadera Grey

Me gusta Meredith Grey.

Digo que me gusta en el sentido de que es un personaje que en relativamente poco tiempo se gana el cariño del espectador que la sigue... al menos ese es mi caso. Lo consiguió con su voz tan característica, su descubrimiento del mundo día-con-día y las relaciones con sus pacientes y amigos (incluyendo, claro está, al McDreamy).

Caí en el Seattle Grace Hospital por accidente un día -- después de pasear por Wisteria Lane- y me quedé por el resto de la temporada. ¿Y cómo no hacerlo? Después de todo, la doctora Grey se las ingenia para ser completamente adorable -- y a las pruebas me remito.
Lo que es más, hasta la canción tema, me gusta.


Pero quizás lo que me gustó más de la doctora Grey, es que (aún con todas sus tribulaciones y pacientes imaginarios con dolencias imaginarias) me recuerda, en muchos niveles, a una heroína real que yo tengo.

Me la recuerda por que comparten muchas cosas y no sólo las batas blancas y el gusto por los zapatos bonitos: también el ingenio, la entereza y la generosidad, aún si en la verdadera Grey, éstos atributos se magnifican y se asumen con una profunda sencillez, que resulta asombrosa, tanto como entrar a un museo pletórico de obras maestras, que no obstante sólo se asume como un edificio, sin estar consciente de su belleza, tanto interior como exterior.

Aprendí a admirar a esta heroína desde lejos (tanto metafórica como geográficamente), al ir encontrando, poco a poco, rastros de su grandeza, que se me fueron revelando al verla más de cerca; saberla heróica en silencio, mientras hace guardias de 24 x 24 y carga níveles casi góticos (tamaño Cumbres Borrascosas) de angustia y presión mientras recibe a los maltrechos, a los desorientados, a los que posiblemente morirán.

No la he visto en acción, no, pero no hace falta para que lo sepa y al cerrar los ojos pueda verla en la batalla para luego, como sí la he visto, volver con gracia y ternura al mundo que ha creado en un séptimo piso en un finisterre junto al mar, y donde a veces soy un ojo pasajero que sólo ve un trozo del filme.

Así veo (y recibo, como sol por tragaluz) su generosidad y paciencia, su buen humor y su modestia, su viveza, su tezón; su vibrante alegría bajo una fachada serena, sus ojos profundos y sabios, su oído atento, su sonrisa dulce y pródiga. Su enorme y valeroso corazón.

Eso me basta para admirarla, no en secreto, aún si esto mío es tan poco, considerando tanto mérito.

Este sábado, es para mi heroína un día especial.

Eso me hace pensar en Henry Wadsworth Longfellow y sus palabras:

Las más santas de todas las fiestas son aquellas
que guardamos para nosotros, en silencio y en privado,
los aniversarios secretos del corazón,
cuando rebosa la repleta marea de nuestros sentimientos.



Pienso así en ella y en su poeta (que la ama desde hace veinte años). Y en la joya soñadora que duerme ahí junto.

Pero hoy, ésta canción es dedicada a ella.

Te quiero, Pat.

viernes, 13 de octubre de 2006

Auden habla


The More Loving One

Looking up at the stars, I know quite well
That, for all they care, I can go to hell,
But on earth indifference is the least
We have to dread from man or beast.

How should we like it were stars to burn
With a passion for us we could not return?

If equal affection cannot be,
Let the more loving one be me.

Admirer as I think I am
Of stars that do not give a damn,
I cannot, now I see them, say
I missed one terribly all day.

Were all stars to disappear or die,
I should learn to look at an empty sky
And feel its total darkness sublime,
Though this might take me a little time.

[la siguiente traducción fue realizada por mí en 1996]

Mirando las estrellas, sé muy bien
que por ellas al infierno me puedo ir,
Pero en este mundo del ser humano o de la bestia
lo que menos debíamos temer es la indiferencia.

¿Quisieramos pues, ver astros arder

Con una pasión imposible de corresponder?

Si no es posible entre nosotros un afecto similar,
Permite entonces que sea yo quien ame más.

Aunque suponga yo admirar
A estrellas, a las que poco ha de importar,
No podría decir, mirándolas,
Que este día mucho a una pude extrañar.

Si todas las estrellas se desvanecieran al morir,
Aprendería yo a vacío el firmamento contemplar
y sentir sublime la absoluta oscuridad,
Aunque esto lograrlo, un tiempo ha de tomar.


Wystan Hugh Auden
(1907-1973)

jueves, 12 de octubre de 2006

Misterios, misterios, por todas partes



¿Saben a quién pertenece este hermoso ojo azul, inmóvil, casi glacial?

¿Qué tiene que ver esta bonita canción?




Véanla bien, conózcanla.
(témanle...)

Su nombre es Juliet.


Y pronto encontrará a su Romeo.

_____________________________________________


Pero mientras se desentraña ese misterio, díganme...

...¿han visto ustedes a esta pobrecilla Pecosa?




Calma, niños, calma...


... que no todo está perdido...

miércoles, 11 de octubre de 2006

Radiografía


El otro día, en el fotolog de Lusin, apareció éste "proustien", que debe contestarse con títulos de canciones. Ahí mismo lo respondí, y poco después, por esas austerianas coincidencias del destino, mi amigo y colega Bef (no dejen de visitar Monorama) me echó la bolita para que lo respondiera.

Eso me hizo pensar en algunas de mis respuestas, que decidí cambiar por otras canciones, aunque mi sumario original es muy parecido. A continuación, lo que yo llamo mi "radiografía"; canciones que podrían ejemplificar algún estado de ánimo (o tal vez no). Por supuesto, pueden escucharlas, si es que no las conocen y de conocerlas, tal vez me comprendan mejor, todavía.

¡Ave, everybody!
_________________________________

¿Eres hombre o mujer?
(My name is)Luka - Suzanne Vega

Descríbete.
Mother's Little Helper - Liz Phair

¿Qué sienten las personas acerca de ti?
Nobody does it better - Carly Simon ;)

¿Cómo te sientes?
Feeling Like Flying - Jane Wiedlin

¿Cómo describirías tu anterior relación sentimental?
Sweet and Tender Hooligan - The Smiths

Describe tu actual relación con tu novio/a o pretendiente.
I am waiting for the man - Vanessa Paradis

¿Dónde quieres estar ahora?
¿Dónde está el país de las hadas?- Mecano

¿Cómo eres respecto al amor?
Lloyd, I'm Ready to be Heartbroken- Camera Obscura

¿Cómo es tu vida?
Life on Mars - David Bowie

¿Qué pedirías si tuvieras un solo deseo?
Real Men - Joe Jackson

Escribe una cita o frase famosa:

Everybody Knows - Leonard Cohen

Ahora despídete.
So long, Farewell, Auf Wiedhersen, Adieu! - Rodgers & Hammerstein [de La Novicia Rebelde]

martes, 10 de octubre de 2006

Retratos: Hanna




Esta sonrisa la he conocido por 17 años.

Su verdadero nombre es Alejandra, pero todos le decimos Hanna y no responde por ningún otro apelativo.

Nos vimos por primera vez en la preparatoria y debo admitir que me mortifica no poder recordar lo que nos dijimos la primera vez que entablamos conversación (algo que habitualmente puedo recordar de casi todos mis amigos), pero lo que sí recuerdo de ella, es que compartimos la primera conversación adulta que tuve acerca de lo que abracé como mi vida, después que me rompí y ella estuvo ahí para ayudarme a recoger los pedazos.

Hay en su casa una fotografía, tomada a escondidas, el día en que su hoy esposo (el Gran Gus) le propuso matrimonio. Los dos son muy jóvenes en esa fotografía; ella con los brazos al cuello de él: sólo se miran el uno al otro. No supieron que tomé la foto, hasta mucho después y ahora sigue ahí: la primera prueba ontológica de lo que algunos llaman una vida en común.

Ella sabe que la quiero, qué tanto (como si se pudiera medir) y lo que representa para mí.

Desde su casa, puede verse toda la ciudad: es una vista que sobrecoge. Pero encima de todo ello, hay calidez, ternura y el gozo de haberla visto transformarse en una mujer extraordinaria, esposa, madre, hija, amiga. Siempre con la misma sonrisa que recuerdo y los mismos frutos compartidos.

Algunos, en otra época, fueron más amargos. Ahora estos son dulces y siempre presente, igual que esa alegría tan suya, está el jubiloso privilegio de poder compartirlos aún.

lunes, 9 de octubre de 2006

Adiós, Scream Queen, adiós




Mala onda: Jamie Lee Curtis anunció que no volverá a actuar.

Lo mismo, esto seguro son buenas noticias para su marido (el director y comediante Christopher Guest, o bien, Lord Haden-Guest) y sus hijos, pero para los fans que cultivó a lo largo de casi tres décadas de carrera, es algo que sí entristece.

Bueno, un poquito.

Heredera de Tony Curtis y la inmortal Janet Leigh [de quien ciertamente sacó ese excelente par de pulmones que le fueron tan útiles al principio de su carrera], la Curtis se distinguió siempre no sólo por su físico tan particular -- alta, muy delgada, atlética y a la vez con generosos atributos, aún sin ser una belleza que parara el tráfico- sino también por su especial sentido del humor y por no tener pelos en la lengua para hablar claro (cosa poco común en Hollywood, donde si eres un hombre y dices lo que piensas, eres un homnre íntegro, pero si haces lo mismo y eres mujer, entonces eres una perra latosa).

De hecho, es a ese pedegree tan especial de provenir de una leyenda del cine de terror, que Jamie debe su carrera ... y nunca ha negado la cruz de su parroquia. ¿Quién podría olvidar esa escena en que su madre es convertida en picadillo en la ducha de la habitación 1 del Bates Motel?

Los alaridos de Janet hallaron eco una generación más tarde en su hija y siguen reverberando hasta nuestros días.

Por supuesto, John Carpenter siempre fue un cineasta visionario en su momento (aún cuando no sabía que lo estaba siendo) y no sólo dio una carrera sólida a la flacucha jovencita que lanzó en rol protagónico en su ya casi mítica Halloween (1978) sino que además ayudó a inventar un género que hasta hoy sigue dando cuchilladas y derramando sangre en pantallas -- claro está, es el género del Psycho Killer o también conocido como Slasher Film-, gracias a la inmoderada serie de secuelas e imitaciones que generó (Viernes 13, Pesadilla en la Calle del Infierno, etc, etc, etc...)

En esa película, Jamie Lee Curtis hace de la célebre Laurie Strode, personaje hoy de culto, que es, a primera vista, una muchacha igual que todas: preparatoriana estudiosa, modesta, juiciosa (en comparación con sus dos cuatitas Lynda --P.J. Soles- y Annie --Nancy Loomis-, par de güilas post-adolescentes cuyo gusto por bailar el Mambo Italiano las lleva a convertirse en fajitas) que ha amasado una fortuna con su carrera como cuidadora de niños en su vecindario de clase media acomodada, en los suburbios de Chicago. Para ella, hacer de canguro durante la noche de brujas es lo más normal. Pero no sabe que al amanecer el día de todos los santos será la única de su grupito de amigas que sigue con vida, después de un brutal encontronazo con ese boucher invulnerable conocido como Michael Myers.


Después del hitazo, la actriz encontró un nicho como exitosa Scream Queen (de hecho, el término se acuñó para ella) en una serie de películas de terror de mediano presupuesto de las cuales lo único notable era su participación. Por fin, hacia 1982, harta de tanto grito, Jamie se decidió a examinar las posibilidades de la comedia con Trading Places (con Eddie Murphy y Dan Aykroyd) y de ahí surgió una nueva y brillante carrera, que se coronaría con trabajos como Un pez llamado Wanda y Mentiras verdaderas, que le sirvieron para demostrar que las suyas eran muchas facetas, gozándola en comedias como Viernes de locos o cintas intensas como el thriller de LeCarré El Sastre de Panamá.

Además, Jamie se reveló como una estupenda autora de libros para niños y esta carrera alterna le atrajo muchos más admiradores (aún si estos no pasaban de los siete años). Es por lo mismo que, ahora que ha presentado su cuarto libro, Jamie ha hecho oficial el anuncio de que su carrera como actriz ha terminado, para dedicarse a la familia y a escribir.
Pues vaya; qué afortunados hijos y qué afortunada la literatura para chicos -- personalmente, la extrañaré en pantallas, aún si sé que siempre, un momento aterrador y memorable de mi vida siempre volverá a través de sus alaridos de horror cada vez que coloque en mi DVD la película de Carpenter y comience a sonar el tema musical tan característico que la distingue.

Y así, como aparece por primera vez, fresca y hermosa, a punto de descubrir la puerta de lo inimaginable (igual que su madre tras una cortina de plastico) es que quienes la queremos, la recordaremos siempre, pálida y temblorosa...

... como la juventud.


domingo, 8 de octubre de 2006

Hijo Único




para Jesús,
mi hermano


Es hijo único.

Pero tiene primos, muchos primos; y ahora, una hermanita bebé.

Sin ser visto se acerca en este momento, camina despacio, no hace ruido.
La observa, está despierta. Él se quita el antifaz para que lo vea. Lo conozca.

A los siete años, todos dicen que es muy listo, presiente algo aún antes de que lleguen; es una sensación que lo sacude cuando la carretera termina y el calor se adhiere como otra presencia a las ventanillas del coche.

Verano.

La casa de los abuelos en Cuernavaca; él ha venido muchas veces, aunque para Andrea es la primera. Así dice mamá mientras abre ventanas y prende ventiladores. Él escapa al jardín y de lejos ve a mamá pasear por la terraza con la niña apoyada en el hombro, cantándole canciones que le gustan a él, que son de él. Oculto entre las rosas mira a todas partes, está solo. Entonces se pone el antifaz y cuando ella lo llama, Héctor ven acá, se vuelve invisible.

No puede verlo ahora.

Suele hacer lo mismo en la calle donde vive, todos los vecinos lo conocen y saludan al verlo aunque lleve puesto el antifaz negro en la cara; cuando esto ocurre, Héctor extraña su cuarto, con la pared de animales pintados: un león, una jirafa, un elefante en la selva. Antes, cuando era más chico, imaginaba que todos se desprendían de la pared para jugar con él hasta que mamá venía para ponerle la pijama y tenerlo listo cuando papá llegara de la oficina... pero de eso hace mucho tiempo. El cuarto ya no es suyo.
Al acecho como un cazador de tigres entre las plantas, recuerda cuando ya no lo dejaban entrar a ver a su abuelo. Entonces tenía que espiar desde la puerta del cuarto y lo veía, muy gris entre las sábanas y cuando él lo descubría ahí, intentaba sonreírle como antes. –Hola, muchacho.

Ninguno habló sobre la muerte esos días, aunque Héctor (no sabe porqué o cómo) ya sabía. Recuerda a mamá con la panza enorme -- es por el bebé, dijo cuando empezó a crecerle ¿no quieres sentir cómo patea el bebé?- que iba y venía; si preguntaba algo, ella contestaba rápido, sin verlo: espérame tantito mi amor, ahorita no. También recuerda el árbol de Navidad que llegaba hasta el techo y tantos regalos; cómo despertó para encontrar que se tuvieron que ir al hospital.

Recuerda esperar a que volvieran para abrir los regalos y no abrir ninguno, por que vio cómo llegaban tíos y primos, nadie hablaba hasta que entraron mamá y papá, ella con los ojos hinchados, toda ella hinchada; mamá qué paso; ahorita no, mi cielo. Ahorita no.

Así nadie me puede ver.



El antifaz es viejo, de terciopelo; el abuelo lo usó hace muchos años en un baile - Héctor ha visto una foto de la abuelita y él, más jóvenes, sonrientes, sus ojos ocultos - y desde que lo encontró en un baúl, lo lleva consigo a todas partes. No hay nada que pueda convencerlo de tirarlo a la basura, es sólo un vejestorio.

No.

Es mágico: a veces, cuando se vuelve invisible, oye a los grandes hablar de él, los oye decir que es un niño consentido... tiene que aprender que ya no será hijo único... los oye y piensa en qué quieren decir con único.

Con una angustia que no alcanza a comprender, Héctor corre al espejo en el vestidor para verse. Es más pequeño que otros niños de su edad, pálido, con ojos oscuros y grandes, pelo lacio, castaño-casi-rubio-pero-no, que cae sobre su frente; de hecho, ha notado que no se parece a sus primos. ¿Por eso es único? Suele chuparse el pulgar cuando duerme o cuando cree que nadie se da cuenta, ninguno de los otros niños en la familia lo hace.

Pronto, las cosas cambiaron: a mamá le dio por dormir mucho y no tenía tiempo para él, entonces sólo esperaba -- mientras lo cambiaban de cuarto y su abuelo era mencionado con menos frecuencia -, a que naciera el bebé para saber también qué hacer ahora.

Después llegó Andrea y como cuando lo del abuelo todos tenían prisa: es como morirse pero al revés; pensó, invisible, mientras desde algún rincón los veía hablar por teléfono, salir corriendo, volver, salir de nuevo; en la pared ya no quedaban animales salvajes, sólo estrellas de mar en amarillo pálido y una cuna, a él lo cambiaron a otro cuarto, con baño, pero lejos de la habitación de sus padres. Entiende, es para cuidar mejor al bebé. La noche que mamá estuvo fuera, a él le dio fiebre, por eso cuando luego las trajo papá a la casa, casi no tenía voz, ni fuerzas para caminar, le dolían las ingles, no tenía casi fuerza para asomarse a esa cuna y responder con labios resecos cuando preguntaban, ¿estás contento con tu hermanita? Que sí, pero sin muchas ganas. Lo mismo, sus tías dijeron: ¿ya ves? Sólo quiere llamar la atención. Es un niño consentido, está celoso de la nena… sus padres lo miraron con reproche, ¿porqué haces las cosas difíciles, Héctor? ¿Qué te pasa? Y el trata de contestar, pero de pronto, no tiene boca.

Sólo puede sentarse y dibujar, mientras todos llegan a conocer a Andrea y cuando su madre no ve, algunos adultos lo regañan por no quererla, aunque no pueden ver dentro de él, saber que eso no es la verdad.

Hacia fin de año en la escuela, Héctor cuenta los días para ir de vacaciones, dejar la ciudad y la casa donde ahora se siente como extraño; donde los amigos y parientes, sus muchos primos, hacen un éxodo de todas partes para ver a su hermana. Dicen qué linda, qué bonita... él, sentado en la escalera, se pone el antifaz para que no lo vean, mas no hace ninguna diferencia; aunque no sea invisible, las visitas ni siquiera saludan. Héctor quiere irse de vacaciones con su papá y su mamá igual que antes, con ventanas abajo en la carretera y el radio a todo volumen, pero ahora ella viene también y cargan con el bambineto, biberones, ropita, ¿má, puedo llevar mis...? no, Héctor, no cabe, además allá no los vas a usar...

Descubre que en esta casa tampoco puede hacer ruido por que la mayor parte del día Andrea duerme y cuando llora, mamá, que no puede estar lejos de ella mucho rato, la toma en brazos y le ofrece el pecho, si la despierta, lo mira con reojo: ¿porqué despiertas a tu hermanita, Héctor? ¿Acaso te molestamos a ti? Mejor toma el antifaz y se va.

La alberca fría y azul a mediodía; Héctor va a sentarse bajo los árboles de aguacate. Es viernes en la tarde, papá ya estará en la carretera; cuando llegue dejará el coche afuera y dirá hola campeón, casi sin verlo, mientras entra a la casa gritando ¿dónde está mi princesa? con algún regalo para ella. Ahora, todos los regalos son para Andrea. Está bien, piensa. Es una niña. Dicen que él ya tiene muchos juguetes que le dieron cuando era hijo único, ¿para qué quiere más? No se los merece, es caprichoso…

Furioso de repente, Héctor se pone el antifaz antes de que llegue.

No me veas.


Entra a la casa sin hacer ruido; puede decir el nombre, Andrea, decirlo mil veces cada día y hasta aprendió a sonreír cuando lo hace. Andrea, Andrea, Andrea… Al pasar oye a mamá que habla en el teléfono, dice está preciosa, ¡ya me reconoce! Es linda, linda... ¿Héctor?, dice mamá, Héctor está bien, sí. Ya sabes, celos...¿Querer a ese niño...? Cómo no lo voy a...

La mira mientras platica, ve cómo ríe y vuelve a hablar de su niña. Héctor se ajusta el antifaz y cauteloso se desliza hasta el cuarto sin hacer ruido. La canastilla de encajes resplandece. Héctor se acerca, nadie lo puede ver.

Nunca se ha acercado a Andrea hasta ahora. No la ha tocado o cargado; Héctor, déjala. La vas a tirar, eres tan torpe… Si lo hace, a lo mejor los animales vuelven a la pared del cuarto; mamá y papá lo van a querer por acercarse a su hermanita. Sus tías y los demás dejarán de mirarlo así, decirle feo, caprichoso, tosco. Tal vez ella también lo querrá.

Se quita el antifaz para que Andrea lo mire, pueda conocerlo, pero la niña no sonríe, como lo hace con todos. Tiene sus ojos abiertos, las pupilas reflejan a su hermano mayor, el hijo único, que con un dedo tembloroso roza la piel de su mejilla, suave y tibia, pero Andrea no se mueve, no lo reconoce, hace sus ruidos de siempre. No lo ve.

Temblando, su respiración entrecortada, Héctor la toma de los hombros para sacudirla, es la primera vez que toca a su hermanita, a la que habría querido, su única hermana y grita, mamá, ¡mamá! Pero la niña no se mueve, sólo parpadea contemplando un móvil de ovejas de color que oscila sobre la cuna.

Nada.

Héctor grita. Grita. No lo ve. No lo oye.

Gorgoreando, sus manos al aire, Andrea contempla el móvil, llora porque es hora de que coma, Héctor la oye y también como súbito derrumbe, los pasos de su madre, seguidos por la voz que lo atraviesa: ¿tiene hambre mi hijita? Mamá levanta a Andrea y se pasea por el cuarto con ella en brazos, mientras Héctor grita una vez y otra aquí estoy, mírame, mírame, mírame, luego llora y muy despacio resbala contra la pared, por fin invisible, el precioso antifaz de terciopelo negro tirado a sus pies.