sábado, 30 de junio de 2007

Sábado


No por ser sábado he dejado de trabajar y aunque haga buen clima, he estado aquí, en mi mesa de trabajo todo el día, adelantando trabajo, dado que las próximas dos semanas --que en realidad comprenden la Semana Negra- no voy a tener mucho tiempo.

Esa es una rutina que he podido adaptar bien a mi cambio: trabajar. Puedo hacerlo en cualquier parte y a cualquier hora. No me causa conflicto y mis editores saben que siempre estoy disponible y que soy sumamente flexible, hasta en mis horarios.

Ahora que ya tengo mi jornada cabalmente rendida, escucho las voces que vienen de allá abajo. La gente ha estado todo el tiempo en la playa, asoléandose. Cada hora, un altavoz anuncia el cambio de tiempos, avisa sobre los cambios en la marea también. Yo oigo todo mientras escribo.

Estoy tratando de reentrar también, en mi novela nueva (aunque ni tan nueva, estoy escribiéndola desde que regresé de Roma en 2005... ya van a ser dos años) pero no puedo, no encuentro exactamente la forma. No me angustio, como en enero. Lo que pasa, es que perdí irremediablemente dos capítulos que había redactado aquí -- algo así como el equivalente a veinte páginas- y no sé cómo voy a reescribirlos. Uno era un capítulo "puente", es decir, sólo enlazaba con otras partes, así que no me preocupa tanto. Había otro, que tomó una forma específica, que escribí como una especie de rondó, en torno a un poema -- no mío, naturalmente. Yo no he sido nunca un poeta ni aspiro a- favorito, y que estaba funcionándome muy bien: cada estrofa de las seis del poema, servía para mostrar un pasaje de uno de los personajes, en distintos momentos de su vida, como un puente para contar lo ocurrido en doce años desde que se separaron por última vez después de haber estado involucrados en un hecho terrible (estamos todos en la isla).

Y lo perdí.

Y no sé cómo voy a volver a escribirlo.

Ahora bien, no voy a abortar la novela. He escrito tanto en ella, que resultaría imposible. No puedo, no puedo. Lo prometí. No puedo. Así que ahora voy a salir a la terraza y entre volutas, voy a tratar de encontrar la manera de volver a eso que había escrito y darle forma. Sé que voy a poder. Pero aún así, hoy es sábado. Sábado. Sábado.

Son ocho semanas. Hoy. Parece poco, pero...

viernes, 29 de junio de 2007

Consejos prácticos para acudir a la Marcha del Orgullo Gay



Al grito pelado de “¡A la ucha-ucha, muchachas a la lucha! ¡No somos machos pero somos muchas!”, miles de personas (hombres, mujeres y quimeras) marcharán mañana, sábado 30, desde la columna del Ángel de la Independencia hasta el meritito zócalo, para conmemorar 29 años de marchas del Día Internacional del Orgullo Gay en México.

A continuación comparto con ustedes lo que no pretende más que ser una modesta guía de lo que se recomienda hacer y no hacer durante este evento donde se dan (entre otras cositas) cita lo más granado, chic y radical de la comunidad lésbico-gay-transgénero de la capital y anexas.

1. Del atuendo y calzado apropiados

Es de esperar que lleves algún símbolo del arcoiris, que es el emblema gay por excelencia y se puede usar cualquier clase de ropa según tu estilo o preferencia. Habrá aquellos que opten por el látex (es que el leather genuino cuesta un ojo de la cara), canutillo y chaquiras en fucsia fúrico, o bien, los disfraces o el drag: si eres de las chicas que se mueren por salir a color en los periódicos o ya de perdis, de relleno en los noticieros, esta es la mejor alternativa, ya que los medios electrónicos que cubren el evento suelen ser atraídos por los atavíos más estrafalarios para hacer de ellos la comidilla de la semana (aunque ojo: éste no es TODO el objetivo de ir a la marcha y de hecho, la manipulación mediática de ella siempre deviene en que algún vetarro grite por ahí "¡Ay! ¡Son unos maracas gandallas y escandalosos!"); también puedes lucir tu divina faux bijoux o un postizo que te envidiaría la mismísima Tía Pelucas.

Respecto a lo que conviene llevar en tus piecitos, se sugiere portar calzado cómodo –aunque no faltarán las consabidas plataformas para el disco dancin’, los fatales (para la columna) tacones de aguja y uno que otro par de botas de charol muy brillante, con látigo a juego–, ya que son varios kilómetros y con zapatos de tacón, aunque te veas mejor que con zapatos de piso, seguramente acabarás no como la Condesa de Villasana, ni la poblana de enagua roja que Prieto amó, sino con los pies nudosos y chillando.

Ojo: Evita llevar joyas auténticas y garras de firma, porque si cae la lluvia (lo más probable) o se arma la gresca entre gremios, las autoridades no van a hacerse responsables por objetos de valor (y otras cosas) perdidos en la revuelta. Y, por si las flies, lleva paraguas aunque parezcas Mary Poppins.

2. Reconoce a tu grupo

Nunca falta el bisoño que regresa a casa, después de su primera vez (en la marcha, claro está), moral y literalmente moreteado, por creer que al irse con el contingente del sado, iba a ser tratado como señorita; por lo mismo se sugiere prestar mucha atención a los distintos tipos de agrupaciones que conforman la variopinta falange:

Vestidas: Pioneras de la marcha. No necesariamente todas son gays, y actualmente no son tan fáciles de identificar ya que hasta los mismos bugas (léase: heterosexuales) dicen que se “confunden” las más de las veces. Si ves a un nutrido grupo de muy atractivas y bien ataviadas féminas, seguro son ellos.

Drag: Imposible traspapelar con las anteriormente citadas. Plumas y lentejuelas son de rigeur.

Osos: Hombres fornidos, más bien tirándole a gorditos, varoniles y velludos, de barba y bigote las más de las veces; algunos, en deferencia a sus sienes y pechos plateados, se conocen como Osos polares.

Chicas Gay (né Lesbianitas descalzas): Imprescindibles. Algunas lucen chaleco, pantalón de mezclilla y carita lavada. Algunas otras, son muy femeninas, llevan micromini, despampanante cuerpazo y largas cabelleras, sin dejar (eso sí) unas cuantas de moverse como Schwarzenegger.

Desmecatadas: Abundan. Sus edades oscilan entre los 16 y los 92 (si aún pueden mover el esqueleto). Llevan la música por dentro y algun@s creen que son Thalía, Paulina, Shakira, Christina o Britney. Son el confetti del recorrido.

Leather: Hombres y mujeres de rudo aspecto, enfundados en cuero (y algunos en cueros). Habrá quienes monten briosa motocicleta, mientras lucen antifaces de terciopelo negro, collares de perro y uno que otro fuete y/o látigo (especialmente de nueve colas). Primerizos, abstenerse de llevar collar antipulgas.

Intelectuales y artistas: A este grupo pertenecieron Nancy Cárdenas y Roberto Cobo, y siguen su ejemplo figuras como Tito Vasconcelos, Luis Zapata, Chavela Vargas y algunos simpatizantes como Darío T. Pie, Angélica Aragón, Felipe Nájera, Regina Orozco, Patricia Reyes Espíndola, Astrid Hadad, José Luis Cuevas, “La Tigresa”, etcétera, etcétera. La presencia de Enoé Uranga muestra la cara gay de la polaca nacional. Es bien sabido que desde diversos clósets hay muestras de apoyo, que quizá este año sean menos ambiguas. Si acaso omitimos algún grupo, nos disculpamos, ya que sobre la marcha todos acaban en lo mismo.

3. De la conducta y ademanes

A) Please no vayas a llegar en puntos burros (léase: hasta la peineta) con ningún tipo de sustancia, ya sea legal o ilegal. Tampoco bebas nada de lo que te ofrezca algún desconocido en la calle. No hay cosa peor que despertarse abajo de un árbol de la Alameda en ropa interior, con el casette borrado amnesia (es decir “no recuerdo nada”) y seguramente más aplaudid@ que La Traviata.

B) Si no eres una verdadera celebridad, no seas neci@ tratando de treparte a la de a fuerzas a algún carro alegórico; no importa que tan adoloridas o hinchadas tengas las de galopar, no eres la reina de las flores y podrías ser arrollad@.

C) No caigas en provocaciones ni armes pleito: si oyes una mentada de mother o algún estribillo de Molotov, recuerda que hay 50 mil personas a tu alrededor que podrán refrescársela a quien sea y no necesariamente se dirigen a ti (y seamos realistas, no eres el ombligo del mundo, daaarling!).

Ahora bien, esta marcha es un derecho ganado, que cada año consolida nuestra presencia como miembros de la comunidad mundial. Pero siempre recuerda que el buga no es el enemigo a vencer, sino la ignorancia.

Tú, tú podrías ser quizás la única persona “diferente” que conozcan y es por ti que podrán aprender tolerancia y cómo sentirse cómodos con su sexualidad. Puedes ser el ejemplo que otros tienen de ser "diferente" y a un mismo tiempo, ser el mismo.

Ser gay es sólo una faceta de nuestras personalidades, pero todos somos muy distintos, unos de otros. No existe un común denominador para la homosexualidad gual que para la heterosexualidad. Y al que no te acepte mándalo cordialmente a la goma.

Pero eso sí, no les temas, por muy vetarros y lorenzos que se pongan. El temor y la estupidez son el Chocomilk de la homofobia.

Si vas a la marcha mañana, no debes temer. Esa es la verdadera explicación del orgullo: poder decir, aquí estoy, así soy, me quiero y me acepto, sin necesidad de darle explicaciones a nadie.

jueves, 28 de junio de 2007

Trampa para solitarios


En la muestra internacional de cine de 1989, en el hoy desaparecido Cine Latino de Paseo de la Reforma, vi varias películas que recuerdo con cariño: Sexo, mentiras y video (Steven Soderbergh), Sociedad de los poetas muertos (Peter Weir), Remando al viento (Gonzalo Suárez), Las aventuras del Barón Munchausen (Terry Gilliam), Jesús de Montreal (Denys Arcand), Historias de Nueva York (Scorsese/Coppola/Allen), La otra mujer (Woody Allen) y la que hoy me ocupa: Monsieur Hire, de Patrice Leconte.


No recuerdo mucho de aquél primer visionado, porque la película llegó a mí en un particular momento de crisis, al que por mucho tiempo no quise, ni pude, volver. No tuve la empatía suficiente para poder acercarme a los personajes ni a la trama ni a la manera de contar la historia que tiene Leconte. Supongo que esto fue por estar en una situación muy semejante a la del personaje que encarna Michel Blanc (similar aunque también muy distinta).

Años después vine a descubrir que esta peliculita -- que lo es, con su duración de apenas una hora veinte- es la favorita de mucha gente, especialmente de mi amigo David, que tanto la quiere, que al crear su propio blog basó su nombre en ella. Su devoción por esta cinta no raya, sin embargo, en el culto. Es más la apreciación que se hace de algo que nos habla de nuestra propia vida, un guiño compartido con el director que no tiene manera de saber que nos ha hablado, que nos ha tocado.

Blanc, que es más conocido en su país natal como comediante, interpreta a un sastre solitario --esta es la clave de la cinta, todos sus personajes en cierto modo lo son- que se ve implicado en el asesinato de una chica de veintidós años, llamada Pierrette Bourgeois. La chica fue arrojada en un llano y de hecho, lo primero que vemos es su cuerpo inerte, la expresión casi angelical en su rostro de muerta.

Poco después descubrimos que Hire, a quien odian sus vecinos, está obsesionado románticamente con Alice (una radiante y muy joven Sandrine Bonnaire, musa de Leconte en otros filmes), que habita un estudio en el mismo antiguo bloque de apartamentos en que vive, en un suburbio de París. La observa desde lejos y no se le acerca. Continúa con sus rutinas, sólo observándola, mientras ella se involucra más y más con un joven patán y truhán llamado Emile (que es completamente lo opuesto de Hire: es apuesto y carismático, aunque realmente peligroso). Eventualmente, Alice se percata de la existencia de Hire y se relaciona con él.

De ahí deviene el nudo de la película -- a su vez basada en El romance de Monsieur Hire de Georges Simenon- y no les contaré más.


De lo que sí puedo hablarles, es de lo que me habló la película.

Lo que nos está narrando Leconte, es que los solitarios pueden ser gente maravillosa o terrible, muchas veces al mismo tiempo, y que, por amor -- o por aquello que cada uno de nosotros interpreta como tal- somos capaces de cualquier cosa: del sacrificio más sublime o de la traición más espantosa. Alice e Hire representan dos aspectos del mismo espejo. Sus soledades se complementan, pero pueden ser trampas mortales para ambos.

Un tercer elemento lo juega el Inspector de policía, igualmente solitario y obsesionado, que busca resolver el asesinato de la chica. Será él quien represente la espada de Damocles, la victoria pírrica. No siempre podemos tener lo que queremos, como reza el dogma de los Rolling Stones y esta película lo demuestra perfectamente.

Esta es una película hermosamente realizada, dolorosa y cautivante. Uno entra en ella como en una banda mecánica: no puedes escaparte del recorrido. Una vez que empieza, no puedes volver y una vez vista, no podrás olvidarla.

Hay muchísimos detalles sueltos de Monsieur Hire que funcionan como huellas imborrables. Imágenes: Alice en la ventana, el funeral del ratoncito blanco, la historia de la anciana que alimentaba las palomas, los tomates que ruedan por la escalera; la pelea de box y lo que Alice y su nuevo amigo hacen ahí; la expresión final en los rostros de Hire y del Inspector.

La música de Michael Nyman es sutil y obsesiva también. Parte del atuendo que recubre cuidadosamente cada parte de la cinta. Ahora comprendo mucho mejor por qué David la ama tanto y no puede olvidarla. Es un fragmento de cinema que nos habla.

Y lo hace claramente, con muy pocas palabras.

miércoles, 27 de junio de 2007

300


Y así, damas y caballeros, hemos llegado a la función número 300.

¡Qué pronto se siente! No parece que haya transcurrido tanto tiempo desde que me senté una tarde en mi escritorio en la ciudad de México, a resucitar mi antiguo blog, que había dejado morir desde hacía dos o tres años. No ha sido ni un año de eso y sin embargo, aquí estoy ahora, en otra ciudad, en otro país, en otro continente, escribiendo mi entrega número 300.

Todo comenzó, confieso (y no es la primera vez que lo hago), con dos vertientes: uno, el admirar (como sigo haciéndolo) el blog de mi amigo Mariano: La Idea del Norte, que no cesa aún de maravillarme con su plétora de temas, su consistencia, su ternura y su profundo amor por todo lo que hace. Mariano es una inspiración y este blog lo demuestra.

Igualmente existe, y surgió, como la evolución natural de una serie de cartas que cada domingo yo enviaba a unos amigos que entonces estaban geográficamente lejos de mí. Escribía esas cartas para contarles (ya desde entonces, el hábito de narrar) lo que me había ocurrido esa semana y también, poco a poco, ir revelando quién era yo, qué me compone, qué leo, qué sueño.

Eventualmente, las cartas -- que llegaron a sumar casi 200- dieron pie a lo que hoy es este blog. En cierta forma, es una extensión de esa manera virtual de prodigar cariño, de estrechar lazos, de crear relaciones. Existe hoy para y por ellos, pero también para mucha otra gente que vino llegando poco a poco después; amigos que ya conocía, amigos que hice aquí, ahora es una manera de estar en contacto con mi familia ahora que estoy tan lejos.

El blog ha crecido, tomado forma y casi una vida propia. Si bien es cierto que existe la noción de que este tipo de páginas sólo giran en torno a tu vida. Me gustaría pensar que este no necesariamente es así; que tiene algo más qué ofrecerles. Que lo que pueden encontrar aquí les habla de algo que no es mi vida sólamente, sino de la suya.

300. Y seguimos. A ver hasta dónde llegamos...

martes, 26 de junio de 2007

Querer volar


Toda la vida he querido volar.

Desde niño, siempre la sensación urgente de alzar los brazos, echarme a correr y de pronto, descubrir que vuelo.

Lo he soñado muchas veces. Sueño que de repente, el suelo que piso se acaba, y que estoy en el aire y que vuelo. Algunas veces, puedo sostenerme al vuelo, otras, me aterrorizo y es ese mismo, inexplicable vértigo, el que me hace caer y estrellarme y despertar en la cama, tembloroso, tartamudo, estremeciéndome ante un terror innombrable.

Otras veces, sólo sueño que vuelo.

No tengo problemas para subirme a un avión, creo que nunca los he tenido: desde muy pequeño pude subirme a un aeroplano, ponerme el cinturón, anticipar el despegue. Tengo muy clara una imagen en mi cabeza, mi madre llevándome en brazos, yo como de tres años o así, mientras corre (o casi) por el aeropuerto de la Ciudad de México (que entonces era muy diferente a como es ahora) porque vamos a perder un vuelo. En un tiempo, viajábamos mucho en avión para alcanzar a mi padre en distintos lugares donde tenía que ir él por trabajo.

Me gusta volar. No sólo en el sentido real y tangible -- con un libro, la almohadilla en la nuca, las piernas extendidas, el iPod colocado estratégicamente muy cerca, acaso una mano qué estrechar al momento del despegue... aunque eso no ocurre siempre- sino en el metafórico, el imaginario.

Si me salgo ahora mismo a la terraza de mi casa, puedo sentir que vuelo. Que una corriente de aire puede llevarme y puedo volar. De hecho, ya lo hice. He volado. Ahora estoy aquí, porque quise volar. Mañana, por así decirlo, volaré a otro sitio: ¿a cuál? Aún no lo sé. A Roma, tal vez. Pero será dentro de algunos años, cuando ya lleve más horas de vuelo.

Esto siempre me intriga... ¿existe una palabra para decir que sientes que vuelas?

lunes, 25 de junio de 2007

Máxima #67


La felicidad es una decisión.

Tómala y no llores.

domingo, 24 de junio de 2007

Cinco kilos


El otro día me di cuenta de que me colgaba la ropa.

No es que uno se haya vuelto Kate Moss y vaya a desaparecer por una grieta en el suelo, pero la aguja de la báscula señala cinco kilos menos.

¿Cinco?

La aguja repite la cifra. Cinco kilos menos que hace siete semanas.

Supongo que algo tendrá qué ver el que camine todos los días a todas partes y que no esté comiendo entre comidas y casi no coma pan en casa.

Hoy fui a la playa y por primera vez en años, anduve caminando por la orilla del mar, bañado en bronceador y sin camiseta... ¡ya no tengo panza! Y me sentí feliz de poder estar sin la constricción de ser gordito. Digo, sigo siendo gordito, nunca dejaré de serlo -- y menos con las dimensiones que tengo-, pero ha sido sorprendente darme cuenta de que no es cuestión de sufrir (y he conocido gente que realmente ve la cuestión del peso como una obsesión y un verdadero martirio, sintiendo literalmente asco de sí mismos y curiosamente, todos ellos son hombres) sino de que simplemente, sucede.

Estoy muy contento. Tengo mucho color (yo, que nunca me bronceaba) y peso cinco kilos menos.

Bien. Muy bien.

sábado, 23 de junio de 2007

Noche de San Juan




Desde ayer en la tarde se podía ver por la calle a personas que iban llevando hacia Cimadevilla y Playa Poniente, lo que será la materia prima de la hoguera de San Juan, que arderá esta noche a partir de las doce en un par de locaciones de Gijón.

Averiguando por ahí -- Google is your friend-, me entero de que esta fiesta es la evolución histórica de la antigua hoguera de Litha (¡Un ritual pagano! ¡Yupi!) con el que antiguamente que se celebraba la noche más corta del año (lo que viene a ser el solsticio de verano, que de hecho fue el 21 de Junio, dando oficialmente la entrada al verano).

La gente lo celebra con hogueras, fuegos artificiales y mucha alegría. Me sorprende, porque en México no es así. Lo que se hace tradicionalmente, es saltar (de manera simbólica, tampoco se trata de arriesgar alguna extremidad o algún órgano vital) la hoguera un numero impar de veces, que habitualmente puede ser tres, aunque algunos aventados -- me entero- lo hacen hasta siete veces, con la noción de que ese mismo fuego purifica a todo aquel que lo salta y puede vivir el resto del año como si fuera desde ceros.

Algo que también parece ser costumbre tradicional es quemar las cosas que no nos gustan o que queremos cambiar de nosotros mismos esta noche en la hoguera. Por lo general, se anota en un papel aquello que de nosotros mismos queremos cambiar y se tira a la hoguera después de encendida. También se pueden quemar objetos: una cajetilla de cigarros si lo que deseamos es dejar de fumar, o una foto del/la ingrato/a traidor/a que nos hizo un daño del carajo, para sacarlo por fin de nuestras mentes y de nuestras vidas.

La idea de iluminar esta noche es la de hacer notar, que el sol ha triunfado por encima de la oscuridad, no hay sitio para la noche el día de hoy.

Así, lo que proverbialmente sería la noche más corta del año se ve mermada aun más por la luz y el calor de las hogueras. La oscuridad desaparece, todo es luz, todo es calor. La oscuridad, que representa el miedo y la pequeñez ha perdido la batalla, en el firmamento domina el astro rey más alto y fuerte que nunca. Según la tradición del ritual, ahora nos concederá su favor, con un cálido y prospero verano.

Esta va a ser mi primera noche de San Juan (que de hecho, el día del santo es mañana).

Estoy curioso, ya que desde mi terraza creo que se ven los fuegos artificiales y posiblemente acuda a la playa. No sé si saltaré la hoguera (no creo que me atreva a tanto, soy imprudente, pero todo tiene un límite, hasta el cosmos), pero creo que será una manera innovadora de recibir al verano, y de acercarme un poco más a las cosas que componen la textura de vida de este Finisterre.

Por cierto,
felissima notte
frater leo.

viernes, 22 de junio de 2007

Donde todo mundo conoce tu nombre


Poco a poco he ido encontrando un ritmo en esta ciudad nueva. También he ido encontrando lugares que se van adoptando como propios; donde te sientes como en una extensión de tu casa.

Hay librerías, como Paradiso, restaurantes como La Cuadra de Antón, parques, calles, senderos... muchos de estos parajes los he encontrado solito, caminando por ahí, deteniéndome a mirar en las esquinas, aspirando el olor del Cantábrico. Otros, los he conocido de la mano de mis amigos, que así me comparten un poco (o descubren al mismo tiempo que yo) los tesoros ocultos de este reino junto al mar.

Y el lugar del que hablo hoy, es precisamente uno de esos lugares que uno descubre gracias a los amigos. Me refiero al 4.70, ubicado en la Plaza del Marqués, a unos pasos del ayuntamiento y con vista del muelle.

Llegué ahí mi primera noche de viernes en Gijón, hace más de un mes. Estaba un poco desorientado aún, sin atreverme todavía a mover los muebles de la casa (de eso les contaré otro día) y sin sentirme aún del todo involucrado en mi nueva vida.

Cefe y Ana me invitaron a ir y fui. Ya sabía que ellos son parroquianos asiduos, particularmente en noches de viernes. Luego supe que esto es así porque Enrique, el dueño del bar, es amigo de la infancia de Cefe y que por lo mismo, este bar de tema náutico es una especie de punto de reunión para sus antiguos colegas y gente nueva que va llegando y de un modo u otro, pasa a formar parte de la comunidad.

Enrique y su esposa, Susana, son anfitriones todas las noches de una fiesta que parece casi permanente (y digo casi, porque cierran los domingos por descanso). Siempre hay buena música en el 4.70, Susana es partidaria del pop español de los 80 (Yo tenía un novio que tocaba en un conjunto beat) donde Enrique tiene su lado New Wave. Ambos están siempre enterados de los temas de conversación del momento, leen muchos libros y tienen una memoria excelente para ciertos detalles de trivia que siempre son útiles en el arte de la charla.

En el bar he conocido personajes muy divertidos, muy cálidos, muy sorprendentes: está Alejandro, el "Marqués de Cabueñes", que escucha marchas en su MP3 y siempre tiene el mejor comentario cáustico cuando es oportuno; también ahí conocí al legendario Cipri (de quien ya había oído por Cefe y Jack, quienes son sus amigos de hace muchos años y se refieren a él con cariño siempre), todo un personaje por mérito propio: periodista, observador, master admirabilis. Y por supuesto, también conocí a su compañera, Ángela, quien a primera vista, remite a uno a Greta Garbo o Marlene Dietrich. Sí, no exagero: en ella esa elegancia de porte que miles de mujeres se esfuerzan tanto en obtener, se hace aparente de una manera muy natural, aunque por debajo de ese gran elán (como sucede con Charlotte Rampling), hay una sonrisa dulce, una mirada inquisitiva. El gozo de vivir.

Me gusta ir al 4.70 porque lo siento como una especie de extensión de la sala de mi casa. Puedo leer el periódico, sentarme en la barra, escuchar historias de esta ciudad que adopté como mía y a veces, poco a poco, contar un poco de la mía.

De hecho, mientras escribo, me preparo para ir a darme una vuelta por ahí. Siempre hay un rostro conocido, una sonrisa, un lugarcito donde estar.

Nos vemos por allá, pues.

jueves, 21 de junio de 2007

Retrato de la Reina Adolescente



Ya en otra ocasión había escrito acerca del profundo cariño que le tengo a la obra fílmica de Sofía Coppola, porque me habla, me representa cosas muy emotivas y muy personales (más específicamente Lost in Translation), momentos de mi vida, incluso sólo sentimientos plasmados en una pantalla.

Lo mismo me sucede ahora con María Antonieta, su controversial tercer filme, ostensiblemente inspirado en pasajes de la vida de la más famosa reina de Francia, todo esto filtrado a través de su propia sensibilidad muy new wave (algo que siempre he apreciado tanto en hombres como en mujeres, todos mis amigos la tienen).


En la cinta, Kirsten Dunst -- que tuvo su primer rol "adulto" a las ordenes de Sofía en la estupenda Vírgenes Suicidas en el 2000- da vida a la monarca desde los 14 años hasta los 35 y lo hace muy creíblemente; su manera de aproximarse al personaje es verlo como una muchacha igual que todas (igual que todas, igual, igual- Angélica María dixit) que está cumpliendo las órdenes de su madre, la Emperatriz María Teresa (nada menos que la formidable Marianne Faithfull, quien efectivamente es descendiente de la aristocracia austriaca) que concierta un matrimonio para asegurar la alianza entre el (entonces) imperio austrohúngaro y la corona francesa.

El truco de Sofía, es colocar en estos roles a gente que tiene más o menos la edad que los personajes históricos tenían en ese momento. Son los 70 y 80, claro, de 1700, pero igualmente, Sofía recurre a su propia experiencia y el flujo narrativo mediante imágenes es más ágil, más lleno de color y está matizado por el uso de música de la época: así, hay temas como Age of consent de New Order, Hong Kong Garden de Siouxsie & The Banshees o Kings of the Wild Frontier, de Adam and the Ants, así como una excelente partitura ejecutada por Dustin O'Hallorann, que incluye el desgarrador momento musical Opus 36, que remueve el corazón, especialmente en la escena final.


Por supuesto que hay errores históricos y anacronismos (algunos de ellos son completamente propositovos) pero por otra parte, Versalles es el escenario ideal y cobra perfecta vida ante la lente de Sofía y su director de fotografía, Lance Acord -- que trabajó también en los dos filmes de su ex marido, Spike Jonze-. Sofía recrea su propia corte de Versalles y los actores se tornan flexibles para ella. La película funciona espléndidamente en ese sentido: no hay más que este regalo para los sentidos.


Me gusta y mucho, la película. Es de esas que seguramente volveré a ver cuantas veces sea necesario para mirar más allá del extraordinario diseño de producción y de vestuario (Oscar, naturalmente, para Milena Canonero) para sentir las texturas, los colores. Para descubrir de nuevo que uno de esos personajes históricos que nunca me interesó, en una luz completamente nueva y memorable.

miércoles, 20 de junio de 2007

To Sir, with love


Hace veinte años que conozco a Peter Straub.

(Aunque realmente lo conocí en persona hasta hace poco más de un año)

Desde entonces hasta ahora, Peter y su trabajo como escritor han sido una inspiración, una fuente de alegría y en algunas ocasiones, de aprendizaje. Es un ejemplo a seguir y un hombre sumamente accesible. Cuando lo busqué por primera vez en Nueva York en febrero de 2006 para invitarlo a Semana Negra, me invitó a tomar el té a su casa y él y su increíble esposa, Susan, fueron anfitriones formidables y muy atentos conmigo, cosa que no he olvidado.


La aventura con la prosa de Peter comenzó en 1987, cuando yo tenía trece años y era frecuente visitante de una librería de usados en el Centro de la ciudad de México. Ahí descubrí una de sus primeras novelas, misma que permanece como una de mis favoritas aún ahora y que me inspiró para escribir lo que sería mi primer intento de novela, un mansucrito hecho a mano con un bolígrafo negro en un cuaderno de raya.

Hace mucho que no pienso en Almas perdidas (así se llamaba), pero lo que sí sé, es que sin una ayuda de Peter y de Julia (1975), su primera novela del género de terror, no hubiera sido posible que se me ocurriera lanzarme por el sendero más sombrío de los bosques.

Escrita con una prosa cuidadosamente construida, escenas muy logradas y una atmósfera opresiva y muy realista, Julia trata acerca de lo que le ocurre a Julia Lofting, una mujer estadounidense que (como Peter y Susan en ese momento de sus vidas) ha vivido más de una década en Londres. Al morir su pequeña hija, Kate, en un devastador accidente doméstico, Julia decide abandonar a su marido, Magnus (un hombre dominante, cruel y abusivo) y mudarse a la primera casa que encuentra disponible, misma que paga de contado, sin importarle el azoro que provoca. Julia tiene los nervios muy maltratados por un mal matrimonio y una crianza extraña y por lo mismo, es propensa a esta clase de arrebatos.

Sin embargo, algo siniestro sucede en la residencia y tal vez, para cuando Julia se percate, ya sea demasiado tarde para evitar que las sombras tenebrosas del pasado se vuelvan más importantes que el presente.

Disfruté enormemente la lectura de Julia, sus texturas, sus personajes. Leerla fue como una especie de revelación. No me alcanzaría el poder del lenguaje para explicárselo. Es como leer por primera vez lo que realmente significa algo para nosotros: el camino que se ilumina; decir aquí es.

En 1989 leí otra novela de Peter, que me gustó aún más: Dragón Flotante.

En este libro, rompe con las reglas básicas de la literatura de terror contemporánea, tal y como las ayudaron a establecer en los 70 él y Stephen King. Publicada en 1983, la novela trata acerca de lo que ocurre en el suburbio residencial de Hampstead, Connecticut, cuando durante un verano, las fuerzas de lo sobrenatural y un accidente humano, se confabulan para atraer una pesadilla viva a calles arboladas y graciosas residencias.

La novela es sumamente ambiciosa, con un enorme reparto de personajes, con enormes "efectos especiales" descriptivos que están más cerca de la alucinación que cualquier otra novela del género que yo hubiera leído hasta ese momento.

Recuerdo que cuando la leí por primera vez, siendo sólo un adolescente con deseos de escribir (no era más que eso), me fascinó. Yo quería escribir algo como esto. ¿Cómo iba a escribir algo así? He vuelto en estos años, algunas veces, a este libro. Ahora le encuentro los defectos que no le faltan, pero no pierdo de vista sus virtudes, su magia. Sigo preguntándome cómo podría escribir algo semejante y es una tarea que se me antoja imposible.

En años recientes, Peter ha experimentado también con la novela negra, con tintes policiacos y sin ningún aparente toque de lo sobrenatural. De esta etapa de su carrera, la obra que más me gusta es Mystery, ambientada en una isla del Caribe, donde Tom Pasmore, un adolescente incomprendido, descubre la relación entre una brutal serie de homicidios, la corrupción insular, y los secretos de los superricos.

La novela, que acabo de releer, es una maravilla de tramado, con sus barajas cuidadosamente echadas. Es uno de los libros que me señalaron, cuando ya era adulto, cuál iba a ser el camino. Y no deja de maravillarme que todo venga de la mente y la sensibilidad de un hombre como Peter y que un personaje así se haya referido en alguna ocasión, de mí, como su amigo.

Tuve el privilegio de traducirlo al español ahora que ha escrito su cuento en exclusiva para la Semana Negra; pronto lo veré (junto con Susan) cuando venga por acá.

Me siento feliz y muy honrado.

martes, 19 de junio de 2007

Cuando los extraños ya no lo son



¿En qué momento deja un extraño de ser un extraño, para convertirse en alguien que conoces y eventualmente, en una parte integral de tu vida, al punto de ya no poder imaginártela sin su presencia?

Esa es una de las muchas preguntas sin respuesta que me he ido encontrando en la vida. Y me vino a la cabeza de nuevo, viendo una película de Peter Yates llamada John & Mary, con Mia Farrow y Dustin Hoffman, frescos de sus magnidebuts en Rosemary's Baby y El Graduado.

En la película, John y Mary se conocen, se van a la cama y luego, se conocen. Claro, para ser una cinta de 1968, el tema resultaba revolucionario, pero ahora, cuatro décadas más tarde, las cosas no son muy distintas, me temo.

¿Cómo sabes que ese extraño/a que entró por la puerta, va a ser significativo en tu vida? (Y ya no estoy hablando sólo a nivel pareja, sino en un sentido mucho más personal) ¿Cómo saber si esa persona va a ser una influencia [buena o mala, a saber] en tu vida?

Les voy a decir: no lo sabes.

Algunas de las personas que más significan en mi vida, las he conocido de las maneras más fortuitas. A Carolina, sin quien mi futuro es inconcebible -- aún si yo estoy en otro continente ahora- la conocí en una fiesta multitudinaria, igual que a Juan Carlos y a Luis, los conocí codo-a-codo en una larga mesa. A otros, los he conocido de modos menos gregarios, mas no por ello, menos fortuitos: a Hanna la conocí en la escuela, David (Nyman) era sólo unas cuantas palabras en una pantalla, Paco Peña se sentaba en su escritorio, a unos pasos del mío; a Penélope no la conocí hasta que viajó a México, aunque ya sentía que la conocía; a Michael King lo vi por primera vez entre mucha gente y él me sonrió. A Anaví, la conocí hasta que habíamos dejado de trabajar juntos y la quise tal vez a raíz de eso mismo, a Viviana la conocí casualmente, gracias a su madre y hermano, que era (¡es!) mi amigo, pero con ella la relación se hizo más profunda, hasta muchos años después. A Dushka la conocí en persona, pero no la conocí hasta que nos conocimos por su escritura.

¿Cómo sabes cuando un extraño ya no lo será y se convertirá en alguien que conoces, que llegas a querer?

Eso sólo lo sabes tú mismo. Tú lo haces que suceda.

Y sobre cómo a alguien que querías, que conocías y que te importaba, se convierte en un extraño, sobre eso, escribiré otro día en que no me sienta tan contento, tan rodeado de gente que quiero y que me quiere, como hoy.

lunes, 18 de junio de 2007

Érase una vez...


...un muchacho muy joven que soñaba con ser director de cine.
Hizo el examen en las dos escuelas de cine de la ciudad de México, el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos y el Centro de Capacitación Cinematográfica.

En ninguna de las dos pasó de la primera etapa; en una de ellas, durante la entrevista, su lista de filmes favoritos -- encabezada por Polanski, Hitchcock y Buñuel- fue recibida con moderado escarnio, más aún al decir, sin faltar a la verdad, que no era admirador de El acorazado Potemkin ni de Fellini, particularmente (lo dicho, era muy joven y aún no descubría La Dolce Vita).

Desencantado, el joven abandonó ese sueño.

Y quince años más tarde, cuando ya era escritor, con muchos sueños cumplidos y nuevas ilusiones qué perseguir, comprendió que fue uno de los más grandes favores que le habían hecho.

domingo, 17 de junio de 2007

Las dos caras de Truman


Hace cosa de año y medio, casi dos, cuando vi por primera vez la interpretación de Philip Seymour Hoffman como Truman Capote en la cinta Capote (Bennett Miller, 2005), por la que obtuvo un Oscar, quedé profundamente impresionado por su trabajo; lo que es más, tuve oportunidad de decírselo, durante la entrevista que sostuvimos para hablar de la película, en Los Ángeles, en enero del 2006, previo a la ceremonia en el Teatro Kodak.

En ese momento, Hoffman habló acerca de la interpretación yendo por encima de lo que es una imitación, una manera de aproximarse a un personaje real -- algo similar a lo hecho por Dustin Hoffman como Lenny Bruce en Lenny (Bob Fosse, 1974) y por la Kidman, de la mano de Stephen Daldry en su memorable trabajo como Virginia Woolf en Las Horas (2002)-. Una manera de construir un retrato con palabras y con actitudes; de meterse en piel ajena.

Me quedé con la idea de que esta interpretación de Truman era perfecta, aún si tenía cierta inquietud y curiosidad por ver otra película sobre el mismo tema llamada Infamous (Douglas McGrath, 2006) que se había filmado casi simultáneamente y que había tenido la (por ponerlo de algún modo) mala suerte de ser totalmente opacada por la anterior.

Le pregunté al director de prensa de WB México, si algún día, pasado el suficiente tiempo, se estrenaría la película en el De Efe y me contestó "¿y como para qué? A nadie le va interesar ver una película que ya vio" (pude haber entrado con él en una discusión bizantina acerca de los remakes y las secuelas, pero me dio una güeva monumental y sólo me quedé mirándolo con rostro de dulzura y candidez, la cara que suelo poner ante la gente que me provoca un agudo desprecio por su estupidez casi conmovedora). Así que me quedé con las ganas, aún si la cinta tenía en su reparto a varias figuras que son icónicas en mi pantheon más reciente de estrellas (Sigourney Weaver, Isabella Rossellini, Hope Davis y Gwyneth Paltrow).


La oportunidad de ver la película en pantalla grande por fin llegó hoy, cuando pude ir al cine -- con Carlos Taibo, que es un lujazo acudir al cine con alguien que lo hace- a verla, aquí en Gijón, donde se estrena con el título Historia de un crimen. Lo único malo es que la cinta estaba doblada al castellano (el doblaje es excelente y la traducción la intuyo brillante, pero no deja de restarle puntos al visionado), así que no podía saber cómo sonaban realmente los actores en personaje; sin embargo hubo algo que me paralizó: el trabajo de Toby Jones (actor británico) como Truman Capote.

Jones no sólo hace una interpretación como Hoffman: es casi milagroso al convertirse en Truman. Camina como truman, luce como Truman, la forma de su cabeza es similar, la estatura, la mirada, lo único que me faltó constatar fue la voz, pero me quedé helado: el hombrecito es Truman.

La trama, ostensiblemente tomada (y filmada a ese estilo) de la biografía oral Truman Capote, compilada y editada por George Plimpton, con distintos puntos de vista sobre el escritor, trata acerca del episodio en torno a la concepción y redacción de A sangre fría. Desde noviembre de 1959, cuando la familia Clutter es asesinada en Holcomb, Kansas, hasta 1965, cuando los asesinos, Dick Hickock y Perry Smith, son ejecutados por la horca en prisión. En esto, las dos cintas no se diferencían mucho, pero la de McGrath me gusta más. Tal vez sea un motivo egoísta, una razón personal, pero siento que aquí hay más asomo al mundo de Truman, sin dejar de retratarlo como lo que realmente era: enfant terrible, luminaria de talento, monstruo infame y maravilloso.

El multitudinario reparto de soporte está muy bien también: Sandra Bullock rompe su molde de niña buena y queda virtualmente irreconocible como Nelle Harper Lee (aunque su trabajo no se equipara con el de Catherine Keener), la amiga de infancia/voz de la consciencia de Capote; Sigourney Weaver da una dimensión extra a Barbara "Babe" Paley, la cabeza de una tropa de mujeres de sociedad a las que Truman llamaba cisnes, sus admiradoras y confidentes, a las que después soltaría una tarascada en 1975 al publicar en la revista Esquire su infame relato La Côte Basque, 1965, parte de su inconclusa magnum opus sobre las vidas privilegiadas de los superricos titulada Plegarias atendidas, que finalmente se publicaría en su semitotalidad de maner póstuma en 1987.

A esta tropa de cisnes se suman la Rossellini (cada año más exquisita como su santa madre) y Hope Davis -- una verdadera joyita, a la que se puede ver brillar en toda su gloria en American Splendor (Shari Springer Berman y Robert Pulcini, 2003)- como Marella Agnelli (la hoy viuda del mero mero de la Fiat) y Slim Keith (ex Mrs. Leland Hayward). La Paltrow tiene un bit como un favor especial al director (él la dirigió en la formidable comedia del '95, Emma, basada en la novela de Jane Austen) interpretando una canción de Cole Porter [What is this thing called love?] en la primera escena del filme, ambientada en El Morocco, uno de los más clásicos cabarets del Manhattan de los 40 y 50.

Por su parte, quienes se llevan buena parte del filme, son Juliet Stevenson en un retrato muy cercano de la legendaria Diana Vreeland (por años la directora de la revista Vogue, en lo que se considera su época de oro) y Daniel Craig (un actor extraordinario, por donde se le vea) como Perry Smith, uno de los dos brutales asesinos.

La película, aunque con muchos, muchos méritos y una realización estupendamente cuidada, plena de texturas y un manejo muy hábil de los distintos tonos con que se puede contar esta historia, yendo de lo humorístico y mordaz -- especialmente para aquellos que ya conocen la historia de Truman- a lo patético y lo brutal; no es de ninguna manera perfecta. Se apoya mucho en la especulación (irónicamente, como el mismo Truman, que era un mentiroso sublime) y en el melodrama a veces estridente, pero estos elementos no parecen obrar en su detrimento. Esto es gracias a Toby Jones, que lleva sobre sus espaldas el peso de la cinta y hace un trabajo impecable. No estoy diciendo que ésto haga desmerecer el trabajo de Philip Seymour Hoffman (en lo absoluto); es sólo que este otro rostro de Capote es, tan completamente distinto y a la vez tan totalmente mimético, que resulta casi hipnótico.

Si están en España, vale la pena echarle un ojo y asomarse a este relato alternativo acerca de la tragedia que dio origen a una de las más grandes obras de la literatura contemporánea, y si en México la llegan a sacar en DVD (con algún título baboso, como es costumbre) dénle chance y véanla. A mí me gustó bastante, y aunque mi recomendación no es regla escrita en piedra (sería incapaz de gritar ¡EL CINEMA SOY YO!), creo que a más de uno le resultará satisfactoria por múltiples razones.



sábado, 16 de junio de 2007

Ya no estoy solo


Hoy ha llegado a casa Carlos Taibo.

Carlos va a ser mi roommate por más de un mes, mientras ayuda a producir lo que es la Semana Negra número XX, que ya comenzó a tomar forma.

Estoy muy contento de que ya esté aquí.


El verano va a ser extraño... y también maravilloso.

Bienvenido, Charles.
No puedo esperar a que lleguen Piyú, Lucía y Andrea.

Esta casa ya empieza a sentirse (aunque desde antes) como con familia.

viernes, 15 de junio de 2007

Anoche



"Anoche soñé que iba a Manderley otra vez.
En mi sueño me encontraba ante la verja del parque, pero durante algunos momentos no pude entrar. Estaba cerrada la puerta con candado y cadena.
Entonces, como todos los soñadores, manifesté un súbito poder sobrenatural y pasé como un espectro a través de las rejas. El sendero que lleva a la casa, se extendía ante mí, con sus curvas igual que siempre. Pero al acercarme, me percaté de un cambio que había ocurrido ahí.
La naturaleza poco a poco se había adueñado de la senda con dedos tenaces, hasta casi hacer desaparecer el camino hacia lo que había sido nuestra casa.
Finalmente, llegué a Manderley.
Manderley, llena de secretos, silenciosa. El tiempo no pudo arruinar la perfecta simetría de esas paredes. La luz de la luna puede jugar trucos con la imaginación y de pronto me pareció que había luz que iluminaba las ventanas. En ese momento nubes ocultaron la luna, firmes, como una mano oscura sobre un rostro humano.
Eso acabó con la ilusión. Lo que tenía ante mí era una ruina desolada, sin murmullos de un pasado en sus muros vigilantes.
Ya nunca podremos volver a Manderley..."


Este párrafo es el conjunto de frases que marcan el inicio de Rebecca, no sólo la icónica película de Alfred Hitchcock, a la que amo tiernamente, sino también de la clásica novela de Daphne DuMaurier, que leí por primera vez durante una convalescencia hace unos veinte años, desde mi cama de niño, dejándome llevar por la voz de la anónima narradora (sólo conocida como Mrs. DeWinter, la segunda esposa) a un mundo de enorme belleza y también de sombras tenebrosas.

Anoche soñé que volvía a Manderley otra vez.

Desperté inquieto, como quien lo hace en un lugar distinto, en una realidad trastocada, con la impotencia de no poder hacer algo para volverla "normal" de nuevo, con la vaga ansiedad de haber olvidado hacer algo, haber dejado alguna cosa teriblemente valiosa, importante, básica para la subsistencia, abandonada sin remedio en otro lugar.

Pasados algunos minutos, la noche fosforescente y el rumor del mar me recordaron dónde estoy, a qué vine.

Y entonces fue, mientras poco a poco volvía a dormirme, arrullado por la noche, que tuve la sensación, quizá un poquito menos persistente, de que, aún sin quererlo, de un modo inevitable yo tampoco podré (aunque lo haga, como en los sueños, con esa noción de poder alzar los pies del suelo, querer volar) nunca volver a Manderley.

jueves, 14 de junio de 2007

¿Y para qué...?


La pregunta, cándida, es: ¿qué escribes?

¿Y para qué?

Y yo pienso.

¿Qué escribo? ¿Para qué escribo? O igual: ¿para quién(es)?

¿Qué es escribir, sino el intentar dar alguna forma -- con lenguaje, con imágenes- a elementos muy arraigados en nosotros, en nuestras vidas privadas, esas vidas que transcurren al margen de las vidas felices de los demás y que pueden serlo también, a su manera, aún del otro lado de un cristal?

Son todas esas pasiones inexplicables, esas ternuras gratuitas, esos desencantos y heridas que nos marcan en silencio; los gozos, alegrías y enigmas permanentes en el esquema de todo, que nos piden (o no nos lo piden, sólo lo hacen) ser externados, transformados en algo escrito, algo que debe ser dicho: la vida, cuando somos dichosos, se desboca como un potro al galope; la misma que, cuando nos sentimos absolutamente miserables, llora como una tortuga que desova; y acaso sea cierto que el esfuerzo de escribir, es tanto para captar la velocidad y el brío, como el sollozo y el ardor.

Al menos, siento que así es para mí.

Es una necesidad, una urgencia, un deseo como el de comer o beber; quizá más.

Una manera de expresar lo que siento, lo que me urge, lo que hago para otros ojos, aparte de los míos.

Todos los que escribimos (publicados o no, leídos o no) tenemos la intuición, quizá preternatural o instintiva, de que la intención secreta de nuestro trabajo al escribir [escribir lo que sea: un poema, una novela, un artículo periodístico, hasta una mísera cartita] es rescatar del olvido algo; algo que para uno es hermoso, irremplazable, de un valor infinito para nosotros mismos -- y posiblemente sea sólo para uno: el que escribe- para de algún modo transubstanciar el gozo y el dolor, para darle una chispa de vida, un intento de trascendencia o acaso, la arrogante pretención de una permanencia, incluso, uno cree, en el paroxismo de la emoción, de proporcionar algún significado en los ojos de alguien más.

Quien nos leerá.

_________________________________________________

A veces tu ausencia forma parte de mi mirada,
mis manos contienen la lejanía de las tuyas
y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti.

A veces te descubro en el rostro que no tuviste y en la aparición que no merecías,
a veces es una calle al anochecer donde no habremos ya de volver a citarnos,
mientras el tiempo transcurre entre un movimiento de mi corazón
y un movimiento de la noche.

A veces tu ausencia aparece lentamente en mi sonrisa
igual que una mancha de aceite en el agua,
y es la hora de encender ciertas luces y caminar por la casa
evitando el estallido de ciertos rincones.

En tus ojos hay barcas amarradas,
pero yo ya no habré de soltarlas,
en tu pecho hubo tardes que al final del verano
todavía miré encenderse.

Y éstas son aún mis reuniones contigo,
el deshielo que en la noche deshace tu máscara
y la pierde.

- José Carlos Becerra
El Otoño Recorre las Islas
(1969)

miércoles, 13 de junio de 2007

El (nuevo) Juego


Fui reclutado para este juego y dije, ¿por qué no?


Las reglas del juego:

1) Cada jugador(a) escribe una lista de 8 cosas sobre sí mismo.

2) Tienen que escribir en su blog esas ocho cosas, junto con las reglas del juego.

3) Tienen que seleccionar a 8 personas más para invitar a jugar, y anotar sus blogs.

4) No olviden dejar un comentario en sus blogs informándoles que han sido invitados/as a participar, refiriendo al post de tu blog: "El Juego".

Y ahora las ocho cosas:
Como he hablado tantas veces de mí mismo con anécdotas autobiográficas, ahora lo que haré, para no romper la regla del juego, daré 8 características que tengo, que he ido descubriendo al paso del tiempo.

* Soy terriblemente tímido, aunque no lo crean. Lo fui, aún de pequeño. Me costaba mucho trabajo hablar con otros niños. No me acercaba hasta saber que de verdad sería bienvenido. Eso es algo que perdura en mí, hasta el día de hoy.


*Soy excéntrico y extravagante. Ambas cosas no necesariamente significan lo mismo, pero es algo por lo que mucha gente me recuerda. No son poses, ni antifaces, sino algo muy real: es una manera de exteriorizar, o a veces de aproximarme. Pero no soy excéntrico con todo mundo tampoco.

*Hablando de antifaces. Uso muchos. No necesariamente para ocultar quien realmente soy de los ojos del mundo, más bien, es una manera de encarar distintos momentos mediante distintos roles; creo que es poca, muy poca, la gente que me ha visto a la cara sin ninguno puesto. Pero una cosa queda clara: seré muchas cosas, pero no soy hipócrita.

*Ver a la cara. A veces no puedo hacerlo. Me cuesta, especialmente, cuando tengo miedo o siento pudor. Pero las más de las veces, me gusta mirar a los ojos.

*Muchas veces no sé cómo ofrecer una rama de olivo cuando he hecho algo incorrecto. Esto no quiere decir que sea orgulloso y no me disculpe o no sepa perdonar. Sólo que soy torpe y muchas veces acabo con mi proverbial rama de olivo encajada en el fondillo.

*Esto es algo cierto: soy inseguro, casi siempre en los inicios. Es muy fácil que me cohíba, o que me sienta herido o bajo. Tal vez tengo una piel más endeble de lo que me gusta creer. De ahí la idea de los muchos antifaces... supongo que es una manera de protegerme instintivamente.

*Me gusta pensar que soy leal y constante. Pero a veces, lo dudo. Otras, creo que no sé cómo serlo.

*Tengo una consciencia que no me deja en paz. Si algo me inquieta, tengo pesadillas y me cuesta despertar. Sin embargo, en las ocasiones que he sido acusado de cosas que no he hecho, mi consciencia se mantiene perfectamente tranquila y duermo como un bendito. Supongo que soy mi más implacable fiscal también.

Ahora, los convocados:
(Que pueden responder si quieren, o hacer caso omiso)

1) Monsieur David

2) Viviana

3) Dushka (You can do it in english, if you want to)

4) Lilián

5) Ben

6) Paxton

7) Cuquita la Pistolera

8)

Me queda claro que además, soy muy bien mandado... ¡vaya!

martes, 12 de junio de 2007

León de Biblioteca


Hoy hice veintitrés amigos nuevos.

Sus edades fluctúan entre los tres y los cinco años y son los alumnos de un colegio que está comenzando a operar aquí en Gijón, frente a un parque llamado Los Pericones, en la zona conocida como Ceares (uno de los "suburbios", a los que puede uno llegar andando).

Literastur, los organizadores del Salón Iberoamericano del Libro, con el cuál colaboré el mes pasado, me extendió una invitación para hacer un cuenta cuentos con estos pequeños, que se hicieron meritorios a un reconocimiento especial, por haber acudido al Salón, aún pese a la huelga de transportes que afectó por varios días la ciudad.

Son niños muy pequeños y les entusiasma particularmente leer.


El libro que les leí es este: León de biblioteca, de Michelle Knudsen y Kevin Hawkes.

Lo elegí por muchas razones, principalmente sentimentales (ya lo saben, yo soy así) y porque cuando lo "interpreté", por primera vez, con los niños del Salón, fue algo muy divertido.

No es un secreto que me gustan los niños, que me relaciono muy bien con ellos, que les tengo paciencia las más de las veces, y que me recuerdan una profunda ternura.

Así que hoy me reuní con los veintitrés niños y les leí el cuento.

Me senté en el suelo, me revolqué, rugí, corrí, hice voces... y los niños reían, se entusiasmaban, inclusive se conmovían. Y para mí fue una revelación (por no decir una verdadera epifanía) hacerlo: hasta este punto, siempre había hecho cuenta cuentos con mis sobrinos o con los hijos de mis amigos (que no siempre son mis sobrinos), pero realmente no con extraños. Alguna vez Mónica (mi hermana, que es licenciada en educación preescolar) jugamos con la idea de hacer un cuenta cuentos con sus alumnos, pero nunca lo pudimos concretar. (Gordita, te prometo que cuando esté de vuelta en México lo hacemos... hasta llevo mi libro para hacerlo) Y es algo que me encantaría, no sólo por los niños, sino por hacer algo con mi hermana.

Estoy sorprendido con las reacciones, la atención y la ternura de los niños. Jugaron conmigo y yo con ellos. Fue algo que me dejó una gran satisfacción y quiero volverlo a hacer.

Me he convertido en un león de biblioteca.

lunes, 11 de junio de 2007

Estoy pensando


Estoy aquí, con la luz apagada.

Pensando.

Pensando en sobre qué voy a escribir hoy.

Pensando en sobre qué podría escribir hoy.

Pero no sé sobre qué.

O quizá no lo sé expresar.

Nada más estoy aquí, con la luz apagada.

Pensando.

domingo, 10 de junio de 2007

This was your birthday...


Anoche fue mi cumpleaños.

O bien, la celebración del mismo.

Esta fue la primera vez que celebro fuera de mi casa y sin mi familia... pero igual, estuve acompañado por otra clase de familia. La mía. O al menos, una parte de ella.

A lo largo del día, había recibido felicitaciones, llamadas -- la primera de todas de parte de mi hermana- y al llegar la noche, recibí visitas: mis amigos, que venían a ver mi casa por primera vez, también.

¿Qué puedo decir? ¡Estuve muy feliz, muy emocionado! Y sobre todo, estoy muy agradecido con mis amigos, los de siempre y los que han llegado a mi vida en esta aventura.

Alex DeBernardi, que además es un muy buen fotógrafo, tuvo a bien captar partes de la velada en imágenes. Aquí está lo que vio:


Cena "de pie" -- la lluvia nos impidió estar en la terraza al principio.
(y a mí me da el flash en los ojos: ergo, "¡Argh!")

Con Irma Page, Mrs. Buckingham. No comments! No pictures!

Perspectiva de un brindis, o bien: "Por el gusto de estar con ustedes"

¿De quién es esta mano incógnita?
¿Será de Julie Andrews?

Dos leones. Riendo.
Yo no sé qué tenía ese brownie...
¡pero está muy bueno!

Las flores que yo mismo compré, a la Mr. Dalloway.

Mis rosas rojas; gracias, Señora Duquesa.

Cefe y Jack con Ana y Pat (la verdadera Grey). ¿De qué hablaban?

Irma attacks!

Tú atiza, atiza, atiza...
...aunque te mueras de la risa
(Esta imagen puede ofender algunas sensibilidades -- ¡ni modo!)


I wanna kiss your hand!/I wanna kiss your ha-a-and!
(Y Alex no se pone celoso)

Aquí mi cómplice saluda a mis padres
(otros grandes cómplices) a través de la red.

Cefe (el Señor Mufasa) y la bella señorita cuyo nombre era Annabel Lee

Co-conspirando con Mark "Bucky" Buckingham, esq.

El fotógrafo, captado: Alex y Sara, in fraganti.

Irma prueba el look Sherlock Holmes.


¡Crash! ¡Ay, ay, ay! ¡Mis huesos!


El Super Koala agradece a Richard Avedon por su labor inagotable.

En breve, hubo de todo: una magnífica y hermosa docena de rosas rojas, cortesía de la Señora Duquesa -- que no pudo estar, aunque transubstanció su presencia-, una deliciosa empanada de pulpo (¡el hit de la noche!), una botella de Champagne Bollinger (gracias, Jack) y una de Bailey's (¡gracias Julián -- que por cierto, ¡te evadiste en las fotos!), hubo conversación con vistas espectaculares (toda vez que se terminó la lluvia y pudimos volver a la terraza), un encuentro con mis padres a través de la web (¡Bravo Skype!), que pudieron hablar con y ver a todos. Y estoy muy agradecido con todos, con Cefe y Ana (que fueron los primeros en invitarme a cenar cuando vine por primera vez), con Alex y Sara (sin quienes nada de esto hubiera sido posible), con Pat (mi heroína, la verdadera Grey) y Jack (mi primer amigo en España), con Irma y Mark Buckingham (New Tori! New Tori!), con el gran Julián, cuya ayuda ha sido indispensable todos estos años para que yo llegara hasta aquí.

A todos, gracias por darme una noche memorable, por recibirme en este finisterre.

Y a todos los que no pudieron estar, sépanlo. Estuvieron. Están. Y seguirán estando.

No puedo decir mas que gracias.

Fue mi cumpleaños, ¡pero seguiré celebrando!

sábado, 9 de junio de 2007

33


Hoy es mi cumpleaños.
Cumplo treinta y tres.

Treinta y tres añotes.

La "edad de Cristo"...

La foto que ven, cumple, entonces, treinta y dos años. Ése era yo. En algún sentido, aún lo soy. Espero (Me gusta pensarlo).

Desde hace mucho, tengo la noción de que el año realmente comienza no como lo indica el calendario, sino con el año de vida.

Pensándolo de este modo, mi año comienza ahora.

2006-2007 fue un buen año, si hago balance. Fui (soy) terriblemente afortunado, tanto así que me da pudor pensarlo: seguramente a alguien en las oficinas de allá arriba, le caigo bien.

He hecho lo que he querido, como he querido y cuando he querido.

He recibido recompensas inmensas -- y no sólo ahora- y he cumplido mis sueños.

A veces siento que no me merezco tan buena fortuna.

Ahora comienzo un nuevo año de hacer cosas, conocer gente, vivir la vida -- eso me recuerda el slogan de este blog; que por cierto, es buen momento para dar crédito a quien lo merece: la frase no es mía, me la "apropié" (y sé de algún estúpido que leerá esto a escondidas y que de inmediato me señalará con dedo flamígero y me tachará de ladron y gandalla, aún si nunca reconocerían la frase); pertenece a una carta escrita por un personaje llamado Marian Taylor en una novela extraordinaria llamada El Unicornio, escrita por la formidable autora anglo/irlandesa Iris Murdoch en 1963.

El arte y el psicoanálisis dan forma y sentido a nuestras vidas y por ello los adoramos.
No obstante, la vida como es vivida no tiene forma ni sentido y eso es lo que estoy experimentando justo ahora.

Tenía 21 años cuando leí esa frase por primera vez, poco antes de que se publicaran mis primeros cuentos, en una antología que financiamos y editamos entre varios amigos (entre ellos Gilda, Merari, Adriana, Gessica y mi compadre Alejandro). Cuando la leí, la copié en el diario que llevaba en esa época y la almacené en mi memoria, con montones de otra información aparentemente inútil.

Pero es verdad; poco a poco se ha convertido en lema de vida; la experiencia toma todas las formas posibles. Hoy, hace un año, no pensaba que estaría viviendo ahora en otro país, cosa que estoy haciendo ahora; sin embargo, desde mucho antes -- antes, incluso, de leer esa novela- yo sabía que iba a vivir fuera de la ciudad en que nací y en que crecí.

Dije que soy afortunado y lo creo a pie juntillas: no sólo he tenido la suerte de ver cumplidos mis sueños -- todos, sin excepción-, he recibido bonos inesperados -- cumplir no sólo mis sueños, sino incluso alguna ilusión inesperada, sobre todo en el área profesional-; estoy rodeado de gente que me quiere y que me quiere a la buena: mi familia, tanto mi familia inmediata como lo que llamo mi familia extendida: mis amigos, cuya lealtad y afecto son algo que me emociona profundamente. ¿Qué hice para (merecer) tener este huerto de cariños? Me maravillo y lo acepto como un don, algo que agradezco todos los días y no sólo los días como hoy.

Igualmente me siento feliz con lo que tengo, poco o mucho, porque es mío. Nadie me lo regaló; realmente estoy satisfecho y me siento dichoso, mientras veo la noche fosforescente desde mi ventana. Y por supuesto, está por demás decir que no me avergüenzo de nada de lo que soy, de lo que he sido. No tengo nada de qué avergonzarme, y aún si como escritor puedo hacer mi realidad flexible, narrar(me) la vida, no tengo tampoco por qué ni de qué mentir: estas cosas que hago, que hice, que voy a hacer, me enorgullecen. Repito, ¿yo, avergonzarme de algo? ¡Para nada! Y si aceptar quien yo soy, como yo soy, es ir en contra de los preceptos de la gente decente y bien educada, a mí no me hace mella, que digan lo que quieran, que hablen.
No me avergüenzo de nada, ni de ser mexicano, ni de ser abiertamente homosexual, ni de ser escritor. No miento al decirlo, o al escribir aquí.

Este blog, para mi sorpresa (y esto es algo que es parte del periplo de mi año 32) se ha convertido en una parte central de mi vida cotidiana. Podría decirse que es extremadamente vulgar el poner tus pensamientos más íntimos o tus opiniones más arraigadas en una página web que está expuesta a los ojos del mundo, de quienes te quieren bien, de quienes te aborrecen y de quienes ni siquiera te conocen. Sin embargo, yo lo hago con un enorme placer. Y ya no sólo por mí. Quizás nunca fue sólo por mí.

Así que ahora, que ya es de madrugada en Gijón, estoy celebrando.

Celebro no sólo el día o la fecha.

Los celebro a ustedes, celebro todo lo que ha venido. Lo que vendrá.

Por un momento, antes, dudé sobre ser valiente. Pero mi lema (y Viviana me lo hizo notar un día en enero y no se me olvida, creeme que no) es ánimo, valor y gracia que es sólo ser congruente. Y se dice mucho de mí y muchas veces yo mismo lo pienso, pero hay algo que aprendí en estos treinta y tres años: a ser congruente y nada más que eso. Con paradojas, contradicciones, defectos y todo.

Es mi cumpleaños.

El camino continúa. Ahora sólo hago una pequeña reverencia, les agradezco todo y sigo caminando, y caminando, y caminando, y...

viernes, 8 de junio de 2007

Santa Ingrid de los Cinéfilos



Santa Ingrid, patrona de los cinéfilos.

Ruega por nosotros.

Tú que en las manos de Cukor te pusiste
y a cambio un Oscar recibiste,

Ruega por nosotros.

Tú que viste que Hollywood no es el paraíso
ni tampoco es el infierno,

Ruega por nosotros.

Tú que a Hitchcock adorabas
y un pedestal dejaste te creara,

Ruega por nosotros.

Intercede por nosotros cuando entramos
en las salas oscuras del alma,

Líbranos del churro, del filmópata y de las secuelas idiotas.

No nos abandones, en las manos de los adolescentes estadounidenses,
no dejes que el cinema se disuelva,

y líbranos de la intervención estatal.

Amén.

jueves, 7 de junio de 2007

Espejito, espejito...


Hay una anécdota muy curiosa, que solían contar acerca de mi muy primera infancia -- tan temprana que ni siquiera me acuerdo del hecho per se, aunque hay por ahí una fotografía que lo prueba-; estábamos en un hotel de Guadalajara, donde habíamos ido los cinco (mis dos pares de padres y yo) a una boda, cuando tenía yo cosa de un año y poco más.

Dice mi mamá que ese fue el día que descubrí lo que es un espejo de cuerpo entero, en el reverso de la puerta del armario de nuestro cuarto de hotel. Supone que yo nunca me había visto a mí mismo de cuerpo entero, porque cuenta que corrí hacia el espejo y gritaba: "¡Niño! ¡Niño, ven!", llamando a mi propio reflejo, invitándolo a jugar conmigo.

Dice, o bien, decía, que esa fue la primera vez que pensó que tal vez debería yo de tener un hermano o hermana. Y mi padre tomó una foto de mi carita mirando al espejo, desconcertado al descubrir que ese otro niño al que llamaba no era otro más que yo.

Tengo una relación extraña, quizá desde entonces, con los espejos.

¿Confieso algo? No me gustan.

Soy narcisista -- qué, ¿no lo habían notado?- pero extrañamente, no me gustan los espejos. En mi habitación en México, no hay espejos. Los uso sólo cuando es estrictamente necesario. Hace muchos años que dejó de gustarme cómo me veía reflejado en ellos. No que no me guste yo -- que sí, me tomó mis años pero sí, sí que me gusto. Todos deberíamos gustarnos, aunque conozco a gente que se gusta demasiado y otra que no se gusta nada y sin razón-, pero siempre he tenido la noción de que el espejo no es exacto, como lo es vernos reflejados en los ojos de los demás, que es algo que no cesa de maravillarme aún ahora.

También hay espejos que se escriben.

Me explico: muchas veces, hay cosas que he escrito, que son espejo de lo que he visto, de gente que conozco, de escenas que he vivido. Incluso, este blog es en cierta manera un espejo de cuerpo entero, ante el que con palabras me visto o me desnudo por completo, según sea el caso. No siempre al mismo tiempo y no todo mundo sabe cuando lo estoy haciendo.

Espejo, espejo.

Espejo es algo que me horroriza, como cuando veo a alguien perder por completo sus características individuales para convertirse en el eco de otra persona, aduciendo al pretexto del amor, cuando el amor debería de ser específicamente lo contrario. ¿No sienten ustedes horror cuando de pronto alguien que conocen, que conocieron, de pronto -- o a veces gradualmente- se transforma en otra persona; que suprime todo lo que es para hacer suyas las características (casi siempre amargosas o negativas) de alguien más? Lo he visto ocurrir a veces. Cuando pasa, disuelvo mis nexos con la persona. Es acaso un mecanismo de supervivencia activado por mi propia individualidad salvaje, que no me permite ser otra persona que quien soy.

Espejos son libros también, que he leído. Películas que he visto. Incluso poesía o canciones que he escuchado. Espejos. Las horas, de Cunningham, es un espejo portentoso. Hay otras que pretenden serlo, que incluso lo invocan en sus títulos o en sus estructuras narrativas... y no obstante el presunto (e incluso ostensible) talento de quienes las escriban, no me han dado más y son de esos libros que he ido dejando tirados en el camino, sin pesar pero acaso con el desencanto de tener que dejar una lectura sin substancia, ya nadie me devuelve mi tiempo perdido. Lo mismo pasa, y con mayor frecuencia -- debido a mi trabajo- con las películas.

Esta mañana, mientras hacía algunas cosas de la casa, labores de amo de que no dejan de formar parte de mi experiencia, me descubrí en uno de los espejos que hay en el apartamento -- son dos, uno sobre el lavabo y otro en el minúsculo hall- y estaba sonriéndome mi reflejo. No sé por qué, pero sonreía.

Y me gustó, mucho, lo que vi.

Aunque finalmente, sólo sea un espejo y yo no tenga fe en ellos.

miércoles, 6 de junio de 2007

Joan, John y yo: venir al luto

Esta entrega tiene muchos inicios:

Comienza ayer en el Café Gregorio, a unos pasos de mi casa, donde me siento a leer The Year of Magical Thinking, de Joan Didion, cuando lo acabo de comprar en la librería inglesa de la Calle Ezcurdia. Es el segundo libro que he comprado desde que me mudé (el otro es Suite Parisina, de Irène Nemirovsky, pero de ese libro magistral me ocuparé otro día).

Comienza el 30 de diciembre de 2003 en el salón del apartamento de Joan Didion y John Gregory Dunne en Manhattan, unos minutos antes que ella llame al 911 y diga "vengan ya".

Comienza la mañana en que mi abuela María murió.

Comienza, siempre comienza.

No sé dónde termina.

O si termina.

I

He leído a Joan Didion por años.

De hecho, y ahora les estoy revelando uno de mis secretos del oficio de escribano, la he imitado en alguna ocasión (Ojo, he dicho imitado, no plagiado, que conste). Pero sí, como a otros escritores que he admirado, busco la manera de ver cómo funcionan sus mecanismos, de aplicarlos a mi propia manera de aproximarme, de descubrir cómo opera la magia de verdad -- recuerden, lo mío es sólo prestidigitación- y cómo se aplica a las palabras. Así antes y después de Didion he buscado imitar a veces a Ira Levin o a Peter Straub, a Julio Cortázar o a Roberto Bolaño, o a Anne Sexton o a Auden. Sólo un poco, un ver si puedo encontrar el mismo sendero.

Descubrí a Joan Didion, porque Bret Easton Ellis la adoraba (y la imitaba) y yo a él lo adoraba en mi pálida y temblorosa juventud. Así leí Play it as it lays -- yo confieso: me costó mucho poder entrar a esa novela- y luego The White Album (una colección de ensayos sobre la vida en California a fines de los 60) y A Book of Common Prayer, que es, en mi opinión, una de las grandes obras casi desconocidas de la literatura del siglo XX.

Joan (y aquí, la familiaridad que se obtiene, quizá, en base al haberla leído tanto) posee un estilo muy único, muy desapasionado, de narrar. Siempre fiel a los detalles, a lo que observa. Es una cronista excepcional, más que una narradora imaginativa. Es una narradora que nos describe las cosas tan fielmente que estamos ahí con sus personajes creados, o bien, con ella misma. Olemos, tocamos. Sabe conjurarlo todo y hacerlo real. No todo mundo puede, al menos no como ella (del mismo modo en que nadie escribe diálogos como Joyce Carol Oates, o nadie puede volver verosímil lo impensable como Levin y Cortázar, o nadie puede crear mundos perfectos de horror y pathos como Bolaño). Me gusta leerla. Lo hago siempre que puedo.

Cuando entro al Gregorio con el libro recién comprado (he estado pensándolo por varias semanas, desde que lo vi), ya sé de qué trata. Siendo lector asiduo de su autora, su vida y los acontecimientos que rodean su obra, no me son indiferentes. Ya había leído sobre lo que da pie al ensayo narrativo que se compila en el libro (editado en español como El año del pensamiento mágico), de hecho, sabía más cosas que se sucedieron después.

Cuando empiezo a llorar, sin poder evitarlo y busco con pánico algo que pare las lágrimas antes de que alguien más las note, estoy sorprendido. Ya sabía a lo que venía al abrir el libro, pero no pensaba que fuera a dolerme. A sentir esto. A que se sintiera así, de nuevo.


Ellos son Joan y su marido, John Gregory Dunne, en 1967.

Juntos escribieron varios guiones cinematográficos (quizá uno de los más célebres sea The Panic on Needle Park). Joan es una periodista de opinión muy reconocida. John era un novelista de renombre.

Era.

El libro comienza precisamente con el instante en que su matrimonio de casi cuarenta años se disuelve de repente, la noche del 30 de diciembre de 2003, en el salón del apartamento en que habían vivido por los últimos quince años. Joan le había servido la cena. Venían de visitar el hospital Beth Israel -- que hoy ya no existe- donde su hija de 38 años de edad, Quintana Roo Dunne (siempre me ha parecido pintoresco que la gente sofisticada le ponga a sus hijos algún nombre avant garde y créanme, este caso me parecía la neta), que se encontraba en coma, tras sufrir una neumonía fulminante y una fuerte infección. Mientras cenaban, John se derrumbó sobre su plato de pasta y cayó al suelo. Cuando lo bajaron de la ambulancia, ya estaba muerto.

Así, Joan comienza una exploración de su propio proceso de luto, de pérdida, de duelo.

Es por turnos exasperante y enternecedor ver a una mujer de setenta años, con "mundo", de pronto encontrarse asustada como una niña, cómo da los primeros pasos a tientos, a trompicones, hacia lo que ahora deberá entender como realidad. Y su experiencia la comparte sin afectaciones, sin aires de grandilocuencia, sin los atavismos de tragedia que la hacen paradigma porque "le sucedió a ella". No. La historia de Joan y John, en el momento de la muerte de él, es la historia de cualquiera y por eso me duele, porque la conozco. Porque ya estuve ahí. Porque un día volveré, aún si no quiero. Aún si no lo espero.

II

Vean a la joven familia: ellos son Joan y John en 1970, con Quintana. Es la pequeña que come la paleta helada cubierta de chocolate. tendrá cuatro años, poco más.

Quintana Roo Dunne también está muerta. Murió el 26 de agosto de 2005, a consecuencia de una pancreatitis devastadora y sorpresiva, que la fulminó en cosa de semanas. Irónicamente, esto es poco antes que aparezca en librerías el libro de su madre sobre el duelo. Yo sé que la hija también ha muerto, antes de comenzar mi lectura, después de pedir en el Gregorio, una taza de té. Lo sé, y sé que Joan se rehusó a escribir un apéndice acerca de esto. El luto por su hija lo llevó en privado.

Pero igual, no puedo evitar que se me llenen los ojos de lágrimas. Cuando muere tu esposo, eres una viuda. Cuando mueren tus padres, eres un huérfano. ¿Qué eres cuando mueren tus hijos? Leo con cuidado cada frase, me asomo a cada habitación. Termino el té, pago y me voy. Pero igual ya me he ido desde antes. Estoy pensando en algo más.

III

Lo que voy a contar ahora, lo saben sólo un puñado de personas, que lo vieron -- o bien, lo percibieron- a retazos. Por episodios. Estuvieron ahí, pero no lo vieron todo. Juan Carlos, Jack, fue el primero que supo porque le escribí. Carolina, porque la llamé. Hanna, porque corrió a estar ahí. Paco Peña igual. Pero lo que voy a contar, lo saben, lo intuyen, quizá se los he contado a ellos, pero no lo sabe nadie más.

El día que mi abuela María murió, yo fui la persona más práctica en el sepelio. Hanna, Caro y Paco, que estuvieron ahí, lo recuerdan. Ni una lágrima. Yo arreglé las flores, colgué un retrato suyo -- un apunte a lápiz tomado de una fotografía del año en que se casó- en la pared de la capilla, dispuse el cuaderno de visitas para los que quisieran escribir algo. Fui un buen hijo y no di problemas; recibía a la gente a la puerta, atendía el teléfono si sonaba.

Acaso me rompí un poco más por el medio virtual, pero no recuerdo. Ya no está en mí saberlo, como corresponsal; ha pasado el tiempo y esa es una de las cartas que no volveré a leer. No me deshice de ella, la conservo, como todas las demás, pero no voy a volver a ella.

Pero igual, lo que diga es lo que recuerdo. Encontrarme de pronto con Joan y su experiencia, me remite de inmediato a esto, a lo que nadie más vio.

Subí a mi habitación. Cerré la puerta, cerré las ventanas. Y comencé a gritar. No a llorar, sino a gritar, a gritar, un aullido prolongado, lo recuerdo ululante y desolado. Nunca pensé que tendría dentro de mí un sonido semejante. Eso es lo que recuerdo. Gritar de pie, primero, y luego de rodillas y luego de cara con el suelo. Gritar, gritar, gritar hasta que la garganta se quiebra y los pulmones arden. Gritar. Eso fue lo que hice. Gritar cuando nadie me viera y nadie me oyera y no sé por qué les cuento esto ahora si ya no tiene caso, pero igual, es lo mismo: la muerte se manifiesta así, y no te queda nada más que hacer antes de que llegue el lunes y tengas que bañarte y vestirte y salir a trabajar. Pero hay un momento que es únicamente tuyo, para soltar la amarra, para que pasen por tu cabeza todos los momentos; los instantes crueles, los desconcertantes gestos de ternura, las instantáneas de la infancia, los últimos momentos de indefensión, la pérdida irreparable instalándose a vivir en tu existencia.

Irreparable.

Siempre me ha asustado el peso, la textura, la dimensión de esa palabra. Irreparable: sin remedio posible. Sin compostura. Y me estremezco al pensar en lo irreparable. ¿Existe aparte de la muerte, lo irreparable? (sí, por supuesto, dice una voz en mi interior. Lo sabes) Mis amigos estuvieron ahí para abrazarme; Jack, el noble león, con poesía y consolación desde este norte, la insuperable Carolina en vivo, compartiendo mi cama esa noche para que no me quedara solo, Paco Peña estuvo ahí hasta cerrar la capilla, Maricarmen Taibo llegó con gladiolos blancos y puso su mano en mi mejilla; Hanna y Gustavo, su esposo, su compañero, me llevaron a comer algo -- tienes que comer algo-; ahí está mi compadre Alejandro, con quien tanto había hablado de la muerte y de esa muerte. A todos les agradeceré siempre y los quiero entrañablemente por eso y más que eso.

Pero igual, cuando me quebré por completo, lo hice a solas.

Termino el libro. Lo contemplo. Pienso que Joan Didion es mucho más valiente que yo, por supuesto. Pero le agradezco que compartiera su luto conmigo. El sabor del mío entonces, aunque han pasado ya tantos días y tantas noches, no deja de ser terriblemente amargo, es un poquito más tolerable.