miércoles, 31 de octubre de 2007

Merlín

Este soy yo, hace exactamente treinta años.

El traje lo hizo María, el gato lo dibujó y recortó Miguel.

La foto la tomó él, en el patio del kinder Alma Latina.

Parece que fue ayer.

Habla, memoria...


[A propos de nada, viendo mi retrato de infancia, recordé un poema de José Luis Piquero, que a su vez tuvo a bien hacerme llegar el colega (y a partir de hoy amo y dueño de su propia casa) Miguel Barrero. Creo que palabras e imagen van muy bien juntos]

ººº

Romeo en el internado

Amaba su inocencia, su cálido contacto
casual durante el juego,
la sonrisa radiante que también cautivara
desde el primer momento al Superior.
Los muchachos más brutos le regalaban dulces
y todos le escogíamos para formar equipos.

Yo amaba como un loco su pereza en las tardes
de calor cuando, medio adormilado,
la postura indolente, parecía perderse
en el huerto, muy lejos, tras el gran ventanal,
y el profesor de Ciencias era un adorno inútil.

Le amaba si el jersey se le caía
de la cintura hasta casi el tobillo,
o al declarar muy serio su aversión por la sopa,
o no entendiendo un chiste de los verdes.

Amaba sobre todo su indefensión, las lágrimas
que tanto embellecieron sus ojos cierta vez
al herirse la pierna en el patio, y llevarle
apoyado en mi hombro a buscar una venda.

Y el momento glorioso en que le dieron
–por su cara bonita– el papel de Julieta
y pude al fin decirle que le amaba, le amaba,
en voz alta, mirándole a los ojos,
ante todo el colegio, ante mis padres.

martes, 30 de octubre de 2007

Amor. A cualquier precio.

El Jardinero Fiel, realizada en 2005 y debut en inglés del cineasta brasileño Fernando Meirelles, que sacudió duramente al sistema con la formidable Ciudad de Dios, es una de las mejores películas que yo haya visto, en todos los aspectos de su realización.

Cuenta con actuaciones de primera por parte de todo el elenco involucrado, la adaptación de Jeffrey Caine a la novela de John LeCarré es espléndida y el trabajo en locaciones de Kenya, contribuye a establecer una atmósfera fascinante… pero, lamentablemente, lo más probable es que no gustará al grueso del público que acude al cine “a distraerse” ya que muestra, sin parpadear ni un instante, una realidad que todos se esfuerzan por ignorar, como si por esto mismo, dejara automáticamente de existir.

En Nairobi, la decadente opulencia colonial británica existe aún por encima de los cinturones de miseria en los extraradios, auténticos cuchitriles que son nidos de enfermedades opuestos al té de las cinco y jugar cricket. Este es el mundo en que habita Justin Quayle (Ralph Fiennes en su mejor trabajo desde El Paciente Inglés), attaché del servicio exterior de la corona.

Hombre de buen corazón y notable talento para la jardinería, es el funcionario ideal, cuya única extravagancia ha consistido en su impulsivo matrimonio con Tessa (Rachel Weisz, sensacional y vivaz en cada una de sus escenas), pobrecita niña rica con conciencia social, que con su activismo y belleza causa estragos en la esfera en que se desenvuelven.

Cuando Tessa – a la que todos descalifican como “puta local” debido a su categoría como objeto del deseo de muchos, entre ellos el repelente e hipocritón Sandy Woodrow (Danny Huston)- aparece en un paraje aislado brutalmente violada y asesinada, al iniciar la película, se establece la pauta para el viaje que llevará a Justin de un elegante club londinense, a un kindergarten en Berlín, al infierno sudanés, todo para descubrir, junto con el espectador, los motivos secretos del misterioso crimen.

¿Quién era realmente su esposa?
¿Qué hacía acompañada siempre por el médico congolés Arnold Bluhm (Hubert Kouhndé)? ¿Será verdad que hubo amasiato? ¿Fue crimen pasional?

Pronto, las cabezas de los monstruos corporativos se asoman y este hombre común, cuya gran pasión era salvar la vida de plantas y flores, descubre –para su creciente horror- que existe algo peor que la pobreza y la discreta segregación en Kenya y que su esposa fue demasiado lejos para averiguarlo.

¿Hará él lo mismo? Con una tensión cuidadosamente sostenida desde el principio hasta el desenlace, El jardinero fiel no tiene visos de compasión y no hace concesiones para mostrar momentos desgarradores (uno de ellos implica el destino de una pequeña niña aborigen en el desierto) que estrujan el corazón y hablan claro a quien desde la butaca observa: los horrores no son brujas ni fantasmas imaginarios; los verdaderos vampiros no están en castillos en los Cárpatos, sino en inmaculados laboratorios suizos. Beben, en vez de sangre, copas de champagne con cristalería pagada con las muertes de millares de anónimos.

Quayle enfrenta estas facetas de su realidad y Meirelles –que da un toque de documental al filme mediante su trabajo de fotografía, cortesía de su cámara de cabecera César Charlone- nos muestra un trabajo con muchos niveles.

Este es un excelente thriller, sí, una emotiva historia de amor también y su contenido social es poco sutil pero exhorta a la reflexión, sin alternativas dulces ni paliativos sosos. La ejecución de la cinta es prodigiosa y aunque no estuvo destinada a la gloria taquillera, se trata de una película que trasciende aún las trampas de su medio, para entrar al renglón de obra maestra, que todo adulto consciente tiene el deber de, por lo menos, ver una vez.

lunes, 29 de octubre de 2007

Distimia

En estos días que estuve fuera me han llegado algunos e-mails y también algunas llamadas que inquieren si estoy triste; el interés es genuino y me apena que la gente que más quiero se preocupe, pero realmente estoy bien, aunque sí. Es evidente que en todo lo que he escrito en la pasada semana, hay un poso de tristeza que puede ser inquietante.

No pasa nada. Tranquilos.

Si se preocupan por lo que tengo, se los puedo decir así: tengo distemia [también conocida por distimia] y la he tenido desde hace varios años.

¿Qué es?

La distemia, también llamada trastorno distímico, se define como un tipo de trastorno afectivo o del estado de ánimo que a menudo parece depresión grave (clínica) aunque es menos severa, pero más crónica. Sin embargo, las personas que tienen distemia también pueden experimentar a veces episodios de depresión grave.

Como ustedes saben, la depresión es un trastorno que afecta al cuerpo, al estado de ánimo y a los pensamientos. Puede afectar o alterar radicalmente la alimentación, el sueño y los patrones de pensamiento; pero no es lo mismo que sentir tristeza o estar decaído, ni tampoco es indicio de debilidad personal ni constituye un estado que pueda disiparse o modificarse a voluntad, ya que muchas veces, tiene un origen fisico. Las personas que padecemos una enfermedad depresiva no podemos simplemente, por mucho que lo deseáramos, "acumular ánimo" y reponernos. A menudo es necesario el tratamiento que, a veces, es decisivo para la recuperación.

Existen tres tipos de depresión que pueden clasificarse en tres grupos principales:

1.- Depresión grave (Depresión clínica)

2.- Síndrome maníaco depresivo (Trastorno bipolar)

3.- Distemia (Trastorno distímico)

La distemia afecta a las mujeres con el doble de frecuencia que a los hombres. El trastorno afecta aproximadamente al 5.4% de los adultos estadounidenses de 18 años de edad o mayores; es decir, a 10.9 millones de personas. Según el Instituto Nacional de la Salud Mental (National Institute of Mental Health), cada año alrededor del 40% de los adultos que tienen un trastorno distémico también cumplen los criterios de depresión grave o trastorno bipolar.

¿Cuáles son los síntomas?
A continuación, pondré los síntomas más comunes de la distemia, que son menos severos pero más crónicos que los de la depresión grave. Estos varían de persona a persona y pueden incluir los siguentes: [Los que yo manifiesto, van acompañados de un *]

Tristeza, ansiedad o sensación de "vacío" persistentes. *

Pérdida de interés en actividades que antes se disfrutaban. *

Llanto excesivo.

Llanto aparentemente repentino.*

Mayor inquietud e irritabilidad.*

Menor capacidad de concentrarse y tomar decisiones. *

Disminución de la energía.

Pensamientos de muerte o suicidas, intentos de suicidio.

Aumento de los sentimientos de culpa, desamparo y/o desesperanza.*

Alteraciones del peso y/o del apetito debido a comer de forma insuficiente o excesiva.*

Alteraciones en los hábitos del sueño (duerme mucho, o de pronto no puede dormir nada).*

Aislamiento social aparentemente inexplicable. *

Síntomas físicos que no ceden ante los tratamientos comunes (dolor crónico, dolor de cabeza repentino y duradero). *

Para que se haga un diagnóstico de distemia, una persona adulta debe exhibir un cuadro de depresión durante al menos dos años (un año en niños y adolescentes), junto con por lo menos otros dos de los síntomas arriba señalados.

Ojo: los síntomas pueden parecerse a los de otras condiciones psiquiátricas.

¿Cómo se diagnostica?
Se ha comprobado que a menudo la depresión puede coexistir con otras condiciones médicas, como fallas cardiacas, cáncer o diabetes, y también con otros trastornos psiquiátricos como el abuso de drogas y la ansiedad, el diagnóstico y tratamiento en las etapas iniciales son cruciales para la recuperación. Para que se haga un diagnóstico, hace falta un examen minucioso a cargo de un profesional de la salud mental.

¿Hay una solución?
¡Pues claro! ¡Hay muchas opciones de tratamiento!
Yo no me siento mal, al contrario. Esto es algo con lo que vivo. No soy bipolar, y doy gracias por ello. Si a veces tengo la sensibilidad muy a la vista, es porque he estado con mucho, mucho estrés emocional -- más este mes que desde que me mudé en Mayo- pero es algo que viene con el territorio. Así soy y así me acepto.

Por favor, no se alarmen. Nunca atentaría contra mí, mucho menos buscaría causar dolor a quienes más quiero en el mundo. Todo estará bien.

No teman por mí
y no me teman a mí.

Aquí sigo, aquí seguiré, en este Finisterre.

domingo, 28 de octubre de 2007

Encuentro en las Ramblas

Nos encontramos en la Rambla Catalunya ayer por la mañana y ya no nos separamos hasta la madrugada de hoy. Y fue bueno, y nos reímos, y lloramos, y nos gustó.

Cecilia es la mayor de todos nosotros, al menos la mayor de todos los nietos de los diez que conformaron a mi abuelo Miguel y sus hermanos. Es la primera prima, por años lo mismo fue leyenda, que ejemplo, que luz cariñosa; sin embargo, el que la vida nos haya hecho primos es una mera casualidad, como dice Alberto -- al que llamamos Beco-, en realidad somos nosotros los que decidimos seguir el contacto, hacernos amigos.

Nos reunimos en la ciudad condal, porque Beco trabaja ahí ahora y porque Ceci llegaba para acudir a una boda y ver viejas amistades -- ella vivió en Barça con su madre, la legendaria Julieta (de quien hablaré otro día), entre 1978 y 1983. Ya les conté que me encontré a Ceci por puro accidente, nada más llegar, lo que fue estupendo. Así pasamos más tiempo juntos, paseando por ahí, conociendo en mi caso, y re-conociendo en el suyo, el centro, el barrio gótico, Santa María del Mar y el Born, que fue donde me quedé.

Con Beco ya libre el sábado hicimos otras cosas. Caminamos por todo el centro hasta la Barceloneta, la estatua de Colón y el puerto deportivo. Con nosotros fue Patricia Ferrer, amiga de Ceci en el instituto, que nos guió hasta el encuentro con el Mediterráneo.

Comimos paella y esqueixada, boquerones y tapas. Pensamos mucho en nuestros padres y madres -- traté de hacer un árbol genealógico de memoria, pero tal empresa es imposible cuando estás sentado en una terraza frente al mar, que te ciega con sus destellos-.

Luego fuimos a ver la catedral, que si te descuidas, te deja sin aliento, fuimos al extraordinariamente gótico y misterioso Hospital Sant Pau, a rendir honores a Julieta (que hizo su especialidad ahí) y como niños, aplaudimos, mesmerizados, ante los juegos de luces de las fuentes mágicas de Montjuic.

No hay noche demasiado larga, aunque la alargamos lo más posible, para poder mantenernos despiertos e ir de vuelta Cecilia y yo al Prat en la madrugada, antes del amanecer, para registrarnos y volar, ella a Chicago y yo a este Finisterre.

Fue emocionalmente satisfactorio y agotador, pero valió la pena. Fue una semana extraña, apresurada, agotadora, con muchos aviones y muchos desvelones y muchas emociones y yo nada más les dejo aquí algunas fotos de mi encuentro con mis primos y si ustedes me perdonan, me voy a dormir... (además vino el famoso cambio de horario) estoy agotado, pero mañana reanudamos este espacio, lo prometo.


Beco y Cécile, in flagrante delicto en la Cerveseria Catalana

La catedral, puerta al siglo XIV

Cecilia, recordando...

En la Barceloneta, Cecilia y Patricia Ferrer, oyéndonos
recitar a Cortázar (!) en una tarima frente al mar

Beco, Yoyis y Cocoliso: La segunda generación

No, no es "El Orfanato"... es Sant Pau, al anochecer

Aquí, en Sant Pau, fue donde Julieta abrió la puerta... y los demás la seguimos

Montjuic: esto es la verdadera magia

Gracias a todos aquellos que hicieron posible esta mini aventura. Las anécdotas aquí surgidas (y no relatadas), que comienzan conmigo abrazando a Ceci al bajar yo de un autobús y subir ella a un avión, serán parte de la mitología de los primos, muchos primos, los bienamados, de un momento en esta vida en el que necesitaba ver gente, rodearme de cariño, y poder seguir andando.

Aquí estoy, de vuelta. Todo es bueno.

sábado, 27 de octubre de 2007

Barcelona Express


Ayer por la tarde, me bajo del Airbus en Plaça Catalunya y de manos a boca me encuentro con Ceci, mi prima, sin haberlo planeado.

¡Es casi milagroso!

Llevo horas sin dormir y como ando propenso al llanto inmediato, me deshago al abrazarla.

Voy a pasar el weekend (de viernes a domingo) con mis primos, los bienamados (o parte de ellos), extensiones de mi propia Sagrada Familia.

Les contaré más cuando haya vuelto, itinerante relámpago que soy, a mi Finisterre.

Entre tanto, ¡Adeu!

viernes, 26 de octubre de 2007

Ella, ella...

En Londres.
Ayer.
En corto.
Quince minutos (en el cielo)
Nervios.
Angustia.
Emociones saturadas.
(Salí directo a llorar diez minutos en el baño del hotel).
Alegría.
No puedo contar más.
No alcanzan las palabras.
Ustedes comprenden.
Gozo.
Me sonrió dulcemente.
(¡Me sonrió dulcemente!)
Reina.
Valió la pena.
Lo comparto, como un dibujo que terminas y corres a mostrar.
Estoy lleno de amor.
De tristeza.
De admiración.
Es mucho.

(soon: Barcelona Express)

Addenda:
María cumpliría 91 hoy. La he estado pensando todo el día.

Besos.

Holland Park

Hacía mucho tiempo que no venía por estas calles.
Años de no entrar al parque por aquí, por esta entrada que estaba frente a la casa, adentrarme en el parque, sintiéndolo extenderse conforme avanzas por el sendero, hasta abrirse como un mundo secreto.

Esta es la casa. No podría llamarla mía, pero...

A la derecha, la ventana de la habitación. Desde ahí me asomaba, primero sí, con miedo y soledad, después, con júbilo y curiosidad y al llegar el último día, con tristeza clavada en algún lugar, impidiéndome respirar, como ahora al verla de nuevo, cuando ya no hay nadie ahí.

La ventana -- siempre mirando al parque.

En 1989 era muy distinto... aunque algunas cosas siguen iguales, como Holland House, con sus arcos imponentes, donde podías irte a sentar y leer a la sombra en un día de verano.

Y los amigos salvajes, hijos o nietos de los que conocí entonces, igual mirándome con tímida extrañeza...

...o en todo caso con serena soberbia.

Dispongo de poco tiempo para caminar por las calles de Kensington, subir hasta la High Street, con sus restaurantes y tiendas, que no son ya los que recuerdo-- tampoco los autobuses de dos pisos lo son. Es otro siglo ahora.

Así, el llegar con pasos inciertos a donde estaba la escuela, buscar la ventana en el tercer piso del salón donde fingía perfeccionar mi inglés (sí, fingía, I was pretending... I already knew...) mientras soñaba despierto.

Ahora aquí sólo hay fantasmas.
Lo que fuimos.
Lo que no fuimos, no vamos a ser.

¿Y yo? ¿También lo soy?

miércoles, 24 de octubre de 2007

Recuerda


Now you're fine,
I'm not okay.
And I can only
stay away,
I can only
kneel and pray...
Try and try
to
forget that day
The Go-Go's

Mi privilegio y mi maldición son la misma cosa.

La memoria.

Por turnos es impecable y rebelde, voluntariosa e inoportuna, cruel, magnífica, veloz, aparentemente infinita... implacable, también.

Algunas veces, quisiera que fuera selectiva, pero esto parece imposible. Otras, deseo que se desaparezca: abrir los ojos una mañana cualquiera y estar en blanco, ser tabula rasa, no saber nada de quien soy, de quien fui. Porque soy muchas cosas distintas, para mucha gente distinta...

Una vez y no hace mucho, cuando todavía vivía en México, salí a caminar por ahí (con mi mente envuelta en plástico) y de pronto pasé un instante de pánico. Había olvidado, de repente, en qué calle estaba y por qué estaba ahí. Fueron solo unos segundos en los que no supe ni mi nombre.
No sé cómo podría describir la sensación; por partes iguales un horror frío, insondable, como si se acabara la acera, para lanzarte al vacío... y al mismo tiempo, una sensación de total y profunda liberación.

Mi memoria me traiciona. Arremete cuando yo estoy de pie en el rompeolas y me hace tambalear; a veces, caer. Mi memoria me agasaja; me proporciona con el simple hecho de tocar un objeto o de escuchar una canción, un golpe puro de sensación, de olor, de imagen, de sonido. Vuelvo ahí, soy lo que fui.

Como ya había escrito antes al catalogar mis neurastenias particulares (véase en la inexplicablemente popular entrega ¡Tengo Traumas!) hay cosas que me he esmerado en olvidar, pero que muchas veces resurgen, se resisten a desaparecer. ¿Será una prevención, una protección, una defensa contra mí mismo? ¿O un castigo? Puede ser el detonador cualquier cosa: un lugar al que procuro no ir pero que se atraviesa en mi camino, una mirada de soslayo, una frase a medias, un dejà vu, un sueño elusivo que se borra en la almohada que dejo húmeda al despertar sobresaltado (Los tontos como yo siempre sueñan y cuando se van a acostar y se cubren la cabeza, no pueden parar de recordar).

Supongo que mi memoria funciona de esta manera, porque así lo quise, al principio de mis días, cuando supe que tenía el don de recordar casi verbatim casi todo. En esa época uno es cándido y no imagina el precio tan alto que hay que pagar por memorizarlo todo. Y yo recordaba, porque a los demás les gustaba que recordara y recreara: cuadros, películas, canciones, plegarias, hasta The Lady of Shallot, de Tennyson, que podía recitar enterita de memoria y en inglés (hoy definitivamente ya no puedo, se me atora el llanto y me diluye las estrofas... no lo he vuelto a hacer desde hace mucho, mucho).

Yo todo lo que quería era hacer felices conmigo a los que me rodeaban, a los adultos -- nunca tuve mucha paciencia para con los otros niños a los que casi siempre encontraba parecidos a personajes de El Señor de las Moscas, de Golding; pequeños salvajes para los que yo era habitualmente, la presa a cazar y a los que yo contraatacaba con virulencia verbal, pobre para los puñetazos como siempre he sido-, para que me quisieran (ahí, totalmente desnuda bajo la luz de la bombilla, está la verdad y la razón por la que ultimadamente hice tanto y acepté tanto, tanto desde entonces y no sólo entonces). Esa es la misma razón que tengo para escribir.


Aprendí a utilizarla como un almacén sensorial. Me sirvió para poder retener la presencia de mi abuelo lo más que pude, considerando que su paso en mi vida, aunque crucial, también fue muy breve. Me imagino que, si él hubiera vivido más allá de los siete años que pasó conmigo (los primeros siete), quizá yo no recordaría tan vivamente las primeras etapas de mi niñez, que suelo a veces presentar como maravillosa y feliz (que lo fue, aunque también es cierto y esto lo sé porque lo viví y lo recuerdo, hacia sus últimos años también fue algo muy parecido al infierno, por años me sentí profundamente desgraciado, lloré muchísimo y no se me olvida tampoco, igual que lo tierno o lo mágico) y posiblemente habría retenido otros pasajes en su lugar, aunque esto es mera especulación. Y lo cierto, es que se quedó conmigo el hábito de recordarlo todo o casi todo: desde la trivia más innecesaria y aparentemente inútil, hasta las fechas, los rostros, las palabras, los gestos, los momentos, lo gozoso y lo doloroso, siempre inextricable e irremediablemente tomado de la mano.

Y en todo, entonces descubro, no sin estremecerme ahora que sucede, todo lo aquí escrito, no sólo en esta entrega, sino en todo este blog y en todo lo que haya escrito antes, en las verdades, medias verdades, fabulaciones y viles mentiras que haya dicho, está presente siempre. Existen a través de ella como un filtro. Cada cosa que está aquí expuesta, cada recuerdo, cada reseña, cada libro, cada canción que suena ahora mismo, acompañándolos mientras leen, todo tiene un significado para mí, y tal vez para ustedes, distinto en cada caso: todo está aquí por algo. No por qué, pero así es.

Es un cúmulo de días, hechos, frases, cosas que dije (y de las que me arrepiento) o que no dije (y de lo que también me arrepiento), cosas que debí haber dicho -- "No quiero", o "Te quiero"; o "Me dolió. No vuelvas a hacerlo nunca" o "Te apoyo en todo" o "No estás sola, aquí estoy" o "Te perdono" o "No seas tan cruel conmigo" o "No estoy enojado contigo"-. Todo eso es mi sino y mi allegro vivace; descubro acaso que sin lo que la memoria es, yo no puedo ser. ¿De verdad me gustaría ser tabula rasa? Entre más lo pienso, más miedo me da esa idea... la inocencia y la blancura a cambio de todos mis tesoros y mis cicatrices. El consabido Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos que proponen Kaufman y Gondry.

No, para mí no es factible.

Si duele, no importa, me recuerda que existo.
Si gozo, también.
Existo por algo, esto está así escrito por alguna razón que (a estas alturas del poema) desconozco, pero que me hace seguir.

Yo sobrevivo a todo.
Ya sobreviví a todo.
Y lo recuerdo.

Mañana no estaré aquí.
(Ya casi no estoy aquí)

Mais je reviens.

martes, 23 de octubre de 2007

¡Tengo fobias!

Como ustedes bien saben, desde mi tierna e irrecuperable (infancia), tengo dos atroces fobias: una a las gallinas y toda clase de ave de corral y la otra a los robots, androides, prótesis mecánicas y aparatos inanimados que repentinamente cobran vida. (Algo de culpa tendrá HAL 9000)

En particular le tengo miedo a Robotina, la (aparentemente) afable e incansable doméstica de los Supersónicos. No sé por qué, pero me da desconfianza... nadie puede ir por la vida tan alegremente, obsesionada con su trabajo de limpieza, sin tener un solo día malo.

¿Tomará Altruline? ¿Prozac? ¿Diazepam?
¿Si le pido, me convidará?

Seamos honestos, si andas como Robotina todo el día, es que estás tomando algo...

El que estoy seguro que es un adicto a alguna substancia altamente volátil y seguramente ilegal, es la contraparte de Robotina, que también me mete mucho miedo.

Me refiero, claro está, a Bender, el robot angurriento, malencarado y totalmente borde, de Futurama.

Seguramente a ustedes las "puntadas" de este cibernético sujeto les resultan muy divertidas y les provocan carcajadas, pero a mí me provocan más bien risitas histéricas... ¿qué pasa si un robot como esos me agrede de repente? ¡Es muy peligroso!


Es tal mi temor a lo robótico, que hasta veo con desconfianza y resquemor a la aspiradora, que es automática... ¿Será que se están multiplicando para tomar control del mundo y no nos hemos percatado? ¡Dependemos demasiado de las máquinas! ¡Hasta para dar vida y forma a este inane blog, requiero la ayuda de una máquina cibernética!

¡Ay Mamá Pulpa!
¡Ya me dio cosa!

¡Nos han rodeado los robots! ¡Estamos en su poder! ¡La invasión no viene de fuera! ¡Ya están aquí!

¡SOCORRO! ¡ROBOTS, ROBOTS! ¡AUXILIO! ¡CORRAN POR SUS VIDAS!

(el autor de este blog necesita tomarse un lexatín y un whisky. Sugiere que ustedes hagan lo mismo)

lunes, 22 de octubre de 2007

Mrs. DeWinter cumple años

Joan Fontaine y Judith Anderson en Rebecca (A. Hitchcock, 1940)

Anoche soñé que iba a Manderley otra vez...


Hoy Joan Fontaine, en cuya voz inconfundible, de perfecta dicción y sutil ansiedad, oí por primera vez esas palabras que fueron adquiriendo un significado simbólico para mí, cumple 90 años.

Actriz legendaria, hermana de Olivia deHavilland (con quien desde siempre ha tenido una relación muy complicada y no exenta de rencor, rivalidad, resentimientos y reproches), estrella de cine y escritora, nació en Tokyo el 22 de octubre de 1917.

Su interpretación como la frágil (y anónima... nunca sabemos su nombre) joven Mrs. DeWinter en Rebecca -- una de las más memorables cintas de Alfred Hitchcock, sobre la clásica novela de Daphne DuMaurier- creó un mito y permanece aún hoy, como una de las piezas clave de la historia del cinema.

En un mundo que tristemente se está quedando sin estrellas, es ocasión de celebrar que aún brille entre nosotros.

¡Feliz cumpleaños, Miss Fontaine!

Esta noche, yo también volveré a Manderley, con usted.

domingo, 21 de octubre de 2007

Extraños en la noche

Anoche, haciéndole un homenaje a Deborah Kerr en la ocasión de su deceso, y acompañado por mis amigos Miguel y Julia, volví a ver la cinta de John Huston La noche de la iguana, basada en la obra de Tennessee Williams.

Esta es una de las más importantes películas de los años 60 y fue filmada en su totalidad en Puerto Vallarta, México. Es una brillante adaptación, con una fotografía impresionante a cargo de Gabriel Figueroa, de una de las últimas obras consideradas del "canon mayor" de Williams. En su momento, causó sensación por su reparto, que incluía a Richard Burton (en esa época parte del binomio que conformó con La Taylor), Ava Gardner (el animal más bello del mundo), la ya mencionada Deborah Kerr y la entonces núbil Sue Lyon (que un par de años antes había causado furor como la Lolita de Kubrick), pero la película es mucho más que su reparto o locaciones.

La trama gira en torno a un cúmulo de personajes que se encuentran, cada uno a su manera, en una situación desesperada y, también a su manera, ansiosos y necesitados de hallar alguna forma de redención. El protagonista es el Reverendo T. Lawrence Shannon (Burton), un ministro episcopal que ha sido depuesto por un escándalo sexual -- al que se hace referencia en el "prólogo" de la cinta- y que ahora oscila, entre la borrachera y la agobiada lucidez como guía de turistas para una agencia de segunda, llevando un autobús cargado de resecas señoritas, decentes y bien educadas, todas ellas profesoras universitarias, en un recorrido por México.

La única excepción en este cargo de vetarras, es una bomba de tiempo, Charlotte Goodall [que está, efectivamente, buenísima, pero de bueno no tiene nada], una ninfeta que lo acosa sin parar, aún cuando se halla bajo la severa vigilancia de Miss Fellowes (Grayson Hall), una reprimida y siniestra machorra que se asume como la cabeza del grupo y que aborrece de manera enfermiza a Shannon.

Es así que, bajo circunstancias tensas, van a parar a Mismaloya, al hotel propiedad de la despampanante Maxine Faulk (la Gardner, en su segundo aire), viuda de un amigo de él, como último recurso antes que su frágil psiquis se derrumbe del todo. Maxine es una mujer totalmente terrenal, que toma la vida como viene. Sin embargo, no se ha dado la oportunidad de experimentar el duelo de la reciente muerte de su marido y trata de mantener una ilusión de normalidad aún ante una vida destrozada.

Esa misma tarde, llegan al lugar, coincidentalmente, la artista plástica Hanna Jelkes (Kerr, en una actuación estremecedora por su humanidad y empatía) y su abuelo nonagenario (Cyril Delevanti), que es un poeta errabundo, mismo que ha llevado a su nieta, desde que ésta quedó en la orfandad, siendo una adolescente, a recorrer el mundo sin un centavo, ganando dinero con la venta de las pinturas de ella, los recitales de él o bien, cuando ésto no funciona, básicamente mendigando.

Cuando los personajes hacen colisión, emergen las pasiones humanas de un modo totalmente descarnado, sin sutilezas -- algo con lo que Williams siempre batalló al ser traducido al cine: la censura siempre obligaba a "sanitizar" sus obras, que tocaban habitualmente temas considerados tabú-. Cada personaje encarna algo; Shannon es un hombre desesperado que se debate entre su los anhelos de su espíritu y las ataduras de su dogma. Charlotte está desesperada por saciar su apetencia sexual, Miss Fellowes es la ceguera y la necedad burguesa, la razón la tengo yo porque tengo la razón.

Por su parte, Maxine es una especie de representación de la madre tierra, en crisis, buscado cualquier distracción para evitar encarar sus propios temores o dolor. Es precisamente su interacción con Hanna, una mujer serena, bondadosa y noble -- aunque no por ello, libre de secretos y culpas- la que da el balance necesario a la historia. Juntas, son el ying y el yang para Shannon, que está obsesionado con la vida en dos niveles; el realista y el fantástico: ellas son las pasiones terrenas, la recompensa celestial o el horror arcano. Ellas lo obligarán a enfrentarse a sus propios demonios y acaso podrán liberarlo (y liberarse a sí mismas) en el proceso.

Temáticamente esta es una de las obras más accesibles de Williams, y una de las más satisfactorias. Huston consigue adaptarla para que fluya con inmediatez, con ansiedad, con un cáriz más humano y esperanzador que el célebre Tranvía o Dulce pájaro de juventud. La famosa iguana del título es una metáfora del alma cautiva por sus propias trampas. Cada uno de los tres personajes principales es una arista del alma, y la unión de los tres, hará que emerjan como seres nuevos, libres de cuitas toda vez que han tocado fondo, al amanecer. Así, uno puede apartar los ojos de la pantalla con una sensación de alivio, de reivindicación, de agridulce justicia: la continuación de la vida.

En La noche de la iguana no necesariamente hay un mensaje -- ésto era algo que tanto Williams como Huston buscaban evitar; lo suyo no era jugar a Frank Capra-, pero ésta no es una película totalmente nihilista tampoco. Propone la idea de que es el hombre con su propia crueldad el que es juez y verdugo. Y también quien tiene la llave para liberarse.

Para poder seguir viviendo.

sábado, 20 de octubre de 2007

MyCool King

No es ningún secreto el que he llegado a la edad que tengo sin tener novio (yet).
Digo, no soy un dios del eros pero tampoco he pasado mi vida trepado arriba de un árbol, como un mono. Me he aventado algún amantazgo (qué tiene, no me vean así, esa es la palabra más adecuada) pero nunca he tenido un enamorado (como dije, hasta ahora). Mi relación más larga -- alrededor de cinco años, a trompicones- fue con un pobre idiota que lloriqueaba y manoteaba y me decía "yo no soy así" y se sentía la mamá de Tarzán y ni siquiera sabía hacer el amor.

No que yo sea un experto o que haya visto muchas películas con Sylvia Kristel, pero al menos creo que me doy una idea y él, como dije antes, no era lo que yo quería y si estaba con él, era porque sucedía, no puedo explicarlo de otra forma. La última vez que lo ví, me reclamó que yo siempre quiero algo más. Y le respondí que no quiero algo más. Me merezco algo mejor.

Eso, que es una verdad como un templo, lo aprendí de alguien que no fue exactamente nada de lo arriba escrito, pero que me proporcionó algo que en el momento en que lo conocí (los últimos años de mi pálida y temblorosa juventud), me sirvió para descubrirme en otros aspectos -- no sólo literalmente- y me enseñó muchas cosas que ahora sé sobre el amor, el deseo, la carnalidad, lo platónico, lo relativo, lo concreto y también, sobre la amistad perdurable.

Es una de las personas más honorables y adorables que he conocido. A quien le debo las horas y los misterios. MyCool King.

Conocí a Michael en febrero del 2000. Estábamos rodeados de gente, en otra ciudad, que no era ni la suya ni la mía. Naturalmente, yo -- entonces tenía 25 años- quedé muy impresionado al primer momento con él; el enamoramiento (como de colegiala) llegó cinco minutos después, profundizándose en seguida y la amistad, surgida al paso del tiempo -- y de un largo (y no por ello poco doloroso) proceso de desamor-, se volvió permanente.

Con él aprendí muchas cosas: descubrí y re-aprecié música -- Rufus Wainwright, Frank Sinatra, Single Gun Theory, Björk, Carly Simon y Roxy Music, por ejemplo-. Leí libros (Las Horas, de Michael Cunningham quizá sea el más relevante, The Secret History de Donna Tartt y Cocaine Nights, de JG Ballard, que me deslumbró). Aprendí a cocinar platos más elaborados y cocina de soltero, a ver cómo se pone el sol, a caminar por calles desiertas sin miedo de estar solo por ellas, a cualquier hora.

Aprendí también muchas otras cosas, como a desnudarme sin ser vulnerable, a abrazar lo que me compone, a reírme de y con mis defectos, a echarme a volar, aún si al principio lo hacía cerca del suelo.

Michael ha dejado Washington después de muchos años ahí. Ha sido una decisión difícil para él, muy meditada y un cambio que si bien no es abrupto, representa un parteaguas; ahora está donde realmente quería estar: con Russell, su life partner (desde hace veinte años), en la casa que tienen, cerca de Nueva York. Están juntos, pese a distancias, trabajo estresante e inclusive notas al pie de página (*cof, cof*). Admiro profundamente cuando alguien tiene la fortuna de encontrar a la persona con la que compartirá su vida en un punto específico -- aún si no lo saben en ese momento- y consigue superarlo todo.

Le debo muchísimo de lo que soy y lo adoraré siempre (no como antes, pero todo va encontrando su cauce). Mi educación sentimental recibió luz donde no existía. Eso, y muchas otras cosas que no mencionaré aquí, le han valido un sitio en mi corazón, donde vive [como otros y otras] y no paga renta.

viernes, 19 de octubre de 2007

Goodnight, Miss Kerr

Hay estrellas y estrellas.
Algunas son deslumbrantes y hacen supernova muy pronto, extinguiéndose tan rápido como alcanzaron su cénit. Otras, son llamativas pero fugaces. Y luego, luego, están aquellas como la estrella de la mañana, o la que resplendece sobre el mar (estrella del mar, ten piedad de mí...), cuyo brillo es permanente, aún pese al imperdonable paso del tiempo, pese al olvido de las masas y pese a la erosión de las artes.

Deborah Kerr (Deborah Jane Kerr-Trimmer) es de esas.

Era yo aún niño, cuando la descubrí, en una tarde de lluvia, en una proyección de The Innocents, magistral cinta de Jack Clayton, aún hoy la mejor adaptación al celuloide que se ha hecho del clásico cuento gótico La vuelta de tuerca, de Henry James, realizada enescenarios naturales de Inglaterra en 1961, con guión de Truman Capote.

En el filme, la Kerr interpreta la clase de personaje que ella convirtió en arquetipo: la muy propia mujer británica, de serenidad y elegancia a ultranza, que sin embargo, tenían bajo ese barniz una estremecedora humanidad, a veces plena de conflicto.

Esto se dejó ver en trabajos notables y totalmente fuera de tipo, como su interpretación en De aquí a la eternidad, con Burt Lancaster -- en la que es la adúltera Karen Holmes-, como la inquieta Sor Clodagh, una monja británica en los Himalayas en Narciso negro, como la profundamente conmovedora artista Hanna Jelkes en La noche de la iguana (dirigida por John Huston, y escrita por Tennessee Williams) o como la institutriz Miss Giddens, en la cinta antes mencionada.

También es recordada con cariño por muchos por su trabajo impecable en cintas más populares; así, cantó (aunque la doblara al final con la soprano Marni Nixon, una de sus grandes decepciones) y bailó al lado de Yul Brynner en el clásico musical El Rey y yo, como la esclava Ligia en Quo Vadis? y como la trágica --pero muy chic- Anne Larson en Buenos días tristeza, de Otto Preminger.

Los que la conocieron de cerca, no obstante su imagen, la recuerdan como una amiga leal -- se cuenta que fue ella quien intervino para salvar a la entonces muy joven Eizabeth Taylor de su violento e incipiente matrimonio del heredero hotelero Conrad "Nicky" Hilton en 1950-, con un ácido sentido del humor, afecta a las bromas, a decir palabrotas, a jugar cartas y a manejar en carretera. Fue aficionada a la pintura y a la jardinería y una madre dedicada al cien por cien a criar a sus hijas, Francesca y Melanie Bartley (de su primer matrimonio). Ella misma solía burlarse de su imagen de "señora elegante" y aseguraba que su atuendo preferido era andar en pantalón vaquero, zapatos tenis y camisas de hombre, sin maquillar y sin peinados elaborados. En 1975 declaró: "Pasaba tanto tiempo ante el espejo cuando trabajaba, que no podía esperar para aprovecharlo en otras cosas cuando tenía finalmente tiempo para mí."

Donde muchas actrices de su generación se fueron retirando ante el paso del tiempo, temerosas de ver su belleza extinguirse, la Kerr -- al igual que unas pocas como Olivia deHavilland, la formidable Ingrid Bergman, Geraldine Page o ese fenómeno incansable llamado Bette Davis- siguió ejecutando su oficio de manera ejemplar hasta que la salud se lo impidió. El colofón a su carrera en cine fue en 1985, a los 65 años de edad, en El Jardín de Assam. Posteriormente, anunció que padecía una enfermedad degenerativa (mal de Parkinson) y pasó sus últimos años en Suiza, lejos de los reflectores y de la maledicencia que se ha vuelto sinónimo de Hollywood. Su última aparición en público fue en 1994 al recibir un Oscar honorario por parte de la Academia, que de este modo le dio gracias por todo, tras haberla nominado seis veces (en 1950, 54, 57-59 y 1961) sin darle nunca un reconocimiento.

Donde hoy ser una "celebridad" implica exhibirse sin pudor alguno en todos los medios, haciendo que se borren las fronteras entre personaje e intérprete, para convertir las menudencias de la vida humana en circo y espectáculo, una figura como Deborah Kerr ya no tiene lugar. Es triste que casi nadie ahora, que ha fallecido a los 86 años, a esta grande de la escena.

No obstante, se ganó su sitio como leyenda, a pulso, con trabajo y entrega. Con una pasión pocas veces vista desde entonces por parte de un actor con cada uno de sus trabajos y con una calidad que se volvió rúbrica y sello. Y ese logro, nadie, por mucha fama instantánea que tenga, se lo podrá quitar.

Buenas noches, Miss Kerr. Que la luz de las estrellas la ilumine siempre.